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#FILGuadalajara Disneylandia de la lectura impúdica

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Estoy en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Sí, como un Disneylandia donde en lugar de Dumbos voladores y Piratas sin Caribe hay libros por todas partes, escritores en los pasillos, palabras en el aire. Ayer conversé con Jorge F. Hernández y con su vocabulario portentoso, entrevisté a Gabriela Jauregui sobre su espléndido libro de relatos La memoria de las cosas, estuve en la presentación de la antología Norte, compré Dama de corazones (única novela de Xavier Villaurrutia), abracé a mis queridos Laura García, Julio Patán y Joselo Rangel. Esa parte la disfruto muchísimo y es por la que regreso año tras año, pero no extraña que la FIL también tenga lados oscuros, como los detrás de cámaras de un parque de diversiones que se respete. Uno de ellos es la fauna que lo habita, misma que retrata finamente Benito Taibo retrata en Filias, suplemento del diario Milenio dedicado a la FIL:

  • Escritores que no escriben, que llevan años trabajando en una novela que nunca terminarán, pero que les abre la puerta para cocteles, fiestas, mesas redondas.
  • Escritores que han escrito más libros de los que han leído. Nada que añadir.
  • Escritores que escriben lo que firman otros “escritores”, es decir, los negros o cabezas de turco que mantienen los lujos de sus empleadores.
  • Escritores instantáneos, de éxitos ídem absolutamente inocuos.
  • Escritores que han escrito un solo libro y con él viajan por el mundo desde el siglo pasado. Y lo presentan siempre, hasta la convalecencia.
  • Políticos que escriben. Ayyyy.

Añadiría dos especies que también se mueven por aquí:

  • Escritores que creen que el mundo no los merece.
    Escritores que creen que no se merecen el mundo sino, acaso, esta galaxia y las circunvecinas.

En fin, procuro no distraerme de lo fundamental: celebrar el libro y sus orillas. O, como dice la camiseta de este chico que ayer se movía eficientemente entre stands: creemos en los libros. Suscribo plenamente esa declaración impúdica.

P.D. Hablando del suplemento Filias, les platico que ayer se publicaron en él cuatro poemas míos inéditos, que pertenecen al nuevo libro de poesía que estoy trabajando. Y sí, la verdá me puse feliz.

 

 

Los que le hacen el amor a las palabras

Fernando Rivera Calderón y Eduardo Casar con el Cronopio, llegado del más allá
Fernando Rivera Calderón y Eduardo Casar con el Cronopio, llegado del más allá

 

Aunque llegué a la FIL apenas ayer, ya tengo grabados en la mente momentos que quisiera guardar en un cajón para no perderlos, como el poeta y narrador Andrés Neuman aceptando que no le gusta enseñarle a nadie lo que está escribiendo, porque si lo critica podría desalentarlo de seguir (“la inseguridad siempre está presente”) y quizá haya un acierto “debajo” de eso que hoy es fallido.

O el novelista argentino Martín Caparrós portando un pin que dice simple, pero poderosamente “43”.

O la dupla del poeta Eduardo Casar y el músico-escritor Fernando Rivera Calderón llenando a reventar de adolescentes el enorme auditorio para hablar de Cortázar y divertirse a fondo con él, en la que Laura García llamó “la mejor clase de literatura que he oído jamás”. Y coincido: la literatura no tiene que ser solemne para ser grande.

O el novelista argentino Rodrigo Fresán afirmando que prefiere arriesgarse al escribir y fracasar, que quedarse del lado “seguro” de un estilo demasiado limpio.

O la investigadora mexicana Margo Glantz afirmando que Sor Juana nunca quiso ser santa, sino sabia, y con eso abrió puertas a la literatura moderna.

O el texto de Benito Taibo en el programa de la Feria, que anuncia: “Creemos en los libros […] Somos lo que hemos leído; por el contrario, seremos la ausencia que los libros dejaron en nuestras vidas”.

O el narrador mexicano Carlos Velázquez comentando entre cervezas y pulpo atropellado que está por terminar su siguiente novela, que le ha costado meses de entre 8 y 10 horas diarias de escritura porque “tiene un lenguaje muy difícil”.

De verdad es emocionante atestiguar la pasión de esta bola de locos que aman las palabras, las cortejan, buscan seducirlas y, un día, si tienen suerte, les hacen el amor.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo).