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Lo mejor que leí en 2017 (2a parte)

“Los libros siempre desvían: desvían del origen y del destino, proponen un camino diferente para llegar un lugar inesperado”, dice Adolfo García Ortega en un fragmento de Fantasmas del escritor. Eso exactamente me pasó con estos 13 títulos: me hicieron replantear la ruta trazada al aportar matices, conceptos, ángulos.

En la primera parte de este post hablé de los 11 libros mexicanos que me desafiaron en 2017. Aquí van los escritos por autores del resto del mundo. Advierto que en junio estuve en Uruguay y llené las maletas de libros locales, mismos que he ido consumiendo poco a poco, administradamente, para que me durara el gusto adquirido por esas letras. Por eso, que no extrañe que Uruguay acapare preferencias, aunque deje algo de espacio a otros países.

Estos fueron mis favoritos:

POESÍA
1. No hay amor como esta herida, del chileno Óscar Hahn (Tajamar Editores),;

2. Queen of a Rainy Country, de la estadounidense Linda Pastan (W. W. Norton);

 

 

3. De entonces acá, del uruguayo Gustavo Wojciechowski (Yaugurú);

4. Esa polilla que delante de mí revolotea, de la española Olvido García Valdés (Galaxia Gutenberg);

 

 

NOVELA
5. Toño Ciruelo, del colombiano Evelio Rosero (Tusquets);

6. Women in Love, del británico D. H. Lawrence (Penguin);

 

 

7. El astrágalo, de la francesa Albertine Sarrazin (Lumen);

 

 

CUENTO
8. el inclasificable Misales, de la uruguaya Marosa Di Girogio (El Cuenco de Plata);

9. Espacios libres, del uruguayo Mario Levrero (Irrupciones Grupo Editor);  

 

 

10. Cuentos reunidos,  del uruguayo Felisberto Hernández (Eterna Cadencia);

 

 

ENSAYO
11. Escribir, del escocés Robert Louis Stevenson (Páginas de Espuma);

12. Fantasmas del escritor, del español Adolfo García Ortega (Galaxia Gutenberg);

 

 

13. Conversaciones con Mario Levrero, del uruguayo Pablo Silva Olazábal (Lolita Editores).

Este blog apaga seis velas (con el pastel de un autor impresionante)

Arranqué este blog exactamente el 9 de septiembre de 2011. Es decir que hoy cumple seis arrogantes años, nada mal para lo que de origen fue un espacio para comentar los libros que se me iban atravesando entre los ojos.

Gracias a ti, lector o lectora, que sigues dando vueltas por aquí, leyendo y comentando, absorbiendo y cuestionando.

Me parecen suficientes motivos de festejo tanto el aniversario de este blog como el haber terminado una novela absurdamente bien escrita, espeluznante como una mordida en la nuca. Se llama Toño Ciruelo y es del colombiano Evelio Rosero (Tusquets) , de quien he hablado varias veces en este blog. El autor maneja la cadencia como quiere (y quiere bien) para darle vida a Toño, quien es al mismo tiempo repulsivo y fascinante en su bestialidad, en su rebasar los límites de la crudeza para hacer que quienes le rodean se descubran igualmente viles que él, aunque no quieran. Hagan de cuenta que Rosero invita el pastel y yo le digo: “Muchas gracias, señor. Leerlo a usted equivale a muchas lecciones de escritura”.

Aquí va un mínimo fragmento de la novela (que, por cierto, fue un regalo delicioso de mi querido Andrés Grillo). Ojalá esta cadencia y las imágenes que amontona antojen las ganas de leerla:

“[…] Me excitaba, me excitó profundamente buscar una pistola en la fronda, entre la hierba hirsuta, mis dedos debajo de la arena, en las raíces, en el nicho de los rieles, en la espina de los matorrales, en la pasmosa soledad de esa región sin nombre, cerca del mediodía, debajo de un sol letal.

Creí que en un lugar de una pistola buscaba entre las matas una mujer desnuda: sentí que mi sexo despertada, que palpitaba. Me aborrecí, por sentirlo. Pero si hubiese estado solo me masturbaría”.

