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Colombia es algo así como una adicción. Y los(as) colombianos(as), un poquito más.

El deseo en boca de una niña

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“[…] Había sido un juego largo y el aliento de Camila continuaba hirviendo en mi cuello. Durante ese instante quise que Camila no marchara nunca de mi casa y se quedara a vivir toda la vida, para hablar conmigo o para no hablar, para cerrar los ojos y abrirlos otra vez y acompañarme en tardes interminables como ésta —cuando estoy a solas y miro sola a mamá—, para defenderme del mundo y de mamá […] si te vas de esta casa no sé qué soy, no sé qué soy. Repetía eso infinidad de veces”.

Estoy releyendo (en cuanto la terminé volví a empezar) esto que no sé cómo llamar, si novela, si poema en prosa, si bisturí que corta las emociones para mostrarlas en crudo, si torrente de palabras que me lleva lejos y no quiero regresar porque lo que veo es terrible, es precioso.

El libro me lo envió de regalo mi amigo necesarísimo Andrés Grillo. Es la historia de una niña de 10 años, Juliana, que se enfrenta por primera vez al amor y al deseo y se aterra ante ellos pero no quiere dejarlos ir, como todos. El colombiano Rosero ya me había sacado el aire más de una vez, tanto con la implacable novela Los ejércitos como con esa tremenda delicia que es Los almuerzos. Pero esto es otra cosa. La niña que camina sobre la cuerda floja de lo que siente versus lo que sabe, que trata de encontrarse en un mundo de adultos sin freno, que busca cómo explicar lo que le bulle por dentro me ha hecho un nudo en la garganta varias, varias veces. Estoy sacudida de belleza hasta el tuétano.

#MiércolesDePoesía Cómo se sobrevive al (des)amor

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Dibujo: TwistedBeautifulRaw

Uno intenta sobrevivir y “recuperar la cara que pone”, dice en estos versos María Lara, colombiana ganadora de la más reciente edición del Premio Loewe de Poesía.

“Donde podía haber un poema de amor, ya al comienzo del libro, encontramos restos de fuego, vacío, ceniza y todos los vaciados, los negativos que el lenguaje ofrece para dar cabida al hueco, para rodearlo y expresarlo como tal”. Así presenta Ida Vitale a María Gómez Lara (Bogotá, 1989), poeta ganadora de la más reciente edición del Premio Loewe a la Creación Joven. Da click aquí para leer la entrada “Poema útil si sabes lo jodido que es amar a alquien”. Este año hubo 845 concursantes de 32 países: el reconocimiento al autor menor de 30 años lo recibió María, mientras el chileno Óscar Hahn (1938) se llevó el XXVII Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe, marca que apuesta por los versos, es decir, “lo que no es moda, ni pasa de moda”. Gran idea, que una marca de consumo abra su abanico y abrace la poesía: sale del ámbito meramente comercial y adquiere sustancia, reconocimiento. Da click aquí para leer la nota completa del Premio. Una vez más, el Marketing busca contenidos en el ámbito de las artes y se nutre bien de ellos.

Como siempre estoy a la caza de nuevas voces poéticas, ahora que fui a Colombia compré el libro de María, Contratono, publicado por Visor de Poesía y la Fundación Loewe. He leído varios textos y me quedo con éste: se titula “Mañana”. Es el retrato implacable del fin de un amor, de cómo uno no se reconoce cuando estalla en astillas la coherencia que ha conocido cuando estaba con ese otro. Y cómo espera sobrevivir, encontrar de nuevo el Norte. Me encanta, porque aunque no estoy ahí, he estado y doy fe de que es tal cual. Buen #MiércolesDePoesía.

“Mañana”

tendrás tiempo de recuperar la cara que te pones

recogerás del suelo los gestos cordiales buenos días muchas gracias
si fueras tan amable de pasar la sal

y los irás acomodando donde siempre
por favor con mucho gusto déjame ayudarte está pesado hoy los olvidas
sin para dónde correr cargas contigo con tu sombra

se te doblan las rodillas
la espalda se te tuerce

se te escapan las palabras
y es mejor callar cerrar la puerta

ya mañana
aprenderás de nuevo a hablar
tartamudeando primero luego sílabas frases
buenos días muchas gracias qué tal noche
y otra vez
te irás moldeando las facciones con las manos
caminarás casi gateando si fueras tan amable no te apures

lo irás sobreviviendo

hoy puedes ovillarte acurrucarte
hablar sola con él que ya mañana

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Cinco cosas que sólo entiendes si has ido a Colombia

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Estas cinco cosas te van a sonar solamente si has visitado ese país delicioso. 

Acabo de estar en Bogotá, la ciudad a cuya “llovizna inclemente ” se refirió García Márquez y que hoy es una urbe vital, intensa, llena de cultura, de arte y moda. Y de colombianos(as), claro, que son su mayor atractivo. Aquí, cinco cosas que únicamente puedes entender si has estado ahí.

  1. Necesitas replantearte las fórmulas de cortesía. El asunto es que mientras en México usamos el usted como un pronombre de distancia y respeto, allá es justo lo contrario: implica cercanía, afecto, complicidad, de modo que los mejores amigos y los novios se tratan de usted. Cosa más linda.

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2. Pagar 100 mil pesos por una comida no es tan grave. El tipo de cambio del peso colombiano es muy desventajoso frente al dólar, de modo que si sacas tu teléfono iPhone y haces la conversión, resulta que esa cantidad estratosférica en realidad corresponde a 33 dólares, más o menos.

