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Misticismo y erotismo, hermanos gemelos

Santa Teresa de Jesús, de Gian Lorenzo Bernini
El éxtasis de Santa Teresa de Jesús, de Gian Lorenzo Bernini

Acabo de presentar el libro Biografía del silencio, del escritor y sacerdote español Pablo D’Ors, quien estuvo de visita en México (es nieto de aquel crítico de arte Eugenio D’Ors que citaba Alfonso Reyes). El pequeño ensayo testimonial publicado por Siruela trata sobre meditación, a la que el autor llama “pasión contemplativa”, aunque suene a oxímoron.

La meditación y el yoga me interesan de tiempo atrás, así que accedí a presentar el libro un poco por interés y otro poco por polemizar, con base en mi cimentado prejuicio ante los curas. Bueno, pues el libro me gustó mucho, una suerte de síntesis entre Oriente y Occidente, entre las tradiciones contemplativas de los místicos y la meditación zen. Digamos que trata de espiritualidad, no de religión. Y D’Ors me gustó también. Doctorado en literatura, lo veo antes como un intelectual que un sacerdote. Es un tipo franco, sin telarañas, a quien no le hace ruido dialogar con un no creyente y a quien no le agobia que alguien crea en otro Dios. ¿Qué pasaría si hubiera más como él?

Una de las preguntas que le hice tuvo con ver con la frase de Denis de Rougemont, en El amor y occidente: “Todo erotómano es un místico que se ignora” y que enlazo con la imagen que ilustra esta entrada, de Santa Teresa en un rapto místico ¿o en un orgasmo erótico? Es que se parecen tanto. La verdad es que quería provocar a D’Ors pero la provocada fui yo, porque ni se acaloró ni se nervioseó. Respondió que sí, que el ser humano es tanto misticismo como erotismo, que no es lógico privilegiar uno sobre otro. Subrayó que en todos nosotros hay instintos e ideales y tratar de eliminar uno de ellos es absurdo, porque ambos están atravesados por la misma pasión de unidad: el erotismo canta al sueño de los cuerpos de estar unidos, mientras el misticismo celebra el deseo de las almas de estar unidas. Chapó.

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Con Manuel Pérez Petit, editor y colega presentador, y con Pablo D'Ors
Con Manuel Pérez Petit, editor y colega presentador, y con Pablo D’Ors

 

Qué va a hacer el tiempo de mí

 

Qué suerte tener lo que tengo en este preciso ahora, las certezas que me hacen el día, los amores que me lo desbordan, las incertidumbres que lo equilibran. Mañana quién sabe. No sé quién voy a ser, qué voy a necesitar, querer, urgenciar. Quién sabe qué capas mías se habrán superpuesto, cuáles deslavado. Con toda seguridad me habrán nacido otras miradas.

No sé qué va a hacer el tiempo de ésta que soy, pero con todo y riesgo de tormenta y aves de mal agüero hoy estoy aquí. Y me gusta gran parte de lo que veo.

Crónica de mi visita a un cenote maya en Yucatán

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Foto: Julia Santibáñez. Aspecto desde el exterior. Me imagino lo que habrán sentido los mayas hace miles de años al toparse con un hueco de estos bajo una tierra sequísima.

Cenote Sacamucuy. Predio de la Hacienda Temozón, Municipio Abalá, Península de Yucatán. 9 am.

Estoy metida en agua, queriendo beberme en silencio la belleza descomunal de este lugar y sintiéndome la más torpe al no poder ponerle palabras. Hace tiempo no estaba en un cenote, estas cuevas subterráneas inundadas que los mayas consideraban entradas al inframundo, el auténtico útero de la Tierra. Agradezco la frescura (a estas horas, afuera el calor ya rebasa los 28º centígrados), pero sobre todo estoy emocionada. El agua es transparente y como recién nacida, raíces y lianas de árboles se estiran para beberla, peces pequeños esquivan hojas para buscar comida, golondrinas revolotean en círculos cuidando sus nidos hechos sobre la pared de piedra. Mientras, el sol se cuela entre la vegetación. Ésta es sin duda casa de los dioses, como creían los mayas.