Éste es mi problema feliz

Entre todas las cosas que pueden pasarme están los malos problemas, negros de todos los colores y esa otra especie, los problemas felices, los que igual me estresan, pero en bonito. Metida en uno de esos estoy.

Además de que trato de sobrevivir a un desbordamiento irrefrenable de trabajo, en las últimas semanas mi biblioteca se ha visto incrementada con muchos libros, a la mayor parte de los cuales me muero por hincarle el diente. Hay novela, cuento, poesía, novela gráfica y ensayo. Además, varios de ellos los recibí como regalo de amigos queridos, lo que les añade interés. Tendría que pasarme el próximo mes metida en mi cama leyendo sin parar, lo cual me haría demasiadamente feliz.

Carajo, de veras es injusto que no me paguen por leer.

 

El deseo en boca de una niña

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“[…] Había sido un juego largo y el aliento de Camila continuaba hirviendo en mi cuello. Durante ese instante quise que Camila no marchara nunca de mi casa y se quedara a vivir toda la vida, para hablar conmigo o para no hablar, para cerrar los ojos y abrirlos otra vez y acompañarme en tardes interminables como ésta —cuando estoy a solas y miro sola a mamá—, para defenderme del mundo y de mamá […] si te vas de esta casa no sé qué soy, no sé qué soy. Repetía eso infinidad de veces”.

Estoy releyendo (en cuanto la terminé volví a empezar) esto que no sé cómo llamar, si novela, si poema en prosa, si bisturí que corta las emociones para mostrarlas en crudo, si torrente de palabras que me lleva lejos y no quiero regresar porque lo que veo es terrible, es precioso.

El libro me lo envió de regalo mi amigo necesarísimo Andrés Grillo. Es la historia de una niña de 10 años, Juliana, que se enfrenta por primera vez al amor y al deseo y se aterra ante ellos pero no quiere dejarlos ir, como todos. El colombiano Rosero ya me había sacado el aire más de una vez, tanto con la implacable novela Los ejércitos como con esa tremenda delicia que es Los almuerzos. Pero esto es otra cosa. La niña que camina sobre la cuerda floja de lo que siente versus lo que sabe, que trata de encontrarse en un mundo de adultos sin freno, que busca cómo explicar lo que le bulle por dentro me ha hecho un nudo en la garganta varias, varias veces. Estoy sacudida de belleza hasta el tuétano.

“Vivir una sola vida es como no vivir en absoluto”

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“¿Qué valor puede tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma? Por eso la vida parece un boceto. Pero ni siquiera boceto es la palabra precisa, porque un boceto es siempre un borrador de algo, la preparación para un cuadro, mientras que el boceto que es nuestra vida es un boceto para nada, un borrador sin cuadro. […] Si el hombre sólo puede vivir una vida es como si no viviera en absoluto”.

Estoy releyendo La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera (Tusquets) , y estas líneas me estremecen por desoladoras. Tal cual: ¿cómo voy a saber si lo que hago me conviene o no? ¿Si tal decisión es un acierto o un error? Qué injusto no tener más vidas para poner en práctica lo que aprendo en ésta. Además, las cosas más fregonas de ésta quisiera volver a vivirlas en, al menos, otras dos.

A esto sabe el sexo dentro de una iglesia

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Cuando virtud y pecado se encuentran sacan chispas. Abstinencia y desenfreno, dos caras del mismo Jano, ambas concentradas en el deseo: una por negación, otra por descaro. La oscuridad rota por la luz de las velas, lo prohibido y al mismo tiempo lo sublimado hacen un coctel invitadorsísimo.

Estoy leyendo Los almuerzos, novela del colombiano Evelio Rosero que se desarrolla en una parroquia de Bogotá y regala pasajes impecables como éste, cuando el jorobado Tancredo y la joven Sabina se encuentran, encendidos, debajo del altar:

“Resopló, era una llama que se consumía, el único cirio encendido de la misa. Tancredo la sintió despojarse de un tirón de su blusa, adivinó el gesto avasallador de la penumbra, los brazos alzados, la prenda que caía. Como por una llama negra el templo se hizo cálido, se incendió el aire, que olía al cuerpo pálido de Sabina, al escalofrío de sus pechos recién descubiertos, al sudor de sus axilas, al miedo y la alegría de toda su carne dispuesta, que se atrevía”.