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3. “Llover todo el día” puede ser, sí, algo literal. Amanece gris y llueve. Sale el sol. A la una de la tarde llovizna. El sol ya no sale pero la calle se empieza a secar. A las seis llueve de nuevo, por qué no. Y, con suerte, en la noche vuelta a empezar. La primera vez que vine a Colombia le pregunté a un taxista por el clima y lo describió puntualmente: “No se me preocupe. Aquí llueve dos o tres veces… al día”.

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4. Sus modismos son geniales, pero a veces no entiendes nada. No cuesta ningún trabajo descifrar “ella tiene suin (swing)”,  “le traigo los fríjoles”  o “se me hizo tarde porque me embrollé“. Pero qué tal cuando alguien dice “¡qué vaina!”,eso es una verraquera/ me parece bacano” o “amanecí con un tremendo guayabo y tengo que trastear”. Respectivamente quieren decir: ¡qué lata!, eso es genial/ buenísimo, amanecí con cruda y tengo que hacer la mudanza.

Captura de pantalla 2015-08-17 a las 20.14.175. El emblemático Andrés Carne de Res, en Chía, es indefinible. Es un restaurante… bueno, pero tiene pista de baile… y además es bar. Ok, todo al mismo tiempo. Mezcla de Disneylandia para adultos y templo kitsch tremendamente disfrutable, es el sitio al que los bogotanos van a rumbear y donde también caen los turistas. Donde celebran las familias con niños, pero también el que escogen los amigotes para una despedida de soltero. Y todos son felices. Sí, es difícil de explicar y sólo si has estado ahí sabes a qué me refiero.

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Reitero lo que escribí hace un tiempo: el riesgo de visitar Colombia es que seguro te quieres quedar en ese suelo de gente entrañable, divertida, que va dejando huellas de sol por donde va.

#LunesDeMonos Chispazo de humor colombiano

Cartón: Picho Y Pucho y Pucheros
Cartón: Picho y Pucho y Pucheros

Una vez más, Bogotá me sedujo sin miramientos. Qué cosa de humor tiene esta gente fantástica.

Además de las arepas, el mojito de lulo y la uchuva (deliciosa fruta, que a la vista parece un tomate cherry), de la fiesta imparable y de su vida intensa, confirmo que lo mejor de la capital colombiana es la risa de su gente. Y no hablo sólo de mis amigos, Andrés y Natalia, que por deformación personal encuentro entrañables, brillantes, gente por la que valdría la pena atravesar el océano, sino del bogotano en general. La mesera del bar, por ejemplo, con su meneo distraído. O Camilo Fidel, el graffitero bacano (localismo para referirse a alguien bueno, valioso), que no perdió las anécdotas entre el aguerrido tráfico bogotano. O el grupo de chicos que se llenaban la boca de carcajadas en el emblemático restaurante-bar Andrés Carne de Res y a la menor provocación comenzaron a bailar, para ya no dar tregua a la comida, el alcohol y la rumba. Y es que ese rasgo tan de aquí me fascina. No se me olvida cómo durante el pasado Mundial de Futbol me reuní en el D.F. con amigos de Medellín para ver el partido Colombia-Brasil, que terminó con el triunfo carioca. Mucha decepción, mucha decepción, pero a los cinco minutos alguien puso vallenatos, entre todos movieron las mesas y acabaron haciendo lo que mejor saben hacer: bailar, reírse, disfrutar. Lo hacen tan sin esfuerzo que no hay forma de evitar el contagio.

Para celebrar el buen humor colombiano, aquí va un cartón de Picho y Pucho y Pucheros, publicado en la edición de agosto de la revista colombiana SoHo o, lo que es lo mismo, la madre de todas las revistas #PerdonenElExabrupto. Buen #LunesDeMonos.

Crónica de mi segundo día en Bogotá. “Sin graffiti, una ciudad es aburrida”

Graffiti en las calles de Bogotá. Foto: Julia Santibáñez
Graffiti en las calles de Bogotá. Fotos: Julia Santibáñez

El grupo de periodistas invitados a este viaje bogotano tomamos un “tour de graffiti”. El guía es un colombiano de mente ágil, apasionado por el arte urbano. Se llama nada menos que Camilo Fidel López (sí, mi intuición acierta: su padre era apasionado de la Revolución cubana, de modo que le puso los nombres de los líderes, es decir, Camilo Cienfuegos y Fidel Castro). Con ojos y manos que se emocionan, Camilo Fidel nos va contando el origen del graffiti, su presencia en varios países, la relevancia que ha cobrado en Bogotá y cómo en ello ha contribuido el hecho de que el país tiene una regulación bastante laxa: “sólo se prohibe graffitear en determinados lugares, como transporte colectivo, puentes, monumentos; en cualquier otro sitio está permitido”. Es director de Vértigo Graffiti, empresa que se dedica a difundir el arte urbano, intervenir edificios y crear campañas publicitarias que lo involucran. Entre otros, recientemente hicieron este precioso graffiti en el lounge del hotel W de Bogotá, en el que recrean la leyenda de El Dorado: la esposa del cacique Guatavita yace en el fondo del lago rodeada de “tesoros” urbanos. Qué genial que una cadena de estas dimensiones apueste por las nuevas manifestaciones artísticas y las haga suyas.

