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Por un beso de esos

Foto: Julie Andrews y Rock Hudson en Darling Lili (1970)
Foto: Julie Andrews y Rock Hudson en Darling Lili (1970)

“Se inclinó y la besó de una forma que ella sintió que debía besarla siempre” (p. 182). -D. H. Lawrence, El amante de Lady Chatterley, Sexto Piso.

A veces, pocas veces, un beso cambia por completo el norte y el sur, porque si alguien es capaz de decir todo eso con los labios, entonces el lenguaje no sirve de mucho. Y, en este caso, tampoco yo y mis labios hemos de mucho. Hasta este momento.

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Así sabe el amor entre mujeres

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Ilustración: Luisa Fernanda Penagos http://lufepever.wix.com/lfpenagosart#!

“Dos miradas se cruzaron como los arcos de una bóveda diseñada tiempo atrás […] Cuando volvieron a tener la sensación del tiempo, los dedos pálidos de Fatma y los muy obscuros de Kadiya había hecho crecer entre las dos un tupido boque de ramas negras y blancas, entetejidas como ilegible caligrafía. Se habían conocido en silencio y se amaron en la ausencia de palabras: hablaban la luz y la humedad de sus cuerpos. Decían lo que con muchas palabras se llega poco a decir. En otra de las terrazas, una mujer cantaba con voz muy aguda, adolorida, una muy antigua canción de Ibn Zaydún: ‘Cuando tus ojos vean lo que ya no se ve y tus manos toquen lo que ya no se toca, tus ojos no serán ya tus ojos y tu cuerpo no será ya el tuyo, pobre posesiva poseída’.

Fatma quiso guardar el sabor de ese silencio en su memoria y cerró los ojos como si así lograra comerse definitivamente la presencia de Kadiya e hiciera de ella una tonada que sola vuelve y vuelve a la boca. Y pronto descubriría que hacía muy bien en querer conservar esos instantes porque aunque la memoria es frágil y escurridiza, lo es tal vez menos que la piel y los sentimientos: al abrir los ojos, Fatma descubrió que Kadiya no estaba ya a su lado”.

Es un fragmento de la novela Los nombres del aire, de Alberto Ruy Sánchez, narrador, poeta y director de Artes de México, que el propio Alberto me regaló, con el corazón en el mano, como él suele ir por la vida. Acaba de ser publicada en México como parte de la rica antología Quinteto de Mogador (Alfaguara), una exploración del deseo en sus varios gestos, olores, honduras y temperaturas. En el pasaje que cito, de una belleza que recuerda los cantos eróticos árabes, la adolescente Fatma se enfrenta al deslumbramiento del cuerpo de la hermosa Kadiya. Sin prisa, se tiñe de él. Y le cambian los ojos para ver el mundo.

La ilustración, que me fascina, es de la talentosísima colombiana Luisa Fernanda Penagos.

Ante la amenaza y el sinsentido, el deseo sigue siendo el asidero que nos afirma a partir del cuerpo, única certeza, subrayan tanto Ruy Sánchez como Penagos. Bravo.

Homenaje al miembro del miembro

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Ilustraciones de Romana Romanyshyn y Andryi Lesiv, tomadas de la edición de Sexto Piso

Me pongo mal cuando las damitas respetables dicen que es antiestético, horrible. Yo más bien he confesado muchas veces mi devoción por el falo. Lo digo porque estoy leyendo la nueva traducción al español de El amante de lady Chatterley, novela de D. H. Lawrence que acaba de publicar Sexto Piso, con impecables ilustraciones de Romana Romanyshyn y Adnriy Lesiv. Años atrás había leído el original en inglés y lo recordaba como uno de los libros que más lúcida e impecablemente hablan sobre el pene, así que con gusto le hinqué el diente a la versión en español. De ahí extraigo estos tres pasajes en los que Lawrence, maestro de maestros, levanta un templo a la verga a través de la visión de la protagonista, Connie:

“[Ella] fue consciente de la pequeña reticencia y ternura del pene. Y de nuevo se le escapó un pequeño grito maravillado y triste, su corazón de mujer lloraba por aquella cosa tan tierna y frágil que había sido tan poderosa […] El falo erecto se alzaba oscuro y ardiente desde la pequeña nube de pelo rojizo. Ella estaba expectante y temerosa. —¡Qué extraño! —dijo lentamente—. Qué aspecto tan extraño tiene cuando está alzado, tan grande, oscuro y seguro de sí mismo […] ¡Tan orgulloso! —murmuró inquieta—. ¡Tan majestuoso! Ahora sé por qué los hombres son tan dominantes. Es realmente hermoso, de verdad. Es como una criatura distinta y un poco temible, pero realmente hermoso. ¡Y viene hacia mí! […] Y ahora es pequeño y suave como un capullo lleno de vida —dijo tomando aquel pene empequeñecido entre las manos—; en cierto modo, es encantador, pero independiente y extraño. Y también inocente. Y ha entrado tan dentro de mí… Nunca lo insultes. Ya no es sólo tuyo, ahora también me pertenece“. (pp. 235, 280, 281).

Carajo, no he leído nunca un homenaje más chingón a ese obscuro y al mismo tiempo tremendamente luminoso objeto del deseo.

Ilustraciones: Romana Romanyshyn y Andryi Lesiv
Ilustraciones: Romana Romanyshyn y Andryi Lesiv