Archivo de la categoría: Colombia

Colombia es algo así como una adicción. Y los(as) colombianos(as), un poquito más.

El deseo en boca de una niña

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“[…] Había sido un juego largo y el aliento de Camila continuaba hirviendo en mi cuello. Durante ese instante quise que Camila no marchara nunca de mi casa y se quedara a vivir toda la vida, para hablar conmigo o para no hablar, para cerrar los ojos y abrirlos otra vez y acompañarme en tardes interminables como ésta —cuando estoy a solas y miro sola a mamá—, para defenderme del mundo y de mamá […] si te vas de esta casa no sé qué soy, no sé qué soy. Repetía eso infinidad de veces”.

Estoy releyendo (en cuanto la terminé volví a empezar) esto que no sé cómo llamar, si novela, si poema en prosa, si bisturí que corta las emociones para mostrarlas en crudo, si torrente de palabras que me lleva lejos y no quiero regresar porque lo que veo es terrible, es precioso.

El libro me lo envió de regalo mi amigo necesarísimo Andrés Grillo. Es la historia de una niña de 10 años, Juliana, que se enfrenta por primera vez al amor y al deseo y se aterra ante ellos pero no quiere dejarlos ir, como todos. El colombiano Rosero ya me había sacado el aire más de una vez, tanto con la implacable novela Los ejércitos como con esa tremenda delicia que es Los almuerzos. Pero esto es otra cosa. La niña que camina sobre la cuerda floja de lo que siente versus lo que sabe, que trata de encontrarse en un mundo de adultos sin freno, que busca cómo explicar lo que le bulle por dentro me ha hecho un nudo en la garganta varias, varias veces. Estoy sacudida de belleza hasta el tuétano.

#MiércolesDePoesía Cómo se sobrevive al (des)amor

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Dibujo: TwistedBeautifulRaw

Uno intenta sobrevivir y “recuperar la cara que pone”, dice en estos versos María Lara, colombiana ganadora de la más reciente edición del Premio Loewe de Poesía.

“Donde podía haber un poema de amor, ya al comienzo del libro, encontramos restos de fuego, vacío, ceniza y todos los vaciados, los negativos que el lenguaje ofrece para dar cabida al hueco, para rodearlo y expresarlo como tal”. Así presenta Ida Vitale a María Gómez Lara (Bogotá, 1989), poeta ganadora de la más reciente edición del Premio Loewe a la Creación Joven. Da click aquí para leer la entrada “Poema útil si sabes lo jodido que es amar a alquien”. Este año hubo 845 concursantes de 32 países: el reconocimiento al autor menor de 30 años lo recibió María, mientras el chileno Óscar Hahn (1938) se llevó el XXVII Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe, marca que apuesta por los versos, es decir, “lo que no es moda, ni pasa de moda”. Gran idea, que una marca de consumo abra su abanico y abrace la poesía: sale del ámbito meramente comercial y adquiere sustancia, reconocimiento. Da click aquí para leer la nota completa del Premio. Una vez más, el Marketing busca contenidos en el ámbito de las artes y se nutre bien de ellos.

Como siempre estoy a la caza de nuevas voces poéticas, ahora que fui a Colombia compré el libro de María, Contratono, publicado por Visor de Poesía y la Fundación Loewe. He leído varios textos y me quedo con éste: se titula “Mañana”. Es el retrato implacable del fin de un amor, de cómo uno no se reconoce cuando estalla en astillas la coherencia que ha conocido cuando estaba con ese otro. Y cómo espera sobrevivir, encontrar de nuevo el Norte. Me encanta, porque aunque no estoy ahí, he estado y doy fe de que es tal cual. Buen #MiércolesDePoesía.

“Mañana”

tendrás tiempo de recuperar la cara que te pones

recogerás del suelo los gestos cordiales buenos días muchas gracias
si fueras tan amable de pasar la sal

y los irás acomodando donde siempre
por favor con mucho gusto déjame ayudarte está pesado hoy los olvidas
sin para dónde correr cargas contigo con tu sombra

se te doblan las rodillas
la espalda se te tuerce

se te escapan las palabras
y es mejor callar cerrar la puerta

ya mañana
aprenderás de nuevo a hablar
tartamudeando primero luego sílabas frases
buenos días muchas gracias qué tal noche
y otra vez
te irás moldeando las facciones con las manos
caminarás casi gateando si fueras tan amable no te apures

lo irás sobreviviendo

hoy puedes ovillarte acurrucarte
hablar sola con él que ya mañana

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Cinco cosas que sólo entiendes si has ido a Colombia

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Estas cinco cosas te van a sonar solamente si has visitado ese país delicioso. 

Acabo de estar en Bogotá, la ciudad a cuya “llovizna inclemente ” se refirió García Márquez y que hoy es una urbe vital, intensa, llena de cultura, de arte y moda. Y de colombianos(as), claro, que son su mayor atractivo. Aquí, cinco cosas que únicamente puedes entender si has estado ahí.

  1. Necesitas replantearte las fórmulas de cortesía. El asunto es que mientras en México usamos el usted como un pronombre de distancia y respeto, allá es justo lo contrario: implica cercanía, afecto, complicidad, de modo que los mejores amigos y los novios se tratan de usted. Cosa más linda.

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2. Pagar 100 mil pesos por una comida no es tan grave. El tipo de cambio del peso colombiano es muy desventajoso frente al dólar, de modo que si sacas tu teléfono iPhone y haces la conversión, resulta que esa cantidad estratosférica en realidad corresponde a 33 dólares, más o menos.

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3. “Llover todo el día” puede ser, sí, algo literal. Amanece gris y llueve. Sale el sol. A la una de la tarde llovizna. El sol ya no sale pero la calle se empieza a secar. A las seis llueve de nuevo, por qué no. Y, con suerte, en la noche vuelta a empezar. La primera vez que vine a Colombia le pregunté a un taxista por el clima y lo describió puntualmente: “No se me preocupe. Aquí llueve dos o tres veces… al día”.

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4. Sus modismos son geniales, pero a veces no entiendes nada. No cuesta ningún trabajo descifrar “ella tiene suin (swing)”,  “le traigo los fríjoles”  o “se me hizo tarde porque me embrollé“. Pero qué tal cuando alguien dice “¡qué vaina!”,eso es una verraquera/ me parece bacano” o “amanecí con un tremendo guayabo y tengo que trastear”. Respectivamente quieren decir: ¡qué lata!, eso es genial/ buenísimo, amanecí con cruda y tengo que hacer la mudanza.

Captura de pantalla 2015-08-17 a las 20.14.175. El emblemático Andrés Carne de Res, en Chía, es indefinible. Es un restaurante… bueno, pero tiene pista de baile… y además es bar. Ok, todo al mismo tiempo. Mezcla de Disneylandia para adultos y templo kitsch tremendamente disfrutable, es el sitio al que los bogotanos van a rumbear y donde también caen los turistas. Donde celebran las familias con niños, pero también el que escogen los amigotes para una despedida de soltero. Y todos son felices. Sí, es difícil de explicar y sólo si has estado ahí sabes a qué me refiero.

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Reitero lo que escribí hace un tiempo: el riesgo de visitar Colombia es que seguro te quieres quedar en ese suelo de gente entrañable, divertida, que va dejando huellas de sol por donde va.

#LunesDeMonos Chispazo de humor colombiano

Cartón: Picho Y Pucho y Pucheros
Cartón: Picho y Pucho y Pucheros

Una vez más, Bogotá me sedujo sin miramientos. Qué cosa de humor tiene esta gente fantástica.