Sí, algo así debe ser el sexo en una iglesia.

La paciencia de construir una ciudad con palabras: Fabio Morábito

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Andar una ciudad para narrarla. O narrarla primero y confirmarla con los pasos que se dan. O desandarla a golpe de ficción. O erigirla con palabras, aunque no exista, pero ya existe desde que el escritor le hizo un edificio verbal. Me encantan las muchas posibilidades narrativas de las ciudades. Y también amo la literatura de viajes, entendida como aquella que ocurre en un territorio fuera de casa, real o imaginario: un mar poblado de monstruos, los pueblos argentinos que Martín Caparrós recorrió para narrar “la entelequia que es un país” en su libro El interior, la llegada a México contada por la marquesa Calderón de la Barca o el asombro de una de las Ciudades invisibles de Italo Calvino. Me apasiona que ponga a dialogar el mundo interior con el exterior, lo refleje, lo cuestione.

Fabio Morábito también parece disfrutar tanto las ciudades como la literatura de viajes. Paciente contador de historias, está a gusto en la frontera porosa donde se tocan el recuerdo, la crónica, la ficción. De modo que construye ciudades/ viajes con palabras que son todo, menos inofensivas, porque también es poeta. Y además sabe de extranjerías. De desarraigos. Aprendió a hablar en italiano, pero cuando a los 15 años llegó a vivir al D.F. adoptó el español como lengua de escritura. Es decir que temprano tuvo la inquietud de encontrar el tono preciso entre todos los posibles, de saber quién es uno en un idioma y quién, en otro.

Con ese bagaje, cuando hace tiempo vivió un año en Berlín se puso a narrar no la ciudad, sino su ciudad. Con paciencia armó los 13 cuentos del libro También Berlín se olvida como si los inscribiera en el amplio registro de la literatura de viajes. A partir de la memoria y la ficción, comunican el clima mental de recorrer calles extrañas que se vuelven un poco propias, de “calentar la pluma” sin dejar de sentirse descolocado. Con frecuencia, sus personajes no saben qué decir o hacer. Llevan a cuestas una cierta vergüenza. Como el narrador que cada madrugada llega a comprar el pan y encuentra al mismo hombre que come un croissant mientras lee el periódico. El tipo no voltea a verlo y le hace cuestionarse como escritor: “¿Qué posibilidades tenía de que alguna vez mis palabras llegaran hasta él? Ninguna, prácticamente. Tenía ahí a un lector inalcanzable, que me daría la espalda toda la vida. Me pregunto si todo lo que escribí en Berlín lo escribí para él, para conmover a esa roca impasible, y si he seguido escribiendo desde entonces para ese hombre sin rostro, ajustando cada línea con la esperanza de distraerlo de su periódico”.

Ahí está, también, el turco que se dedica a ver traseros en el lago Krumme Lanke mientras otros toman el sol y se fascina con una nudista acostada en su toalla. Entonces el narrador se vuelve cómplice: “Supe que, de vivir permanentemente en Berlín, nunca sería de aquellos que se tuestan en el verano el Krumme Lanke. Sería más bien, como el turco, un solitario fauno que espía las nalgas de las mujeres. Su conducta me pareció la más digna de todo el lago. Para él la desnudez no era, como para los nudistas de fin de semana, un segundo traje más cómodo, sino todavía algo perturbador que reseca la boca y acelera los latidos. Acechaba a su presa y cuando de regreso lo vi dormido sentí piedad por él, la piedad que me inspiran los sátiros, peludos y acalorados en la espesura, siempre solos en alguna orilla y siempre burlados por las ninfas”.

