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En palabras de Leila Guerriero, el periodismo (la crónica periodística) “es un género literario que trabaja sólo con materia prima obtenida de la realidad”. Eso.

Glamour travesti sobre la cancha: las Gardenias de Tepito

Foto: Rodrigo Jardón Las Gardenias saludan al público luciendo sus colores insignia: morado y rosa. Al fondo, la iglesia de San Francisco de Asís.

Simultáneo. Todo sucede al mismo tiempo: la corredera de niños, el amargor a cerveza tibia y el tufo a mariguana, el subibaja de palabras, aquella cumbia que machaca. También luces de colores, oscuridad y luna llena.

Son las ocho de la noche y estoy en la cancha Maracaná del Deportivo Tepito, en el corazón del barrio, esperando que empiece el partido de futbol de Las Gardenias, equipo conformado por travestis y transexuales de la zona. Es el evento que desde hace unos cincuenta años cierra el día de fiesta de San Francisco, el 4 de octubre. Aunque es el santo más querido por aquí, no alcanza a rivalizar con la Santa Muerte, cuyo altar principal está a unas cuadras. “Mientras a la Virgen y a los santos les ruegas por un milagro, a la Santa Muerte le pides hazme el paro”, señala Alfonso Hernández, quien se autodefine como hojalatero social y cronista de esta colonia.

“Ser parte de Las Gardenias es una distinción”, apunta Alfonso, amigo mío y gracias a quien estoy aquí. “La gente las respeta y las quiere, les reconoce lo chambeadoras, lo entronas”. Hace un par de horas llegamos a la estética de Naomi Camacho, estilista michoacana e integrante de Las Gardenias. Somos un grupo: Alfonso, algunos fotógrafos italianos, una periodista, Rodrigo Jardón, autor de las fotos que acompañan este texto, y yo. Naomi nos saluda mientras le despunta el cabello a un muchacho. En las paredes del lugar hay pósters de Marilyn Monroe y de modelos imponentes, una imagen de Cristo, además de fotos de Naomi con estrellas del espectáculo como Sabrina Sabrok, quien hizo célebre la desmesura de sus pechos. Suena en la tele algún programa de concursos que miran de reojo Victoria y Sandy, también estilistas. Y Gardenias. Aprovecho para preguntarle a Sandy si en el partido prefiere meter los goles o pararlos. Con fuegos artificiales en los ojos responde: “No, pues mejor que me los metan”.

“Naomi y algunas otras presumen el busto. Tienen de qué. En las entrelíneas del despliegue de glamour se lee el orgullo de ser mujeres, sin importar que la genética las haya querido hombres.”

 

Por fin nos vamos al campo de juego. Sandy y Victoria se adelantan. De camiseta color vino y pantalones de mezclilla ajustados, Naomi es atractiva, camina con porte. De camino, en lo que parece una fonda vemos a unos seis personajes sentados en círculo. Beben eufóricos, como si fuera la primera vez. Más adelante, sobre la banqueta dos viejos juegan cartas sobre una caja de cartón. La vida cotidiana de estas calles saluda sin rubor.

Cuando llegamos al Maracaná, las once Gardenias se meten a maquillar. Tras una hora por fin salen, parece que van a una fiesta. De hecho sí, van a su fiesta: pestañas postizas, sombra, mucho delineador, labial y diademas  con mechudos fucsias se completan con shorts cortitos y blusas pegadas. De edades dispares, las chicas meten la panza mientras sonríen, incontenibles. Naomi y algunas otras presumen el busto. Tienen de qué. En las entrelíneas del despliegue de glamour se lee el orgullo de ser mujeres, sin importar que la genética las haya querido hombres.

Las gardenias en acción

No sé cuál es el marcador, sólo que Las Gardenias le van ganando a El Hebraye, equipo de hombres. Cada gol de ellas es celebrado en las gradas repletas de familias con niños y también en la propia cancha, donde no menos de ciento cincuenta personas intentamos seguir el partido y tomamos fotos, aunque ocupamos buena parte de la zona de juego. Muchos se cruzan de punta a punta, adolescentes torean el balón. Hasta un perro orina el pasto mientras ellas y ellos buscan anotar. Todo ocurre de forma simultánea y yo me siento en película de Juan Orol. Cae otra anotación de Las Gardenias. Junto a mí, una señora de unos cincuenta años años, vestido y sudadera, más cigarro en vilo saca humo por la nariz: “¡A huevooo!”.

Foto: Rodrigo Jardón
Una de Las Gardenias muestra el uniforme, compuesto por diadema, camiseta y shorts negros. Aquí todavía no se maquillaba, parte indispensable del atuendo.

Pero en el ambiente hay molestia. Cuando los equipos entraron al campo y mientras hacían caravana frente a público y fotógrafos, algunos chamacos les aventaron huevos y harina, además de botellas de refresco. Ante el desorden, algunas Gardenias decidieron no jugar. Entre ellas, Naomi. Más tarde me explica Alfonso: “Hace años que no se daba tal caos, porque los encargados del Deportivo vigilaban bien. Ahora la administración es nueva y no organizó el control del partido”.

A pesar de todo, nunca sentí peligro y el tono del espectáculo no se perdió. De pronto, una Gardenia de peluca azul se le cuelga al cuello a un contrario, para que otra se lleve el balón. El público festeja. Más allá hay algún manoseo y risas. Pasa Paulette llevando el balón. De cabello muy largo, delgada y fuerte, lleva tiras de micropore en la nariz, evidencia de una reciente cirugía. Parece divertida, con todo y su fleco lila. Luego, en una de las esquinas de la cancha se forma una bolita. Cuando logro llegar, ya la gente se dispersa. Una chava me enseña en el celular la foto que acaba de tomar: a un jugador del Hebraye le bajaron los shorts y los calzones. En la imagen veo unas nalgas. Orondas. Blancas.

Noche espera en el Maracaná

Las Gardenias nació hace más o menos medio siglo por idea de Bárbara, tepiteña interesada en promover la igualdad. Al haber muchos travestis en la comarca, la idea pegó fácilmente. En un inicio, las chicas tenían diversos rivales pero después, ante los botellazos e insultos que algunos les lanzaban a ellas y a los contrincantes, por poco se suspende la tradición.

“Lo que yo te pido es que hables bien del barrio, güerita, porque no todos somos rateros ni criminales ni nada de eso. Unos somos buenas personas, como yo, que tengo 66 años y toda mi vida he respetado el sexo de las mujeres.”

 

Al fin, “desde hace como veinticinco años” juegan contra El Hebraye, conformado por hombres de Tepito, subraya Héctor, comerciante de lentes y director de ese equipo. “De niño yo venía a ver a Las Gardenias y se me hacía algo bonito. Hubo un tiempo en que ofendían a las chicas y no es justo. Aunque sean gays, todos somos humanos. A ellas les gusta ir al gimnasio todo el año, estar bonitas, operarse. En casa, sus viejos las tratan bien, ¿para que vengan aquí a que les den nalgadas? Pues no”. Platico con él en las afueras de la cancha. Héctor es bajito, se sabe encantador. Parece no tener huesos ni nervios, sólo músculos. “Algunos piensan que el nombre Hebraye se refiere al cotorreo, el debraye, pero no. Yo lo inventé, usé las letras iniciales de mi nombre y del de mis hijos: He, de Héctor, Bra, por mi hijo Brandon y Ye, por Yefferson”. Ensancha más el tórax.

La noche es espesa aquí en el Maracaná. Muchachitas que no llegan a los trece años corretean en ombliguera, aventándose y toqueteándose entre ellas y con niños de su edad. “Ya, María, vááámonos”, grita uno de ellos mientras jalonea a una gordita, de mechones azules y falda corta. Pienso que quizá haya muchas Marías, aunque no sé cuántas vírgenes. Mis pudores me dan pudor.

Viene a saludarnos un hombre de pelo blanco que se presenta como uno de los árbitros del Deportivo. Es Gustavo y se ve que lleva horas amistándose con las cervezas. Al decirle que voy a escribir una crónica del partido responde, con escasos dientes: “Lo que yo te pido es que hables bien del barrio, güerita, porque no todos somos rateros ni criminales ni nada de eso. Unos somos buenas personas, como yo, que tengo 66 años y toda mi vida he respetado el sexo de las mujeres”.

En el atrio de la iglesia, junto a la cancha, una pareja baila cumbia entre globos y puestos de comida, al tiempo que cerca de mí dos jóvenes se agarran a golpes. Muchos se acercan con fascinación para ver los puñetazos, la jaladera de chamarra, la rajadura de playera. Peleo mi espacio cerca del ring improvisado. Pasados unos minutos aparece un policía y separa a los muchachos. Pasa junto a mí el mayor de ellos, la cara está muy roja y los ojos, también.

