Archivo de la categoría: Chiapas

El México más hondo que conozco está aquí, en la Reserva de los Montes Azules.

Dolérseme todo, hoy

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Hace exactamente 30 años, la risa de mi papá se hizo rebanada de aire. Injustamente arrebatado, me dejó el mayor hueco entre los brazos, que a pesar de la pátina del tiempo sigue siendo inabarcable. Estas palabras del poeta Joaquín Vásquez las hago mías porque sí, papá: tengo tantas cosas que decirte, no te imaginas. Entre ellas, que no han terminado de dolérseme los ojos en los que haces falta, las manos que ya no acaricias, las mañanas que se hacen costra porque ya no salimos a caminar. No sabes.

“Porque te encuentro a cada paso/

a cada inmensidad del viento//

En cada gente que me mira como quien sabe pájaro,/

porque acudo a mis raíces/

y te descubro formando parte de mi risa, de mis ojos/

porque la tierra y el pueblo/

y porque duele en el costado/

algo que me entristece hasta el amor/

te platico estas cosas/

compañero”.

PD Pido perdón al poeta: originalmente le hablaba a una compañera. Me di la licencia de cambiar el género de su verso final.

Valtierra y lo que han visto sus ojos

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El fotógrafo mexicano Pedro Valtierra está celebrando treinta años de trabajo periodístico detrás de la lente: sus fotos de la Revolución Sandinista en Nicaragua y las guerrillas latinoamericanas hablan fuerte, pero las que ilustran este post las tomó durante el levantamiento del EZLN en Chiapas (1994) y son mis favoritas. Además está la labor de Valtierra como creador de Cuartoscuro, agencia y también revista de fotografía.

Estas mujeres con bebés a la espalda, enfrentadas a los soldados que querían entrar a sus pueblos, me tocan muchas fibras. La de cosas que han visto los ojos de Valtierra y la de cosas que nos hacen ver.

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Links relacionados:

http://www.cuartoscuro.com/pedro-valtierra/

Me sentí reina del ajedrez

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Este poema sale de la pluma de Diana Ivonne Martínez, una joven nacida en Chiapas (1982), y resulta un gran acompañamiento para esta tarde deslavada:

Desterrada

Quise jugar a ser reina/

y dar jaque-mate a todo./

Al primer movimiento,/

un peón se burló de mí./

Las torres se derrumbaron./

Me abandonaron los caballos/

dejando un recado que decía:/

No estamos dispuestos a jalar/

el carruaje de ninguna Cenicienta./

Para qué hablar del alfil;/

se unió al enemigo y asesinó al rey./

Ahora estoy desterrada del tablero.//

(Inédito, 2011)

Crónica del último día en la selva

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Todas las fotos: Julia Santibáñez

Parque Nacional Lagunas de Montebello, ejido de Tziscao, orillas de la selva. 1 p.m.

Salir del interior de la reserva nos tomó varias horas en una angosta carretera rodeada de neblina, humedad y vegetación que se quiere comer el asfalto. Al principio, el camino es solitario, con muy pocos pueblos pero, eso sí, cuatro retenes militares. Por kilómetros y kilómetros no hay gasolineras, de modo que los escasos pobladores venden el combustible en garrafones, a un precio mayor al de mercado. Luego, poco a poco, más autos, más gente, hasta el bullicio de aquí, donde por Fortuna los muchos turistas se reparten entre las 59 lagunas, de modo que ni se sienten.

Desde los miradores de las lagunas se ve agua de casi todos los colores: verde bandera, azul claro, azul marino, “azul profundo” (como dice Abenamar, el guía local), en algunas partes incluso cercano al negro. Es increíble cuántos matices puede adquirir un mismo elemento, dependiendo del reflejo del sol, de qué tan hondo esté el lago, de la composición del suelo, de la sombra que proyecte la vegetación de alrededor. Tanta belleza casi marea y sin duda quita el aliento.

Mientras vamos de un lago a otro, para entender un poco más la cultura local preguntamos al guía cómo se maneja la herencia de los ejidos. Responde que el padre de familia, dueño de la tierra y poseedor del documento que lo acredita como tal, escoge entre sus hijos varones al más trabajador, al que más ayuda en las labores del campo, al que “no ande en la pura tomadera” y a él le transfiere en vida la propiedad del ejido. Pregunto si las hijas no son consideradas y responde que no, los dueños de las tierras son “puros hombres”. Insisto: ¿por qué excluyen a las mujeres? Contesta: “Porque los hombres tienen más pensamiento”. Aprieto la quijada y apresuro el paso hacia el siguiente cuerpo de agua.