Además de las arepas, el mojito de lulo y la uchuva (deliciosa fruta, que a la vista parece un tomate cherry), de la fiesta imparable y de su vida intensa, confirmo que lo mejor de la capital colombiana es la risa de su gente. Y no hablo sólo de mis amigos, Andrés y Natalia, que por deformación personal encuentro entrañables, brillantes, gente por la que valdría la pena atravesar el océano, sino del bogotano en general. La mesera del bar, por ejemplo, con su meneo distraído. O Camilo Fidel, el graffitero bacano (localismo para referirse a alguien bueno, valioso), que no perdió las anécdotas entre el aguerrido tráfico bogotano. O el grupo de chicos que se llenaban la boca de carcajadas en el emblemático restaurante-bar Andrés Carne de Res y a la menor provocación comenzaron a bailar, para ya no dar tregua a la comida, el alcohol y la rumba. Y es que ese rasgo tan de aquí me fascina. No se me olvida cómo durante el pasado Mundial de Futbol me reuní en el D.F. con amigos de Medellín para ver el partido Colombia-Brasil, que terminó con el triunfo carioca. Mucha decepción, mucha decepción, pero a los cinco minutos alguien puso vallenatos, entre todos movieron las mesas y acabaron haciendo lo que mejor saben hacer: bailar, reírse, disfrutar. Lo hacen tan sin esfuerzo que no hay forma de evitar el contagio.

Para celebrar el buen humor colombiano, aquí va un cartón de Picho y Pucho y Pucheros, publicado en la edición de agosto de la revista colombiana SoHo o, lo que es lo mismo, la madre de todas las revistas #PerdonenElExabrupto. Buen #LunesDeMonos.

Crónica de mi segundo día en Bogotá. “Sin graffiti, una ciudad es aburrida”

Graffiti en las calles de Bogotá. Foto: Julia Santibáñez
Graffiti en las calles de Bogotá. Fotos: Julia Santibáñez

El grupo de periodistas invitados a este viaje bogotano tomamos un “tour de graffiti”. El guía es un colombiano de mente ágil, apasionado por el arte urbano. Se llama nada menos que Camilo Fidel López (sí, mi intuición acierta: su padre era apasionado de la Revolución cubana, de modo que le puso los nombres de los líderes, es decir, Camilo Cienfuegos y Fidel Castro). Con ojos y manos que se emocionan, Camilo Fidel nos va contando el origen del graffiti, su presencia en varios países, la relevancia que ha cobrado en Bogotá y cómo en ello ha contribuido el hecho de que el país tiene una regulación bastante laxa: “sólo se prohibe graffitear en determinados lugares, como transporte colectivo, puentes, monumentos; en cualquier otro sitio está permitido”. Es director de Vértigo Graffiti, empresa que se dedica a difundir el arte urbano, intervenir edificios y crear campañas publicitarias que lo involucran. Entre otros, recientemente hicieron este precioso graffiti en el lounge del hotel W de Bogotá, en el que recrean la leyenda de El Dorado: la esposa del cacique Guatavita yace en el fondo del lago rodeada de “tesoros” urbanos. Qué genial que una cadena de estas dimensiones apueste por las nuevas manifestaciones artísticas y las haga suyas.

Foto: Hotel W Bogotá
El graffiti “La leyenda detrás de la leyenda”, en el Lounge del W Bogotá. Foto: W Bogotá

En el tour, mientras nos topamos con firmas de bandas, consignas políticas, crítica social, humor y verdaderas obras maestras, el guía nos va explicando lo que vemos, dándole contexto. Por ejemplo, nos cuenta que éste es, por definición, un arte colaborativo, donde los artistas callejeros se preguntan, se contestan, enriquecen el trabajo del otro o, de plano, lo despedazan. Es decir, es un diálogo de igual a igual, sin miramientos ni acartonamientos. El conocimiento de Camilo Fidel enriquece mucho la vista.

Foto: Julia Santibáñez
Otras muestras que encontramos al pasar. Fotos: Julia Santibáñez

Luego vamos al edificio donde cinco artistas de Vértigo crearon en 2013 el graffiti más grande de la ciudad, en una avenida central de Bogotá. Para ello se inspiraron en una fotografía tomada por el colombiano Héctor Favio Zamora, del diario El Tiempo (ver foto abajo): mientras el presidente daba un discurso en una zona cercana, dos indigentes se besaban, ajenos a todo. Zamora los captó en esta imagen tremenda. Luego, la gente de Vértigo decidió convertir a los amantes en motivo del graffiti que lleva por título El beso de los invisibles. Es impresionante, tanto por la historia de la foto que sirvió de base como por sus 35 metros de alto y 12 de ancho. Pero, sobre todo, porque está entre el Barrio Santa Fe, especie de ciudad perdida paupérrima y peligrosa, y el centro de la ciudad, turístico e impecable. Brutal simbolismo de las contradicciones de la ciudad, vistas y expresadas por sus artistas urbanos.

