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Lo que me pasa con cierta combinación de letras

Algunos nombres me interesan más que el resto.

Quiero poner los ojos en el espacio entre sus signos, meterme en el dulzor de cada uno de sus sonidos.

Me atrae la mitología que los envuelve.

Su capacidad de combustión.

No conozco las letras que dan forma a algunos nombres.

 

Por un beso de esos

Foto: Julie Andrews y Rock Hudson en Darling Lili (1970)
Foto: Julie Andrews y Rock Hudson en Darling Lili (1970)

“Se inclinó y la besó de una forma que ella sintió que debía besarla siempre” (p. 182). -D. H. Lawrence, El amante de Lady Chatterley, Sexto Piso.

A veces, pocas veces, un beso cambia por completo el norte y el sur, porque si alguien es capaz de decir todo eso con los labios, entonces el lenguaje no sirve de mucho. Y, en este caso, tampoco yo y mis labios hemos de mucho. Hasta este momento.

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#MiércolesDePoesía Lizalde, antídoto

Pintura: Kurt Van Wagner
Pintura: Kurt Van Wagner
El día no quiere amanecer, luego de que el innombrable derrotara toda lógica en Estados Unidos. Por eso (o a pesar de eso) convoco un poema de Eduardo Lizalde, quien acaba de ganar el Premio Carlos Fuentes: las palabras como un antiveneno.

Profilaxis

Los amantes se aman, en la noche, en el día.
Dan a los sexos labios y a los labios sexos.
Chupan, besan y lamen,
cometen con sus cuerpos las indiscreciones
de amoroso rigor,
mojan, lubrican, enmielan, reconocen.
Pero al concluir el asalto,
los dos lavan sus dientes con distintos cepillos.

No sé cómo resistir tu voz

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“[…] había tomado en préstamo las cuatrocientas voces de un cenzontle; era un mago […] cuya mejor suerte consistía en aparecer y ocultar mundos con el mero instrumento de su voz“. -Rosa Beltrán, La corte de los ilusos, Alfaguara.

Conozco una voz como la que menciona la magnífica novela de Betrán, un cenzontle metido en la garganta a ratos oscuro, la angustia de un grito contenido, otras terso, tibio, casi un temblor de tan inseguro. En todos los casos, capaz de armar y desarmar universos a golpe de sonidos.

Qué hago con esa voz, cómo la resisto si en ella no caben todos los silencios.

Así sabe el amor entre mujeres

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Ilustración: Luisa Fernanda Penagos http://lufepever.wix.com/lfpenagosart#!

“Dos miradas se cruzaron como los arcos de una bóveda diseñada tiempo atrás […] Cuando volvieron a tener la sensación del tiempo, los dedos pálidos de Fatma y los muy obscuros de Kadiya había hecho crecer entre las dos un tupido boque de ramas negras y blancas, entetejidas como ilegible caligrafía. Se habían conocido en silencio y se amaron en la ausencia de palabras: hablaban la luz y la humedad de sus cuerpos. Decían lo que con muchas palabras se llega poco a decir. En otra de las terrazas, una mujer cantaba con voz muy aguda, adolorida, una muy antigua canción de Ibn Zaydún: ‘Cuando tus ojos vean lo que ya no se ve y tus manos toquen lo que ya no se toca, tus ojos no serán ya tus ojos y tu cuerpo no será ya el tuyo, pobre posesiva poseída’.

Fatma quiso guardar el sabor de ese silencio en su memoria y cerró los ojos como si así lograra comerse definitivamente la presencia de Kadiya e hiciera de ella una tonada que sola vuelve y vuelve a la boca. Y pronto descubriría que hacía muy bien en querer conservar esos instantes porque aunque la memoria es frágil y escurridiza, lo es tal vez menos que la piel y los sentimientos: al abrir los ojos, Fatma descubrió que Kadiya no estaba ya a su lado”.

Es un fragmento de la novela Los nombres del aire, de Alberto Ruy Sánchez, narrador, poeta y director de Artes de México, que el propio Alberto me regaló, con el corazón en el mano, como él suele ir por la vida. Acaba de ser publicada en México como parte de la rica antología Quinteto de Mogador (Alfaguara), una exploración del deseo en sus varios gestos, olores, honduras y temperaturas. En el pasaje que cito, de una belleza que recuerda los cantos eróticos árabes, la adolescente Fatma se enfrenta al deslumbramiento del cuerpo de la hermosa Kadiya. Sin prisa, se tiñe de él. Y le cambian los ojos para ver el mundo.

La ilustración, que me fascina, es de la talentosísima colombiana Luisa Fernanda Penagos.

Ante la amenaza y el sinsentido, el deseo sigue siendo el asidero que nos afirma a partir del cuerpo, única certeza, subrayan tanto Ruy Sánchez como Penagos. Bravo.

La luna para desayunar

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Vuelvo a Anaïs, que a cada paso me va aclarando lo que pienso y siento, como en este pasaje de hoy:

“Dejo ir todo lo que no puedo transformar en una maravilla. La realidad no me impresiona. Solo creo en la embriaguez, en el éxtasis, y cuando la vida ordinaria me encadena, escapo, de una manera u otra. No quiero más prisiones […] Yo elijo siempre la luna para desayunar. No aguanto los aspectos monótonos de la vida”.

-Anaïs Nin, Incesto (1932-1954) en Diarios amorosos, Siruela, p. 326

Esos “turgentes y temblones”

Fotos: Waclaw Wantuch www.waclawwantuch.com
Fotos: Waclaw Wantuch http://www.waclawwantuch.com

Un par de ojos. Dos girasoles. Tórtolas quietas. Tan únicos como la huella digital. “Los recuerdo turgentes y temblones,/ tus grandes, densos pechos juveniles“, cantó Tomás Segovia.

Los pechos bien se cuentan entre los frutos más codiciados, entre los parajes ignotos más celebrados. Estas imágenes del fotógrafo polaco Waclaw Wantuch les rinden homenaje y yo, con ellas.

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El deseo en boca de una niña

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“[…] Había sido un juego largo y el aliento de Camila continuaba hirviendo en mi cuello. Durante ese instante quise que Camila no marchara nunca de mi casa y se quedara a vivir toda la vida, para hablar conmigo o para no hablar, para cerrar los ojos y abrirlos otra vez y acompañarme en tardes interminables como ésta —cuando estoy a solas y miro sola a mamá—, para defenderme del mundo y de mamá […] si te vas de esta casa no sé qué soy, no sé qué soy. Repetía eso infinidad de veces”.

Estoy releyendo (en cuanto la terminé volví a empezar) esto que no sé cómo llamar, si novela, si poema en prosa, si bisturí que corta las emociones para mostrarlas en crudo, si torrente de palabras que me lleva lejos y no quiero regresar porque lo que veo es terrible, es precioso.

El libro me lo envió de regalo mi amigo necesarísimo Andrés Grillo. Es la historia de una niña de 10 años, Juliana, que se enfrenta por primera vez al amor y al deseo y se aterra ante ellos pero no quiere dejarlos ir, como todos. El colombiano Rosero ya me había sacado el aire más de una vez, tanto con la implacable novela Los ejércitos como con esa tremenda delicia que es Los almuerzos. Pero esto es otra cosa. La niña que camina sobre la cuerda floja de lo que siente versus lo que sabe, que trata de encontrarse en un mundo de adultos sin freno, que busca cómo explicar lo que le bulle por dentro me ha hecho un nudo en la garganta varias, varias veces. Estoy sacudida de belleza hasta el tuétano.

Ésta es la cara de mi nuevo libro

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Sí, llegó apenas y ya viene bautizado. Se llama Ser azar y lo publica Casa Editorial Abismos. Helo aquí, bien peinado, rozagante, con todas las ganas al alcance de la mano. Lo veo con ojos de mamá, ya se sabe, quiero que lo quieran. En un insólito intento por ser objetiva diré que sus 49 poemas (no 50 ni 48) plantean preguntas y ensayan respuestas sobre la vida, el amor y la muerte desde la poesía, “esa intensificación del lenguaje”, ese “tomar la textura de la vida”, en palabras de John Banville.

Ya se puede comprar en Amazon.com y en 15 días estará disponible en El Péndulo y en la librerías del Fondo de Cultura Económica. Voy avisando las novedades.

Aquí va un poema en prosa incluido en el libro, suerte de bocadillo que espero despierte el apetito por leerlo y entrar en diálogo con él. Salud.