Ya viene de regreso Gustavo. Trae una caguama y tres vasos desechables para invitarnos un trago. Bajo la luna llena brindamos por Las Gardenias.

 

“Más allá de lo que se ve”

Vamos saliendo del campo de juego, son casi las once de la noche. Hace poco terminaron los fuegos artificiales en el atrio de la iglesia y la celebración va para largo. Oímos algunos balazos, no sé si de fiesta o de agresión. O ambas.

Alfonso, muy conocido en la zona y sabedor de por dónde no hay que andar, nos guía por los entresijos de puestos de metal y montones de basura melancólica, que esperan al camión. Vamos todos juntos, un grupo compacto. Conforme nos alejamos del Deportivo, en el laberinto de tiendas y vecindades se han acallado los ecos cotidianos de Tepito, demarcación que integró al imaginario nacional figuras como El Santo, Cantinflas, El Ratón Macías y Cuauhtémoc Blanco. Hace un rato platiqué con Eriko Stark, seudónimo de Eric Meneses, joven de la colonia, periodista y fotógrafo gay. A decir de él, si antes lo que se vendía más aquí eran aparatos electrónicos y fayuca, hoy es piratería, pornografía, anabólicos y proteínas para adictos al músculo. Cuánto revela el comercio de quiénes somos y cómo vamos cambiando.

Pregunto cuál fue el marcador final. Alguien contesta: 4-1, ganaron Las Gardenias. Ya lo pronosticaba Héctor: ellas siempre ganan, no les marcan faltas y sí les cuentan todos los goles, aunque sean chuecos. “Claro, entendemos que es un cotorreo”, subrayó. Otra muestra del vacile está en la misma porra de las triunfadoras: “Chiquitibum bombitas, / Chiquitibum bombitas: / Las Gardenias son bien putitas”. La escuché de los labios impecables de Naomi.

Me acuerdo de algo que leí del escritor argentino Martín Caparrós: “El futbol está pensado como espectáculo, algo para que otros miren. Y uno sólo ve lo que le muestran… hay cosas que suceden más allá de lo que se ve”. Es cierto. En el caso del partido en el Maracaná, lo más relevante no se aprecia a simple vista: el hecho de que en un barrio tradicionalmente machista, hace cincuenta años tanto Las Gardenias como las familias que se reúnen a aplaudirlas visibilizan y aceptan la diferencia. Ni las chicas ni los tepiteños olvidan que Las Gardenias nacieron hombres pero decidieron hacerse mujeres. Que de alguna forma hoy son ambas cosas. Al mismo tiempo.

(Originalmente publicado en El Cultural, suplemento del periódico La Razón. Da click aquí para ir al sitio de El Cultural)

Cinco instantáneas desde el terremoto #19septiembre

Foto mía
  1. Platico con un miembro de los Topos, agrupación mexicana de rescate. Son más de las 3 de la madrugada del 20 de septiembre y el miedo sigue mordiéndome las tripas. Desde las cuatro de la tarde de ayer, día del temblor desaforado, ayudo con mi hija como voluntarias en la brigada médica en Avenida Álvaro Obregón y Nuevo León, a escasos metros de un edificio que se cayó por el terremoto que golpeó la capital mexicana. Estamos armando kits de primeros auxilios.

Bajo el casco amarillo, el rescatista dice que hace un rato encontraron cinco cuerpos entre los escombros, que a él no le ha tocado salvar a gente con vida. Se ve cansado. Explica que lo acaban de relevar, pide agua y algo de comer. Quiero preguntarle cuántas cosas pasan por su cabeza al estar dentro del inmueble caído, pero ya se está despidiendo, refresco y torta en mano: “Hay más de 40 personas ahí abajo. Deséenos suerte”.

Nunca había sentido tantas ganas de abrazar fuerte a un desconocido.

2. Es 22 de septiembre, día del cumpleaños 87 de  mi mamá. Le echo un telefonazo, mando mil besos y a lo que sigue. Ya festejaremos.

Mi hija y yo estamos en la farmacia, comprando agua oxigenada por caja: la vamos a llevar de vuelta a la brigada médica, para seguir armando botiquines de emergencia. Cuando vamos a pagar, delante de nosotros están unos novios veinteañeros. Compran varias botellas de alcohol, jeringas, gasas: van a donarlos. Son de extracción sencilla, la cartera con la que él paga ha sido muy usada.

3. Han pasado unos minutos desde que la tierra dejó de moverse como si fuera una inmensa cama de agua. Tiemblo por dentro y por fuera, tengo rota la voz. Me urge comunicarme con mi hija, está en el centro de la ciudad, zona que resulta muy afectada en los sismos. Pienso en mi madre, en mis hermanos y amigos (valga la redundancia). Me desespero por saber de ellos, mi celular no tiene señal.

Hace apenas dos horas, mis alumnos de la Escuela de Escritores y yo participamos en el simulacro de evacuación, recuerdo del terremoto del 19 de septiembre de 1985. Hoy, exactamente 19 de septiembre, me toca el sismo más brutal que haya sentido jamás. Me costó trabajo correr hacia la entrada del Panteón Francés, donde tomaba fotos para un reportaje. Al llegar a la puerta, con el suelo aún moviéndose y aterrada, vi a un guardia del cementerio abrazar a una señora que gritaba, en total histeria. El uniformado trataba de calmarla, pero él mismo repetía: “No mames, cabrón, sigue temblando, no mames”.

4. Está aquí parada desde antier, tras las vallas de seguridad frente al edificio que ya no es. Debe tener unos 75 años. Doña Yolis, señora de voz chiquita como ella, es mamá de Juan Antonio, quien está sepultado bajo los escombros de Álvaro Obregón. Espera que lo rescaten con vida como ya han salvado a 26 personas, pero faltan más de 40. Desde sus ojos entrecerrados dice que cuando saquen a su hijo nos va a invitar a su casa a comer mole, que le sale muy sabroso. Qué ganas brutales de que así sea. Ojalá yo tuviera un santo al cual rezarle y guardara la certeza de que me escucha.

5. Llevo cinco días comiendo tortas, siempre donadas por gente anónima para rescatistas, voluntarios y familiares de los que quedaron sepultados bajo rebanadas de cemento. Hoy, unas monjas trajeron arroz con salchicha, está delicioso. Es una de las muchísimas muestras de solidaridad que se han desbordado desde el sismo. Restaurantes regalan comida y agua además de prestar su baño, una estética puso un cartel que decía: “Cortes de pelo gratis a cambio de medicinas”, particulares prestan multicontactos para cargar el celular, un señor ofrece masajes a rescatistas cansados, algunos se ofrecen a cuidar niños o mascotas de personas cuyas casas sufrieron daños.

La famosa creatividad mexicana se potencia ahora, como hace 32 años. Nos va a hacer mucha falta para reconstruirnos entre todos.

Foto mía

19 de septiembre

Foto mía

Empecinamiento del coraje,

las hambres renovadas

como bocas que abre el suelo

de memoria cabalística y cabal.

 

Recordamos hormiguear las calles rotas

para, necios, arrancarle

alguna hebra de entre dientes,

aunque sea una hebra, una más.

 

Lo que no digo es que el miedo lo llevamos

como un mudo clavel rojo en la solapa.

Foto mía

Villoro: El periodismo le da sentido a lo que no lo tiene

Foto tomada del sitio emeequis (ignoro el nombre del fotógrafo pero si alguien me lo dice, con gusto lo añado)
Foto tomada del sitio emeequis (ignoro el nombre del fotógrafo pero si alguien me lo dice, con gusto lo añado)

Leo que a Juan Villoro le dieron el Premio Periodismo Diario Madrid, por su trabajo sobre temas de la cultura hispanoamericana, además del Premio José Emilio Pacheco, en la Feria del Libro de Mérida. Anda muy celebrado, pues.

La suya es una pluma sólida tanto en la arena literaria como en la periodística, pero desde hace tiempo su trabajo como cronista y ensayista es el que más me interesa. Cuando fue mi maestro en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM leí sus novelas El disparo de Argón y El profesor Zíper y la fabulosa guitarra eléctrica, además de los cuentos de La noche navegable. Lo disfrutaba mucho como narrador. Recientemente me gustó su Conferencia sobre la lluvia y el volumen de cuentos Los culpables, pero de algunos años para acá me he decantado por su trabajo periodístico con aroma a literatura: me gustan mucho los textos que publica en SoHo Colombia, en El Malpensante, en Etiqueta negra, en Letras Libres.