Al leer los cuentos de También Berlín se olvida me parece que algunos días el autor caminó descalzo las strasses alemanas sintiendo la vibración de cada una, y otros días las anduvo casi flotando, presintiendo. Sólo así me explico la variedad de registros. El libro fue publicado por Tusquets en 2004 y acaba de ser reeditado por Sexto Piso. En especial disfruto los cinco relatos agrupados bajo el nombre “El muro”. Con elementos de ensayo pero sin sacrificar fuerza narrativa, teje pasajes así, de “Cómo el muro nunca existió”: “En toda edificación humana hay lugar para una grieta. El Muro de Berlín no sólo no escapó a esa lógica sino que la llevó más lejos que ninguna otra construcción. Puede decirse que empezó a caer no desde que fue construido sino desde que fue concebido. Se puede afirmar incluso que nunca existió. Lo que existió fue la grieta de Berlín. Y como una grieta no puede existir sola se hizo un muro que la contuviera. Se proyectó pues la grieta y no el muro. Se proyectó el vacío y no la presencia”.

Morábito, una de las plumas más pulidas de la literatura mexicana y quien tras 45 años de vivir aquí no pierde el suave acento italiano en la voz, es comentador asiduo de hoteles y destinos en el sitio web TripAdvisor. Quizá porque ese ejercicio conjunta algunas de sus obsesiones: las ciudades que se construyen con palabras, la extranjería, los viajes que ponen a resonar el mundo interior y el exterior.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo).

Mis mejores libros 2014

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Entre los demasiados libros de los que hablaba Gabriel Zaid, todo lector desaforado (como yo) escoge unos y deja fuera otros, muchísimos. Como uno sólo puede hablar de los pocos que leyó, hoy propongo mencionar los títulos que me marcaron en este 2014. Hay novela, cuento, ensayo, poesía. Figuran autores hispanoamericanos pero también de otras latitudes, como Polonia y Reino Unido. Algunos son novedades y otros tienen años de haber sido publicados. El único criterio de selección fue que los leí este año y que, en cada caso, tuve que interrumpir varias veces la lectura para paladear un pasaje lleno de verde y gorjeos.

Más que dar mi opinión sobre ellos preferí mencionar brevemente qué me gustó y luego dejarlos hablar, o sea, citar un fragmento luminoso, en el que se cuele entre letras la luz fresca de cada uno. Como dice el genial Liniers sobre los libros que ama: más que acompañarme, estos “ya se esconden adentro de mí”.