Foto: Hotel W Bogotá
El graffiti “La leyenda detrás de la leyenda”, en el Lounge del W Bogotá. Foto: W Bogotá

En el tour, mientras nos topamos con firmas de bandas, consignas políticas, crítica social, humor y verdaderas obras maestras, el guía nos va explicando lo que vemos, dándole contexto. Por ejemplo, nos cuenta que éste es, por definición, un arte colaborativo, donde los artistas callejeros se preguntan, se contestan, enriquecen el trabajo del otro o, de plano, lo despedazan. Es decir, es un diálogo de igual a igual, sin miramientos ni acartonamientos. El conocimiento de Camilo Fidel enriquece mucho la vista.

Foto: Julia Santibáñez
Otras muestras que encontramos al pasar. Fotos: Julia Santibáñez

Luego vamos al edificio donde cinco artistas de Vértigo crearon en 2013 el graffiti más grande de la ciudad, en una avenida central de Bogotá. Para ello se inspiraron en una fotografía tomada por el colombiano Héctor Favio Zamora, del diario El Tiempo (ver foto abajo): mientras el presidente daba un discurso en una zona cercana, dos indigentes se besaban, ajenos a todo. Zamora los captó en esta imagen tremenda. Luego, la gente de Vértigo decidió convertir a los amantes en motivo del graffiti que lleva por título El beso de los invisibles. Es impresionante, tanto por la historia de la foto que sirvió de base como por sus 35 metros de alto y 12 de ancho. Pero, sobre todo, porque está entre el Barrio Santa Fe, especie de ciudad perdida paupérrima y peligrosa, y el centro de la ciudad, turístico e impecable. Brutal simbolismo de las contradicciones de la ciudad, vistas y expresadas por sus artistas urbanos.

Se me queda grabado un concepto de Camilo Fidel: “Una ciudad donde hay graffiti es libre, la gente puede expresarse. Hoy mismo no se permite en Caracas ni en Teherán, ni se permitió en la antigua Alemania comunista. Además, estoy convencido de que una ciudad sin graffiti es aburrida”. Encuentro fascinante ver el arte urbano con otros ojos, un poquito más desprejuiciados.

PD Hace un par de años hice un tour de graffiti igualmente enriquecedor en Brooklyn. Da click aquí para ir a esa entrada.

 

Foto: Héctor Favio Zamora
Ésta es la imagen que inspiró el graffiti: es de Héctor Favio Zamora, fotógrafo del diario El Tiempo

 

"El beso de los invisibles". Foto: Julia Santibáñez
“El beso de los invisibles”. Foto: Julia Santibáñez
El graffiti más grande de Bogotá visto a la distancia.
El graffiti más grande de Bogotá, visto a la distancia. Foto: http://www.vértigograffiti.com

Crónica de mi primer día en Bogotá. Los sabores

Foto: Kitchenconfidante.com (¡la mía salió muy mal!)
El ajíaco colombiano. Foto: Kitchenconfidante.com (¡la mía salió muy mal!)

3 p.m. Bogotá, Colombia.

Estoy en este suelo que me encanta. No quepo de felicidad.

Apenas aterricé en Bogotá empecé a salivar. Dicen que todo gusto es aprendido, que ninguno es genético. Debe ser así. Lo cierto es que se ve que mis clases de amor por la bandera amarilla han sido intensas e intensivas, porque los sabores de por acá me gustan cada vez más.

Aventé las maletas en mi cuarto del Hotel W Bogotá, el top de lo top y con una vista bellísima. Desde el piso 9 tengo la característica imagen de la ciudad, casi toda de color ladrillo y coronada por un cielo que sólo se ve aquí, cuajado de nubes. De inmediato bajé a comer con Raquel, periodista española y compañera de viaje, al restaurante Market Kitchen del hotel. Nos moríamos de hambre. Y yo, además, de antojo. Pedí de inmediato un mojito de lulo, esa fruta amarilla que solamente he probado aquí. Me encanta la mezcla del dulce lulo con la hierbabuena. Y mientras Raquel y yo vamos tejiendo una cálida conversación y una incipiente amistad, yo me regalo un ajíaco típico, especie de sopa espesa preparada con pollo, elote, distintas variedades de papa y hierbas, a la que se le añade aguacate y alcaparras, entre otras cosas. Es una maravilla.

De postre, el mesero-que-es-todo-sonrisas nos consigue un plato de frutas locales (foto abajo). Ambas celebramos el detalle. Aquí va la explicación, en el sentido de las manecillas del reloj: adentro de esas como flores está la uchuva (parece un tomate cherry, pero es muy dulce), luego la pitahaya (muy similar a las que he comido en México), lo que aquí llaman higos (amarillos y de sabor casi idéntico al de la tuna mexicana) y, al centro, la  granada (que en México conocemos como “granada china”). Riquísimas.

Para la inteligente Raquel, que por primera vez viene a este país, las frutas son toda una revelación. Para mí, esta primera comida del viaje es el bautismo que me confirma que sí: estoy en la bacana Colombia. Qué más.

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Mojito de lulo
Plato de frutas locales
Plato de frutas locales

 

Mi cuarto en el W Bogotá
Mi cuarto en el W Bogotá

Seducción en tres versos

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Juguetón y deseante, el poeta colombiano Darío Jaramillo (1947) se hace preguntas y en tres versos pone el dedo en la llaga o, al menos, deja clara su intención de hacerlo. Por eso es el invitado de honor de este #MiércolesDePoesía. Cómo no.

“¿Por qué no tu boca aquí,
por qué no sobre mi piel tu aliento,
por qué no adentro yo de tus abismos?”