SOL DE INVIERNO

La granizada nos sorprende al llegar a casa. Cerramos las ventanas, pero no sirve, aquí adentro hiela. Las rosas palidecen, el gato parece amoratado y nosotros, más quietos cada vez, más ateridos.

Deberíamos tenerle miedo al enfriamiento.

Deberíamos,

tú y yo tendríamos que jugar con fuego para no morirnos de frío.

Reírnos juntos= hacer el amor

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Hace tiempo leí, no sé dónde, que para señalar que hicieron el amor,  los esquimales dicen en su lengua que “rieron juntos”.

No sé si sea verdad pero, para acabar pronto, no me importa. Me parece una inmejorable manera de describirlo: mi cuerpo se queda riendo durante días o meses, por lo bajo, esa risa de dos que conocemos, la que de golpe nos moja como un torrente de agua y no podemos ni queremos escapar.

#MiércolesDePoesía Estoy besando un beso

No encontré el crédito de la imagen. Si alguien lo sabe por favor hágamelo saber.
No encontré el crédito de la imagen. Si sabes quién es el autor por favor dímelo, para incluirlo.

Los  #MiércolesDePoesía, ese remanso a mitad de la semana, se me han vuelto necesarísimos. Y se ve que no sólo a mí: con frecuencia el blog presenta mucho más tráfico los miércoles, así que gracias por pasar por aquí para compartirlos. Esta vez el invitado es el poeta español Pedro Salinas, miembro de la luminosa Generación del 27 y poseedor de una música impecable en cada verso. Y sí, doy fe de que hay besos más largos que un milagro y por ellos vale la pena arriesgar la vida.

“Ayer te besé en los labios.
Te besé en los labios. Densos,
rojos. Fue un beso tan corto
que duró más que un relámpago,
que un milagro, más. El tiempo
después de dártelo
no lo quise para nada ya,
para nada
lo había querido antes.
Se empezó, se acabó en él.

Hoy estoy besando un beso;
estoy solo con mis labios.
Los pongo
no en tu boca, no, ya no…
—¿Adónde se me ha escapado?—.
Los pongo
en el beso que te di
ayer, en las bocas juntas
del beso que se besaron.
Y dura este beso más
que el silencio, que la luz.
Porque ya no es una carne
ni una boca lo que beso,
que se escapa, que me huye.
No.
Te estoy besando más lejos”.

—Pedro Salinas

 

 

 

A veces no me gusta ser yo

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Me harta, me enoja, me frustra. A veces quiero amanecer en alguien más, con otra cara y manías nuevas. Estrenar miedos, por qué no. A veces me aburre mi propia historia, tan manoseada.

Hoy no. Hoy estoy en paz con el espejo. Amanezco feliz de ser yo, porque es a mí y no a alguien más a quien miras así, con esos ojos que nadie ha visto antes. Porque “si tú me miras yo me vuelvo hermosa”, como dice el verso. Porque me dices palabras que son sólo mías porque las creaste para mí y me las regalas como monedas nuevas, relucientes.

Hoy me gusta ser yo porque soy quien está aquí plantada, con la fuerza de saber que todo lo que he vivido antes valió la pena por llegar a esto.

#MiércolesDePoesía Una orgía con Jaime Sabines

Mónica Soto lee "Espero curarme de ti".
Mónica Soto lee “Espero curarme de ti”.

Anoche hicimos una bacanal a costillas de Sabines. Estrenamos sus poemas, los comimos e inhalamos, los bebimos. Impúdicos, dejamos que nos pintaran la boca de rojo y nos dejaran remecidos.

Éramos más de 100 (calculo) en la librería Rosario Castellanos del Fondo de Cultura Económica. El evento se anunció como una celebración por los 90 años que hubiera cumplido el escritor, pero en realidad llegamos desde distintos puntos de la ciudad, en realidad estábamos ahí para leer un poema y asegurar: “No es de Sabines, es mío, tiene mi nombre”. O: “Con él me di cuenta de que sabía algo sin saber que lo sabía”. O, incluso: “Estos versos me dicen mejor que yo mismo”.

Los invitados no éramos Mónica Soto, Rocío Cerón, Alejandro Baca, Javier Moro Hernández y yo misma, colegas a quienes amablemente mi querido José Luis Enciso convidó a leer nuestros textos sabinianos favoritos. Los invitados tampoco eran quienes llegaron con su libro bajo el brazo y pasaron a leer sus versos preferidos o los que los recitaron de memoria o los leyeron en el celular. El invitado de honor era el poema.

