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Rodrigo Fresán: “Celebro que mis libros no puedan ser adaptados para TV”

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Conversé con el escritor argentino sobre su más reciente novela, La parte inventada, en la que a puro estilo literario se planta de cara a las modas (y los medios).

Navega a contracorriente, como todo lo que hace Fresán. Demandante, de estructura fragmentada y lenguaje torrencial, La parte inventada rebasa las 600 páginas sobre un tema difícil: la mente de un escritor, la vocación literaria. Pero al mismo tiempo derrocha estilo, igual que el trapecista que hace piruetas descabelladas y cae en el banquito al redoble del tambor, como si nada. Así. Ambiciosa en esta época de literatura light, trata sobre un autor, rabiosamente antielectrónico, que tuvo éxito en el pasado pero ya no puede escribir.

Estamos en la Feria del Libro de Guadalajara. Mientras saludo a Martín Caparrós, su amigo y también argentino, aparece Fresán. Es altísimo. Trae un libro en la mano: Galápagos, de Kurt Vonnegut. “Lo estoy releyendo. No tenía esta edición”, dice. Le pregunto qué leyó en el vuelo desde su casa en Barcelona. Contesta que en los viajes sólo relee, no le gusta empezar algo en el avión y terminarlo en casa. Entonces carga libros que casi sabe de memoria, para interrumpirlos sin problema. “Ahora traje los cuentos de Salinger y Música para camaleones, de Truman Capote, uno de los libros más estremecedores que hay”. Nos sentamos a platicar.

LEER Y ESCRIBIR TANTO… EN TWITTER. La parte inventada destroza las redes sociales, pero es una postura exagerada. Aunque no la comparto, sí creo que contribuyen a destruir narradores. El momento top de mi infancia eran las vacaciones: tres meses de no ver a tus amigos y luego contarles lo que habías hecho, volverlo fascinante. Ahora, en 140 caracteres todos saben a dónde fuiste. Me irrita que se lea y escriba tanto y que el resultado sea eso. Tuitear El Quijote no lo entiendo como vanguardia. En cuanto a la lectura, el gesto vanguardista insuperable es que unos caracteres negros se te metan por los ojos. ¿Qué más?

DEFENDER LA SOLEDAD. Mi literatura es retaguardista, se ocupa de la retaguardia de las cosas. La vanguardia de este oficio son ferias, festivales, premios, pero a mí me preocupa el momento de la escritura: ahí se libra la verdadera batalla. Uno se hace escritor porque le gusta estar solo, es una de las pocas formas legítimas de defender la soledad. Hasta el siglo XIX era algo noble. Hoy, si dices: “Quiero estar solo”, todos se preocupan, pero si dices “Quiero estar solo porque tengo que escribir” todavía te lo dejan pasar.

SIGUIENTES 14 PORTADAS. La novela tenía siete partes inconexas y no encontraba cómo unirlas, estaba bloqueado. Un día, llevando a mi hijo al colegio pasamos por una tienda en cuyo aparador había un muñequito de cuerda. Mi hijo lo vio y dijo: “Es la portada de tu libro, el protagonista”. Lo compramos y de vuelta en casa encontré que era la solución: terminó de unir el libro. De hecho, la portada lleva el crédito de mi hijo y él cobró lo correspondiente. Ahora, claro, ya tiene las de mis próximos 14 libros.

DISFRUTAR SIN INTERFERENCIAS. Los odontólogos y los panaderos se desconectan al llegar a casa, pero el escritor no, porque todo es escribible, literalizable. Nabokov decía que la realidad no es más que información más especialización: hay una realidad neutral que habitamos todos, del tipo “esto es una silla”, y luego un carpintero se detiene en su estructura carpenterística, mientras un escritor piensa qué hacer narrativamente con ella. Cuando estoy de vacaciones me gustaría disfrutar y sufrir plenamente las cosas, sin interferencias literarias. Y además está el respeto: no puedes estar en el funeral de tu amigo y decir “mmm, esto que escuché me interesa”.

LITERATURA Y TELEVISIÓN. Vivimos en un momento tan crítico para la literatura que, paradójicamente, te permite arriesgar más: si nada vende, por qué no intentar lo que quieras. Yo trato de escribir libros parecidos a los que me gustan, con cierta complejidad, cierto juego. Ante el bombardeo audiovisual, la única batalla que puedo ganar es la del estilo. Me interesa que la literatura sea diferente a la televisión. Para mí es un logro que ninguno de mis libros pueda ser filmado o adaptado para una serie.