-Darío Jaramillo Agudelo, “Cuatro preguntas”, Libros de poemas

Las canciones que nos hicieron niños

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Da click en el enlace para ver el video

En México, el Día del Niño se celebra el próximo jueves, 30 de abril. Así que para este #SábadoDeMúsica propongo armar un playlist colectivo con las canciones que a cada uno nos remiten de inmediato a la infancia. La mía es “El ratón vaquero”, de ese genio mexicano de la imaginación que se hizo llamar Cri-Cri. Y aquí están también las añadidas por la comunidad desde Twitter y desde el blog. La propuesta es heterogénea y variadita, hay balada, rock, pop y hasta villancicos. Los temas llegan desde México, Colombia, Argentina y España y aunque muchas son canciones netamente infantiles, también están las que oíamos de abuelos, padres o hermanos. Porque así, cantando, nos hicimos niños.

  1. @AdrianoDeLucio Las brujas, de Cri-Cri
  2. @arr1910 Spiderman (OJO: son imperdibles los últimos segundos del video)
  3. @lufepever La abeja Maya (programa de TV)
  4. @gabyamoran En el bosque de la China, de Enrique y Ana
  5. @daniacSant El patio de mi casa, de Tatiana 
  6. @_EduardoMoreno y @Olga_laDescalza El niño robot, de los Hermanos Rincón
  7. @ulisesrodriguez Dreamer, de Supertramp
  8. @miradadelaluna Gypsy, de Fleetwood Mac
  9. @antonioliho El gato viudo, de Chava Flores
  10. @feliciarios Duerme, negrito, recopilada por Atahualpa Yupanqui (versión de Mercedes Sosa)
  11. @grillopez Velo qué bonito, de Choquibtown
  12. @VBoletta Mano a mano, de Julio Sosa
  13. Héctor Emmanuel Doctor psiquiatra, de Gloria Trevi
  14. Luis Hrdz Medina Caminito de la escuela, de Cri-Cri
  15. Flavio Smooth Criminal, de Michael Jackson
  16. @JorgeLuisBorgia Confesiones de invierno, de Sui Generis
  17. Tuztax Rock n’roll All Nite, de Kiss
  18. luthierzebeth Sinfonía inconclusa de la mar, de Piero
  19. May Rovles Adiós, Superman, bye, bye, de Chabelo
  20. Heriberto Los changos, de Luis Pescetti
  21. Shira Shaman Granito de canela, de Liuba María Hevia
  22. Anónimo Los planetas, de Gabriela Rivero
  23. Allidu La maquinita, de Cri-Cri
  24. Rubén García El negrito bailarín, de Cri-Cri
  25. Viramo Il cuore é uno zíngaro, de Nada
  26. JavierJiménez1986 I Got You, de Jack Johnson

Video Un año: recordando a Gabo

 

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Da click aquí para ver el video:

Hoy, 17 de abril, hace exactamente un año que Gabriel García Márquez decidió salir volando detrás de sus mariposas amarillas. Que se murió, pues. Y en SoHo México quisimos hacer algo especial en torno al colombiano casi mexicano: invitamos a 25 personas a leer un fragmento de ese portento que se llama Cien años de soledad. Está la señora del mercado, el cerrajero, una modelo y el policía, pero también escritores, rockeros, gente del medio cultural y los tres periodistas que conducen el programa de radio El Weso. Así, leyendo, rendimos un mínimo homenaje a Gabo. Porque no se nos olvida.

(Originalmente publicado en el sitio web de la revista SoHo).

“La vida está colgada de un hilito”: Abad Faciolince

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Desde que supe de que el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince tenía un nuevo libro quise leerlo. Disfruto mucho sus crónicas en SoHo Colombia y hace un par de años leí El olvido que seremos, recuento íntimo sobre el “amor animal” que sentía por su padre, además de terrible crónica del asesinato que se lo arrebató (en su momento escribí esto al respecto). Pues mi queridísimo Andrés Grillo, colombiano a quien me une una amistad entrañable, me regaló La Oculta (Alfaguara), la reciente novela de Abad Faciolince. Acabo de terminarla, qué rica pluma la suya. Narrada a tres voces, las de tres hermanos, cuenta la historia de una familia y su vinculación de generaciones con una finca. Los personajes están entretejidos con la tierra, con su raigambre, su sangre y sus ecos. Y mientras cuentan sus vidas y hablan de La Oculta dejan caer reflexiones que se saborean por largo tiempo, como un caramelo de menta. Aquí van algunas que hago mías porque sí, creo que la vida está colgada de un hilito. Con ellas espero despertar tu apetito de leerla:

“Si estoy solo y camino y no entiendo nada, de mi cabeza brotan versos, como para combatir la soledad verbal”. (p. 138)

“Mientras uno espera a que los sueños se cumplan, llega la enfermedad, o un accidente,  y uno se muere. La vida está colgada de un hilito, y en el aire hay tijeras que vuelan con el viento”. (p. 141)

“Sentí lo que muchas mujeres han sentido: la atracción por el abismo, por el hombre malévolo y violento pero poderoso, oscuro en sus maldades, inescrupuloso en sus costumbres, implacable, que te protegerá con su poder infinito siempre y cuando seas sumisa como una perra mansa”. (p. 251)