Me emocionó, me emociona esa apropiación, ese invitar a la gente a ponerle su firma a unos versos que, aunque escritos por Sabines, son de uno. La poesía es tremenda por eso, porque “es un puente que tendemos entre una soledad y otra”, dijo alguna vez el autor chiapaneco. Y anoche lo vi ocurrir una vez más.

Hoy me pongo más cursi de lo normal y digo: qué chingona es la poesía y qué rico orgiar con Sabines.

Dejo por aquí estos versos suyos que son míos:

“Tú tienes lo que busco, lo que deseo, lo que amo,
tú lo tienes.
El puño de mi corazón está golpeando, llamando.
Te agradezco a los cuentos,
doy gracias a tu madre y a tu padre,
y a la muerte que no te ha visto.
Te agradezco al aire.
Eres esbelta como el trigo,
frágil como la línea de tu cuerpo.
Nunca he amado a una mujer delgada
pero tú has enamorado mis manos,
ataste mi deseo,
cogiste mis ojos como dos peces.
Por eso estoy a tu puerta, esperando”.

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Alguien del público comparte “He aquí que tú estás sola”.

 

Yo leo "Ayer estuve observando a los animales y me puse a pensar en ti".
Yo leo “Ayer estuve observando a los animales y me puse a pensar en ti”.

 

Una chica del público lee en su celular los versos que el poeta escribió para ella.
Una chica del público lee en su celular los versos que el poeta escribió para ella.

 

"Yo no lo sé de cierto, pero supongo/ que una mujer y un hombre un día se quieren, se van quedando solos poco a poco...".
“Yo no lo sé de cierto, pero supongo/ que una mujer y un hombre un día se quieren,/ se van quedando solos poco a poco…”.

A esto sabe el sexo dentro de una iglesia

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Cuando virtud y pecado se encuentran sacan chispas. Abstinencia y desenfreno, dos caras del mismo Jano, ambas concentradas en el deseo: una por negación, otra por descaro. La oscuridad rota por la luz de las velas, lo prohibido y al mismo tiempo lo sublimado hacen un coctel invitadorsísimo.

Estoy leyendo Los almuerzos, novela del colombiano Evelio Rosero que se desarrolla en una parroquia de Bogotá y regala pasajes impecables como éste, cuando el jorobado Tancredo y la joven Sabina se encuentran, encendidos, debajo del altar:

“Resopló, era una llama que se consumía, el único cirio encendido de la misa. Tancredo la sintió despojarse de un tirón de su blusa, adivinó el gesto avasallador de la penumbra, los brazos alzados, la prenda que caía. Como por una llama negra el templo se hizo cálido, se incendió el aire, que olía al cuerpo pálido de Sabina, al escalofrío de sus pechos recién descubiertos, al sudor de sus axilas, al miedo y la alegría de toda su carne dispuesta, que se atrevía”.

Sí, algo así debe ser el sexo en una iglesia.

Mi corazón, ese niño goloso

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No soy mesurada en el amor. No sé cómo se hace. Me da envidia la gente madura que decide no enamorarse y lo logra cómodamente. Yo hace un año decidí lo mismo y soy un sonoro fracaso, perdida en amores como si nunca antes.

Se supone que a esta edad yo debería haber aprendido pero mi corazón, niño goloso, regresa al bote de caramelos cuando nadie lo ve, se llena la boca y se va sonriendo la travesura. No obedece obligación ni busca retar a nadie. Es de puro irresponsable que sigue al instinto, porque esa alegría le compensa todas las penas. Porque sin esa adrenalina para qué lo demás.

 

#MiércolesDePoesía Amar hasta que cueste respirar

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(da click en el enlace de arriba para oír la canción)

Por accidente descubro a la española Vanesa Martín. Me gusta su voz y los hilos de alma que arrastra. Además de cantante es compositora de cosas como éstas, que invito a este #MiércolesDePoesía porque sí: a veces ni yo misma me lo aguanto, pero no sé de otra.

“[…] Si me llevas a otro sitio donde nada entorpezca,
que no haya ruido más fuerte que tu voz así de cerca.
Si me enseñas la salida y decido quedarme dentro
ve bajando la bandera, sobra tela en este cuerpo.