Se me queda grabado un concepto de Camilo Fidel: “Una ciudad donde hay graffiti es libre, la gente puede expresarse. Hoy mismo no se permite en Caracas ni en Teherán, ni se permitió en la antigua Alemania comunista. Además, estoy convencido de que una ciudad sin graffiti es aburrida”. Encuentro fascinante ver el arte urbano con otros ojos, un poquito más desprejuiciados.

PD Hace un par de años hice un tour de graffiti igualmente enriquecedor en Brooklyn. Da click aquí para ir a esa entrada.

 

Foto: Héctor Favio Zamora
Ésta es la imagen que inspiró el graffiti: es de Héctor Favio Zamora, fotógrafo del diario El Tiempo

 

"El beso de los invisibles". Foto: Julia Santibáñez
“El beso de los invisibles”. Foto: Julia Santibáñez
El graffiti más grande de Bogotá visto a la distancia.
El graffiti más grande de Bogotá, visto a la distancia. Foto: http://www.vértigograffiti.com

Crónica de mi primer día en Bogotá. Los sabores

Foto: Kitchenconfidante.com (¡la mía salió muy mal!)
El ajíaco colombiano. Foto: Kitchenconfidante.com (¡la mía salió muy mal!)

3 p.m. Bogotá, Colombia.

Estoy en este suelo que me encanta. No quepo de felicidad.

Apenas aterricé en Bogotá empecé a salivar. Dicen que todo gusto es aprendido, que ninguno es genético. Debe ser así. Lo cierto es que se ve que mis clases de amor por la bandera amarilla han sido intensas e intensivas, porque los sabores de por acá me gustan cada vez más.

Aventé las maletas en mi cuarto del Hotel W Bogotá, el top de lo top y con una vista bellísima. Desde el piso 9 tengo la característica imagen de la ciudad, casi toda de color ladrillo y coronada por un cielo que sólo se ve aquí, cuajado de nubes. De inmediato bajé a comer con Raquel, periodista española y compañera de viaje, al restaurante Market Kitchen del hotel. Nos moríamos de hambre. Y yo, además, de antojo. Pedí de inmediato un mojito de lulo, esa fruta amarilla que solamente he probado aquí. Me encanta la mezcla del dulce lulo con la hierbabuena. Y mientras Raquel y yo vamos tejiendo una cálida conversación y una incipiente amistad, yo me regalo un ajíaco típico, especie de sopa espesa preparada con pollo, elote, distintas variedades de papa y hierbas, a la que se le añade aguacate y alcaparras, entre otras cosas. Es una maravilla.

De postre, el mesero-que-es-todo-sonrisas nos consigue un plato de frutas locales (foto abajo). Ambas celebramos el detalle. Aquí va la explicación, en el sentido de las manecillas del reloj: adentro de esas como flores está la uchuva (parece un tomate cherry, pero es muy dulce), luego la pitahaya (muy similar a las que he comido en México), lo que aquí llaman higos (amarillos y de sabor casi idéntico al de la tuna mexicana) y, al centro, la  granada (que en México conocemos como “granada china”). Riquísimas.

Para la inteligente Raquel, que por primera vez viene a este país, las frutas son toda una revelación. Para mí, esta primera comida del viaje es el bautismo que me confirma que sí: estoy en la bacana Colombia. Qué más.

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Mojito de lulo
Plato de frutas locales
Plato de frutas locales

 

Mi cuarto en el W Bogotá
Mi cuarto en el W Bogotá

Seducción en tres versos

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Juguetón y deseante, el poeta colombiano Darío Jaramillo (1947) se hace preguntas y en tres versos pone el dedo en la llaga o, al menos, deja clara su intención de hacerlo. Por eso es el invitado de honor de este #MiércolesDePoesía. Cómo no.

“¿Por qué no tu boca aquí,
por qué no sobre mi piel tu aliento,
por qué no adentro yo de tus abismos?”

-Darío Jaramillo Agudelo, “Cuatro preguntas”, Libros de poemas