Hace unos años leí algo que le dijo en Argentina a Leonardo Tarifeño, magnífico periodista y querido amigo. Busco la cita en Internet y, claro, ahí está: “El gran desafío de la crónica consiste en construir un relato que haga tolerable lo intolerable y darle sentido a aquello que no lo tiene”. Ese es el periodismo que de verdad me apasiona y me parece retador: no el de la coyuntura (si el Presidente dijo A o B, si hoy vendrá X político de visita al país), sino el que rasca en las entrañas y expone con lucidez y análisis temas como la teatralidad del narcotráfico, como en este texto suyo: La alfombra roja, el imperio del narcoterrorismo. Me parece que esa es una de sus enormes virtudes. Y aunque a veces creo que se excede desempeñando un papel de opinionólogo, es un tipo brillante y mesurado que con frecuencia arroja luces sobre lo que pasa en el país y en el mundo.

En fin, todo esto para decir que me da gusto que su pluma sea reconocida. Claro, como si a él le interesara mi opinión.

 

 

#CrónicaDesdeJapón Mi experiencia en el teatro Kabuki

Los tres protagonistas de la obra Otowagatake Danmari (foto: libro-programa de mano de Kabuki.za)
Los tres protagonistas de la obra Otowagatake Danmari. (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).

Está a punto de empezar la función en el teatro Kabuki-za, en la moderna zona de Ginza, en Tokio, Japón. Estoy emocionadísima. Desde que supe que vendría a este país fue de las primeras cosas que anoté como pendiente.

Nacido alrededor de 1600, el Kabuki es una de las expresiones artísticas más fuertes de este suelo. Surgió como un teatro popular cuyas obras hablaban de guerreros samuráis, quienes estaban en la cima en la época, así como historias de la gente del campo, temas políticos y sociales. Fuertemente censurado por el shogunato en el poder, con frecuencia el Kabuki hacía una crítica velada al mismo, al abordar asuntos históricos pero cuyo contexto el público leía entre líneas. Maestros de la escena, señores de la moda y artistas geniales, los actores pronto se convirtieron en ídolos de las masas. A lo largo de los siglos y con los cambios políticos que ha vivido Japón, el Kabuki se ha mantenido como una herencia cultural importante, disfrutada tanto por japoneses como por extranjeros. Una de sus características más singulares es que en él no participan mujeres. Desde que el shogunato se los prohibió en 1692 con la excusa de cuidar la moral surgieron actores especializados en interpretar exclusivamente papeles femeninos.

Mientras espero que se levante el telón, voy a rentar por 500 yenes (unos 4 dólares), una especie de iPad que despliega los diálogos en inglés, además de las letras de las canciones y algo de información adicional sobre la obra. También me dedico a disfrutar el teatro, que es bellísimo e inmenso, con capacidad para casi dos mil personas. Trato de memorizar todo y además compro un libro-programa de mano, porque está estrictamente prohibido tomar fotos. El boleto de entrada a dos obras en un acto me costó 2,000 yenes (unos 17 dólares) pero las entradas a las obras largas y codiciadas pueden costar hasta 18,000 yenes (170 dólares) cada una.

Por fin empieza la obra. Se llama Otowagatake Danmari, que significa “El danmari en el parque Otowa”. Interpretada por primera vez en 1935, trata del discípulo de un famoso guerrero rebelde muerto en batalla, quien quiere robar del santuario de Otawa la espada y la bandera que fueron de su maestro. Para ello aprovecha el festival religioso y se disfraza de un actor que participa en la celebración. Cuando tiene los objetos huye, pero es perseguido por un guerrero y por la hija de otro guerrero, quienes tratan de recuperarlos. Entonces todos luchan, en un momento estelar del Kabuki llamado danmari. El danmari es una suerte de bellísima pelea coreografiada en cámara lenta, que supuestamente ocurre en la oscuridad, pero en escena está totalmente iluminada.

Lo primero que me fascina es la fuerza visual del Kabuki, expresada a través de maquillajes muy marcados y vestuarios fastuosos, de un total lucimiento. Además, los actores interpretan sus papeles con ademanes y gestos amplios, incluso llegando a congelarse por momentos en una pose que se llama mie, especie de foto viva que va acompañada del sonido de fuertes tambores de madera. Así se expresa de forma corporal una emoción importante en la trama. Es impresionante.

Las voces son agudas y hacen inflexiones similares a las de la ópera occidental. Además, el ritmo es muy marcado, me atrevería a llamarlo poético. Todo va acompañado de música en vivo, interpretada con instrumentos tradicionales y que tanto sube como baja, acompañando la acción en escena. De pronto oigo gritos entre el público. Por supuesto no entiendo lo que dicen, pero leí que es una costumbre animar así a los actores, como ocurriría en un concierto occidental. El conjunto es un espectáculo profundamente dramático, intenso. Además me cuesta trabajo creer que esa mujer delicadísima que veo sea un actor.

La segunda obra, Yanone, se interpretó por primera vez en 1729 pero ocurre a fines del siglo XII. Trata de un guerrero pobre que busca vengar la muerte de su padre pero al mismo se burla de sí mismo y de los dioses que lo tienen en esa situación. Recibe la visita de un amigo que le lleva regalos de buen augurio y luego se acuesta a dormir. En sueños, su hermano, que también busca justicia para su padre, le dice que fue tomado preso por su enemigo. Al despertar, el guerrero toma el caballo de un campesino y se lanza a rescatar a su hermano. Es interesantísimo el contraste entre la situación dramática del personaje en desgracia y que quiere justicia para los suyos, pero tiene un gran sentido del humor. El maquillaje aquí es aún más recargado e impactante que en la primera obra. Aunque no entiendo las palabras, me emociona igual.

Cuando salgo del teatro voy pensando que el Kabuki me resulta una experiencia intensa de esa otredad que desde mi ser occidental no entiendo, pero con la que conecto a partir de las experiencias comunes de dolor, lealtad, traición, humor, miedo. Al final, eso es el verdadero arte.

De la obra Otowagatake Danmari (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
De la obra Otowagatake Danmari. (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
De la obra Otowagatake Danmari (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
De la obra Otowagatake Danmari. (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
Guerrero protagonista de la obra Yanone. (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
Guerrero protagonista de la obra Yanone. (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
Guerrero protagonista de la obra Yanone recibiendo la visita de su amigo, músico. (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
Guerrero protagonista de la obra Yanone recibiendo la visita de su amigo, músico. (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
Yo, a la entrada del teatro.
Yo, a la entrada del teatro.

 

Da click aquí para ver un video de 4 minutos de la Unesco que ofrece un panorama general sobre el tema.

 

Martín Caparrós: “Hay placer en lo que choca o repugna”

Foto: http://planetadelibrosmexico.com/el-hambre-el-nuevo-libro-de-martin-caparros/
Foto: http://planetadelibrosmexico.com/el-hambre-el-nuevo-libro-de-martin-caparros/

Siempre en movimiento, insatisfecho y curioso, el reconocido escritor argentino hizo un viaje de meses para abrazar y luego contar la esencia de su nacionalidad. Aquí, mi conversación con él sobre su libro El Interior.

Siendo niño tuvo dos gatitos y les llamó Livingstone y Stanley, “porque cuando sea grande quiero ser explorador”, dijo entonces. Hoy afirma que no, no es ningún explorador, “más que, acaso, de ciertas formas de contar las cosas”. En efecto, mientras observa el mundo desconfía de lo que tiene una sola lectura, indaga debajo de lo aparente y busca palabras para narrar lo que ve. Y además intenta que esas palabras evoquen ambientes, aromas, porque en sus libros subyace, sí, una idea de belleza. Pero también es un poco explorador: nacido en Buenos Aires y radicado en España, ha escrito ficción y no-ficción desde infinidad de sitios y ahora reitera esa vocación en El Interior, que Malpaso Ediciones acaba de publicar en México. Se trata del viaje de veintitantos mil kilómetros que hizo por la provincia de su país para “contar” su esencia, si la hubiera. Durante meses recorriendo pueblos y caseríos vio que “argentino” podía significar mucho más de lo que creía: “Busco una unidad y veo cada vez más las diferencias”, anotó. En el intento compuso una Road Movie literaria en la que se entrecruzan crónica, relato, diálogos y hasta chistes que la pluma de Caparrós, polifónica, rica en matices y acentos, logra que en México se disfrute a pesar de la distancia geográfica y temporal (el libro se publicó en Argentina hace nueve años). Aquí, extractos de lo que dijo en entrevista con SoHo.

SER UN PAÍS El libro está hecho de verbos como mirar, mirarse, contar, contarse. Por un lado porque se dirige a nosotros, los argentinos, sobre lo que supuestamente somos. Y luego porque trata de pensar qué es ser un país, qué es ser compatriotas.

MARADONA El gran adalid del esencialismo nacional es Diego Armando Maradona, que dijo: “Estamos como estamos porque somos como somos”. Igual que toda definición de nacionalidad, ésta conlleva la idea de que nada puede modificarse porque hay una inevitabilidad absoluta: las cosas pasan porque somos de equis manera. Yo en el libro digo qué es lo que no somos, pero estoy en contra de decir “somos esto o aquello”. La única certeza es que no hay tal frase como “ser argentino es tal o cual”. Y eso aplica igual a ser mexicano o a ser spaghetti o una lechuga. Como cada uno es una combinación azarosa de factores, no hay definición posible.