“La gloria y la tragedia del amor son tan sencillas. Yo no me explico por qué les dan tantas vueltas los poetas, los psicólogos y los tratadistas, siendo un asunto tan simple, que para mí es así: dos se aman, y sin dejar de amarse (sin dejar de amarse, lo subrayo), poco a poco, casi sin darse cuenta, se desaman, hasta llegar a odiarse. El motivo es tan simple, tan animal y humano al mismo tiempo, tan bajo, tan alto, tan normal, tan triste: el cansancio del sexo, el cansancio, es decir, del sexo con la misma, con el mismo”. (p. 301)

Humor 2.0

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Mi querido amigo Andrés Grillo me manda desde Bogotá el más reciente número de la revista SoHo Colombia, madre de nuestra SoHo México. Edición dedicada a la caricatura, incluye textos sobre Quino, una entrevista a Liniers por Leila Guerriero y el cartón favorito de Alberto Montt, además de una estupenda entrevista a Maitena, del propio Grillo, con la noticia de que la argentina prepara un libro con lo mejor de su trabajo erótico, poco conocido hasta ahora. En sus páginas también encuentro esta caricatura genial del ecuatoriano Bonil sobre los niños de la era digital, que seguro no saben la dirección de su casa pero no olvidan su cuenta de gmail, en la que “viven” la mayor parte del tiempo. Me desarma por aguda y tierna. Vaya combo para este #LunesDeMonos.

Odiar, la máxima debilidad

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Hemos vivido aprendiendo siempre a odiar a alguien. El machismo, el maltrato infantil, la segregación social, el racismo, el clasismo, la violencia laboral, todas esas taras tienen su origen en una educación cuya base fundamental es el odio”, escribió en 2013  en su blog el autor colombiano Mario Mendoza. Hoy retomo su texto porque me parece pertinente ante los hechos de sangre de esta semana en Francia contra Charlie Hebdo, publicación de corte satírico, pero también contra la realidad cotidiana en México, donde nos es fácil acumular odio y parecemos creer que nos hace más fuertes. Más fregones.

En su blog, Mendoza cuenta esta anécdota: “Hace poco, en Bello, Antioquia, al finalizar una grata conversación en público se levantó un señor y pidió la palabra. Fue una intervención memorable. Habló de cómo, desde niño, le enseñaron a odiar. Creció en un hogar de católicos recalcitrantes y le enseñaron a odiar a los ateos, gente sin fe y sin Dios, sospechosa de llevar vidas licenciosas y desordenadas. Luego, en sus años de adolescente, unos tipos en Cuba hicieron una revolución, y entonces le enseñaron a odiar a los comunistas, gente rara que no creía en el trabajo ni en la propiedad privada. Más tarde, le enseñaron a odiar a los negros, una raza de perezosos y sinvergüenzas que si no la hacían a la entrada la hacían a la salida. Y así, a lo largo de su vida, toda su educación había sido siempre en contra de algo o de alguien, consejos para defenderse, para contraatacar, para no dejarse, para protegerse […] Odiar va creando una personalidad narcisista que se va anclando cada vez con mayor fuerza en el yo. Lo único importante es lo que me sucede a mí. Yo soy el centro del mundo. Yo tengo la razón. Nadie se da cuenta de la verdad, excepto yo. Nadie ha sufrido como yo. Es que nadie sabe por las que me ha tocado pasar a mí. Mi vida no ha sido cualquier cosa. Todo el mundo está muy mal, menos yo, que sí me doy cuenta de todo. Yo, yo, yo”. Por esa visión, claro, “el sujeto no puede expandirse, explayarse, compartir, enriquecerse con las experiencias de los otros. Es difícil que pueda darse a los demás, entregarse, disfrutar de la generosidad. Por ende, cada vez estará más atrapado, más encarcelado, y su odio se irá agigantando también. Es un círculo vicioso que se retroalimenta cada día. Odiar debilita mucho”. 
 
Así es. Estamos siempre confrontándonos hombres contra mujeres, fresas contra nacos, los de la derecha contra los de la izquierda, no-fumadores contra fumadores, los de un equipo de futbol contra los del otro, fanáticos de una religión contra los de otra y contra los gays y también contra los ateos. Este punto me parece interesante. En muchos casos, los creyentes fundamentalistas acumulan más cantidad de odio por centímetro cuadrado, porque están convencidos de que su Dios es el único y, por tanto, cualquier idea en contrasentido es una blasfemia: hay que convertir al de enfrente o, de plano, eliminarlo.                                                                                                                                 
Las palabras con las que cierra Mendoza me sacuden: “Darnos cuenta de esta educación perversa ya es un paso. Quizás el siguiente sea empezar a respetar y a estimar a aquéllos que, aunque sean diferentes en su raza, sus equipos de fútbol o sus creencias religiosas, pueden llegar a ser nuestros mejores amigos, nuestros socios o nuestras parejas. Quizás allá, en donde me enseñaron que era territorio enemigo, me está esperando alguien para darme un abrazo”. Me cuesta creer que ese musulmán asesino pudiera ser mi amigo, que ese católico fanático o ese judío a ultranza quisieran darme un abrazo. Sí, los menosprecio, los rechazo por odiantes, me siento superior a ellos. En el fondo, aunque no tome un arma quizá no soy tan distinta.

 

Mi libro de poesía erótica, ya en Amazon

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Tengo felices noticias para los lectores de este blog: luego de un largo proceso en el que me aferré a distribuir el ejemplar físico y no electrónico, mi libro de poesía Rabia de vida- Rabia debida, publicado por Editorial Resistencia, está disponible tanto en Amazon.com (para distribución en EUA, Centro y Sudamérica) como en Amazon.es (para venta en Europa). Lo encuentran por el título o por autor: Julia Santibáñez. En México estará en librerías a partir de enero. Con preciosas ilustraciones de Alejandro Pérez, me llena de orgullo materno, qué les digo.