VIDA Y FICCIÓN, INEXACTAS. Mi metáfora favorita sobre escribir es la frase de John Updike que cito en La parte inventada: el artista trae al mundo algo que no existía y lo hace sin destruir nada a cambio, “en una especie de refutación de la conservación de la materia”. Me gusta esa referencia químico-física, disciplinas sobre las que no tengo idea, porque tanto la realidad como la literatura son ciencias inexactas.

BIOY, POR SOBRE BORGES. El estilo de Borges acaba comiéndoselo, sus últimos libros parecen escritos por un admirador suyo. Bioy, en cambio, se sostiene. Me parece un mejor escritor, ahora lo estuve leyendo en la Antología de la literatura fantástica. Me deja alucinado lo bien que escribe, con sus toques de rareza, como esquirlas destellando en una aparente normalidad.

DEVORADOS POR LA LITERATURA. Desde niño quise ser escritor. No conozco otra cosa, nunca pensé que la vida podía ser de otra manera. La mayoría de mis amigos son escritores, estamos en lo mismo, así que el único antídoto que me puede sacar de cierto solipsismo es que estoy muy enamorado de mi mujer y de mi hijo, me llevo muy bien con ellos. Yo tengo esa suerte, pero entiendo a los escritores que tienen situaciones familiares complicadas y son devorados por la literatura.

¿ARGENTINO? Disfruto mucho la amplitud temática de la literatura argentina, pero en otros temas no me envuelvo en la bandera de mi país. No me interesa el futbol, no pienso que Gardel cante mejor cada día, estoy seguro de que Dios no es argentino, no me psicoanalicé nunca.

LO QUE VIENE. Para 2015 quiero escribir una novela y en tándem hacer un cuento por mes. Todos mis libros de cuentos están imbricados, unidos al final, pero ahora me apetece hacer cuentos sueltos: uno sobre el verano, otro sobre Marte, otro sobre no levantarte de la cama, aunque no sé si podré, porque me pierde la idea de ensamblar estructuras.

(Originalmente publicado en la revista SoHo).

Durante la entrevsita
Durante la entrevista

 

¿Qué personaje te hubiera gustado ser?

Dibujo: M. C. Escher
Dibujo: M. C. Escher

Con la excusa de la Feria del Libro de Madrid, el periódico ABC le hizo esa pregunta a 24 escritores de diversas generaciones. Y también les pidió responder: ¿en qué novela te gustaría vivir? El ejercicio me recordó las #Tuitentrevistas que hemos hecho en SoHo, donde por Twitter les formulamos una pregunta distinta a varios escritores y contrastamos sus respuestas. Da click aquí para ir a una de ellas y consulta el número 4 de SoHo para la #Tuitentrevista que hicimos en la FIL 2013.

Lo le dijeron los autores al ABC va de lo divertido a lo fantasioso y aterriza en lo entrañable. Porque sí, quienes amamos los libros solemos entendernos con un personaje, al que a partir de la lectura llevamos a todas partes entre la ropa y cuyos lentes nos ponemos con frecuencia para ver el mundo. O descubrimos que desde el principio los teníamos puestos. Como lectora obsesiva no me aguanto las ganas de contestar: el personaje que me hubiera gustado ser es Beatriz Viterbo (claro, antes de morir), del cuento “El Aleph” de Borges, para tener siempre a mi alcance un Aleph, “donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos”. Y la novela en la que me gustaría vivir es Peter Pan, de James Matthew Barrie, con su mezcla poderosa de fantasía y atmósfera fiera.

Aquí van algunas de las respuestas que dieron los escritores preguntados. A varios no los conozco, así que me limito a poner mis respuestas favoritas de los que viven en mis libreros (perdón, no se me antoja citar a alguien de quien no he leído ni una línea).

¿Qué personaje te hubiera gustado ser?

 

Rodrigo Fresán “Muchos. Calculo que hay diferentes personajes para diferentes edades físicas o épocas psicológicas de cada uno. Pero puesto a quedarme con uno me quedo con el que abarca diferentes edades y épocas: el Billy Pilgrim de Matadero Cinco, de Kurt Vonnegut”.­

Leila Guerriero “Tengo la leve sensación de haber respondido alguna vez esta pregunta y haber dicho ‘Ninguno’. Y lo primero que pienso es eso –’ninguno’-, supongo que porque los personajes de las novelas que más me gustan son personas bastante torturadas o complejas. Pero, obligada a escoger, querría ser algo bastante obvio: un personaje de alguna novela de aventuras, de esos capaces de destripar un lobo y dos mamuts antes del desayuno, de vérselas con una tormenta en alta mar, gente viajera e indómita capaz de no asustarse con lo peligroso y lo inesperado”.

Juan Gabriel Vázquez “Probablemente, Marlow, el narrador de las novelas de Conrad. Ver lo que ha visto, vivir lo que ha vivido, y además contarlo tan bien…”.