Vine a Sacamucuy como parte del viaje de prensa al que fui invitada, junto con compañeros de otros medios, por la Hacienda Temozón convertida en hotel boutique. El cenote (palabra que parece provenir del maya dzonot,  que significaría ‘cosa honda’) está dentro del predio del hotel y éste es un paseo que se ofrece de cotidiano a los huéspedes. Llegamos aquí luego de 20 minutos de camino en un carro jalado por un burro, tal como se transportaba la gente mientras funcionaba la hacienda henequenera. Al llegar, a orillas del cenote tuvimos una clase de Chi Kung, el arte marcial que más bien parece una danza y que se centra en equilibrar la energía corporal, y luego hicimos una meditación en silencio, rota sólo por el sonido de la caracola de Reto. La experiencia fue guiada por él, un suizo entrañable que llegó a México hace unos 20 años para estudiar chamanismo. Experto en masajes, meditación y terapias alternativas, hoy es el director de spa de las cinco haciendas del grupo. Espiritual, sensible, considera que el cenote es un ser vivo, de modo que al salir del agua le da las gracias por recibirnos.

Además del magnífico paisaje que representan, antiguamente los cenotes eran lugares sagrados también porque en Yucatán no hay agua visible, es decir, no hay ríos ni lagos, sólo estos cuerpos líquidos subterráneos que significan, literalmente, la vida. Será la carga energética del sitio, la meditación que hicimos o el agradecimiento de poder disfrutar un lugar tan bello. No sé, pero siento el corazón a la intemperie.

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Foto: Marco Daniel Guzmán http://www.viajabonito.mx. El suizo-yucateco Reto hace sonar su caracola durante la meditación, junto al agua del cenote.
Fotos: Julia Santibáñez
Foto: Julia Santibáñez. Los árboles se las ingenian para alcanzar el agua y crean estos manojos de lianas y raíces.

Da click para ver el video de la vista general del cenote

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Foto: Julia Santibáñez. Durante siglos, las filtraciones de agua de lluvia a través de la roca han creado estalactitas.

Da click para ver el video de las golondrinas

 

 

5 a.m. Suena el despertador.

Foto: Jasper Johal
Foto: Jasper Johal

Está oscuro y hace frío. Quisiera seguir durmiendo o, al menos, quedarme acostada, pero me levanto para ir a práctica de yoga. Es un tiempo que dedico a flexibilizar el cuerpo y la mente, hacer por mí lo que nadie más puede hacer por mí. Y aunque en clase sudo, me canso y hasta sufro, al salir siento que sonrío con piernas y brazos.

Carta a mi “yo” de 10 años

 

Gracias a mi sabia adolescenta descubro en YouTube los videos de Soulpancake, que son abrazos para el alma. En menos de tres minutos éste me emociona: varias personas comparten una carta escrita a su “yo” cuando tenía 10 años. No encontré una versión subtitulada, lo siento, pero retomo algunas frases que tocan fibras hondas:

“Sé que te sientes muy solo pero no te preocupes… Vas a viajar por el mundo y conocer gente espectacular”.

“Cada año que vivas será mejor que el anterior”.

“Un día estarás orgullosa, muy orgullosa, de quien eres. Te lo prometo”.

Y esto, escrito por un chico que me sacudió en especial:

“Sé que sueñas con enamorarte. Conocerás a un hombre que te amará mucho… Sí, dije ‘hombre’. Tampoco te preocupes por eso, mamá y papá lo aceptarán sin problema”.

Con esta idea me nace decirle algo a la Julia de 10 años:

“Sé que sentirte marginada en la escuela te duele y entristece. No te preocupes, eso va a arreglarse: encontrarás amigos entrañables que te aceptarán como eres. Has pasado un trago gordo, pero en el futuro tendrás amor a manos llenas, una hija hermosa y buena amiga, un camino de luz. Y en muchos años los libros y lápices, hoy tu tabla de salvación, seguirán siendo compañeros de camino. Créeme, todo va a estar mejor, serás mucho más feliz de lo que puedes siquiera imaginar. La vida es buena. En serio.

La Julia vieja“.

Este autodiálogo me desarma.

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Palabras que funcionan como una lámpara de mano

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A veces, como hoy, una frase como ésta puede iluminar el día. Es de Viktor Frankl, creador de la logoterapia y de quien leí hace tiempo El hombre en busca de sentido. En ese libro hecho de tripas y humanidad cuenta su experiencia en el campo de concentración de Auschwitz, donde estuvo preso y donde murieron su esposa, sus padres y hermanos. Narra cómo en ese lugar sin esperanza le sorprendía descubrir que a pesar todo el sufrimiento, algunos prisioneros seguían luchando por sobrevivir… y sobrevivían y al final eran capaces de llevar vidas plenas.

Me gusta esta frase, la creo, la repito. Funciona como una linterna, que alumbra los pasos.

Hay un poder en ser vulnerable (y lo quiero descubrir)

Oveja: www.belenessanjuanbosco.es
Figura: http://www.belenessanjuanbosco.es

Me siento frágil. Sabe mal, va en contra de la imagen “fuerte” que quiero tener de mí, se contrapone a los mensajes de “tú puedes, muéstrate segura, no dudes”. Más bien me siento débil, no quiero fingir lo que no soy, dudo mucho.

Parezco las figuras del Nacimiento (Belén), que en Navidad poníamos en casa para simbolizar la llegada de Jesús: de un año al otro, al guardarlas o sacarlas de las cajas siempre se le rompía la pata a alguna oveja. Y ahí estaba ella, todo diciembre en la representación, con la pata pegada. Así, yo: con la pata rota aquí estoy, tratando de aprender de esta debilidad, de este ser imperfecta, de saber que sólo si contacto con el dolor puedo salir adelante, que tratarme con cariño y compasión es un aprendizaje y que ser vulnerable no me denigra, al contrario, puede convertirse en un rasgo hermoso, que me permita conectar con otros.

Este video está siendo mi mantra: El poder de la vulnerabilidad. No tiene desperdicio.

La luz se hace en las páginas de este libro

Foto: Hoyo de Sanabe, por Timoteo Estévez
Foto: Hoyo de Sanabe, por Timoteo Estévez

5 a.m. Estoy de ese lado del día en el que todavía es de noche. En poco tiempo saldré a clase de yoga, pero invitada por el silencio aprovecho para leer un poco. Tomo el libro de meditación que es, literalmente, mi lectura de cabecera. Lo abro donde sea:

“Nuestros demonios personales tienen diversos disfraces. Los experimentamos como vergüenza, como celos, como abandono, como ira. Son cualquier cosa que nos haga sentirnos tan incómodos que tenemos que huir constantemente. Nos escapamos a lo grande: expresamos nuestras emociones reprimidas, gritamos, damos un portazo, pegamos a alguien o tiramos un tiesto para no tener que enfrentar lo que está ocurriendo en nuestro corazón […] Practicar el amor compasivo hacia nosotros mismos parece una buena forma de empezar a iluminar la oscuridad de los tiempos difíciles”. -Pema Chödron, Cuando todo se derrumba (Gaia ediciones)

Justo hoy el día comienza entre estas páginas.

Yoga: tres años y contando

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En estos días cumplo tres años de practicar yoga. Mi cuerpo y mi mente lo agradecen a todos los dioses, porque los beneficios recibidos superan los dedos de mis manos. Baste mencionar estos: mis dos hernias lumbares y yo firmamos la paz; a mi rodilla izquierda se le olvidó cómo dolerme; a mis cuarenta-y-tantos soy más flexible de lo que jamás fui. En suma, descubrí el placer de cuidar mi cuerpo, mi única casa. En lo emocional, empecé el proceso de aquietar mi mente.