Sintiéndonos una vez más
hasta que nos cueste respirar
gáname la vida.
Hazme el amor una vez más
hasta que nos cueste respirar […]

Soy tan tuya que ni yo, ni yo misma me lo aguanto”.

“Compartido es el placer”

Imagen: Stefan Kuhn
Imagen: Stefan Kuhn

En el siglo I antes de Cristo, Tito Lucrecio Caro se aventó la puntada de decir que la mujer tiene placer sexual. Es decir, el hecho de que busque el sexo no sólo obedece a un impulso natural: lo puede disfrutar. Las religiones y la ciencia tardaron muchos siglos en aceptar eso que Lucrecio no puso en duda, tremendamente adelantado a su tiempo. Va este fragmento de su libro De naturaleza, nomás por el gusto de celebrar que es viernes y que sí, el placer es de dos:

“Y no siempre la mujer suspira de amor fingido cuando abraza el cuerpo del varón y con su cuerpo lo junta y sujeta, mojando besos con chupar de labios; porque de corazón lo hace muchas veces y, buscando compartir el gozo, acucia para recorrer la amorosa pista. Y no de otro modo pájaros, vacas y bestias, ovejas y yeguas se pondrían debajo del macho, si no es porque, así que entran en celo, se enardecen sus partes rebosantes, y a los amorosos respingos gozosas responden. […] Eso nunca lo harían si no supiesen el gusto que se dan, capaz de dejarlos atados. Por tanto, digo y repito como hasta ahora, compartido es el placer”.

-Tito Lucrecio Caro, La naturaleza, Libro IV, 1193-1207, traducción de Francisco Socas, Gredos, 2010.

Da click aquí para ir a la entrada “He extirpado el miedo de Caronte”, también sobre Lucrecio

Contrastitos y contrastotes

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Foto: Andreas Kuehn, Stone, Getty Images

En estos días mi papá cumple 32 años de haberme dejado las manos vacías y, cursi como soy, no deja de punzarme su ausencia. A veces me descubro siendo la adolescente ingenua que le pide al pie de la cama de hospital que por favor no se vaya, la adulta igualmente ingenua que espera que regrese para oír su risa, sentarme en sus rodillas, volver a sentir que todo está bien.

Por otro lado, me encuentro en un momento rico a nivel personal, con la certeza de un abrazo que me derrite, de un amor que me desordena aunque es todo lo anticonvencional que puede ser, con el alma revuelta y la admiración que estreno cada día, porque cada día es el primero de esta historia.

Y ahí, entre ambos, transcurre el juego cotidiano de contrastes grandes y chicos que intento disfrutar lo más posible.

 

#MiércolesDePoesía De cuando una cama es todas las camas

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De nuevo es día de bersos. Hoy los invita el poeta mexicano José Eugenio Sánchez, nacido en Guadalajara y quien la semana pasada, entre cervezas, me regaló estas Escenas sagradas del oriente. El libro es una gozadera de ironía y provocación, de juego inteligente y transgresor (perdón por la redundancia).

Así arranca en buen tono el #MiércolesDePoesía.

helpless (and in my mind i still need a place to go)
sobre esta cama donde se acostó el mar
y se guardaron las cenizas de alejandría
y las hormigas almacenaron las provisiones durante el verano del holocausto
y la más despreciable hechicera escribió su recetario para exterminar el mal de amor

en la mismísima cama donde la maja y las venus posaron
donde juana la loca veló a felipe el hermoso por siete provincias
donde el espíritu santo fecundó a maría

aquí en la única cama traficada por fenicios
que sirvió de mapa para barbarroja
y fue alfombra mágica del príncipe de ishtar

en la auténtica cama donde parió la primera elefanta en cautiverio
donde charly parker tocó por última vez el saxofón y a una mujer al mismo tiempo
y —años antes— jesús meditó su discurso del monte de los olivos
es donde entiendo que cada cama es un país que no existe si no es con tu presencia

-José Eugenio Sánchez, Escenas sagradas del oriente, Almadía, 2009

El encanto (y el peligro) de enamorarme de alguien distinto a mí

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Infatuación. Me encanta la palabra infatuación. Implica fracturar la rutina en mil pedazos, sentir el shot de adrenalina, doblarse por el temblor de piernas. Según el Diccionario de la Real Academia es el acto de infatuarse, y éste viene de fatuo: falto de razón o entendimiento. Es decir que infatuarse es perder la cordura, volverse loco, estar enajenado, ser un insensato, perturbarse. O sea, enamorarse. Dicen que algo parecido sienten los adictos al juego: esperan una recompensa espléndida, aunque no tienen idea de cuándo ni cómo llegará. Ni siquiera están seguros de que vendrá, pero la posibilidad es un señuelo apetecible a morir.

