La maldita Margarita de Bioy Casares

Margarita OK

Por su culpa me desperté una madrugada empapada en sudor, con el corazón a tope. No, no había tenido un sueño cachondo, sino uno de terror: imaginaba que era yo quien encontraba a la dulce niña de «Margarita o el poder de la farmacopea», de Adolfo Bioy Casares. Después de leerlo me había quedado dormida y la criatura decidió visitarme en forma de pesadilla. Aunque en general no soy impresionable (Allan Poe adornó muchas noches de mi adolescencia y dormí como si tuviera la conciencia tranquila), el final de este cuento me sacudió.

Lo menciono porque el próximo lunes 15, mientras los mexicanos nos entregamos a los excesos patrios en comida, bebida, estridencia y desmadre, se estarán celebrando 100 años del nacimiento de su autor, una de las mejores plumas de Hispanoamérica. Argentino, casado con la también escritora Silvina Ocampo, íntimo amigo de Borges y co-creador con ambos de obras, antologías y hasta guiones de cine, la obra de Bioy Casares se centró en el género fantástico. Este breve texto suyo es uno de mis favoritos.
«Margarita o El poder de la farmacopea»
Tus triunfos, pobres triunfos pasajeros
(Mano a mano, tango)
No recuerdo por qué mi hijo me reprochó en cierta ocasión:

—A vos todo te sale bien.

El muchacho vivía en casa, con su mujer y cuatro niños, el mayor de once años, la menor, Margarita, de dos. Porque las palabras aquellas traslucían resentimiento, quedé preocupado. De vez en cuando conversaba del asunto con mi nuera. Le decía:

—No me negarás que en todo triunfo hay algo repelente.

—El triunfo es el resultado natural de un trabajo bien hecho —contestaba.

—Siempre lleva mezclada alguna vanidad, alguna vulgaridad.

—No el triunfo —me interrumpía— sino el deseo de triunfar. Condenar el triunfo me parece un exceso de romanticismo, conveniente sin duda para los chambones.A pesar de su inteligencia, mi nuera no lograba convencerme. En busca de culpas examiné retrospectivamente mi vida, que ha transcurrido entre libros de química y en un laboratorio de productos farmacéuticos. Mis triunfos, si los hubo, son quizá auténticos, pero no espectaculares. En lo que podría llamarse mi carrera de honores, he llegado a jefe de laboratorio. Tengo casa propia y un buen pasar. Es verdad que algunas fórmulas mías originaron bálsamos, pomadas y tinturas que exhiben los anaqueles de todas las farmacias de nuestro vasto país y que según afirman por ahí alivian a no pocos enfermos. Yo me he permitido dudar, porque la relación entre el específico y la enfermedad me parece bastante misteriosa. Sin embargo, cuando entreví la fórmula de mi tónico Hierro Plus, tuve la ansiedad y la certeza del triunfo y empecé a botaratear jactanciosamente, a decir que en farmacopea y en medicina, óiganme bien, como lo atestiguan las páginas de «Caras y Caretas», la gente consumía infinidad de tónicos y reconstituyentes, hasta que un día llegaron las vitaminas y barrieron con ellos, como si fueran embelecos. El resultado está a la vista. Se desacreditaron las vitaminas, lo que era inevitable, y en vano recurre el mundo hoy a la farmacia para mitigar su debilidad y su cansancio.
Cuesta creerlo, pero mi nuera se preocupaba por la inapetencia de su hija menor. En efecto, la pobre Margarita, de pelo dorado y ojos azules, lánguida, pálida, juiciosa, parecía una estampa del siglo XIX, la típica niña que según una tradición o superstición está destinada a reunirse muy temprano con los ángeles.Mi nunca negada habilidad de cocinero de remedios, acuciada por el ansia de ver restablecida a la nieta, funcionó rápidamente e inventé el tónico ya mencionado. Su eficacia es prodigiosa. Cuatro cucharadas diarias bastaron para transformar, en pocas semanas, a Margarita, que ahora reboza de buen color, ha crecido, se ha ensanchado y manifiesta una voracidad satisfactoria, casi diría inquietante. Con determinación y firmeza busca la comida y, si alguien se la niega, arremete con enojo. Hoy por la mañana, a la hora del desayuno, en el comedor de diario, me esperaba un espectáculo que no olvidaré así nomás. En el centro de la mesa estaba sentada la niña, con una medialuna en cada mano. Creí notar en sus mejillas de muñeca rubia una coloración demasiado roja. Estaba embadurnada de dulce y de sangre. Los restos de la familia reposaban unos contra otros con las cabezas juntas, en un rincón del cuarto. Mi hijo, todavía con vida, encontró fuerzas para pronunciar sus últimas palabras.

—Margarita no tiene la culpa.Las dijo en ese tono de reproche que habitualmente empleaba conmigo.

En Adolfo Bioy Casares, Una muñeca rusa (Tusquets)

(originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios dentro del sitio web de la revista SoHo)

 

Publicado por Julia Santibáñez

Me da por leer y escribir. Con alta frecuencia.

9 comentarios sobre “La maldita Margarita de Bioy Casares

  1. Hola de nuevo, Danioska.
    Bioy tiene tan adentro de su sangre el ambiente y los finales de la literatura inglesa. Este cuento, que no lo había leído, me lo confirma. Me hiciste recordar esa magnífica pequeña novela suya, una verdadera obra de arte, La invención de Morel. Celebremos este quince sus cien años contando un cuento suyo, ¿te parece?
    Saludos niña desmadro… que se divierte mucho, pues.

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  2. No he podido terminar de leerlo. Me temo que soy demasiado débil como para enfrentar este relato fantástico que si bien me pone de los nervios he de reconocer que transmite emociones por cada poro de la piel. Gracias por acercarnos la cultura en su infinita variedad.

    Le gusta a 1 persona

    1. Sin duda, «La gallina…» de Quiroga se lee aquí entre líneas, aunque con un sesgo interesante: éste es mucho más breve y añade culpa sobre la figura del narrador.
      Buen fin, que lo disfrutes

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