  1. Alan Pauls, La historia del pornógrafo (Anagrama). Novela intimista con varias capas, hondas y llenas de ecos. “¿Con qué cara me enfrentaré a ti? Me miro al espejo y lo que allí veo es un fantasma; no, peor que eso: la sombra de un fantasma que fue un hombre, un hombre al que tú amaste casi sin conocerlo”.
  2. Fabio Morábito, El idioma materno (Sexto Piso). Colección de pequeños ensayos sobre la lectura y la vocación de escribir, en los que cada palabra se saborea. “El subrayador se vuelve un segundo autor del libro, extrae de éste el libro que él hubiera querido escribir, entra en controversia con el libro que lee, al que somete a una implacable cacería de frases subrayables”.
  3. Idea Vilariño, Poesía completa (Cal y Canto). La escritora uruguaya ofrece versos de amor y desamor como quien regala una combustión que quema los dedos, pero se disfruta. “Buscamos/ cada noche/ con esfuerzo/ entre tierras pesadas y asfixiantes/ ese liviano pájaro de luz/ que arde y se nos escapa/ en un gemido”.
  4. Jerzy Andrzejewski, Las puertas del paraíso (Conaculta). Deslumbrante novela-reto polaca sobre la Cruzada de los niños fue traducida al español por Sergio Pitol. De veras vale la pena. “La satisfacción de los sentidos no sacia el deseo, de un deseo saciado surgen cien nuevos aún más imperiosos, los actos nacidos de los deseos más puros agonizan en la infamia, tal vez no existen los deseos puros, la necesidad de violencia y de crueldad trastorna la naturaleza del hombre”.
  5. Eduardo Galeano, Bocas del tiempo(Siglo XXI). Compendia la hondura de Galeano en relatos y pequeñas cápsulas, como pildoritas que ayudan a andar. “[…] el primer gesto humano es el abrazo. Después de salir al mundo, al principio de sus días, los bebés manotean, como buscando a alguien. Otros médicos, que se ocupan de los ya vividos, dicen que los viejos, al fin de sus días, mueren queriendo alzar los brazos. Y así es la cosa, por muchas vueltas que le demos al asunto, y por muchas palabras que le pongamos, así es la cosa. A eso, así de simple, se reduce todo: entre dos aleteos, sin más explicación, transcurre el viaje”.
  6. Rodrigo Fresán, Trabajos manuales(Planeta Biblioteca del Sur). La pluma precisa del escritor argentino propone cuentos lúcidos, con cara y cuerpo de ensayos. “El final de un libro es como un suspiro. Por eso Forma suspira cada vez que termina un libro. Llegar a la última página produce una suerte de triste felicidad. Felicidad por saberlo todo sobre una historia y por sentirse capaz de creer en personajes con una intensidad con la que nunca se creerá en las personas. Tristeza porque la historia no sigue. Entonces sólo queda volver a empezar”.
  7. Valeria Luiselli, La historia de mis dientes(Sexto Piso). Esta novela singular se avienta al vacío y se pone de pie como si nada, con todos los huesos intactos. Trata sobre un cantador de subastas. “Se sentía tan disminuido que intentó suicidarse colgándose de una rama de aquel árbol pequeñísimo. Fracasó por poco”.
  8. Julian Barnes, Niveles de vida (Anagrama). Tres relatos aparentemente inconexos, el tercero de los cuales cohesiona el libro y sacude: es la expresión acendrada del dolor de perder al ser amado. “En un acto social al que mi mujer y yo solíamos asistir juntos, un conocido se me acercó y dijo simplemente: ‘Aquí falta alguien’. Me pareció correcto, en ambos sentidos”.
  9. Evelio Rosero, Los ejércitos (Tusquets). Novela demoledora sobre la violencia, colombianamente mexicana. “Nosotros aquí seguiremos esperando a que esto cambie, y si no cambia ya veremos, o nos vamos o nos morimos, así lo quiso Dios, que sea lo que Dios quiera, lo que se le antoje a Dios, lo que se le dé la gana”.
  10. Carlos Velázquez, La marrana negra de la literatura rosa(Sexto Piso). Cuentos marcados a fuego por una de las mejores plumas del escenario mexicano actual. “Una cerdita jamás olvida al macho que la desvirgó. Sin embargo, me pedía hombres, perdón, cerdos. Me exigía cerdos. Montones de cerdos. Era insaciable. No podía parar. Mientras otras acumulaban abrigos, zapatos, vajillas, Leonorcita recorría kilómetros y kilómetros de miembro de marrano”.
  11. (o, lo que es lo mismo, 10 + 1) Juan Gelman, Pesar todo. Antología (FCE). Cascada de poemasque hacen cada día más ancho y mucho más pleno. “Habítame, penétrame./ Sea tusangre una como mi sangre./ Tu boca entre a mi boca./ Tu corazón agrandeel mío hasta estallar./ Desgárrame./ Caigas entera en mis entrañas./Anden tus manos en mis manos./ Tus pies caminen en mis pies, tus pies./Árdeme, árdeme […]”.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios, en el sitio web de la revista SoHo).

 

Confieso mi necesidad de grietas

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A veces, leyendo sin mayor expectativa de pronto aparece un fragmento que me explica algo que sabía sin saber que lo sabía. Suele pasarme con poemas, menos con narrativa pero aún así. Es el caso de este concepto de Fabio Morábito, sobre construir a partir del vacío y no de la presencia:

“[…] En toda edificación humana hay lugar para una grieta. El Muro de Berlín no sólo no escapó a esa lógica sino que la llevó más lejos que ninguna otra construcción. Puede decirse que empezó a caer no desde que fue construido sino desde que fue concebido. Se puede afirmar incluso que nunca existió. Lo que existió fue la grieta de Berlín. Y como una grieta no puede existir sola se hizo un muro que la contuviera. Se proyectó pues la grieta y no el muro. Se proyectó el vacío y no la presencia. La llamada Arquitectura Negativa descansa en este simple principio […] Por eso se le conoce también como Arquitectura Evocativa”. -Fabio Morábito, “El Muro”, También Berlín se olvida (Tusquets)

Cuántas veces he levantado un muro, un entramado sólido de causas y efectos para vestir la grieta que necesitaba.

