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No sé qué se me rompe por dentro

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Mi mamá, 84 flagrantes años, se va a vivir a una residencia de personas mayores (eufemismo para asilo de ancianos). Y yo no sé qué se me rompe por dentro.

Tomó la decisión porque las rodillas le tiemblan de más y las escaleras de su casa tienen mirada traidora. Porque recientemente se ha caído varias veces. Porque hace poco, cuando se sintió muy mal y pensó que era un infarto, se sintió más sola que nunca. Y se asustó. Tomó la decisión porque la edad se le vino encima sin carnaval ni comparsa. Así decía aquella canción que estaba de moda cuando ella era fuerte, cuando yo no me imaginaba que la boca se curvaba por la edad. Hoy, guapa y valiente pero cada vez más chiquita, decide que lo mejor es renunciar a vivir sola. Y los hijos y los nietos nos sentimos más tranquilos, pero yo no sé qué se me rompe por dentro.

Hace días fui a visitarla con mi adolescenta-que-se-desborda-de-vida.  Al despedirse, se dieron un abrazo muy largo. Me pareció que cambiaban estafeta. Y no sé qué se me rompió por dentro.

Gracias a Peter Pan y a Santa Claus

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Creo que lo he dicho antes. No importa, me sale de los entresijos decirlo de nuevo: hace años encontré una frase que se me volvió lema desde entonces, como palabras donde recargar el alma, en su doble acepción de “volver a cargar” y de “apoyar”. Decía algo como: “No puedo hacer mi vida más larga, pero sin duda puedo hacerla más ancha”.

Por desgracia ignoro quién lo dijo pero sí, me gusta asumir mi paso por acá como una constante dedicación a vivir a tope, tratando de esquivar los miedos que paralizan, amando de brazos abiertos y dejándome amar ídem. Aprovecho para agradecer mi tremenda Fortuna por lo que hace mi vida deliciosamente ancha, porque quien más me quiere me hace sentir reina del universo, mi adolescenta me regala abrazos que saben a infinito y mi familia es la tribu que mejor me acomoda, porque sigo buscando palabras para agradecer el amor de mis amigos-hermanos, porque tú que pasas por este blog te llevas algo y me dejas mucho a cambio, porque los libros siguen siendo el puntal luminoso que sostiene mi casa. Gracias a los hados y a Santa Claus y a Peter Pan y a todos los dioses y al azar. Gracias. Muchas.

En qué idioma agradezco esto

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La adolescenta y yo estamos en nuestro tradicional viaje anual cachete-con-cachete. Y cómo sabe de rico. La sanísima tradición que instauramos hace unos siete años tiene pocas reglas, pero inamovibles:

1. en este viaje, uno al año, no admitimos invitados. Ni amigas, ni familia, ni pareja pueden sumarse: es nuestro espacio de mamá e hija y somos celosas de él;

2. entre las dos decidimos el lugar al que iremos;

3. el único objetivo de base es disfrutarnos.

Este año los dados cayeron en Valle de Bravo, hermoso pueblo cercano a la Ciudad de México, desde donde iremos a visitar el santuario de la mariposa Monarca. Todo está fantástico: el hotel en el que nos hospedamos es bellísimo, con cascada y río incluidos, y la comida ha resultado deliciosa, pero lo que de veras quisiera saber es en qué idioma agradezco el privilegio de estar aquí, con mi hermosa adolescenta, que contra todo pronóstico sigue poniéndose feliz de salir de viaje con su mamá.