La primera vez que me volví loca de amor tenía 12 años. Estaba de viaje con mis papás y en cada hotel que tocamos tuve a bien raspar una pequeña “E” en alguna parte del cuarto: la mesa de noche, la puerta del cuarto, hasta la cabecera de la cama. La inicial del nombre de mi codiciado Enrique obraba como escudo de armas de quien se lanzaba en pos del amor, porque lo había probado y sabía que nada más en el mundo valía la pena. Apasionado del futbol y los números, sociable a morir, nada interesado en los libros, Enrique y yo éramos radicalmente diferentes. Justo por eso me encantaba. Mis papás, como todos los papás, no se enteraron de nada. Y el dueño de mi amor, tampoco. Es más, no se había enterado de mi existencia.
La fascinación del trastorno
Enamorarse es fascinante. Aunque a nivel bioquímico sea casi un trastorno mayor, el coctel de hormonas que dispara hace que uno se sienta de regreso de un viaje interespacial. La psicóloga Shauna H. Springer compara el enamoramiento a ingerir cocaína, tener un rush de droga. Debido a la abundancia de dopamina y norepinefrina en el cuerpo, el enamorado experimenta una aceleración del pulso, vive en euforia, tiene acusado deseo sexual, vibra, mejora su autoimagen. El asunto se complica cuando, después de un tiempo, el enamoramiento pasa. Y se complica todavía más cuando uno se infatuó (qué bonito suena) de quien es diferente. Entonces puede ocurrir que las diferencias que primero fueron atractivas se vuelvan motivo de rompimiento. O no.

Los psicólogos Nathan Hudson y Chris Fraley estudiaron qué tanto el hecho de que ella y él se parezcan implica mayor felicidad en una relación de pareja. Encontraron que no necesariamente es así, es decir, muchas variables inciden en el bienestar de las parejas satisfactorias, pero que en general las relaciones estables experimentan mayor grado de plenitud cuando sus miembros comparten algunos rasgos de personalidad y son diferentes en otros. Como dicen: “Donde dos piensan exactamente igual, uno está de sobra”. Y sí, coincido. En mi caso, he tenido parejas suficientes como para armar una baraja sin repetir palo (perdón). He tenido galanes altos y bajos, guapos y lo contrario, algún cubano, italiano, gringo, colombiano y, claro, mexicanos. Ha habido morenos, güeros, negros. Si busco rasgos en común veo que no hay un tipo físico determinado. Creo que lo único que los hermana, además de su buen gusto, es que en todos he visto algunos rasgos afines a mí y algo que yo no tengo. Y no, no me refiero sólo a eso que no tengo (ejem), sino a que al menos de primera instancia me atrajeron por parecerme interesantes, excitantes, divertidos, retadores. Ahí está la clave: me gustan los retos. ¿Será ésta la razón por la que a muchas mujeres nos resultan taaan atractivos los hombres distintos a nosotras? ¿Porque tienen un cierto misterio y no podemos descifrarlos de golpe?

Según el sitio The Modern Man, la mayor parte de las mujeres elegimos pareja por motivos que van mucho más allá del atractivo físico. Si una chica es medianamente guapa, lo más probable es que muchos hombres quieran tener sexo con ella. Nada nuevo hasta ahí, es más, incluso puede resultar aburrido, por predecible. En cambio, un hombre que represente algo desconocido se convierte en un imán. Y si la diferencia viene acompañada de una mezcla de incertidumbre y deseo, envuelta en ternura e interés mutuo, hormonas y buen trato, el resultado es predecible: ella (y cualquiera) se muere de amor. El asunto es qué hacer con esas diferencias pasado el subidón de hormonas. Como apunta la terapeuta Gwendolyn Seidman: quizá la clave no está en que los dos miembros de la pareja tengan que ser iguales, sino en que sepan hablar de los puntos en los que no coinciden y entenderlos. Claro, suena precioso. Casi como la palabra infatuación.

(Originalmente publicado en el sitio Univision Trends).