La palabra se forma en un sitio tibio y rojo

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Día libre a mitad de la semana: abro los ojos tarde, abrazo a quien más me quiere y jugamos entre las sábanas. Es una transgresión multiplicada. Aunque a estas horas ya estaría en la oficina, hoy celebro la mañana con todos los sentidos. Se me forma dentro un río de palabras.

Luego leemos juntos, nos abstraemos en mundos diversos pero tocándonos las rodillas. Yo me hundo en la novela de Cristina Rivera Garza, El mal de la taiga (Tusquets) y encuentro este fragmento, profético: “Recuerdo los labios, el movimiento sutil de sus labios. Recuerdo, sobre todo, la manera en que se cerraban y abrían, en cámara lenta. Como si cada palabra tomara años en hacerse allá adentro, en algún sitio tibio y rojo de sus órganos, para salir, luego, a toda prisa, desasida de sí”.

 

“Todo amor vivido es una degradación del amor”: Duras

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Se están cumpliendo 100 años del nacimiento de Marguerite Duras, otra pluma soberbia nacida en 1914, como Cortázar, Paz, Bioy Casares, Thomas, Parra (habría que averiguar qué conjunción de astros se dio ese año, para saborear por anticipado cuando las estrellas se vuelvan a acomodar igual).

Rescato desde el título de esta entrada algunos pasajes de su novela no-tan-famosa Los caballitos de Tarquinia (Tusquets), en la que dos parejas pasan sus vacaciones en una playa italiana. La reflexión sobre el amor total, absoluto, permea los diálogos de los personajes, sumiéndolos en contradicciones e incongruencias, poniendo bajo la lupa su aburrimiento y su común deseo de tomar vacaciones del ser amado. Sobre todo, los lleva a concluir que es imposible que una relación sustituya la expectativa total del amor. Muy pocas plumas son capaces de iluminar así la profundidad del alma humana. Por eso la Duras es la Duras.

“[…] la verdad es que me gusta esa mujer, aun cuando la detesto. […] No deja nunca de gustarme, aun cuando sería capaz de estrangularla”.

“El sufrimiento es como la felicidad, de vez en cuando hay que cambiar de sufrimiento, si no se vuelve uno viejo y tonto”.

“Ningún amor del mundo puede ocupar el sitio del amor”.

“Para el amor no hay vacaciones, no existen. El amor hay que vivirlo totalmente, con su aburrimiento y todo; para eso no hay vacaciones posibles”.

 

A esta novela la atraviesan las balas

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Para Andrés Grillo,
por nuestras muchas rondas de amistad

De la pluma de Evelio Rosero, Los ejércitos (Tusquets) es una novela colombiana hecha de emociones universales, en toda una gama de temperaturas: crueldad, ternura, soledad, deseo, culpa, esperanza. A veces, el libro deja un calor agradable en el regazo, otras quema las manos y obliga a interrumpir la lectura.

Un viejo pedagogo, actual recogedor de naranjas de los árboles, aprovecha las alturas para espiar mujeres, ver “las pantorrillas, las redondas rodillas, las piernas enteras, únicamente sus muslos y, si había suerte, más allá, a lo profundo”. A pesar del regaño de su esposa, Otilia, la vida de Ismael pende de imaginar a una vecina “más desnuda que nunca”, a una chica cuyo “tierno calzón blanco [se escabulle] entre las nalgas generosas”. En contraste con su lujuria como derroche de vida, Ismael vive los años de la guerra en Colombia, la agonía de un país que se desangra en el dolor causado por el narcotráfico y el ejército, la guerrilla y los paramilitares, que se turnan para pisotear a los locales.

