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Palabras que duermen en los diccionarios

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“… quedaba boquiabierta pensando que existían palabras gordas y palabras flacas, palabras negras y blancas, palabras locas y criteriosas, palabras que dormían en los diccionarios y que nadie usaba”.

-Aurora Venturini, Las primas (Mondadori)

Y sí, conozco palabras como personas, de acento particular, pobres o ricas, de todos colores, que duermen y luego despiertan, que van por ahí bien llenitas de vida. O de muerte.

Las primas, de Aurora Venturini

En 2007, los integrantes del jurado del Premio Nueva Novela en Argentina (entre los cuales figuraba Rodrigo Fresán) eligieron como ganador un texto que se distinguía por “su originalidad y por la fuerza de su escritura”, según dicta la contratapa del libro. Menuda sorpresa se llevaron cuando al abrir la pleca encontraron que la autora tenía sólo 85 años.

Confieso que ese fue el gancho (¿morbo?) que me hizo comprar en el Ateneo de Buenos Aires el volumen de Mondadori. Ahora que recién terminé de leer la novela confieso mi pasmo. No sólo es excelente sino también mordaz, cruda, irónica. Ni en mis sueños más salvajes me podía imaginar a una venerable anciana escribiendo páginas como éstas.

La voz narrativa, Yuna, define los hechos contados como una “tragicomedia inmunda”. Ella es “diferente”, lo que quiere decir que tiene problemas de lenguaje y (quizá) de entendimiento, pero a fuerza de beberse el diccionario termina dominando las palabras y la puntuación que al principio del libro se le rebelan. Muy pronto descubre que pintando se expresa, aprehende, comunica, lo que la acerca a la ansiada “normalidad”. Su hermana Betina es idiota: siendo adolescente tiene la edad mental de una niña de cuatro. Come en una silla que lleva añadido un agujero para que defeque y orine, pues a mitad de las comidas le dan ganas. Yuna se pregunta: “cómo podía haber alguien tan feo y horrible, cabeza de búfalo, olor de trapo húmedo”. Por otro lado, la prima Petra es “liliputiense”, o sea, enana, mientras la otra prima, Carina, tendrá un destino adverso.

Así, el universo familiar en el que transcurre la novela es asfixiante, cargado de hedores, muerte, podredumbre, locura, castraciones, venganzas, abusos, tristeza “que desbarranca”. En un giro interesante, Yuna se afirma como la lucidez a pesar de la minusvalía. Dice: “yo quería percibirme nueva recién venida al mundo (sic) como si naciera de un gran huevo, quería ser un ave diferente” y justo cuando parece conseguirlo termina la narración. En cualquier caso, la novela se regodea en lo asqueroso, lo torcido y deforme, lo monstruoso, lo indecente, lo abyecto y ruin como sinónimos absolutos, en la línea clásica que asocia fealdad externa con fealdad del alma. Y a pesar de ser chocante y quizá políticamente incorrecta esa relación, la novela es redonda, puntual, precisa, altamente recomendable, pues.

Si un mujer de 85 años fue capaz de escribir estas páginas, sin duda hoy me trago mis prejuicios sobre su generación.