Crónica de mi visita a un cenote maya en Yucatán

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Foto: Julia Santibáñez. Aspecto desde el exterior. Me imagino lo que habrán sentido los mayas hace miles de años al toparse con un hueco de estos bajo una tierra sequísima.

Cenote Sacamucuy. Predio de la Hacienda Temozón, Municipio Abalá, Península de Yucatán. 9 am.

Estoy metida en agua, queriendo beberme en silencio la belleza descomunal de este lugar y sintiéndome la más torpe al no poder ponerle palabras. Hace tiempo no estaba en un cenote, estas cuevas subterráneas inundadas que los mayas consideraban entradas al inframundo, el auténtico útero de la Tierra. Agradezco la frescura (a estas horas, afuera el calor ya rebasa los 28º centígrados), pero sobre todo estoy emocionada. El agua es transparente y como recién nacida, raíces y lianas de árboles se estiran para beberla, peces pequeños esquivan hojas para buscar comida, golondrinas revolotean en círculos cuidando sus nidos hechos sobre la pared de piedra. Mientras, el sol se cuela entre la vegetación. Ésta es sin duda casa de los dioses, como creían los mayas.

Vine a Sacamucuy como parte del viaje de prensa al que fui invitada, junto con compañeros de otros medios, por la Hacienda Temozón convertida en hotel boutique. El cenote (palabra que parece provenir del maya dzonot,  que significaría ‘cosa honda’) está dentro del predio del hotel y éste es un paseo que se ofrece de cotidiano a los huéspedes. Llegamos aquí luego de 20 minutos de camino en un carro jalado por un burro, tal como se transportaba la gente mientras funcionaba la hacienda henequenera. Al llegar, a orillas del cenote tuvimos una clase de Chi Kung, el arte marcial que más bien parece una danza y que se centra en equilibrar la energía corporal, y luego hicimos una meditación en silencio, rota sólo por el sonido de la caracola de Reto. La experiencia fue guiada por él, un suizo entrañable que llegó a México hace unos 20 años para estudiar chamanismo. Experto en masajes, meditación y terapias alternativas, hoy es el director de spa de las cinco haciendas del grupo. Espiritual, sensible, considera que el cenote es un ser vivo, de modo que al salir del agua le da las gracias por recibirnos.

Además del magnífico paisaje que representan, antiguamente los cenotes eran lugares sagrados también porque en Yucatán no hay agua visible, es decir, no hay ríos ni lagos, sólo estos cuerpos líquidos subterráneos que significan, literalmente, la vida. Será la carga energética del sitio, la meditación que hicimos o el agradecimiento de poder disfrutar un lugar tan bello. No sé, pero siento el corazón a la intemperie.

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Foto: Marco Daniel Guzmán http://www.viajabonito.mx. El suizo-yucateco Reto hace sonar su caracola durante la meditación, junto al agua del cenote.
Fotos: Julia Santibáñez
Foto: Julia Santibáñez. Los árboles se las ingenian para alcanzar el agua y crean estos manojos de lianas y raíces.

Da click para ver el video de la vista general del cenote

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Foto: Julia Santibáñez. Durante siglos, las filtraciones de agua de lluvia a través de la roca han creado estalactitas.

Da click para ver el video de las golondrinas

 

 

15 pensamientos en “Crónica de mi visita a un cenote maya en Yucatán”

  1. Te entiendo cuando decís “me siento torpe”; aunque tu crónica es riquísima siempre tenemos la sensación de que no podemos transmitir todo lo que sentimos en sitios como esos. De todos modos, nos haces sentir mucho y bien, tanto con tus palabras como con los videos (el primero transmite más de lo que piensas). Desde el gracioso y acertado “Belleza descomunal” hasta la enumeración con la que cierras el primer párrafo, todo eso nos permite acercarnos, siquiera, a lo que has sentido allí.
    ¿Tendremos más? Eso espero.

    Cariños.

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    1. Por alguna razón el primer video salió sin audio, misterios de la tecnología (por no echarle la culpa a la videoasta), pero al menos comunica un poco el ambiente de conjunto, que con fotos no pude lograr. En estos días iré subiendo un par de entradas más sobre el viaje, que fue espléndido.
      Abrazos desde el inframundo

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  2. Qué maravilla, Julia. Poder disfrutar de uno de esos milagros de la naturaleza, acompañada de mis amigas las golondrinas. No tengo cerca cenote alguno, pero sí la suerte de contemplar a diario el vuelo alegre y el piar entusiasta de esas preciosas aves. Ahora mismo las estoy escuchando. Un abrazo.

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    1. Una de dos: o en efecto te teletransportaste hasta Yucatán como querías o eres de los absolutos privilegiados que al abrir la ventana no ven cemento. Creo que es más bien lo segundo, qué bien.
      Abrazos, Benja

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  3. Los cenotes son una pasada, y bañarse en ellos una experiencia “riquísima” (que diríais por allí). En mi visita por Yucatán, estuve en tres, dos de ellos casi nada transitados. Me hiciste revivir un paseo similar en carreta tirada por burro por las vías de una explotación henequera para llegar a un pequeño cenote en Cuzamá al que había que descender por un agujero de no más de un metro de diámetro, asidos a una escalera adherida a la pared. Un lujo estar allí metidos bañándonos prácticamente en soledad y casi sin luz, puesto que sólo entraba algo por una cavidad no demasiado grande justo en el centro del cenote por la que descendían las raíces de los árboles en busca del agua.

    Besos.

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    1. En efecto, muchos cenotes son bastante similares en cuanto a que hay que bajar a ellos por una escalera y a que la única compañía que se tiene ahí dentro suelen ser las raíces. En Sacamucuy es exactamente así. Qué bien, Alberto querido, que has estado en uno y que coincidimos en lo intenso de esa experiencia vital.
      Me encanta tu expresión: “son una pasada”. Te la plagio porque el “riquísima” ya me queda corta, luego de tanto usarla.
      Abrazote

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