Enrique Vila-Matas “Alguien parecido a Nick Carraway, el narrador de El gran Gatsby. Me fascina ese momento en el que hablando de una de las fiestas de su vecino, Nick escribe: ‘A mí me habían invitado de verdad'”.

Juan Marsé “El joven Jim Hawkins o el pirata John Long Silver de La isla del tesoro, cualquiera de los dos”.

Santiago Roncagliolo “Me habría encantado ser un cazador de vampiros en Drácula, de Bram Stoker. Pero también me habría sentido bien en cualquier cuento de Edgar Allan Poe. Me encantan las historias góticas y terroríficas. Solo pediría no morir al final”.

Agustín Fernández-Mallo “Gregor Samsa. En primer lugar porque este año se cumplen 100 años de la edición de La metamorfosis y el bueno de Samsa sigue tan vivo e interesante como siempre. En segundo lugar porque siempre he pensado que oculta algo, no nos lo ha contado todo. El gran secreto de la literatura del siglo XX y lo que llevamos de XXI”.

 

¿En qué novela te hubiera gustado vivir?

 

Luna Miguel “Si tuviera que pasar una temporada en algún lado lo haría en Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, y, probablemente, me enamoraría mucho y de manera desmedida del poeta García Madero. También me gustaría darle un abrazo a las Font, y beber con todos esos poetas mexicanos locos a los que tanto admiro”.

Juan Gabriel Vázquez “A los 10 años me hubiera gustado vivir en Los tres mosqueteros. A los 20, en Rayuela. A los 30, en El gran Gatsby. A los 40, en la que estoy escribiendo: escribimos, entre otras cosas, para abrir un espacio donde podamos vivir a la medida de nuestras curiosidades y nuestros apetitos”.

Rodrigo Fresán “Es difícil decirlo. ¿Qué elegir? ¿Confort o apasionamiento? Tal vez me inclinaría por un par de casas de naturaleza muy opuesta: la de Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, y la de la infancia del Habla, memoria, de Vladimir Nabokov, entendida, esta última, como corresponde, más como novela que como memoir”.

Agustín Fernández-Mallo “Naturalmente, en todas las novelas que me gustan. Por ejemplo, en Las aventuras de Tom Sawyer. Ilustra como nadie el paraíso que es la infancia, donde aún no tenemos noción del paso del tiempo, así que una tarde de pesca en un río es verdaderamente infinita.

Y tú, ¿qué respondes a estas preguntas?

Da click aquí para ir a la primera parte de la nota del ABC

Da click aquí para ir a la segunda parte de la nota del ABC

Da click aquí para ir a la tercera parte de la nota del ABC

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios, en el sitio web de la revista SoHo)

Mis mejores libros 2014

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Entre los demasiados libros de los que hablaba Gabriel Zaid, todo lector desaforado (como yo) escoge unos y deja fuera otros, muchísimos. Como uno sólo puede hablar de los pocos que leyó, hoy propongo mencionar los títulos que me marcaron en este 2014. Hay novela, cuento, ensayo, poesía. Figuran autores hispanoamericanos pero también de otras latitudes, como Polonia y Reino Unido. Algunos son novedades y otros tienen años de haber sido publicados. El único criterio de selección fue que los leí este año y que, en cada caso, tuve que interrumpir varias veces la lectura para paladear un pasaje lleno de verde y gorjeos.

Más que dar mi opinión sobre ellos preferí mencionar brevemente qué me gustó y luego dejarlos hablar, o sea, citar un fragmento luminoso, en el que se cuele entre letras la luz fresca de cada uno. Como dice el genial Liniers sobre los libros que ama: más que acompañarme, estos “ya se esconden adentro de mí”.