Para los siguientes tres años, el objetivo es flexibilizar también mi carácter. De verdad, no es poca cosa.

Ver al miedo a los ojos

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Traigo esta historia rondando en la cabeza. Quiero entenderla, absorberla. Me parece poderosa para conectar con otros, para recordar que “soy humana y nada de lo que es humano puede parecerme ajeno”, parafraseando a Terencio:

“En India, un hombre quiere liberarse de las emociones negativas: ira, pereza, orgullo y, sobre todo, miedo. Lucha y lucha pero no lo logra. Su maestro lo envía a meditar a una cabaña apartada, donde comienza su práctica. Al llegar la noche, enciende velas y continúa meditando. Cerca de medianoche oye un ruido. Abre los ojos y ve una gran serpiente suspendida del techo, mirándolo. El resto de la noche la observa, congelado de ansiedad. Sólo están él, la serpiente y su miedo.

Antes del amanecer se apaga la última vela y él empieza a llorar, no de miedo sino de ternura. Siente la fragilidad de todos los seres humanos. Entonces acepta, de corazón, que es iracundo, que se resiste y lucha, que tiene miedo. También reconoce que es un ser precioso más allá de toda medida: sabio y tonto, rico y pobre, insondable. Está tan agradecido que se levanta en la oscuridad, camina hacia la serpiente y le hace una reverencia. Luego se acuesta y se queda dormido. Al despertar, la serpiente ya no está.

Siempre queremos disminuir el miedo, edulcorarlo, distraernos. Nadie nos dice que nos acerquemos, nos familiaricemos con él, porque encierra las verdades más profundas”. -Pema Chödrön, Cuando todo se derrumba (Gaia Ediciones)

Budista en un taxi manhatteño

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Llueve en Manhattan. Mi hija y yo vamos a comer a Eataly, fusión de mercado-tienda gourmet-restaurante-panadería-quesería en el Flatiron District, fascinante recomendación de mi querida amiga Arantza. El agua nos obliga a tomar un taxi. El conductor es un dominicano de nombre Miguel, que se suelta platicando cuando nos oye hablar español. Dice que lleva 24 años en NY, mismos que parece haber guardado silencio, a juzgar por la urgencia con la que conversa. Mientras afirma que México es su segunda patria pone música de Juan Gabriel. Dice que ha estado en el DF y en Cancún, que adora el cine de Pedro Infante, que tiene un nieto mexicano, que ama el guacamole. Todos lugares comunes, no sé si es tan devoto o si busca una buena propina (que, culposa como soy, no puedo evitar). Se me antoja “aventarle un torito”, hacerle preguntas que me sacarían de la duda pero da igual. Como si me leyera la mente cambia su tema: la plática pasa de México a la filosofía de vida, así nomás.

De un brochazo aborda la necesidad de arriesgarlo todo por lo que se desea, la importancia de no olvidar las raíces, el acierto de darle una segunda (o vigésima) oportunidad al amor, la ventaja de darle buena cara a la vida. Entonces suelta esta perla: “A vel, si tú etá comiendo un helado y se cae el helado, ¿qué hace? ¿Te suelta a llolal? ¿De qué silve llolal? Mejol te quita la zapatilla, la media y luego pisa el helado, pala que te haga coquilla en lo pie”. Es lo que llamo tratado budista en una lección.

La paz que busco

20131101-200609.jpgSí, es justo ésta, la que no viene de fuera sino de dentro y por tanto ningún barullo ni escándalo puede alterar. Hoy, a mitad de SoHo encontré esto y me di cuenta que a ratos esa paz me visita. La meta es lograr que se quede a vivir en casa. No sé cuánto falte para convencerla.