NO ABURRIRME Así como me interesa tratar de entender lo que cuento, quiero tratar de entender cómo contarlo. Situaciones distintas convocan distintas maneras de narrar. Además, cuando iba a empezar el libro dije: “Quiero experimentar con formas distintas para que me interese en términos literarios y no me aburra”. Por eso, además de los relatos hay personas escritas en forma poemática. O paisajes que se describen con un haikú. Y es que me aburro si escribo siempre igual.

EL SOUNDTRACK Una banda sonora de El Interior sería el silencio. Me obligué a no poner la radio en el coche, quería que el silencio me obligara a pensar. Fue un ejercicio casi zen de concentración. Ya afuera del auto, el soundtrack sería la cumbia villera. Es una música sin el menor prestigio, paupérrima, con una sofisticación tendiente a cero, pero que se oye en la mayor parte de la Argentina. Me pareció interesante constatar que aunque no la asumimos como nuestra, se oye casi todo el tiempo.

DESPILFARRO No pensaba incluir en el libro las Cataratas de Iguazú. Es un sitio tan de postal que quería esquivarlo, pero pasé muy cerca y me detuve. Cuando caminé por ahí, me dio una especie de arrebato místico. Me parece el lugar donde la naturaleza pone en escena el máximo despilfarro de poder. Es impresionante esa avalancha de energía que se desploma en un lugar perdido y no sé si haya muchas situaciones donde la naturaleza se manifieste con tanta barbarie.

COMPARTIR CON UNA BESTIA Mi auto, al que en el libro llamo Erre, fue el único que estuvo conmigo todos esos meses. Ahora se me ocurre algo que no había pensado: la “erre” es la inicial de Rocinante. Siempre tengo un poco de nostalgia por esa época en la que andábamos a caballo, aunque no la viví. Eso de compartir tus viajes con una bestia, con algo vivo, debía tener un punto muy fuerte. Supongo que de algún modo convertí a Erre en un caballo, para palmearle el cuello y darle un terroncito de azúcar.

DESMELENADO En los meses de viaje me sorprendió el placer de dejarme ir, de estar solo y no cambiarme la sudadera por días. Aunque estaba en contacto constante con gente, siempre escuchando cosas que pudiera contar, al mismo tiempo eran personas ajenas, así que me fui haciendo cada vez más ermitaño y desmelenado, si fuera posible. La sensación de no peinarme en días me daba cierto orgullo, claro, porque es algo que me resulta difícil concebir.

PLACER EN LO QUE CHOCA En el libro hablo de muchos sitios que no son agradables de mirar, pero aun en esos casos mirar es un placer, siempre lo es. Es hipócrita pensar que sólo lo agradable se disfruta. Hay mucho placer en lo que te choca, te repugna o te inmoviliza, te inquieta o te asusta.

SER BUENA PERSONA Está por ahí algo que dijo Kapuscinski sobre que para ser buen periodista hay que ser buena persona, intentar comprender a los demás. Eso querría decir que quien busca comprender a los demás es buena persona, pero se puede querer hacerlo por las razones más canallas, para utilizarlos. Aunque le tengo cariño a Kapuscinski, esa reflexión me parece un poco ñoña.

LOS RIESGOS He dicho que si me viera como futbolista sería el portero, el que mira las cosas a la distancia. Pero los riesgos que él corre son visibles. Él sabe que le duele la costilla porque se tiró al suelo. En cambio, el escritor enfrenta peligros más imperceptibles, no sabe dónde se golpea. A veces cree que no le pasa nada y después descubre que se abrió la cabeza.

(Originalmente publicado en la revista SoHo, septiembre, 2015).

 

#LunesDeMonos Chispazo de humor colombiano

Cartón: Picho Y Pucho y Pucheros
Cartón: Picho y Pucho y Pucheros

Una vez más, Bogotá me sedujo sin miramientos. Qué cosa de humor tiene esta gente fantástica.

Además de las arepas, el mojito de lulo y la uchuva (deliciosa fruta, que a la vista parece un tomate cherry), de la fiesta imparable y de su vida intensa, confirmo que lo mejor de la capital colombiana es la risa de su gente. Y no hablo sólo de mis amigos, Andrés y Natalia, que por deformación personal encuentro entrañables, brillantes, gente por la que valdría la pena atravesar el océano, sino del bogotano en general. La mesera del bar, por ejemplo, con su meneo distraído. O Camilo Fidel, el graffitero bacano (localismo para referirse a alguien bueno, valioso), que no perdió las anécdotas entre el aguerrido tráfico bogotano. O el grupo de chicos que se llenaban la boca de carcajadas en el emblemático restaurante-bar Andrés Carne de Res y a la menor provocación comenzaron a bailar, para ya no dar tregua a la comida, el alcohol y la rumba. Y es que ese rasgo tan de aquí me fascina. No se me olvida cómo durante el pasado Mundial de Futbol me reuní en el D.F. con amigos de Medellín para ver el partido Colombia-Brasil, que terminó con el triunfo carioca. Mucha decepción, mucha decepción, pero a los cinco minutos alguien puso vallenatos, entre todos movieron las mesas y acabaron haciendo lo que mejor saben hacer: bailar, reírse, disfrutar. Lo hacen tan sin esfuerzo que no hay forma de evitar el contagio.

Para celebrar el buen humor colombiano, aquí va un cartón de Picho y Pucho y Pucheros, publicado en la edición de agosto de la revista colombiana SoHo o, lo que es lo mismo, la madre de todas las revistas #PerdonenElExabrupto. Buen #LunesDeMonos.

Crónica de mi primer día en Bogotá. Los sabores

Foto: Kitchenconfidante.com (¡la mía salió muy mal!)
El ajíaco colombiano. Foto: Kitchenconfidante.com (¡la mía salió muy mal!)

3 p.m. Bogotá, Colombia.

Estoy en este suelo que me encanta. No quepo de felicidad.

Apenas aterricé en Bogotá empecé a salivar. Dicen que todo gusto es aprendido, que ninguno es genético. Debe ser así. Lo cierto es que se ve que mis clases de amor por la bandera amarilla han sido intensas e intensivas, porque los sabores de por acá me gustan cada vez más.

Aventé las maletas en mi cuarto del Hotel W Bogotá, el top de lo top y con una vista bellísima. Desde el piso 9 tengo la característica imagen de la ciudad, casi toda de color ladrillo y coronada por un cielo que sólo se ve aquí, cuajado de nubes. De inmediato bajé a comer con Raquel, periodista española y compañera de viaje, al restaurante Market Kitchen del hotel. Nos moríamos de hambre. Y yo, además, de antojo. Pedí de inmediato un mojito de lulo, esa fruta amarilla que solamente he probado aquí. Me encanta la mezcla del dulce lulo con la hierbabuena. Y mientras Raquel y yo vamos tejiendo una cálida conversación y una incipiente amistad, yo me regalo un ajíaco típico, especie de sopa espesa preparada con pollo, elote, distintas variedades de papa y hierbas, a la que se le añade aguacate y alcaparras, entre otras cosas. Es una maravilla.

De postre, el mesero-que-es-todo-sonrisas nos consigue un plato de frutas locales (foto abajo). Ambas celebramos el detalle. Aquí va la explicación, en el sentido de las manecillas del reloj: adentro de esas como flores está la uchuva (parece un tomate cherry, pero es muy dulce), luego la pitahaya (muy similar a las que he comido en México), lo que aquí llaman higos (amarillos y de sabor casi idéntico al de la tuna mexicana) y, al centro, la  granada (que en México conocemos como “granada china”). Riquísimas.

Para la inteligente Raquel, que por primera vez viene a este país, las frutas son toda una revelación. Para mí, esta primera comida del viaje es el bautismo que me confirma que sí: estoy en la bacana Colombia. Qué más.

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Mojito de lulo
Plato de frutas locales
Plato de frutas locales

 

Mi cuarto en el W Bogotá
Mi cuarto en el W Bogotá

Lo que hago de puro insatisfecha que soy

Ilustración: Marcelo Escobar
Ilustración: Marcelo Escobar

“Es evidente que sólo viajamos los insatisfechos. Los satisfechos se quedan en su casa gozando de la satisfacción de lo que tienen. Los que viajamos somos los que pensamos que nos falta algo. Alguna vez, si me sale, escribiré el elogio del insatisfecho injustamente denostado y su muy justa queja”, dice Martín Caparrós en El Interior, que Malpaso Ediciones acaba de publicar en México.

