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La musa. El muso.

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Se fue Bimba, el más andrógino de los seres, bestialmente atractiva, a quien por azar conocí cuando ella era pequeño (¿pequeña?). Nunca me imaginé que años después iba a moverme su ambigüedad, su capacidad para jugar con los registros y volverse apetecible en todos. Van estos versos para ti.

Amado Nervo, vate mexicano que lo mismo alcanzó elevadas cimas poéticas que escribió versos muy regulares, dejó estos bajo el sugerente nombre “Lubricidades tristes: Andrógino”. Los dedicó a un ser poseedor de “virilidades de dios mancebo” y “mustios halagos de mujer triste”. Carajo, cómo no iba a resultarle profundamente seductor un ser tan Bimba.

“[…] Yo te amé porque, a trueque de ingenuas gracias,
tenías las supremas aristocracias:
sangre azul, alma huraña, vientre infecundo;

porque sabías mucho y amabas poco,
y eras síntesis rara de un siglo loco
y floración malsana de un viejo mundo”.

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Qué rara soy

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De que soy un bicho raro, ni quién lo dude (yo menos que nadie, claro). Lo sé desde que a los ocho años me gustaba calcar para mi papá las fotos de las constelaciones que venían en la Enciclopedia de Life o desde que a los diez me gustaba recitar en las comidas familiares: “Muy cerca de mi ocaso/ yo te bendigo, vida/ porque nunca me diste/ ni esperanza fallida ni trabajos injustos/ ni pena inmerecida”, poema de Amado Nervo. Habráse visto. Con esto quiero decir que no necesito pruebas adicionales que documenten mi rareza, pero ayer la vida me aportó una más. Buscando entre papeles algo que me piden en la oficina encuentro este poema escrito en mis veintes y publicado en una revista universitaria. Lo raro no es eso, sino la temática del texto: temor/fobia a la vejez. No creo que sea común que alguien lejos de los 30 se agobie al imaginarse con “anatomía temblorosa” y “dientes en nones”. No tengo opción, debo tomar prestada una expresión de mi hija: “qué rara soy”.