  1. Alan Pauls, La historia del pornógrafo (Anagrama). Novela intimista con varias capas, hondas y llenas de ecos. “¿Con qué cara me enfrentaré a ti? Me miro al espejo y lo que allí veo es un fantasma; no, peor que eso: la sombra de un fantasma que fue un hombre, un hombre al que tú amaste casi sin conocerlo”.
  2. Fabio Morábito, El idioma materno (Sexto Piso). Colección de pequeños ensayos sobre la lectura y la vocación de escribir, en los que cada palabra se saborea. “El subrayador se vuelve un segundo autor del libro, extrae de éste el libro que él hubiera querido escribir, entra en controversia con el libro que lee, al que somete a una implacable cacería de frases subrayables”.
  3. Idea Vilariño, Poesía completa (Cal y Canto). La escritora uruguaya ofrece versos de amor y desamor como quien regala una combustión que quema los dedos, pero se disfruta. “Buscamos/ cada noche/ con esfuerzo/ entre tierras pesadas y asfixiantes/ ese liviano pájaro de luz/ que arde y se nos escapa/ en un gemido”.
  4. Jerzy Andrzejewski, Las puertas del paraíso (Conaculta). Deslumbrante novela-reto polaca sobre la Cruzada de los niños fue traducida al español por Sergio Pitol. De veras vale la pena. “La satisfacción de los sentidos no sacia el deseo, de un deseo saciado surgen cien nuevos aún más imperiosos, los actos nacidos de los deseos más puros agonizan en la infamia, tal vez no existen los deseos puros, la necesidad de violencia y de crueldad trastorna la naturaleza del hombre”.
  5. Eduardo Galeano, Bocas del tiempo(Siglo XXI). Compendia la hondura de Galeano en relatos y pequeñas cápsulas, como pildoritas que ayudan a andar. “[…] el primer gesto humano es el abrazo. Después de salir al mundo, al principio de sus días, los bebés manotean, como buscando a alguien. Otros médicos, que se ocupan de los ya vividos, dicen que los viejos, al fin de sus días, mueren queriendo alzar los brazos. Y así es la cosa, por muchas vueltas que le demos al asunto, y por muchas palabras que le pongamos, así es la cosa. A eso, así de simple, se reduce todo: entre dos aleteos, sin más explicación, transcurre el viaje”.
  6. Rodrigo Fresán, Trabajos manuales(Planeta Biblioteca del Sur). La pluma precisa del escritor argentino propone cuentos lúcidos, con cara y cuerpo de ensayos. “El final de un libro es como un suspiro. Por eso Forma suspira cada vez que termina un libro. Llegar a la última página produce una suerte de triste felicidad. Felicidad por saberlo todo sobre una historia y por sentirse capaz de creer en personajes con una intensidad con la que nunca se creerá en las personas. Tristeza porque la historia no sigue. Entonces sólo queda volver a empezar”.
  7. Valeria Luiselli, La historia de mis dientes(Sexto Piso). Esta novela singular se avienta al vacío y se pone de pie como si nada, con todos los huesos intactos. Trata sobre un cantador de subastas. “Se sentía tan disminuido que intentó suicidarse colgándose de una rama de aquel árbol pequeñísimo. Fracasó por poco”.
  8. Julian Barnes, Niveles de vida (Anagrama). Tres relatos aparentemente inconexos, el tercero de los cuales cohesiona el libro y sacude: es la expresión acendrada del dolor de perder al ser amado. “En un acto social al que mi mujer y yo solíamos asistir juntos, un conocido se me acercó y dijo simplemente: ‘Aquí falta alguien’. Me pareció correcto, en ambos sentidos”.
  9. Evelio Rosero, Los ejércitos (Tusquets). Novela demoledora sobre la violencia, colombianamente mexicana. “Nosotros aquí seguiremos esperando a que esto cambie, y si no cambia ya veremos, o nos vamos o nos morimos, así lo quiso Dios, que sea lo que Dios quiera, lo que se le antoje a Dios, lo que se le dé la gana”.
  10. Carlos Velázquez, La marrana negra de la literatura rosa(Sexto Piso). Cuentos marcados a fuego por una de las mejores plumas del escenario mexicano actual. “Una cerdita jamás olvida al macho que la desvirgó. Sin embargo, me pedía hombres, perdón, cerdos. Me exigía cerdos. Montones de cerdos. Era insaciable. No podía parar. Mientras otras acumulaban abrigos, zapatos, vajillas, Leonorcita recorría kilómetros y kilómetros de miembro de marrano”.
  11. (o, lo que es lo mismo, 10 + 1) Juan Gelman, Pesar todo. Antología (FCE). Cascada de poemasque hacen cada día más ancho y mucho más pleno. “Habítame, penétrame./ Sea tusangre una como mi sangre./ Tu boca entre a mi boca./ Tu corazón agrandeel mío hasta estallar./ Desgárrame./ Caigas entera en mis entrañas./Anden tus manos en mis manos./ Tus pies caminen en mis pies, tus pies./Árdeme, árdeme […]”.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios, en el sitio web de la revista SoHo).

 

La soledad acompañada de quien lee

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“Por supuesto, todo esto es un poco complicado. Cuando uno escribe, está acostumbrado a una especie de soledad”, señaló el flamante (y célebre ermitaño) Patrick Modiano, ganador del Nobel de Literatura 2014, sobre el premio que jura no haber esperado nunca. Esto me recuerda lo que me dijo el novelista y cuentista Rodrigo Fresán, a quien entrevisté en la reciente FIL: “Creo que uno se hace escritor porque le gusta estar solo. Es una de las pocas formas legítimas de defender la soledad. Aunque hasta el siglo XIX era algo muy noble, si hoy dices: ‘Quiero estar solo’, la gente se preocupa, pero si dices ‘Quiero estar solo porque tengo que escribir’, todavía te lo dejan pasar”.