Varios de ustedes habían expresado interés en tenerlo, en especial en México, Colombia, Argentina, EUA, España e Israel, de modo que ya está ahí, para que cada quien tenga una opción cercana a su país. El precio es bajo (9 dólares o 7.50 euros) y, además, el costo de envío puede ser gratis, en compras mayores a 35 dólares y 19 euros. En fin, he tratado de hacerlo lo más sencillo posible.

Aquí va uno de los poemas de Rabia de vida. Gracias infinitas, lector de palabrasaflordepiel, por tu complicidad en este proyecto necio que me emociona tanto y en el que me juego las entrañas.

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Te maldigo con ganas

Dibujo: Jean Paul Zapata
Dibujo: Jean Paul Zapata

Te maldigo como mujer que odia

y no piensa en otra cosa.

Imagino que te beso hasta dejarte herido

y pequeño

para que no huyas

para que busques refugio en mis pechos

infame

y pueda negártelo.

Pero luego soy dócil en tu cama

escondo bien mi rabia

y me abro a ti

benigna

casi agradecida

de que me hagas el favor.

 

Cuando te vas recobro el aplomo

y vuelvo a odiarte.

Ahora con más ganas.

 

-Julia Santibáñez

Poema útil si sabes lo jodido que es amar a alguien

Dibujo: Gordon Punt
Dibujo: Gordon Punt

Ella tiene 24 años, es colombiana, se llama María Gómez y acaba de ganar el Premio Loewe de Poesía, pero nada de eso interesa en realidad. Lo importante es esto que escribió y que resulta útil para explicar lo jodido que es cuando amas a alguien y te quedas solo, a la intemperie. O, lo que es lo mismo, cuando sobrevives una “Catástrofe” (título del poema). Salud…

“Venías de repente/ y no pude escaparme./ Te vi de lejos y estabas ya tan cerca/ que no alcancé a correr/ ni a refugiarme./ Llegaste como la tormenta./ Fuiste trueno/ relámpago/ aguacero./ Sacudiste los cimientos de mi casa/ Y me dejaste a la intemperie/ sin paraguas/ con el pelo mojado/ sin las botas/ sin abrigo./ Sola yo contigo/ con tu nombre/ que se adueñó de mis palabras/ con tus manos que se robaron mi tacto/ con tus ojos que se llevaron mi mirada./ Sola yo contigo/ Y tú sin mí […]”.

-María Gómez, “Catástrofe”, Después del horizonte, Editorial Caza de Libros

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios, en el sitio web de la revista SoHo)

Esa porquería tan rica

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A través de mi querido amigo Andrés, apasionado del erotismo como yo, descubro a la artista colombiana Luisa Fernanda Penagos. Sus dibujos despiden un leve aroma lésbico, juegan con el cuerpo femenino, se dejan sorprender por él. Vaya, se la pasan de lo más bien.

En su página de internet se pueden descargar libros suyos, en especial una chulada que se llama Cuerpo de mujer, sabrosísima compilación de imágenes de donde tomo las que ilustran esta entrada. También está uno de aforismos ilustrados que, sin ser gran literatura,  le da el tono que quiero al arranque del fin de semana. Incluye éste: “Puede ser que mañana todo esto llegue a parecerme descabellado y hasta ridículo. Precisamente por eso lo hago hoy. ¿Cómo negarme ese placer?” y otro que resume: “El sexo. Qué porquería tan rica”. Pues sí, tal cual. Viva el viernes.

Si quieres seguirla en Twitter búscala como @lufepever.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo).

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A veces la lluvia barre un amor (y no hay remedio)

 

Foto: Frank Marchese
Foto: Frank Marchese

Con frecuencia, entre los amantes se desatan guerras, desastres, tragedias sin cuento. Este breve poema de la colombiana María Clara González da fe de ello y retumba en este #MiércolesDePoesía pleno de ecos y rumores de agua que cae.

Las razones

que tuve para amarte

se borraron anoche

en la tormenta

 

Quedé limpia

 

Tu olor a huésped

voluptuoso en mis entrañas

se enredó con la lluvia

y se marchó.

 

María Clara González, “Desamor”, Pulso interno

 

Por qué América se llama así

Mapa de Martin Waldseemüller

En 1507, el clérigo alemán Martin Waldessmüller realizó un mapa que cambiaría la forma de entender el mundo. Consta de 12 bloques de madera que forman una imagen de 2.50 por 1.20 metros y se volvió fundamental porque es el “acta de nacimiento” de América: nombra por primera vez así al “nuevo” continente, aunque también contiene numerosas imprecisiones, cuenta Simon Garfield en el tesoro inagotable que es su libro En el mapa. De cómo el mundo adquirió su aspecto, publicado por Taurus (da click en Las monjas que intuyeron a Borges y Cómo Google Maps alimenta el ego, otras entradas sobre este libro).

El nombre figura sobre Sudamérica y en un recuadro en la parte inferior izquierda, Waldessmüller anota que “los antiguos no hacen mención” de esta zona y que su inclusión se basa “en conocimientos geográficos auténticos y precisos”. Además, en la parte superior representa a dos personajes: a la izquierda Ptolomeo, padre de la cartografía, junto al ya conocido hemisferio oriental, mientras a la derecha aparece Américo Vespucio, junto al nuevo hemisferio occidental.

