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Crónica del último día en la selva

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Todas las fotos: Julia Santibáñez

Parque Nacional Lagunas de Montebello, ejido de Tziscao, orillas de la selva. 1 p.m.

Salir del interior de la reserva nos tomó varias horas en una angosta carretera rodeada de neblina, humedad y vegetación que se quiere comer el asfalto. Al principio, el camino es solitario, con muy pocos pueblos pero, eso sí, cuatro retenes militares. Por kilómetros y kilómetros no hay gasolineras, de modo que los escasos pobladores venden el combustible en garrafones, a un precio mayor al de mercado. Luego, poco a poco, más autos, más gente, hasta el bullicio de aquí, donde por Fortuna los muchos turistas se reparten entre las 59 lagunas, de modo que ni se sienten.

Desde los miradores de las lagunas se ve agua de casi todos los colores: verde bandera, azul claro, azul marino, “azul profundo” (como dice Abenamar, el guía local), en algunas partes incluso cercano al negro. Es increíble cuántos matices puede adquirir un mismo elemento, dependiendo del reflejo del sol, de qué tan hondo esté el lago, de la composición del suelo, de la sombra que proyecte la vegetación de alrededor. Tanta belleza casi marea y sin duda quita el aliento.

Mientras vamos de un lago a otro, para entender un poco más la cultura local preguntamos al guía cómo se maneja la herencia de los ejidos. Responde que el padre de familia, dueño de la tierra y poseedor del documento que lo acredita como tal, escoge entre sus hijos varones al más trabajador, al que más ayuda en las labores del campo, al que “no ande en la pura tomadera” y a él le transfiere en vida la propiedad del ejido. Pregunto si las hijas no son consideradas y responde que no, los dueños de las tierras son “puros hombres”. Insisto: ¿por qué excluyen a las mujeres? Contesta: “Porque los hombres tienen más pensamiento”. Aprieto la quijada y apresuro el paso hacia el siguiente cuerpo de agua.

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Crónica del segundo día en la selva

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Todas las fotos: Julia Santibáñez

Centro Las Guacamayas en las márgenes del río Lacantún, Reserva de los Montes Azules, más selva lacandona. 1 p.m.

Ha llovido todo el día. La humedad no pide permiso para esponjarme el cabello, para ondular las hojas de Ciudad Real, libro de Rosario Castellanos que estoy leyendo. La presagiaban las más de dos horas de carretera a mitad de la selva: el cielo no dejó de llorar ni un momento. Con este tiempo es imposible tomar el paseo en lancha. Nos dedicamos entonces a disfrutar la fantástica cabaña frente al río, el sonido de la lluvia, los abrazos, la laxitud de no tener nada por hacer, porque no se puede hacer nada. Hablando de la cabaña, además de contar con la mejor vista del lugar está decorada ex profeso con muchas flores hermosas, todo sorpresa de quien más me quiere ante mi inminente cumpleaños. Imposible no sentirme reina del mundo mientras acurruco en él y me quedo dormida.

Un poco antes de las tres, el cielo abre y deja de llover. Entonces retomamos el plan inicial: nos subimos a la lancha. El río Lacantún es enorme, de unos 150 metros de ancho. En sus orillas pesadas de vegetación y orientados por César, el guía, durante tres horas vemos guacamayas, un tucán solitario, ceibas, incontables garzas, monos aulladores haciendo honor a su nombre, iguanas, un cocodrilo, varios martines pescadores. Para mí lo más destacable es el paisaje en su conjunto: transmite una paz que no es fácil explicar. Recuerdo el libro Beauty and the Soul, de Piero Ferrucci: el ser humano necesita la naturaleza, está en su código de siglos como la referencia más perfecta de belleza, proporción, orden. Entrar en contacto con ella expande el alma, da plenitud. Quizá sea por eso que estos días siento mi pisada más liviana.

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