Como alguien a quien le gusta escribir, con frecuencia busco el espacio aislado que mencionan Modiano y Fresán. Y algo similar aplica a la lectura, mi vicio: para leer necesito retirarme del ruido de la tribu y defender mi reducto en la cueva de paredes silenciosas. Ahí puedo “escuchar con mis ojos” (decía Quevedo) a otros, vivos o muertos, cuyos ecos dan forma a mis voces interiores, vuelven reales las muchas vidas que podría tener. En la soledad acompañada de los libros nacen las palabras que iluminan y dan sentido a lo que pasa afuera de la cueva. Quizá por eso resulta tan adictiva.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios, en el sitio web de la revista SoHo).

Los que le hacen el amor a las palabras

Fernando Rivera Calderón y Eduardo Casar con el Cronopio, llegado del más allá
Fernando Rivera Calderón y Eduardo Casar con el Cronopio, llegado del más allá

 

Aunque llegué a la FIL apenas ayer, ya tengo grabados en la mente momentos que quisiera guardar en un cajón para no perderlos, como el poeta y narrador Andrés Neuman aceptando que no le gusta enseñarle a nadie lo que está escribiendo, porque si lo critica podría desalentarlo de seguir (“la inseguridad siempre está presente”) y quizá haya un acierto “debajo” de eso que hoy es fallido.

O el novelista argentino Martín Caparrós portando un pin que dice simple, pero poderosamente “43”.

O la dupla del poeta Eduardo Casar y el músico-escritor Fernando Rivera Calderón llenando a reventar de adolescentes el enorme auditorio para hablar de Cortázar y divertirse a fondo con él, en la que Laura García llamó “la mejor clase de literatura que he oído jamás”. Y coincido: la literatura no tiene que ser solemne para ser grande.

O el novelista argentino Rodrigo Fresán afirmando que prefiere arriesgarse al escribir y fracasar, que quedarse del lado “seguro” de un estilo demasiado limpio.

O la investigadora mexicana Margo Glantz afirmando que Sor Juana nunca quiso ser santa, sino sabia, y con eso abrió puertas a la literatura moderna.

O el texto de Benito Taibo en el programa de la Feria, que anuncia: “Creemos en los libros […] Somos lo que hemos leído; por el contrario, seremos la ausencia que los libros dejaron en nuestras vidas”.

O el narrador mexicano Carlos Velázquez comentando entre cervezas y pulpo atropellado que está por terminar su siguiente novela, que le ha costado meses de entre 8 y 10 horas diarias de escritura porque “tiene un lenguaje muy difícil”.

De verdad es emocionante atestiguar la pasión de esta bola de locos que aman las palabras, las cortejan, buscan seducirlas y, un día, si tienen suerte, les hacen el amor.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo).

 

Voy de camino a entrevistar a Fresán

Foto: Jairo Vargas
Foto: Jairo Vargas

Uno de los enormes privilegios de mi trabajo es que me permite acercarme a conversar con gente a la que admiro. En este caso, voy de camino a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara para entrevistar a Rodrigo Fresán, autor argentino radicado en España y uno de mis favoritos.

Estoy nerviosa, cosa que no suele pasarme. Es que su novela, La parte inventada (Random House), es un lujo del estilo y la propuesta literaria, y eso lo admiro profundamente pero al mismo tiempo me impone. En su narrativa redefine las reglas de la escritura como una suerte de arriesgado malabarista: hace giros y piruetas y no se sabe cómo logra caer, preciso, en un banquito minúsculo cuando suena el redoble final del tambor. Fresán construye en La parte inventada (de nuevo y quizá más que nunca) realidades sólidas que no existían, en lo que considero una de las novelas más innovadoras que conozco. Viene al caso esta cita, del propio libro: “Updike dijo en una entrevista: La primera idea que tuve sobre el arte, cuando era niño, fue que el artista traía al mundo algo que no existía antes, y que lo hacía sin destruir nada a cambio. Una especie de refutación de la conservación de la materia. Ésa me sigue pareciendo su magia central”. Eso es exactamente lo que él logra, por eso entrevistarlo es como sentarse a preguntarle a un dios de la literatura. A ver si no es para ponerme nerviosa.

Bajar el ritmo (a fuerza)

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La adolescenta está enferma, con Influenza tipo B (regalo del campamento escolar en la sierra de Puebla). Fiebre, dolor de cabeza y, sobre todo, ganas de apapacho materno son los síntomas palpables. Por Fortuna detectada a tiempo y tratada ídem, la doctora dice que no tengo de qué preocuparme. Arranca nuestro tercer día encerradas en casa. Es increíble pero hace meses (o, más bien, años) no faltaba a la oficina por un tema de salud. No está mal que el cuerpo de pronto marque sus tiempos y obligue a bajar el ritmo, aunque estaría mucho mejor aminorar el ritmo sin virus de por medio. Es de esas cosas que debería aprender de una vez por todas.