Recuerdo que en mis años escolares me pregunté por qué el continente lleva el nombre de Vespucio, personaje del que nunca oí nada, y no el de Cristóbal Colón, protagonista en mis clases de historia y en la “fiesta” del 12 de octubre. Ahora salgo de la duda: resulta que Vespucio, navegante florentino, realizó varios viajes a Sudamérica en los primeros años del siglo XVI y fue considerado por muchos el primero en llegar a la tierra recién explorada. Luego se aclaró que Colón fue el primero, pero se ve que al momento de hacer su mapa, Waldseemüller era de los fans de Vespucio. Así, explica en la introducción a su mapa: “Puesto que tanto Europa como Asia recibieron nombres de mujeres, no veo razón alguna para  no llamar a esta parte del mundo Amerige, esto es, la tierra de Americo, o América, por Americo, su descubridor”. Y aunque seis años después, en otro mapa Waldseemüller nombró a Colón como el primero en llegar a tierras incógnitas, era tarde: ya se había copiado masivamente su representación del mundo y, con ella, el nombre América para designarla.

Amo estas historias fantásticas que subrayan la fuerza del azar.

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#AdiosGabo

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“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

Éstas, las primeras palabras de Cien años de soledad, están entre los inicios más conocidos de la literatura hispanoamericana. La muerte de su autor cala hondo y se suma a las dolorosas también de Juan Gelman y José Emilio Pacheco, este mismo 2014, que parece decidido a subrayarnos la orfandad. Y como Gelman y Pacheco, muere en México, tierra que ya no sabe cómo llorar a sus sombras.
A unas cuatro horas del anuncio de su derrota ante el cáncer, en redes sociales hay varios Trending Topics relacionados con él, entre ellos #GabrielGarciaMarquez, #GraciasGabo, #AdiosGabo, #DescansaEnPazGabo, #CienAñosdeSoledad y #Macondo, que suman al momento más de 400 mil menciones y lamentos. Apenas suficiente para su tamaño y así, sin acentos, como quizá le hubiera gustado.
PD Dicen que sus personajes están inconsolables, como todos.

García Márquez y lo que ve en el hospital

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Voy a evitar el lugar común de llamarlo Gabo, con esa familiaridad que pretende que es mi amigo, aunque sus letras lo sean. De García Márquez, pues, dicen que está enfermo, que lo atienden en un nosocomio mexicano de una infección pulmonar. La noticia me hace pensar cómo vive su encierro hospitalario, qué imágenes le asedian en ese blanco monótono.

En El olor de la guayaba, libro de conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza, contaba que las imágenes visuales le disparaba historias. Mencionaba que El coronel no tiene quien le escriba nació de la imagen de un hombre esperanzado que aguardaba un lancha y que “La siesta del martes” (“que considero mi mejor cuento”) lo disparó la visión de “una mujer y de una niña vestidas todas de negro y con un paraguas negro, caminando bajo un sol ardiente en un pueblo desierto”. Así, me intriga qué instantáneas podrían convertirse en novelas o cuentos si el escritor hoy tomara la pluma. ¿La mirada cómplice que intercambian dos médicos al salir de un cuarto? ¿El viejo que parece no esperar nada mientras espera? ¿Una enfermera de blanco que llora en un salón igualmente blanco?

Mientras me imagino cosas le pido quedito a la muerte, que este año ya golpeó mucho las letras hispanoamericanas, que se distraiga y lo deje un rato más por aquí.

A esta novela la atraviesan las balas

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Para Andrés Grillo,
por nuestras muchas rondas de amistad

De la pluma de Evelio Rosero, Los ejércitos (Tusquets) es una novela colombiana hecha de emociones universales, en toda una gama de temperaturas: crueldad, ternura, soledad, deseo, culpa, esperanza. A veces, el libro deja un calor agradable en el regazo, otras quema las manos y obliga a interrumpir la lectura.

Un viejo pedagogo, actual recogedor de naranjas de los árboles, aprovecha las alturas para espiar mujeres, ver “las pantorrillas, las redondas rodillas, las piernas enteras, únicamente sus muslos y, si había suerte, más allá, a lo profundo”. A pesar del regaño de su esposa, Otilia, la vida de Ismael pende de imaginar a una vecina “más desnuda que nunca”, a una chica cuyo “tierno calzón blanco [se escabulle] entre las nalgas generosas”. En contraste con su lujuria como derroche de vida, Ismael vive los años de la guerra en Colombia, la agonía de un país que se desangra en el dolor causado por el narcotráfico y el ejército, la guerrilla y los paramilitares, que se turnan para pisotear a los locales.

Veinte años atrás, el día en que Ismael conoció Otilia, en la estación de autobuses un muchachito mató a un hombre gordo, a la vista de ellos y de todos. Fue un presagio de lo que vendría sobre Santa Cruz, pueblo que con los años ve aumentar las balas perdidas, los desaparecidos, los torturados por colaborar con la guerrilla (o por no colaborar, da lo mismo), hasta que la violencia estalla al máximo y los habitantes se ven cercados por la violencia, “más indefensos que una cucaracha”.  Como nada tiene sentido, incluso ante la crueldad amorfa Ismael decide quedarse en el pueblo: “Nosotros aquí seguiremos esperando a que esto cambie, y si no cambia ya veremos, o nos vamos o nos morimos, así lo quiso Dios, que sea lo que Dios quiera, lo que se le antoje a Dios, lo que se le dé la gana”.

