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Dolérseme todo, hoy

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Hace exactamente 30 años, la risa de mi papá se hizo rebanada de aire. Injustamente arrebatado, me dejó el mayor hueco entre los brazos, que a pesar de la pátina del tiempo sigue siendo inabarcable. Estas palabras del poeta Joaquín Vásquez las hago mías porque sí, papá: tengo tantas cosas que decirte, no te imaginas. Entre ellas, que no han terminado de dolérseme los ojos en los que haces falta, las manos que ya no acaricias, las mañanas que se hacen costra porque ya no salimos a caminar. No sabes.

“Porque te encuentro a cada paso/

a cada inmensidad del viento//

En cada gente que me mira como quien sabe pájaro,/

porque acudo a mis raíces/

y te descubro formando parte de mi risa, de mis ojos/

porque la tierra y el pueblo/

y porque duele en el costado/

algo que me entristece hasta el amor/

te platico estas cosas/

compañero”.

PD Pido perdón al poeta: originalmente le hablaba a una compañera. Me di la licencia de cambiar el género de su verso final.

Crónica del segundo día en la selva

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Todas las fotos: Julia Santibáñez

Centro Las Guacamayas en las márgenes del río Lacantún, Reserva de los Montes Azules, más selva lacandona. 1 p.m.

Ha llovido todo el día. La humedad no pide permiso para esponjarme el cabello, para ondular las hojas de Ciudad Real, libro de Rosario Castellanos que estoy leyendo. La presagiaban las más de dos horas de carretera a mitad de la selva: el cielo no dejó de llorar ni un momento. Con este tiempo es imposible tomar el paseo en lancha. Nos dedicamos entonces a disfrutar la fantástica cabaña frente al río, el sonido de la lluvia, los abrazos, la laxitud de no tener nada por hacer, porque no se puede hacer nada. Hablando de la cabaña, además de contar con la mejor vista del lugar está decorada ex profeso con muchas flores hermosas, todo sorpresa de quien más me quiere ante mi inminente cumpleaños. Imposible no sentirme reina del mundo mientras acurruco en él y me quedo dormida.

Un poco antes de las tres, el cielo abre y deja de llover. Entonces retomamos el plan inicial: nos subimos a la lancha. El río Lacantún es enorme, de unos 150 metros de ancho. En sus orillas pesadas de vegetación y orientados por César, el guía, durante tres horas vemos guacamayas, un tucán solitario, ceibas, incontables garzas, monos aulladores haciendo honor a su nombre, iguanas, un cocodrilo, varios martines pescadores. Para mí lo más destacable es el paisaje en su conjunto: transmite una paz que no es fácil explicar. Recuerdo el libro Beauty and the Soul, de Piero Ferrucci: el ser humano necesita la naturaleza, está en su código de siglos como la referencia más perfecta de belleza, proporción, orden. Entrar en contacto con ella expande el alma, da plenitud. Quizá sea por eso que estos días siento mi pisada más liviana.

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Crónica del primer día en la selva

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Todas las fotos: Julia Santibáñez

Ejido Las Nubes. Reserva de los Montes Azules, corazón de la selva chiapaneca. 9 p.m. Es una noche de absoluta negritud sólo interrumpida por unas pocas estrellas (las nubes esconden el resto y la Luna está de asueto). Eso sí, varias luciérnagas quieren iluminar los pasos. El rugido del río Santo Domingo, distante unos 30 metros, domina el sonar de los grillos. Nada más se oye. Dicen los sabios locales que los grillos son estrellas remolonas que se lamentan por haber caído. Si es así, por aquí cerca hay una constelación en desgracia.

Traigo los ojos llenitos de verde, las piernas cansadas y el corazón, contento. Quien más me quiere y yo caminamos unas tres horas en la selva, entrando a alguna cueva, maravillándonos con formaciones rocosas, con el río enojado, las cascadas irrepetibles. A cambio de “una propina”, Leonel fue nuestro guía autonombrado. Se desplazaba ágil entre raíces y piedras mientras nos hablaba de su cosecha de frijol atacada por una plaga, de algunas niñas que a los 13 años “ya les anda por casarse”, de los problemas entre ejidatarios. Quien más de quiere, de piernas fuertes y dotado de una empatía inconsciente, iba pegado a Leonel, escuchando, platicando pero cuidándome cariñoso, ayudándome a pasar otra piedra con moho. Yo a veces me rezagaba a propósito, para abrazar algún árbol o fascinarme con otro estallido de verde.

Regresamos al campamento un rato antes de la imponente puesta del sol, apenas a tiempo para agradecer la jornada. Luego a descansar un poco, cenar y planear acostarnos temprano. Para llegar aquí a buena hora, hoy arrancamos al amanecer: estamos a seis horas de distancia de San Cristóbal de las Casas. Mañana nos adentraremos otras dos horas en la reserva, de modo que volveremos a levantarnos con el día. Antes de dormir, en palabras del subcomandante Marcos, “acostamos el cansancio y el amor… el hombre y la mujer gastándose en el cuerpo y creciendo en el corazón en un rincón de la madrugada. Silencio se estaba la noche”.

(Por supuesto, en Las Nubes no había señal de celular ni de Internet, de modo que apenas subo al blog esto, escrito hace dos días).

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