Veinte años atrás, el día en que Ismael conoció Otilia, en la estación de autobuses un muchachito mató a un hombre gordo, a la vista de ellos y de todos. Fue un presagio de lo que vendría sobre Santa Cruz, pueblo que con los años ve aumentar las balas perdidas, los desaparecidos, los torturados por colaborar con la guerrilla (o por no colaborar, da lo mismo), hasta que la violencia estalla al máximo y los habitantes se ven cercados por la violencia, “más indefensos que una cucaracha”.  Como nada tiene sentido, incluso ante la crueldad amorfa Ismael decide quedarse en el pueblo: “Nosotros aquí seguiremos esperando a que esto cambie, y si no cambia ya veremos, o nos vamos o nos morimos, así lo quiso Dios, que sea lo que Dios quiera, lo que se le antoje a Dios, lo que se le dé la gana”.

Es mi primer acercamiento a la escritura vigorosa de Rosero quien, por cierto, cumple años hoy. Sus páginas atravesadas de balas retratan el camino a través del infierno, el que miles de colombianos cruzaron (¿aún cruzan?) a consecuencia de la guerra entre grupos armados. Es el mismo que hoy recorren miles de mexicanos, atrapados por el fuego cruzado entre militares, narcos y autodefensas, donde el mayor favor es que los maten de una vez. México y Colombia, tan cercanos en tantas cosas, también en ésta mezclan sus sangres. La novela de Rosero hace palidecer, deja un sabor amargo en la boca. Pero se agradece mucho.

Trancapalanca, de Élmer Mendoza

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Había una vez un rey que odiaba “la guerra la logística el armamento y a los generales. A los campeones de tiro. El sudor a laurel y las trincheras […] Odiaba la capacidad de los hombres de ir al baño”. Suficiente tragedia para un soberano, que encima “se sentía manipulado y adherido al capricho de la reina consorte y a los errores de alguien a quien no conocía”. Cómo no simpatizar con un personaje así, tan humano, que en la última línea del cuento se revela también hondamente borgeano. A él toca cerrar este espléndido libro, escrito por Mendoza en 1989 (antes de que fuera un autor reconocido), ahora reeditado por Tusquets. Deja un buen sabor de boca.

Trancapalanca (Tusquets) se compone de 23 narraciones, algunas mejores que otras pero en general bien logradas, alineadas con estos “mandamientos” sobre el cuento planteados por el dios-Poe (traducción de Cortázar): “El punto de mayor importancia es la unidad de efecto o impresión […] Si la primera frase no tiende ya a la producción del efecto [deseado], quiere decir que [el autor] ha fracasado en el primer paso”. Así, tal cual. El escritor mexicano nacido en Sinaloa emplea recursos estilísticos diversos, juega con planos, tiene su propio lenguaje, aborda temas varios (en especial el crimen organizado, que luego será eje de su narrativa) y casi siempre acude a un final sorpresivo, humorístico incluso. Sin embargo, nada lo distrae: tiene en mente causar un efecto y lo logra.

Llama la atención que se trate de relatos con 24 años de edad pero piel de bebé. Total que el representante de la narconovela también escribe cuentos. Y bien.

Amarás a Dios sobre todas las cosas, de Alejandro Hernández

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“Aquí puedes ganar de pelos, una lana que nunca te imaginaste. Para empezar, cinco mil pesos a la semana […] te saliste de tu país para buscar trabajo, o no. Pues aquí lo tienes, peladito y a la boca […] es trabajo sencillo, traes y llevas cosas, traes y llevas migrantes, los vigilas, ya verás que es mejor andar chingando que ser chingado, eso que ni qué. Y a lo mejor más adelante hasta matas a uno, a dos, a lo mejor le agarras el gusto […]. Una entrenadita y ya está, con culeros de verdad, con sangre de verdad, una vez que te despachas a uno, una vez que te salpicas de sangre, se le va pasando a uno el asco, de veras, o cómo crees que empezamos todos lo que andamos en esto, cómo, si no”. Con estas razones, un secuestrador de migrantes trata de convencer a uno de ellos de “pasarse al otro lado”: dejar de ser víctima para convertirse en victimario de sus compañeros, en una realidad sin esperanza donde no hay más alternativas que esas dos.

