La vergüenza de tener un hijo feo

Imagen 3
Ilustración: Alberto Montt

Me atrevo a adaptar a mis fines literarios este cartón del notable Alberto Montt porque no traiciono el sentido último del mismo: él, humorista gráfico, se enfrenta diario al papel en blanco que espera un cartón, una viñeta. Yo, que escribo por vocación y porque no puedo evitarlo, tengo el reto cotidiano de vaciar en palabras lo que me sorprende, me duele, me emociona.

Con las distancias que confiere el genio que mueve sus manos, cada uno conoce desde su trinchera la frustración que genera la obra fallida, el hijo feo ya presentado en sociedad, el vástago tonto que uno no sabe cómo defender. Avergüenza porque uno siempre cree que podía haber tenido descendientes más guapos y capaces, si sólo…

Ante la desgracia ocurrida, sólo cabe esperar que el tiempo diluya el mal recuerdo. En eso estoy. #LunesDeMonos.

25 pensamientos en “La vergüenza de tener un hijo feo”

    1. Ya sé, ya sé que las mamás vemos hermosos a los hijos, pero a algunos textos no hay amor que los rescate (y está bien: selección natural llevada al terreno de la creación literaria).
      Otros mil +1

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  1. Estimado Manolo:
    Recuerdo cuando les cuento a mis alumnos que los trabajos que hacemos son como nuestros hijos. “A nadie le gusta tener un hijo feo y presentarlo ante todos…”
    En la vida real, nosotros no decidimos cómo serán nuestros hijos. Ellos pueden venir -por capricho del destino- feos, gordos, lindos, altos o bajos..
    En publicidad sí podemos crear hijos lindos y atractivos.
    Solo depende de nosotros y bueno, de tener un cliente que nos lo permita.
    Un abrazo.

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    1. En ese sentido, el arte y la publicidad son similares: uno decide el rostro de sus hijos, su complexión y el color de su piel. Por tanto, es totalmente responsable de ellos. Ni hablar.
      Abrazo

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  2. Yo que no soy escritor ni pretendo serlo, conozco ese síndrome (por llamarlo de alguna forma) que me hace desear borrar hasta el recuerdo de cosas que he escrito. Pero como bien dices, siempre hay una “buena madre” que me dice: ¡Es precioso Edu! No entiendo por qué no lo publicas. Entonces me pongo a rajar de las editoriales, la confabulaciones “anti-mí-mismo” y la envidia que envenena el panorama de la cultura actual.
    Te aseguro que me invade una paz post orgásmica sólo comparable con lo que ocurrido pre …y duermo de maravilla!
    Un abrazo.
    (Casi que coincidimos en alguna calle de Estambul…)

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    1. Deberé probar tu método, a ver si así puedo dormir bien cuando el insomnio ataca sin cuartel.
      En cuanto a Estambul, ¡qué bien que también anduviste por allá! Habrás regresado igualmente sacudido por esos aires…
      Abrazo

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  3. El acto de escribir debe ser muy serio.
    Los hijos hijos feos hay que matarlos.
    Precisamente hoy leía «Cómo se cuenta un cuento» y Gabo decía que «Hay que aprender a desechar. Un buen escritor no se conoce tanto por lo que publica como por lo que echa al cesto de la basura».

    Así, añadía: «Hay que romperlo y nos duele en el alma…el primer día. Al día siguiente, duele menos; a los dos días, un poco menos; a los tres, menos aún; y a los cuatro ya uno ni se acuerda. Pero mucho cuidado con andar guardando en lugar de romper, porque existe el peligro, si el material desechado está a mano, de que uno vuelva a sacado para ver si “cabe” en otro momento».

    Saludos.

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    1. Pertinente cita de Gabo sobre el tema, genial que la compartas. Gracias. Claro, a los hijos feos hay que matarlos y no querer conservarlos en hielo, porque pueden revivir y convertirse en vampiros de pesadilla. Cuando uno sabe que el chico es feo, perfecto. Ya sabe lo que tiene que hacer: su destino es la basura. El mayor problema es cuando uno se enamora del hijo y ya no es capaz de verlo feo. Entonces necesita los ojos de un lector en cuyo criterio confíe, para hacérselo ver.
      Gracias y saludos, Mario Misael

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  4. Gran reflexión y muy cierta. Pienso que si para escribir nunca hay mal momento (es una cuestión de esfuerzo y empeño constante), para la revisión y corrección sí lo hay; de igual modo que lo hay para la lectura relajada. Pero si alguno de tus escritos sientes que no es todo lo bueno que podría ser, como digo, corrígelo guardando la versión anterior, y perfílalo hasta que sientas que ya es todo lo bueno que debe ser. Luego deja que descanse y vuelve a leerlo. Y si aún así no te gusta, entonces escóndelo. 🙂 Quizá alguna vez lo rescates y te des cuenta de que, en realidad, era muy bueno. O a lo mejor no: a lo mejor descubres cuánta razón tenías. Mario Misael lo expresa mucho mejor a través de Gabo. ¡Un saludo!

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    1. Me gusta mucho el matiz que añades, Toni: guardar el texto y dejarlo descansar suele funcionar bien para desenamorarse de él y verlo con ojos más fríos, más críticos y “objetivos” (si es que existe tal cosa en el mundo real). El peligro al que me he enfrentado a veces, sin embargo, es que pasado el tiempo lo puedo ver con nostalgia porque el momento que representó y entonces vuelvo a contaminar mi visión. Ay, cuántas trampas.
      Saludos, Toni

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  5. Coincido con Toni. Y agrego una cosita más. Dice Clarissa Pinkola Estés, en su libro “Mujeres que corren con los lobos” que debemos aprender a mirar lo feo, lo que no nos gusta. Porque de esa manera, podemos decidir si quedarnos con ello o no. (más o menos, es una síntesis brutal de un capítulo entero 🙂 )

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