Recién lo terminé. Ya intentaré escribir algo (“si me sale”) sobre este necesario libro de viaje, sobre su estructura desestructurante, sobre sus muchos hilos que tejen un mismo tapete con las texturas de crónica, ensayo, diario, cuento, poema, anuncio publicitario, chisme y chiste. De momento dejo esta perlita que me explica porqué me gusta tanto viajar: por puritita insatisfacción. Y añado: supongo que escribo por lo mismo. ¿Alguien no?

PD Para la Playlist colectiva, la pregunta es: ¿qué canción oyes cuando estás triste? Si quieres participar, sólo añade tu propuesta en los comentarios.

Por qué celebro a las Viciosas (así, con mayúscula)

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Para mi entrañable Javier, desde la certeza renovada
de que “la eternidad por fin comienza un lunes”

En este México tan sufrido y sufridor siguen flotando en el ambiente lamentables lugares comunes. Uno dice que las mujeres no sabemos estar juntas, que el jugo de hormonas hace imposible la convivencia, cuantimás la colaboración. Soberana estupidez. Tengo una madre admirada, hermanas generosísimas y amigas entrañables que son mi familia por elección, soy mamá de una adolescenta de luz con quien tejo a diario una amistad irrompible, he trabajado hombro con hombro con mujeres excepcionales. Creo que no es un tema de género ni de tetas, sino de fuerza e inteligencia conscientes, de mirar hacia el mismo lado, dejar de creer que estamos programadas para darnos pellizcos y convencernos de que lo mejor que podemos hacer es levantarnos las manos (con o sin barniz de uñas). Sí, tengo la esperanza de que a fuerza de miradas limpias y trabajo conjunto desterremos esa idea fósil que algunas siguen repitiendo como si fuera chiste, cuando el verdadero chiste es reunirnos nosotras y nosotros para hacer algo con este país querido que se nos cae a pedazos.

Lo cuento porque en estos días tuve la emoción de celebrar desde las entretelas una sociedad de mujeres provocadoras, brillantes. Son Chulas y se hacen llamar Reinas. Son las que desde hace 10 años crearon El Vicio, cabaret y teatro, antro y espacio creativo, epicentro de desobediencia, desacato y arrebato, lugar que sostiene la bandera necesaria de la diversidad, foro de inteligencia y buenas borracheras, casi todo y sin medida. Son Marisol Gasé, Ana Francis Mor, Cecilia Sotres y Nora Huerta. Están celebrando el décimo aniversario de ese Vicio mío y de muchos, en el cual se han presentado más de 15 mil artistas y donde varias noches por semana se construye un México más igualitario y justo. La semana pasada, por invitación de la abrazable Marisol, me desbordé de puritito gusto de brindar con las Viciosas por los logros de ese espacio imprudente e indispensable para el país, donde lo mismo se presentan obras de teatro infantil inteligente (lo subrayo por romper el oxímoron), funciones de cabaret político y culebrones espléndidos de nombres como Directo al despeñanieto, Rivotrip, Las reformas torcidas de Dios, Fraudestein Gregoria, la cucaracha.

En el festejo etílico se dio cita todo el mundo, porque vaya que las Reinas Chulas son queridas. En escena estuvieron artistas de primer nivel como Fernando Rivera Calderón, Regina Orozco, Horacio Franco, Pedro Kóminik y Astrid Hadad. Desde la cuatitud del Weso llegó el lúcido Enrique Hernández Alcázar, acompañaron también los moneros Trino y Helguera, los periodistas Lydia Cacho, Epigmenio Ibarra y Verónica Maza, gente de la cultura como Sandra Lorenzano, Eduardo Limón y Alejandro Rosas, más el fantasma de Salvador Novo, dueño en otro tiempo de ese enclave coyoacanense y comprometido padrino del Arte, de la irreverencia. Y hasta el espíritu de Buda rondó el lugar, como atinadamente hizo notar Fer Rivera en un fragmento de su intervención:

“En este sexenio me siento en el precipicio

y tengo un severo desorden alimenticio.

Sólo una cosa me salva de perder el juicio:

que gracias a Buda tenemos un Vicio”.

Pues sí, gracias a Buda y a los dioses inspirados y transpirados tenemos la realidad incuestionable de El Vicio, espacio de arte creado por Viciosas, mujeres fuertes y amigas solidarias que en vez de lamentarse se la mientan a quien hay que mentársela, que desde el cariño inteligente nacido de los ovarios destierran prejuicios, que rearman la fe de quienes sabemos que este país será un poco mejor por estas Chulas. Por estas Reinas.

Hacer fotografías con la propia historia (Galería de imágenes)

Fotografías: Flo Fox http://www.flofox.com
Fotografías: Flo Fox
http://www.flofox.com

“You don’t make a photograph just with a camera. You bring
to the act of photography all the pictures you have seen,
the books you have read, the music you have heard,
the people you have loved”.
-Ansel Adams

Da click aquí para ver un video sobre Flo Fox

Por casualidad me encontré en Internet esta historia, de una fotógrafa espontánea de Nueva York. Se llama Flo Fox. Nació ciega de un ojo, cerca de los 30 años comenzó a ver borroso con el otro y pronto fue diagnosticada con esclerosis múltiple, enfermedad que la tiene en silla de ruedas. Además, padece cáncer de pulmón. Lo increíble es que cuando tenía 26 años se compró una cámara fotográfica y hoy, 40 años después, sigue trayéndola consigo a diario, para captar lo que encuentra a su paso en la ciudad. Desde 1999 sufre parálisis de las extremidades, pero su ojo sigue viendo encuadres y escenas, de modo que da instrucciones a quien la cuida para que tome las fotos. Su trabajo forma parte de la colección permanente del Museo Smithsonian, entre otros, y ha sido expuesto en varios países.

Sus imágenes me encantan por poderosas, por exactas y cargadas de humor, porque hay una historia detrás del lente. Es puro Storytelling. Si esto no es pasión por vivir, no sé qué es.
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Crónica de mi visita a un cenote maya en Yucatán

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Foto: Julia Santibáñez. Aspecto desde el exterior. Me imagino lo que habrán sentido los mayas hace miles de años al toparse con un hueco de estos bajo una tierra sequísima.

Cenote Sacamucuy. Predio de la Hacienda Temozón, Municipio Abalá, Península de Yucatán. 9 am.

Estoy metida en agua, queriendo beberme en silencio la belleza descomunal de este lugar y sintiéndome la más torpe al no poder ponerle palabras. Hace tiempo no estaba en un cenote, estas cuevas subterráneas inundadas que los mayas consideraban entradas al inframundo, el auténtico útero de la Tierra. Agradezco la frescura (a estas horas, afuera el calor ya rebasa los 28º centígrados), pero sobre todo estoy emocionada. El agua es transparente y como recién nacida, raíces y lianas de árboles se estiran para beberla, peces pequeños esquivan hojas para buscar comida, golondrinas revolotean en círculos cuidando sus nidos hechos sobre la pared de piedra. Mientras, el sol se cuela entre la vegetación. Ésta es sin duda casa de los dioses, como creían los mayas.

Vine a Sacamucuy como parte del viaje de prensa al que fui invitada, junto con compañeros de otros medios, por la Hacienda Temozón convertida en hotel boutique. El cenote (palabra que parece provenir del maya dzonot,  que significaría ‘cosa honda’) está dentro del predio del hotel y éste es un paseo que se ofrece de cotidiano a los huéspedes. Llegamos aquí luego de 20 minutos de camino en un carro jalado por un burro, tal como se transportaba la gente mientras funcionaba la hacienda henequenera. Al llegar, a orillas del cenote tuvimos una clase de Chi Kung, el arte marcial que más bien parece una danza y que se centra en equilibrar la energía corporal, y luego hicimos una meditación en silencio, rota sólo por el sonido de la caracola de Reto. La experiencia fue guiada por él, un suizo entrañable que llegó a México hace unos 20 años para estudiar chamanismo. Experto en masajes, meditación y terapias alternativas, hoy es el director de spa de las cinco haciendas del grupo. Espiritual, sensible, considera que el cenote es un ser vivo, de modo que al salir del agua le da las gracias por recibirnos.

Además del magnífico paisaje que representan, antiguamente los cenotes eran lugares sagrados también porque en Yucatán no hay agua visible, es decir, no hay ríos ni lagos, sólo estos cuerpos líquidos subterráneos que significan, literalmente, la vida. Será la carga energética del sitio, la meditación que hicimos o el agradecimiento de poder disfrutar un lugar tan bello. No sé, pero siento el corazón a la intemperie.

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Foto: Marco Daniel Guzmán http://www.viajabonito.mx. El suizo-yucateco Reto hace sonar su caracola durante la meditación, junto al agua del cenote.
Fotos: Julia Santibáñez
Foto: Julia Santibáñez. Los árboles se las ingenian para alcanzar el agua y crean estos manojos de lianas y raíces.