Es un extracto de la novela Amarás a Dios sobre todas las cosas, de Alejandro Hernández (Tusquets), sobre la brutalidad que enfrentan los indocumentados en México, en su tránsito hacia Estados Unidos. Acabo de terminarla. Siento coraje, impotencia, asombro, tristeza, vergüenza del género humano. La novela me parece totalmente verosímil. Aunque quisiera creer que exagera, las noticias y lo que he leído sobre el tema me confirman que Hernández, el autor, se apegó a la verdad. No parecen concebibles el dolor, el miedo, el hambre y la humillación que enfrentan miles de migrantes a diario, ahora mismo. Tampoco parecen tener límite la crueldad, la prepotencia y el abuso de policías, agentes de migración, secuestradores. Cada sinpapeles vive esperando “no ser golpeado tan fuerte, nada más seguir vivo mientras la vida transcurre, sin voluntad, atado a los caprichos de desconocidos sin madre, [respirando] nada más por la fuerza de un recuerdo, la imaginación puesta en la casa que has dejado”.

No sé qué hacer con el nido de avispas que traigo en el estómago.

Se equivocó Dios

Imagen 14 a.m. Noche de insomnio, noche atorada que no deja de pensar. La mente salta de un pensamiento a otro, despeinada. Cien veces intento meditar. Imposible. Me pongo a leer Amarás a Dios sobre todas las cosas, de Alejandro Hernández (Tusquets), novela sobre el pavoroso via crucis de los migrantes hacia EUA:

“Ayer cenamos desaforadamente y ya tenemos hambre. Se equivocó Dios, digo, nos dio un estómago muy antojadizo. Uno debería comer y volver a tener hambre en tres días, eso hubiera sido misericordia. Deberíamos tener otro estómago, estómago de pobre. Con este estómago de rico, dice Danilo, nos la vamos a pasar chillando todo el camino”.

El día me encuentra acompañando a estos valientes. Sus grandes temas me hicieron olvidar los míos.

Lo anterior, de Cristina Rivera Garza y El cuerpo en que nací, de Guadalupe Nettel

Acabo de terminar Lo anterior, novela de Cristina Rivera Garza (Tusquets), e inmediatamente antes El cuerpo en que nací, de Guadalupe Nettel (Anagrama). Ambas escritoras mexicanas, las conocía por sus artículos en periódicos y revistas, pero no como narradoras.

La novela de Nettel, intimista, de tono autobiográfico y ubicada en los años setenta, me dejó con ganas de algo más (¿qué?). Cumple pero no acabé de darle el golpe. La de Rivera Garza, situada en la frontera norte de México, me gustó más. A partir de una anécdota que no resulta central explora reflexiones sobre el amor como pasado, como construcción ex-profeso montada sobre palabras, como diálogo roto o quizá nunca establecido. Con un estilo pulido, en ella la pluralidad de personajes y tonos se expresa a través de cambios tipográficos y pequeños símbolos en la parte superior de la página, pero aun así de pronto me resultaba confusa. Debo carecer del chip que permite entender la multiplicidad de voces narrativas, porque en general me enreda (con frecuencia me sucede con autores mexicanos: ver en este blog “Efectos secundarios, de Rosa Beltrán”, entrada del 12 de diciembre de 2011). ¿Será que soy poco posmoderna y prefiero lo unívoco, lo que parte del centro? Probablemente, aunque no me guste aceptarlo.

Total, que sin que se me hayan convertido en escritoras fundamentales, quedo invitada a regresar a ambas. De hecho tengo ya en mi librero, como pendiente de lectura, El mal de la taiga, también de Rivera Garza (Tusquets), y se me antoja mucho Nadie me verá llorar (también Tusquets), su primera y muy premiada novela.

Definición kunderiana de amor

“El amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien (este deseo se produce en relación con una cantidad innumerable de mujeres), sino en el deseo de dormir junto a alguien (este deseo se produce en relación con una única mujer)”.

-Milan Kundera

N. del E. El lector puede cambiar “mujer” por “hombre” sin afectar el sentido.