A esta novela la atraviesan las balas

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Para Andrés Grillo,
por nuestras muchas rondas de amistad

De la pluma de Evelio Rosero, Los ejércitos (Tusquets) es una novela colombiana hecha de emociones universales, en toda una gama de temperaturas: crueldad, ternura, soledad, deseo, culpa, esperanza. A veces, el libro deja un calor agradable en el regazo, otras quema las manos y obliga a interrumpir la lectura.

Un viejo pedagogo, actual recogedor de naranjas de los árboles, aprovecha las alturas para espiar mujeres, ver “las pantorrillas, las redondas rodillas, las piernas enteras, únicamente sus muslos y, si había suerte, más allá, a lo profundo”. A pesar del regaño de su esposa, Otilia, la vida de Ismael pende de imaginar a una vecina “más desnuda que nunca”, a una chica cuyo “tierno calzón blanco [se escabulle] entre las nalgas generosas”. En contraste con su lujuria como derroche de vida, Ismael vive los años de la guerra en Colombia, la agonía de un país que se desangra en el dolor causado por el narcotráfico y el ejército, la guerrilla y los paramilitares, que se turnan para pisotear a los locales.

Veinte años atrás, el día en que Ismael conoció Otilia, en la estación de autobuses un muchachito mató a un hombre gordo, a la vista de ellos y de todos. Fue un presagio de lo que vendría sobre Santa Cruz, pueblo que con los años ve aumentar las balas perdidas, los desaparecidos, los torturados por colaborar con la guerrilla (o por no colaborar, da lo mismo), hasta que la violencia estalla al máximo y los habitantes se ven cercados por la violencia, “más indefensos que una cucaracha”.  Como nada tiene sentido, incluso ante la crueldad amorfa Ismael decide quedarse en el pueblo: “Nosotros aquí seguiremos esperando a que esto cambie, y si no cambia ya veremos, o nos vamos o nos morimos, así lo quiso Dios, que sea lo que Dios quiera, lo que se le antoje a Dios, lo que se le dé la gana”.

Es mi primer acercamiento a la escritura vigorosa de Rosero quien, por cierto, cumple años hoy. Sus páginas atravesadas de balas retratan el camino a través del infierno, el que miles de colombianos cruzaron (¿aún cruzan?) a consecuencia de la guerra entre grupos armados. Es el mismo que hoy recorren miles de mexicanos, atrapados por el fuego cruzado entre militares, narcos y autodefensas, donde el mayor favor es que los maten de una vez. México y Colombia, tan cercanos en tantas cosas, también en ésta mezclan sus sangres. La novela de Rosero hace palidecer, deja un sabor amargo en la boca. Pero se agradece mucho.

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