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Crónica del segundo día en la selva

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Todas las fotos: Julia Santibáñez

Centro Las Guacamayas en las márgenes del río Lacantún, Reserva de los Montes Azules, más selva lacandona. 1 p.m.

Ha llovido todo el día. La humedad no pide permiso para esponjarme el cabello, para ondular las hojas de Ciudad Real, libro de Rosario Castellanos que estoy leyendo. La presagiaban las más de dos horas de carretera a mitad de la selva: el cielo no dejó de llorar ni un momento. Con este tiempo es imposible tomar el paseo en lancha. Nos dedicamos entonces a disfrutar la fantástica cabaña frente al río, el sonido de la lluvia, los abrazos, la laxitud de no tener nada por hacer, porque no se puede hacer nada. Hablando de la cabaña, además de contar con la mejor vista del lugar está decorada ex profeso con muchas flores hermosas, todo sorpresa de quien más me quiere ante mi inminente cumpleaños. Imposible no sentirme reina del mundo mientras acurruco en él y me quedo dormida.

Un poco antes de las tres, el cielo abre y deja de llover. Entonces retomamos el plan inicial: nos subimos a la lancha. El río Lacantún es enorme, de unos 150 metros de ancho. En sus orillas pesadas de vegetación y orientados por César, el guía, durante tres horas vemos guacamayas, un tucán solitario, ceibas, incontables garzas, monos aulladores haciendo honor a su nombre, iguanas, un cocodrilo, varios martines pescadores. Para mí lo más destacable es el paisaje en su conjunto: transmite una paz que no es fácil explicar. Recuerdo el libro Beauty and the Soul, de Piero Ferrucci: el ser humano necesita la naturaleza, está en su código de siglos como la referencia más perfecta de belleza, proporción, orden. Entrar en contacto con ella expande el alma, da plenitud. Quizá sea por eso que estos días siento mi pisada más liviana.

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Metáfora en un cañón

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Altísimas paredes de roca de hasta mil metros de altura y en el centro, el impresionante río Grijalva. Aunque son las 11 del día, muchas veces el sol queda oculto tras los muros rocosos. Así de aplastantes son. Zopilotes merodean por encima, puntos negros hinchándose de aire muy alto. De pronto, en medio de la pared de piedra, un oasis verdísimo: en mil y mil días una caída de agua ha hecho nacer musgo fresco. El paisaje es tan sobrecogedor que quisiera silencio, pero el rugido de la lancha que nos lleva no da tregua.

Más literal que nunca, no soy más que un suspiro minúsculo y, sin embargo (dicen los sabios ancestrales), también contengo el universo entero. Si miro hacia adentro creo que es verdad: tengo un lugar en las paredes del alma en el que a veces sobrevuelan zopilotes pero también verdea un musgo tierno.

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EZLN, 19 años después

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1 de enero de 1994. Miles de indígenas zapatistas en Chiapas exigen por las armas visibilidad, ser parte de México. Lo merecen, son voces dignas, reivindican su derecho a ser oídos y tomados en cuenta, a que se les respete, se les regresen sus tierras… pero hasta hoy, 1 de enero de 2013, poco ha cambiado. Con todas mis fuerzas quiero que en mi país un día cercano sean realidad estas palabras:

“…un país no es grande si no es justo; una sociedad no es próspera si no es equitativa; un bien no es un bien si no disfrutan de él todos los ciudadanos”.

-Rosario Castellanos, Oficio de tinieblas

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“Todas las noches nos salvamos de la muerte”

En algunos días saldré de viaje de amor a Chiapas, tierra mágica a la cual no he vuelto en muchos años. Como un buen augurio, recibiré ahí el año nuevo. Para viajar antes de viajar me empapo de dos de sus hijos predilectos: leo por vez primera Oficio de tinieblas, impactante novela de Rosario Castellanos, y repaso poesía de Jaime Sabines.

Aquí, un video de su propia voz leyendo un fragmento de Adán y Eva, con palabras tan desarmantes como estas: “Cuando estoy en ti, cuando me hago pequeño y me abrazas y me envuelves y te cierras como la flor con el insecto sé algo, sabemos algo. La hembra es siempre más grande de algún modo. Nosotros nos salvamos de la muerte. ¿Por qué? Todas las noches nos salvamos. Quedamos juntos, en nuestros brazos, y yo empiezo a crecer como el día. Algo he de andar buscando en ti, algo mío que tú eres y que no has de darme nunca”.