El lunes no pinta del todo mal haciéndole piojito a la adolescenta, supervisando correos y leyendo La parte inventada de Fresán: “El infinito como una hoja en blanco que no produce pánico sino que desafía a que la abarques y la llenes de letras y de nombres, como si bautizaras planetas y galaxias y estrellas que se hacen las muertas”.

 

La novela de Fresán que no tiene madre (la novela, no él)

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Como siempre me pasa con sus libros, éste me tiene imbécil. Ok, lo estaba desde antes, pero ahora un poco más. Esta “novela” no es lineal ni cuenta una historia, sino entrecruza tramas, planos, personajes y líneas de tiempo en torno a la voz de un escritor que intenta reescribir su propia vida en una narración redonda, impecable. Hablo de La parte inventada (Random House), el más reciente libro del autor argentino.

Por accidente me topo en su blog con el “Decálogo para empezar a escribir algo que se supone que será una novela y todo eso, etc.”, justamente escrito a propósito de La parte inventada. Qué raro, Fresán escribiendo decálogos:

“[…] DOS Asegurarse –droga dura pero líquida– de que hay (latas, de ser posible) acopio suficiente de Coca-Cola. Hay. Tener, además, título: el título es como el ancla descendente de la novela o el garfio al final de la soga con la que se escala. Además, tener título es indispensable a la hora de responder qué es lo que se está escribiendo. Ayuda, también, tener primera y última frase. Recitarlas una y otra vez hasta creérselas frente al espejo del baño, en noches de tormenta. […]

SIETE Establecer qué música se escuchará mientras tanto. Dos clásicos inamovibles: las Variaciones Goldberg en la segunda y última y crepuscular versión de Glenn Gould y Wish You Were Here de Pink Floyd.

DIEZ Convencerse de que esta vez va a ser la mejor de todas, de verdad, en serio, por favor, ¿sí?”.

Claro, no es un decálogo sino 10 excusas para reírse de sí mismo a partir de esto que él dice “se supone que es una novela”. No sé si voy a preferir La parte inventada sobre Jardines de Kensington o Trabajos manuales, mis libros favoritos de Fresán, pero de que no tiene madre, no tiene madre. O tiene demasiada, que no es lo mismo pero es igual.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo)

 

Leer es un silencio lleno de sonidos

Ilustración: Cate James
Ilustración: Cate James
Que fue vandalizada la tumba de James Matthew Barrie, autor de la novela-nada-infantil Peter Pan o el niño que no creció. Que alguien rompió las piedras del sepulcro. Que se dijo “indignado” un policía de Kirriemuir, al este de Escocia, donde el escritor nació y fue sepultado. Hasta ahí la nota del sitio de la BBC.
Recuerdo al Matthew Barrie de Jardines de Kensington, novela de Rodrigo Fresán (publicada por DeBolsillo), un soberbio universo literario y uno de mis libros favoritos entre todos. En ella, Fresán se hunde en la vida del autor que idolatró a los hermanos Llewlyn Davies y se inspiró obsesivamente en ellos para crear a su anti-héroe-que-vuela-como-pájaro, hasta el punto de que el País de Nunca Jamás y los Niños perdidos se entretejieron con su vida, alterándola sin remedio. Con base en esa historia más un tapiz lisérgico/ pop, el argentino conforma una novela imprevisible y adictiva que, entre otros temas, explora la atracción que Barrie sentía por los niños Llewlyn, en pasajes sugerentísimos como: “Yo creé a Peter Pan frotándolos, todos juntos, al mismo tiempo. Mis queridos muchachos, yo los froté unos a otros del mismo modo en que un salvaje les arranca el fuego a dos trozos de madera. Peter Pan no es otra cosa que el producto de esa chispa que les robé a ustedes”.
En otros momentos, el narrador habla sobre la experiencia de la lectura y dice que “el silencio que brota de los libros y nos envuelve es un silencio lleno de sonidos”, para luego afirmar esto que suscribo, igual que hará quien padece el virus de la lectura: “Ésta es siempre la función de nuestros libros favoritos, nuestros libros de cabecera, los libros que leemos para poder dormir, los libros que volvemos a leer apenas nos despertamos: descubrir en ellos que alguien ya nos ha escrito mucho mejor que lo que jamás podremos hacerlo nosotros”. Qué joya.
Supongo que quien profanó la tumba de Barrie leyó Jardines de Kensington y, fascinado por ese personaje impotente, lleno de traumas y sensible a morir, buscaba rescatarle los huesos para decirle que resulta mucho más seductor que su famoso hijo de ficción. Aunque no vuele.

(originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios,  en el sitio web de la revista SoHo)

“Hay cuentos tirados por todas partes”

Foto de Rodrigo Fresán: Juan María Rodríguez
Foto de Rodrigo Fresán: Juan María Rodríguez

Sigo obsesionada con Trabajos manuales, libro indefinible del argentino Rodrigo Fresán sobre el que ya he hablado en este espacio, publicado en 1994 por Editorial Planeta, Biblioteca del Sur. Cada día tomo el ejemplar manoseado, quizá avance un par de páginas pero luego regreso a leer dos capítulos anteriores. Ya le prometí al escritor Carlos Velázquez prestárselo en cuanto lo termine, pero la realidad es que no quiero acabar, hace tiempo no sentía tal adicción por un libro. Aquí el pasaje que hoy releo por tercera ocasión, del capítulo “La Forma del Verano”. Imposible no saborearlo:

“[…] Con los vertiginosos calores del verano —descubre Forma— los cuentos crecen y se reproducen con mayor facilidad. Los poros se abren como ventanas para dejar salir la sal de los humores y por ahí mismo —polizontes veloces— se introducen los cuentos que enseguida rebasan la capacidad del cuerpo para desperdigarse por los rincones más insólitos de la casa […] Enseguida —pocos días más tarde de haber llegado con su hija a las playas de Canciones Tristes— la colosal señora que viene a limpiar una vez por semana y a traer las provisiones desde el pueblo empieza a quejarse como todos los eneros.

Hay cuentos tirados por todas partes, protesta. Me asustan con el ruidito de sus patas; ayer hasta tuve que matar a cuatro de ellos. Eran cuentos de terror. Tenían unos dientes así y… pero para qué le voy a explicar a usted… Usted es escritor, ¿no?

La mujer pronuncia la palabra escritor con el mismo acento entre reverente y asqueado que algunos campesinos de la Baja Europa dedican a la palabra nosferatu o algo así […]”.

La triste felicidad de terminar un libro de Fresán

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“El final de un libro es como un suspiro. Por eso Forma suspira cada vez que termina un libro. Llegar a la última página produce una suerte de triste felicidad. Felicidad por saberlo todo sobre una historia y por sentirse capaz de creer en personajes con una intensidad con la que nunca se creerá en las personas. Tristeza porque la historia no sigue. Entonces sólo queda volver a empezar. Forma recorre los estantes. Elige. Evalúa el cálido y confortable peso del artefacto en sus manos. Y —cuando sus ojos comienzan a correr por la primera página— no puede evitar la sensación de sentirse en terreno conocido”. -Rodrigo Fresán, Trabajos manuales (Planeta Biblioteca del Sur).

Más allá del coincidir con el fragmento estoy alucinando con este volumen, que el argentino Fresán publicó en 1994. Subyugada por el riesgo atinado de sus Jardines de Kensington, aunque no satisfecha con sus Vidas de santos, hace meses busqué todo lo que hubiera de él entre libros de viejo del Parque Rivadavia, en Buenos Aires (quería Historia argentina, su primer título). Sólo encontré éste. Difícil de definir, es una suerte de compendio de textos que van a caballo entre el relato y el ensayo. De lo mejor que he leído este año, arriesgado en fondo y forma, me obliga a volver las páginas para saborearlas de nuevo, como el niño que relame el papel que envolvía su chocolate. Es de los libros que me dejará particularmente triste y feliz cuando lo termine, momento que estoy posponiendo hasta el ridículo.

Ser escritor no es opción sino destino: Fresán

Screen shot 2013-08-12 at 12.10.12 PM“[…] nadie es un escritor por propia voluntad. Nadie se convierte en escritor. Ser escritor no es una opción, es un destino. Un destino manco: porque los escritores nunca están en manos del destino”. -Rodrigo Fresán, Jardines de Kensington (DeBolsillo)

Por alguna razón, últimamente he estado pensando en sinos, hados y demás parientes del destino y sí, coincido con esta novela descomunal: escribir es un destino de personajes que nunca están en manos del destino.

Así se ve un hombre inmortal

ANTONY GORMLEY (4)“Aquí estoy. Miren. Mírenme. Ya ven, yo no mentía. Yo fui así. Hace muchos años, en otro planeta, en otra dimensión, yo fui así de inmortal y valiente y feliz y perfecto”.

-Rodrigo Fresán, Jardines de Kensington (DeBolsillo)

A veces, un texto busca una imagen que lo complete, o a la inversa. En este caso, foto y texto se dieron la mano. Yo sólo fui testigo del encuentro.