Da click para ver el video de la vista general del cenote

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Foto: Julia Santibáñez. Durante siglos, las filtraciones de agua de lluvia a través de la roca han creado estalactitas.

Da click para ver el video de las golondrinas

 

 

Crónica de un viaje por Yucatán: lo más bonito que he visto

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Eithel, Brittany, Santiago

Hacienda Temozón, Península de Yucatán. 6 p.m.

Mis compañeros periodistas y yo tenemos una hora libre. Ellos van a nadar, a dormir, no sé qué más. Yo dejo la hacienda-hotel y salgo al pueblo, calles de tierra. Me acuerdo de mi amigo Borgeano. Disfruto como él caminar sin rumbo fijo, sin buscar nada, cediendo a la inercia. Las casas de Temozón son sencillas, los perros callejeros forman parte integral del paisaje, igual que los guajolotes que salen de un corral para picotear la hierba. Mientras me dejo llevar me agobia la presencia de propaganda política de cara a las elecciones del 7 de junio. Además de anuncios de los partidos hay expresiones espontáneas. Expresan el mismo desencanto de millones de mexicanos, aunque con estilo alternativo: “A la mierda kon la politika. Ni PRI ni PAN ni Verde”.

A mitad de una calle veo tres niños jugando arriba de un árbol. Cuando paso me miran, curiosos. Les digo “hola” y de inmediato responden con un “hola” y preguntas: ¿Por qué caminas sola? ¿Cómo te llamas? ¿Dónde vives? Nos ponemos a platicar. Son Eithel, de 11 años, Brittany, de siete (pregunté la correcta ortografía), y Santiago, de cuatro. Les doy curiosidad y me bombardean: ¿Dónde estás durmiendo? ¿Dónde están tus hijos? ¿Cómo es (la ciudad de) México? ¿Tu casa es grande? ¿Es bonita? Respondo como puedo y luego pregunto. Brita (como le llaman) me dice que es prima de Eithel y hermana de Santiago, y que los tres viven en esa casa. La entreveo por la puerta abierta: piso de cemento, hamacas, pintura viejísima en la fachada.

Brita es simpática, habla fuerte. Dice: “me gusta tu bulto”. Le agradezco, prevenida de que aquí “bulto” significa “bolso de mano”. Pregunta si se lo puede colgar. Me lo quito y se lo doy. Se lo pone, sonríe grande. Me lo regresa. Luego dice que es bonito mi reloj. Quiere agradarme pero en vez de hablar, quisiera oírlos. Cambio la conversación: les pregunto si hablan lengua maya. Los tres niegan, categóricos. Insisto: seguro saben muchas palabras, les pido que me enseñen un poco, que es un idioma precioso. Dicen que no, no saben nada. Los pongo a prueba: hoy en la mañana me enseñaron que “chel” es “güero” y “bosh” significa “moreno”. ¿Es verdad? Se ríen. “Sí, eso sí sé”, dice Brita, sonrisa desdentada. ¿Cómo se dice perro?, pregunto, aprovechando los tres que pasan a nuestro lado. “Se dice ‘pec'”. “Y gato es ‘mish'”, añade Eithel, pero no parecen interesados en seguir con el tema. Prefieren saber porqué ando sola, cuántos días voy a estar en Temozón. Contesto y entonces me presumen que conocen la hacienda: Brita fue con su escuela a nadar para el Día del Niño, Eithel ha ido a ver películas con su escuela y con Julio, su amigo e hijo del chef del hotel. Es la mejor prueba de la verdad del programa social de la Fundación Haciendas del Mundo Maya, del que ayer nos hablaron a los medios invitados a este viaje. La Fundación ha propiciado que la mayor parte del personal que trabaja en el hotel sea de la comunidad, además de que ha mejorado el nivel de vida del pueblo con programas de salud, vivienda y becas educativas, incluso al extranjero. Y las mujeres del pueblo han recibido apoyo para formar cooperativas y talleres de artesanas, comercializar sus productos y tener ingresos propios. Los niños del pueblo también ven la hacienda como parte de su realidad cotidiana. No esperaba una confirmación tan de primera mano.

Les pregunto si puedo tomarles una foto. “Sí, aquí arriba del árbol, como changos”. Tomo varias y se arrebatan el teléfono para verlas, para verse. Se ríen mucho. Atraída por el alboroto se acerca Karina, amiga de los tres, callada pero sonriente. Quieren que tome más fotos y que yo salga con ellos. Disparo, vuelven a verse y reírse. Está por anochecer y debo regresar al hotel. Mientras me despido, Brita vuelve a la carga: “Me gusta tu blusa, es bonita”. “Muchas gracias, pero ¿sabes qué es lo más bonito de todo todo?”. Me mira, inquieta. “Cómo te ríen los ojos”. Es lo más cierto que he dicho hoy.

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Crónica del primer día bajo el sol de Yucatán

Fotos: Julia Santibáñez Aqui, mecedoras en el hall principal, donde el viento aligera el calor de 35º centígrados promedio en el día.
Fotos: Julia Santibáñez. Aquí, mecedoras en el hall principal, donde el viento aligera el calor de 35º centígrados a las 11 am.

Hacienda Santa Rosa, Península de Yucatán. 11:30 de la noche.

El día estuvo de lo más variado. Lo único constante fue el calor: un promedio de 35 grados centígrados. Empezó con un delicioso huevo en camisa (una gordita de harina rellena de huevo con tomate asado y cebolla morada). Luego hicimos un recorrido por el enorme jardín botánico de la hacienda-hotel con el señor Víctor, un curandero tradicional que nos fue explicando las propiedades curativas de infinidad de plantas y luego nos dio una consulta personal para recetarnos un remedio de herbolaria. A mí me dio una mezcla de tila, mimosa y pata de zopilote para combatir el estrés y el insomnio. Con esos nombres, me encanta la posibilidad de que funcione. Siguió un masaje tradicional tan rico que al terminar le propuse matrimonio a la masajista, una yucateca de nombre Silvia, quien antes de iniciar hizo una oración en lengua maya que se me antojó mágica. No aceptó mi propuesta y tuve que conformarme con imaginarme lo que sería tener a diario sus manos. La comida, explicada por el chef mismo, fue espectacular: crema de queso relleno, pollo relleno de queso crema con hierba chaya, panacotta de leche de coco. Los sabores me sorprenden, no encuentro palabras para describirlos pero me dejan un gusto rico en la boca y la emoción.

En la tarde nos presentaron la Fundación Haciendas del Mundo Maya, programa de desarrollo comunitario sustentable del cual la hacienda forma parte. Carola, directora de la Fundación y argemex apasionada y clara, dice que llevan 12 años trabajando con varias comunidades de la zona para apoyarles en temas de vivienda, salud, educación y generación de ingresos para las mujeres, además de rescate y dignificación de las tradiciones de la comunidad. Como parte del programa (premiado internacionalmente), la Fundación ha ayudado a crear cooperativas de artesanas que trabajan la filigrana, el henequén, el bordado y la urdimbre de hamacas. Vamos a conocer los talleres y platicamos con las mujeres. Es un deleite. Nos cuentan que, hoy, 43 familias del pueblo se sostienen de los talleres, mientras ellas conservan la tradición y tienen una comercializadora que vende sus productos en México y el extranjero. Es una historia que fascinante detrás de un hotel boutique, que aplaudo de corazón. Sin duda, luego de oír sus historias de trabajo y reconocimiento encuentro más hermosas las caras redondas y morenas de estas mujeres, descendientes de los antiguos sabios mayas. Cuánto se merecen estar bien. Me compro unos aretes para apoyar el proyecto pero, sobre todo, para llevarme conmigo una parte de sus historias.
En la noche, cenando unas auténticas delicias de espaldas a una fogata, pienso que esta tierra es un verdadero derroche de cosas buenas.
La vista desde mi cuarto.
La vista desde mi cuarto.
Uno de los ángulos del cuerpo principal de la hacienda.
Uno de los ángulos del cuerpo principal de la hacienda.
Don Víctor pone a secar las curativas hojas de orégano que cultiva en el Jardín botánico de la hacienda.
Doña SIlvia, la masajista que no se quiso casar conmigo, con las hierbas del tratamiento.
Doña SIlvia, la masajista que no se quiso casar conmigo, con las hierbas del tratamiento en el spa.
Crema de chile relleno (espectacular), Pollo a la chaya, Panacotta de manjar blanco (leche de coco)
Crema de chile relleno (espectacular), Pollo a la chaya, Panacotta de manjar blanco (leche de coco)
Artesanas de filigrana de plata de la Fundación Haciendas del Mundo Maya
Artesanas de filigrana de plata de la Fundación Haciendas del Mundo Maya.
Grupo de bordadoras apoyadas por la Fundación; detalle de su trabajo.
Grupo de bordadoras apoyadas por la Fundación; detalle de su trabajo.
Así de hermosa cae la tarde en la Hacienda Santa Rosa.
Así de hermosa cae la tarde en la Hacienda Santa Rosa.
Cena en la terraza de la hacienda (desde la izq.): yo, Rodrigo, chef Néstor, Andrea, Lorena, Elda, Marco Daniel, Arturo, Claudia