Enseñanza de Dalai

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El Dalai Lama está en México y gracias a la generosidad de unos amigos queridos acudo hoy a escucharlo hablar sobre el libro Camino de Bodisatva. Me gustó verlo. De figura cansada, sus ojos pequeños se encienden cuando se ríe, una risita casi traviesa cuando recuerda cuánto odiaba memorizar las enseñanzas sagradas a la edad de seis años. Ni modo, quién le manda ser Dalai.

Necesito tanto aprender cómo alcanzar la sabiduría, cómo dejar de lado la realidad aparente y penetrar en la realidad absoluta. Rescato esta enseñanza del libro sobre el cual disertó: “Cuando uno pierde toda su fuerza por el desaliento es fácil que surjan las adversidades, pero alguien que tiene aliento y entusiasmo es invencible, incluso de cara a grandes adversidades. Por ello, con una mente inquebrantable, causaré una calamidad a la adversidad […] Al darnos cuenta de que una persona dotada de comprensión directa y profunda mediante la quietud erradica las aflicciones mentales, debemos primero buscar la virtud, y ésta surge de cultivar el desapego al mundo y a los placeres”. Shantideva, Camino de vida del Bodisatva, Capítulo VII: 53, 54; VIII: 4. ¿Querrá venirse a vivir conmigo?

Mi reino por unos audífonos

Imagen 1“La incapacidad para gestionar los pensamientos resulta ser la causa principal del malestar. Poner una sordina al incesante estrépito de los pensamientos perturbadores representa una etapa decisiva en el camino de la paz interior. Como explica Dilgo Khyentsé Rimpoché: ‘[…] Un anciano que mira jugar a unos niños sabe muy bien que lo que sucede entre ellos no tiene ninguna repercusión; no le produce ni excitación ni desánimo, mientras que los niños se lo toman muy en serio. Nosotros somos exactamente igual que ellos'”. -Matthieu Ricard, En defensa de la felicidad (Urano)

Hoy, por ejemplo, ofrezco mi reino a cambio de uno de estos implementos que pueda meter dentro de mi mente y la haga callar.

Aprender a ser mar

Foto: www.es.gdefon.com
Foto: http://www.es.gdefon.com

“El sufrimiento puede ser una extraordinaria enseñanza, capaz de hacernos tomar conciencia del carácter superficial de muchas de nuestras preocupaciones habituales, del paso irreversible del tiempo, de nuestra propia fragilidad y sobre todo de lo que cuenta realmente en lo más profundo de nosotros […] ¿Cómo dominar el dolor en vez de ser víctima de él? Si no podemos escapar de él, más vale aceptarlo que intentar rechazarlo. Tanto si caemos en el desánimo más absoluto como si conservamos la presencia de ánimo así como el deseo de vivir, el dolor subsiste, pero en el segundo caso seremos capaces de preservar la dignidad y la confianza en nosotros mismos, lo que establece una gran diferencia […]”. -Matthieu Ricard, En defensa de la felicidad (Urano)

Este libro ha sido consejero fiel durante estos días, en los que llueve. A principios de 2013 dije que el monje budista Matthieu Ricard, su autor, sería mi gurú durante el año (http://wp.me/p1POGd-th). De hubierme apegado más a sus enseñanzas hubiera podido enfrentar el dolor reciente con más entereza y claridad. No lo hice. Hoy me siento a escucharlo y trato de aprender cómo tener paz interior en circunstancias adversas, como hace el mar: “en la superficie, una tormenta causa estragos, pero en las profundidades continúa reinando la calma”.

Yoga: de adentro afuera

Tara Stiles
Tara Stiles

“Cuando mantienes saludable tu mundo interno, el exterior refleja ese cuidado: el yoga te reconstruye y revitaliza de adentro hacia afuera, regresándote a tu estado natural, tranquilo y centrado […] Las posturas de yoga esculpen un cuerpo largo y delgado, tornándolo más flexible, marcado y fuerte” -Tara Stiles, maestra de yoga citada en la edición mexicana de Women’s Health  (septiembre 2013).

Nótese el orden de ambos conceptos:

1. Antes que nada, el yoga es un trabajo interior y mental.

2. En segundo lugar es una disciplina física, que tonifica el cuerpo.

El orden de los factores sí altera el producto. Conozco gente que practica yoga con el fin de bajar de peso: eso es ligereza (vaya juego de palabras), es perder de vista la esencia de esta práctica milenaria que plantea una transformación interna. Me hace recordar aquello del filósofo de Güemes: “estamos como estamos porque somos como somos”.

Sonidos que regalan luz

20130825-090732.jpgTepoztlán, Morelos. Vine al cumpleaños de mi entrañable amigo Pedro. Puro corazón, sensible e inmerso en una búsqueda espiritual, se vino a vivir acá hace dos años. Buscaba paz, un ritmo más sereno que el de la ciudad y lo encontró en este pueblo mágico, cargado de buena energía desde tiempos precolombinos. No me sorprende.
Como regalo para sus amigos, hoy invita a Kim y Ángela, pareja que realiza un ritual de armonización a través de cuencos de cuarzo. Nunca había tenido la experiencia pero me resulta deliciosa, pacificante. Al terminar pregunto más sobre el tema a Kim y Ángela (él, chileno; ella, alemana; ambos, llenos de luz). Me invitan a tocar los instrumentos, me hablan del principio ancestral de que somos vibración al igual que el universo, de manera que el sonido de los cuencos de cuarzo armoniza ambas energías. Es una delicia, permite entrar en una meditación profunda.
Total, de la conversación salgo con este cuenco para mí, que me dispongo a tocar para meditar con esta vista majestuosa del Tepozteco. No hay mayor felicidad.

Menú del día

 

Hoy el restaurante laboral ofrece complicaciones, ritmo acelerado, molestia, sobrecarga, estrés. No se me antoja lo que hay para comer. Cuánto bien me haría una clase de yoga para reconectarme conmigo misma. ¿Y si me encierro cinco minutos en mi oficina a meditar? ¿Me lo perdonarán los mil temas impostergables?

Descubrir eso que llaman “sagrado”

La busqué con toda intención. En el mapa de París localicé “iglesia de San Eustaquio” (Saint Eustache). Cuando salgo de México intento conocer templos antiguos y perderme en ellos; sin esa escala, ningún viaje está completo. Además, en casa atesoro algunas piezas de arte sacro. No profeso credo alguno, de modo que siempre me expliqué mi afición por el lado artístico. Amo la mirada ingenua y ardorosa de muchas vírgenes, la delicadeza de los querubines en las iglesias barrocas, la elocuencia de las catedrales góticas. Este templo con orígenes en el siglo XII es una maravilla. Sentada en una banca, rodeada por veladoras y el sonido del órgano impresionante, me hundo en el instante, reconfortada. Salgo preguntándome el porqué.

Luego veo a mi querida amiga Claire, quien me regala un ejemplar de Psychologies, revista a la que me unen las entrañas. Ahí encuentro esto del filósofo Regis Debray: “Independientemente de connotaciones religiosas, lo sagrado está en todas partes porque nos es psicológicamente necesario… Crea un universo particular que nos permite regenerarnos, olvidar nuestra finitud y nuestra condición mortal, nos permite confrontarnos con una dimensión superior que rebasa lo cotidiano. (En su acepción laica) lo encontramos en el monumento en memoria del 11 de septiembre en Nueva York, en el cementerio Père Lachaise en París…”.

Sí, esa búsqueda espiritual y sed de trascendencia también explica mi pasión por las iglesias. A miles de kilómetros de casa lo descubro.

El Buda dijo

“Como la estrella fugaz, el espejismo, la llama, la ilusión mágica, la gota de rocío, la burbuja en el agua, como el sueño, el relámpago o la nube: considera así todas las cosas”. -Buda Sakyamuni

Así exactamente: igual de ligeras, de evanescentes (incluida yo misma). Y está bien.