PD La escultura es del inglés Antony Gormley, la imagen es de mi querido Antonio Santoyo (la tomó hace años, cuando fuimos juntos a ver la exposición de Gormley en el Antiguo Colegio de San Ildefonso, en la capital mexicana).

Memorables comienzos de libros 2

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Había dicho que escribiría una segunda entrega del post original Memorables comienzos de libros (ver entrada del 9 de diciembre de 2012). En aquel caso consigné mis inicios favoritos de novelas escritas en lengua extranjera; en éste, cito las primeras palabras de libros escritos en español. La idea es consignar esas frases iniciales que prometen un gran texto y cumplen con la expectativa (o la rebasan): en un par de líneas crean un mundo en el que en su momento no pude evitar introducirme, para después de muchas páginas salir sin ganas de hacerlo, tan feliz estaba ahí dentro. Aquí está:

“Empieza con un niño que nunca fue adulto y termina con un adulto que nunca fue niño. Algo así. O mejor: empieza con un suicidio adulto y una muerte infantil, y termina con una muerte infantil y un suicidio adulto. O con varias muertes y varios suicidios de edades variables. No estoy seguro. No importa”. (Rodrigo Fresán, Jardines de Kensington)

“Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos y que no se necesitan mayores explicaciones sobre mi persona. Aunque ni el diablo sabe qué es lo que ha de recordar la gente, ni por qué”. (Ernesto Sábato, El túnel)

“De lo poco que aprendo en la madraza, fundada por mi antecesor Yusuf I, y de los encanecidos maestros, fríos y desdeñosos con los jóvenes, una sola cosa es la base de todas las demás: no somos libres. Nuestro destino se nos adjudica al nacer […] Yo de mí puedo jurar que jamás he elegido. Sólo lo secundario o lo accesorio: una comida, un color, la manera de pasar una tarde. La libertad no existe”. (Antonio Gala, El manuscrito carmesí)

“Se enamoró. De un hombre con mal tono muscular y bolsas debajo de los ojos. No pudo evitarlo. Uno no puede evitar esas cosas, aunque lo intente. No lo intentó tampoco. Pero en días como ése le gustaba pensar en lo que habría pasado de hacerlo”. (Rosa Beltrán, Alta infidelidad)

“Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo. Los mismos cueros tenemos todos los mortales al nacer y sin embargo, cuando vamos creciendo, el destino se complace en variarnos como si fuésemos la cera y destinarnos por sendas diferentes al mismo fin: la muerte”. (Camilo José Cela, La familia de Pascual Duarte)

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. (Gabriel García Márquez, Cien años de soledad)

“La pequeña plaza de piedra parecía flotar en la reverberación del mediodía ardiente cuando el Cristo de Elqui, de rodillas en el suelo, el rostro alzado hacia lo alto —las crenchas de su pelo negreando bajo el sol atacameño—, se sintió caer en un estado de éxtasis. No era para menos: acababa de resucitar a un muerto”. (Hernán Rivera Letelier, El arte de la resurrección)

“Jacqueline Cascorro, la protagonista de este relato, conoció durante buena parte de su vida las experiencias conyugales de rutina: arrebatos, riñas, infidelidades, crisis y reconciliaciones. Todo cambió en un instante, cuando al quebrar con sus manos una pata de cangrejo y oír descorchar a sus espaldas una botella de champaña se dejó poseer por un pensamiento que la visitaría de manera intermitente, convirtiéndola, y ya para siempre, en una mujer de muy malas ideas”. (Sergio Pitol, La vida conyugal)

“Ese año pasaron muchas cosas en este país. Entre otras, Andrés y yo nos casamos. Lo conocí en un café de los portales. En qué otra parte iba a ser si en Puebla todo pasaba en los portales: desde los noviazgos hasta los asesinatos, como si no hubiera otro lugar. Entonces él tenía más de treinta años y yo menos de quince”. (Ángeles Mastretta, Arráncame la vida)

“La violación comienza con la mirada. Cualquiera que se haya asomado al pozo de sus deseos, lo sabe. Como contemplar esas fotografías de muñecas torturadas, apretadas cual carne floreciente, aprisionada y dispuesta para la mirada del hombre que acecha desde la sombra”. (Ana Clavel, Las Violetas son flores del deseo)

“Nadie piensa nunca que pueda ir a encontrarse con una muerta entre los brazos y que ya no verá más su rostro cuyo nombre recuerda. Nadie piensa nunca que nadie vaya a morir en el momento más inadecuado a pesar de que eso sucede todo el tiempo, y creemos que nadie que no esté previsto habrá de morir junto a nosotros”. (Javier Marías, Mañana en la batalla piensa en mí)

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