Es mi primer acercamiento a la escritura vigorosa de Rosero quien, por cierto, cumple años hoy. Sus páginas atravesadas de balas retratan el camino a través del infierno, el que miles de colombianos cruzaron (¿aún cruzan?) a consecuencia de la guerra entre grupos armados. Es el mismo que hoy recorren miles de mexicanos, atrapados por el fuego cruzado entre militares, narcos y autodefensas, donde el mayor favor es que los maten de una vez. México y Colombia, tan cercanos en tantas cosas, también en ésta mezclan sus sangres. La novela de Rosero hace palidecer, deja un sabor amargo en la boca. Pero se agradece mucho.

Las caricias, incompatibles con la prisa

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Cartagena de Indias, Colombia. Saboreo el tiempo que pasa aquí, sin prisa ni desgaste, que se desliza como la luz sobre el agua. Ayer un cartagenero jugaba diciendo que ellos trabajan “los miércoles”: de jueves a domingo están de rumba, los lunes sufren los estragos de la fiesta y los martes se preparan para ganar el pan al día siguiente. Más allá de la broma me fascina su concepción relajada de la vida. Aquí no habita el estrés, los días pasan sonrientes como su clima y la luna que se queda en mi pelo se deleita en el baile perpetuo de este pueblo costeño.

Esa morosidad lo vuelve el sitio perfecto para el amor, porque las caricias son incompatibles con la prisa. Suave, trémula, mi alma lo confirma: la entregué en besos sin cuento, que humedecieron el aire.

Las tres madres de un cartagenero

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De raza negra y dientes impecables, John nos transporta en su taxi por Cartagena de Indias. Dice haber sido suertudo con pasajeros mexicanos y tener en casa una pared cubierta por más de 40 banderas de países de donde ha tenido clientes. “Claro, ahí está Mexico, no con una sino con varias banderas”. No sé si repita el discurso con cada nacionalidad pero me hace gracia.
Luego la conversación deriva a los insultos locales: “El más fuerte en Barranquilla y Medellín es ‘hijo de la puta de tu madre’. En cambio a los cartageneros se nos resbala porque tenemos tres madres: una de caucho, una de madera y la verdadera. Para llegar a ésa, el insulto tiene que pasar primero por las otras dos”. Admirable, la practicidad costeña.

“Prestar libros es como el amor, hay que perderle el miedo”

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Se llama Martín Murillo. Lo conozco a mitad de Cartagena de Indias, en plena Plaza Bolívar. Mientras a mi novio le bolean los zapatos, yo deambulo y me topo con su Carreta Literaria, isla de libros a medio parque. Fascinada, me acerco a conversar. De barba cana y playera con logotipos de sus sponsors (sic), desde hace siete años se dedica a promover la lectura: hace dramatizaciones en escuelas, invita a gente famosa a leerle a los chicos y en su carreta presta títulos por las plazas y pueblos de Colombia. Se autollama leedor, lleva el entusiasmo en los ojos. “Es mi trabajo pero sobre todo es lo que más me gusta en el mundo. Esto no se sostiene si no es por pasión, la que tengo por los libros”. Entre sus patrocinadores está la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, de García Márquez, un canal de televisión, una editorial. Entre todos lo sostienen y él se dedica a acercar gratuitamente volúmenes a la gente. Así de fácil. O de difícil.

Mi asombro va en aumento. No es un improvisado, tiene bien armado su proyecto. Tuitea sus actividades (@LaCarretaesLeer), tiene un libro publicado. Orgulloso, me regala un volante en el que aparece retratado con Mario Vargas Llosa, Martín Caparrós, Jon Lee Anderson, García Márquez, hasta la reina Sofía. Luego me muestra en su celular fotos de la lectura que hizo ayer, en la escuela de un pueblo cercano, y me invita a acompañarlo el lunes, pero no puedo: ya no estaré en Colombia. Parece un personaje de novela, tan mágico resulta. Cuenta que estudió hasta quinto de primaria y de joven quería ser analista de la NBA, pero luego se dio cuenta que no tenía nada qué aportar. “Yo trabajaba vendiendo aguas en Cartagena y a partir de que la Fundación de Gabo me empezó a prestar libros, me di cuenta que eso sí podía hacer: hablarle a la gente de Por quien doblan las campanas, de La muerte de Artemio Cruz, de El amor en los tiempos del cólera, novelas que cambian la vida. Eso sí estaba en mis manos”, subraya. Pero tengo una duda: qué pasa si la gente no regresa los libros. “Esto es como el amor, hay que perderle el miedo y dejar de pensar qué pasa si…”.

Mi bendita suerte me llevó al que probablemente sea el personaje más fascinante de ésta, la ciudad más bella del mundo.

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Uno de sus “clientes”

Me regalaron una ciudad

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Hoy vuelo a Bogotá y de ahí a Cartagena de Indias, “la más bella del mundo” según El amor en los tiempos del cólera de García Márquez, para unos días fuera del mundo. Desde mis tiempos de universidad tengo ganas de ir. Su historia colonial, la muralla que guarda ecos de esclavos y españoles, sus colores y sincretismo me llamaban, pero a pesar de intentarlo varias veces, no se dio. Ahora quien más me quiere me regala este viaje a su lado, para celebrar su cumpleaños y nuestros amores. Desde antes de pisarla me parece hermosa, el mejor regalo. Y yo, la más afortunada.