 

 

Crónica de las primeras horas en el mundo maya

Foto: Julia Santibáñez El juego de luces y sombras entre el interior y la terraza.
Foto: Julia Santibáñez El juego de luces y sombras entre el interior y la terraza.
Hacienda Santa Rosa, Península de Yucatán. 3 p.m.
“Yo me quito de aquí” quiere decir “Me voy”, y “bulto” significa “bolso de mano”. Esto lo aprendo mientras como un soberbio panucho de cochinita pibil (carne de cerdo preparada con adobo) y un pescado con achiote (adobo tradicional), acompañado de arroz con chaya (especie de espinaca local). Para rematar, una crepa de papaya en dulce acompañada de queso suizo. Son platillos típicos de la cocina de Yucatán, este estado del sureste mexicano que parece otro país, por cierto bellísimo y riquísimo.
Estoy en la Hacienda Santa Rosa, a una hora de camino desde Mérida, capital del estado. Vine unos días invitada por el hotel junto con otros medios para conocer el destino y noto que los anfitriones se ven decididos a que me enamore del lugar. No creo que sea difícil: la hacienda es de 1901 y produjo henequén hasta 1950, cuando el nylon invadió el mercado. En la década de 1990 fue restaurada y acondicionada como hotel boutique. Está envidiablemente en medio de una nada deliciosa, mi cuarto tiene alberca privada y todas las comodidades que uno pueda desear. Además, hace años que yo no venía a Yucatán, tierra imantada de tradición maya desde antes de la Conquista. Pienso que voy a ser muy feliz aquí.
En un momento libre leo un par de páginas de El interior (Ediciones Malpaso), crónica de Martín Caparrós que traje al viaje. Me encuentro esto: “Siempre recuerdo lo que me dijo aquel viejo en Mandalay: que la diferencia entre un turista y un viajero es que el turista no sabe de dónde viene y el viajero no sabe adónde va”. Lástima que en general sé adónde voy. Me encantaría perderme por aquí.
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Una de las albercas del hotel.
Salbutes de pollo (izq.) y panuchos de cochinita pibil (der.)
Salbutes de pollo (izq.) y panuchos de cochinita pibil (der.)
Lectura en la hamaca de la terraza del cuarto.
Lectura en la hamaca de la terraza del cuarto.

Un día con la reina del albur (crónica urbana)

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Para dominar la esgrima mental y el chingaquedito del doble sentido me inscribí en el Diplomado de Albures Finos con Lourdes Ruiz Baltazar, una tepiteña que asegura que jugar con las palabras afina los reflejos propios para la vida. A ver si es cierto.

1.

Es una cabrona. “Y a mucha honra”, agrega Lourdes. En su puesto del mercado de Tepito, en el que vende ropa de bebé, alburea a los clientes mientras los invita a comprar. “¿Qué talla, mamacita, qué talla?”, grita con voz ronca. La destinataria del mensaje, delgada pero de caderas imposibles, no se da por enterada. “¿Un mameluco para su chiquito?”, pregunta a dos jóvenes espabilados, que se alejan riendo. Es el mediodía de un jueves y los pasillos del mercado son un hervidero. Algunos pasean como por un parque, otros avanzan con prisa eficiente, una pareja se besa sin pudor, tres niños manotean, una anciana arrastra un raquítico carro del mandado.

Los precios son inverosímiles: un trajecito de bebé cuesta 50 pesos, mientras alrededor se ofrecen CD de música a dos pesos y playeras del Barça a 100. Mientras platica conmigo, Lourdes no pierde de vista el negocio. Rápida para contestar, de ojos rasgados, inquietos, se ríe fuerte y fuma dando grandes jaladas al cigarro, como las grandes jaladas que le da al lenguaje. Porque alburear es sexualizar las palabras: estirarlas hasta dejarlas rojas, llevarlas al máximo disfrute, promiscuirlas, embarazarlas de nuevos sentidos. O, como dice ella, ponerles huevos.

2.

Estoy un poco nerviosa. En este salón improvisado de la Galería José María Velasco, en el mero Tepito, está por empezar el Diplomado de Albures Finos del que soy alumna, auspiciado por la Delegación Cuauhtémoc y con el aval del Instituto Nacional de Bellas Artes y Conaculta. No soy precisamente experta en el doble sentido, así que me siento en la tercera fila, para evitar exponerme.

El curso lo imparten Lourdes Ruiz Baltazar, Campeona Nacional de Albures, y Alfonso Hernández Hernández, cronista y director del Centro de Estudios Tepiteños. Son amigos y cómplices de años: en 1997, Alfonso inscribió a Lourdes en el torneo de albures “Trompos contra pirinolas”, en el Museo de la Ciudad de México. “Eran mujeres contra hombres. Se trataba de hablar en doble sentido y te descalificaban si decías groserías, te quedabas callado o te metías autogol”, explica ella.

“Primero, nosotras les ganamos a los hombres. Luego eliminé a las demás competidoras y algunos del público quisieron medirse conmigo. Les gané y competí contra los jueces. Al final quedé como vencedora. De ahí me viene el título de Campeona Nacional”, dice. Pícara, añade: “Yo compito duro. Hoy, si me retan ofrezco tres premios a quien me gane: al tercer lugar le disparo unos ostiones en el centro, al segundo le doy unos raspados de anís y al primero le toca la reata de oro”. Tardo en darme cuenta de que todo lo que me acaba de decir es un albur. No guardo grandes esperanzas sobre mi futuro alburero.

De rasgos fuertes, vestida con delantal con cuadros rosas, el pelo sujeto con ‘bolitas’, Lourdes arranca el diplomado como corresponde: en doble sentido. “Aquí les vamos a dar la introducción del encabezado. Van a salir sobresaltados, pero no sobrecogidos”, dice riendo. Vaya, por fin entiendo algo. Alfonso complementa: “El albur va contra el lenguaje político que no dice nada, contra la mojigatería. No solapa pendejos ni engrandece cabrones”. Lourdes dice tener el vicio de la lectura y luego abunda: “La tecnología nos ha atrasado. Si hace poco los niños debían leer para hacer su tarea, ahora se meten a Internet, copian un resumen y se acabó. Los adultos antes nos aprendíamos los teléfonos de los amigos, pero hoy todo está en el celular. Hemos dejado de usar la cabeza. En cambio, el albur hace trabajar los dos hemisferios del cerebro”. Luego recomiendan material de consulta: el libro Picardía mexicana, de Armando Jiménez, y la canción “La tienda de mi pueblo”, de Chava Flores, con líneas como: “Tuve una tienda en mi pueblo, precioso lugar./ Te vendía de un camote de Puebla a un milagro a San Buto,/ pitos, pistolas pa niños te hacía yo comprar”.

Entre los asistentes al curso, más mujeres que hombres, hay un estudiante de Sociología, gente del barrio, una señora mayor con su hija, una historiadora del arte y una chica harta de no entender el doble sentido de sus colegas: “Me trago todo”, se queja, y Lourdes revira “¡Qué rico!”. También está un chicano que aspira a no quedarse callado cuando sus hermanos, mecánicos, lo agarran de bajada, además de un ama de casa que admite: “Cuando me enfermo, mi marido dice que me va a dar mi té de ramo blanco. Hasta hace poco entendí: ‘Te_derramo_blanco’. ¡Qué cabrón!”. Alguien le pregunta a Lourdes cómo aprendió a alburear. Mientras cruza las manos, largas y delgadas, responde: “Sobre todo escuchando. En mi casa me enseñaron. Por ejemplo, mi abuela nunca se imaginó ver hijas tan grandes, y aunque mi papá ya es grande, todavía me da para el gasto”. En su español de acento gringo, el chicano brinca: “No entendí nada”. Lourdes explica que al cambiar los cortes de las palabras aparece el sentido oculto: “verijas grandes” (verija es el espacio entre los genitales y el muslo) y “mi papaya es grande” (papaya, alusión a la vagina). Es que el albur alude al sexo y a los órganos sexuales con la mayor variedad posible de metáforas y similitudes de sonido. Se trata de buscar semejanzas en todo. Así, el pene es reata, plátano, chile, salchicha, camote, chorizo, el sin–hueso o ‘lo que me sobra’, mientras la vagina es raya, papaya, mamey, sartén (donde se estrellan los huevos) y el ano se convierte en anillo, anís, coliseo, sacapuntas, el quinto o el chico. “Y al que no me crea le juego un volado de su raya contra lo que me sobra”, apunta Alfonso. Nadie se le pone al brinco.

Claro, el albur requiere imaginación y repertorio verbal. Al acabar la clase y mientras camino por Tepito pasa junto a mí un camión destartalado, desde el cual una voz monótona anuncia: “Se compran colchones, tambores, refrigeradores…”. Trato de imaginarme algún albur sobre ese pregón, pero nada se me ocurre.

No tengo remedio.

3.

Al terminar otra sesión del Diplomado entrevisto a Lourdes. Con uñas postizas y precisa al hablar, la Reina del doble y triple sentido de las palabras está acostumbrada a las entrevistas. Precavida, me preparo para lo que venga.

—¿Cómo estás?

—En lo que cabe estoy bien… y en lo que no cabe, cómo duele.

—¿Qué es el albur?

—Es un ajedrez mental donde hombres y mujeres nos ponemos al mismo nivel. Alburear no es de machos ni de nacos, sino el ejercicio de aprender a reutilizar las palabras, a sacarles el jugo, a ponerles genitales. Cualquiera puede decir una grosería, pero no cualquiera es capaz de hacer un albur.

—¿Qué te gusta de alburear?

—Es divertido, un juego. Además involucra agilidad mental, porque apenas terminas de decir algo y ya tienes que ver cómo contestar. Eso sí, entre más complejos tienes, menos reflejos para la vida.

—¿Te los aprendes de memoria o los improvisas?

—No me gustan los ya hechos, prefiero los que inventas en el momento. Por ejemplo, si me preguntas sobre mis lugares preferidos de la República, te digo que mi estado favorito es Puebla, famoso por su mole, su camote y sus mascadas. Ahora te venden el dulce en barras y hasta en cajones. De Zacatecas me gusta su leche, es riquísima. ¿Y de Oaxaca? Sus memelas.

—Según Sergio Corona, las tres reglas del oficio son no explicar nada, no decir groserías y no “cometer suicidio”. ¿Falta alguna?

—Corona es un maestro del albur fino. Estoy de acuerdo en evitar las groserías y el autogol, y también es básico no quedarte callado. En lo que no estoy de acuerdo es que no se expliquen los albures. Yo lo hago, porque sólo así se aprende.

—¿Qué puede uno hacer cuando no entendió?

—Reírse y disfrutarlo. Luego, preguntar: “¿qué me dijiste?”.

—Esto es como el lenguaje de los políticos porque ambos requieren explicación, como cuando el vocero de Vicente Fox traducía: “Lo que el presidente quiso decir es…”.

—Ninguna de las dos jergas se entiende fácil, pero el albur es divertido y el habla de los políticos no, y menos cuando pagas impuestos. Los políticos te cogen de verdad y ni un besito te dan.

—Dices que el albur es el sismógrafo de la experiencia sexual. ¿La tuya es amplia?

—Claro, ¿la tuya no? Aquí te la ampliamos…

Me acaba de coger y apenas me doy cuenta.

4.

Aunque nació y creció en Tepito, el barrio macabrón, siendo niña ya tenía ganas de mundo: de grande quería ir a Europa, tener un hijo y una casa con jardín. Actualmente, conoce Europa y tiene una casa sin jardín, “pero tengo un chingo de pasto allá afuera”. Además hace las veces de mamá de Valentina, una adolescente que en realidad es su sobrina, hija de su hermana que murió en un accidente. “En Tepito, las mujeres nos chingamos para sacar adelante a nuestros hijos. Si te va bien el papá da dinero, pero la que educa y forma a los hijos es la mamá. Se dice que detrás de un gran hombre hay una gran mujer y es verdad: atrás, adelante, arriba, donde se acomoden”.

Con su boca grande se ríe de todo y parece comerse el mundo, pero las cicatrices que carga no son poca cosa. De chica era traviesa: se resbalaba por el barandal de la escalera de la vecindad y una vez se golpeó muy fuerte en la ingle. Para evitar el regaño no dijo nada, sin saber que a lo largo de dos años se le desarrollaría un tumor canceroso. Al detectarlo la operaron y recibió radiaciones, pero los médicos dijeron que máximo viviría hasta los 15 años. Tratando de salvarle la vida, su mamá firmó una autorización médica para que le quitaran los ovarios y la matriz. Cuando Lourdes lo supo se llenó de coraje hacia ella, por cancelarle la posibilidad de tener hijos. “Sentí odio gacho, feo”. 

Enojada y sin saber cuánto tiempo de vida le quedaba, se dedicó a emborracharse y a vivir de fiesta, hasta que su mamá la corrió de la casa. Vinieron años negros, de calle, de alcohol y drogas. “Vivía con doña Chole, doña Soledad. Muy de la chingada”. Por fin, una amiga la retó a ir a Alcohólicos Anónimos. Fue y aunque le parecía una pendejada, se quedó. Poco a poco entendió que estaba viviendo para el cáncer, alrededor de él. Quiso aprender a vivir con él.“Un día dije: ‘ya estuvo, pare de sufrir, cabrón’. Hoy veo las cosas distinto, disfruto la vida y si mi cuerpo necesita quimioterapia no hay pedo, la tomo, ya no la sufro. Chaplin decía que un día sin reír es perdido. Es cierto, hoy no dejo de reírme, incluso de mí misma. Por eso digo que soy cabrona, porque serlo no quiere decir pegar, robar o matar. Eso lo hace cualquier pendejo. Ser cabrona es caerte, levantarte y decir ‘no pasa nada’, porque la vida siempre tiene que seguir y hay que chingarle”, dice. 

Sus ojos negros miran de frente.

5.

Estamos en su puesto en el mercado. Mientras veo pasar un travesti que cojea desde tacones altísimos, Lourdes me cuenta que desde la infancia empezó a atender este negocio de sus papás. “Y hace años pude comprar otro puesto, mío. Ahí empecé a vender piratería, hice lana y con eso viajé. Conozco el mundo completo. Es para lo único que trabajo. He estado en el Vaticano, en Austria, Francia, Italia. Lo que más me ha impactado es Egipto. La primera vez que estuve ahí, uta, fue increíble”. Además, dedica parte de su tiempo a difundir la riqueza cultural de Tepito, que más que su casa es “un orgasmo, porque todo el mundo quiere llegar a él y, cuando llega, no quiere irse”. Y, claro, también enseña sobre el albur, esa esgrima en la que “entre la guasa y la risa te clavan la longaniza”.

Siempre jugando, dice que se encomienda a San Alejo para que le ponga uno más pendejo y que su película favorita es Por tus pugidos nos cacharon.

Entonces, le pregunto: Dicen que en Tepito hay que jugarse el pellejo. ¿Tú te lo juegas? “Sí, hay que chambearle duro, echarle ganas”.

Estoy orgullosa: me la acabo de alburear y no se dio cuenta. No importa que estuviera distraída.

(Originalmente publicado en la revista SoHo de marzo 2015)

Crónica del último día en la selva

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Todas las fotos: Julia Santibáñez

Parque Nacional Lagunas de Montebello, ejido de Tziscao, orillas de la selva. 1 p.m.

Salir del interior de la reserva nos tomó varias horas en una angosta carretera rodeada de neblina, humedad y vegetación que se quiere comer el asfalto. Al principio, el camino es solitario, con muy pocos pueblos pero, eso sí, cuatro retenes militares. Por kilómetros y kilómetros no hay gasolineras, de modo que los escasos pobladores venden el combustible en garrafones, a un precio mayor al de mercado. Luego, poco a poco, más autos, más gente, hasta el bullicio de aquí, donde por Fortuna los muchos turistas se reparten entre las 59 lagunas, de modo que ni se sienten.

Desde los miradores de las lagunas se ve agua de casi todos los colores: verde bandera, azul claro, azul marino, “azul profundo” (como dice Abenamar, el guía local), en algunas partes incluso cercano al negro. Es increíble cuántos matices puede adquirir un mismo elemento, dependiendo del reflejo del sol, de qué tan hondo esté el lago, de la composición del suelo, de la sombra que proyecte la vegetación de alrededor. Tanta belleza casi marea y sin duda quita el aliento.

Mientras vamos de un lago a otro, para entender un poco más la cultura local preguntamos al guía cómo se maneja la herencia de los ejidos. Responde que el padre de familia, dueño de la tierra y poseedor del documento que lo acredita como tal, escoge entre sus hijos varones al más trabajador, al que más ayuda en las labores del campo, al que “no ande en la pura tomadera” y a él le transfiere en vida la propiedad del ejido. Pregunto si las hijas no son consideradas y responde que no, los dueños de las tierras son “puros hombres”. Insisto: ¿por qué excluyen a las mujeres? Contesta: “Porque los hombres tienen más pensamiento”. Aprieto la quijada y apresuro el paso hacia el siguiente cuerpo de agua.

Imagen 2

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