“Somos felices cuando creamos algo, no cuando vamos de compras”: Lipovetsky

Foto: Cortesía Anagrama
Foto: Cortesía Anagrama

El reconocido filósofo francés estuvo en México para promover su nuevo libro La estetización del mundo y platiqué con él. Es provocador y, sí, muy interesante. Dice que el arte ha salido de los museos para tomar la calle y los escaparates. Que si antes sólo los artistas tenían oportunidad de crear, hoy todo el mundo puede escribir, cantar o hacer un video, en lo que significa una democratización positiva del arte. Que el capitalismo no es el sistema infernal que prostituye todo lo que toca. Son los lentes a través de los cuales Gilles Lipovetsky propone leer el mundo de hoy.

Sociólogo y filósofo francés, es uno de los estudiosos más importantes de la sociedad actual. Luego de libros importantes para entender la realidad contemporánea, como La era del vacío y El imperio de lo efímero, recientemente estuvo en México para presentar su nuevo volumen, La estetización del mundo. Vivir en la época del capitalismo artístico (Anagrama), hecho en conjunto con Jean Serroy. Tuve oportunidad de conversar con él al respecto. En pocas palabras, el volumen matiza la crítica casi unánime hacia el capitalismo, que lo condena como un sistema que a través del hiperconsumo empobrece la vida y pervierte el arte. En cambio, Lipovetsky plantea que la sociedad capitalista incorpora la exigencia estética (es decir, el consumidor quiere productos bellos, que toquen su sensibilidad), la exigencia utilitaria (que además funcionen) y la económica (sus creadores quieren buenas ganancias por ellos, además de que sin cesar lanzan productos mejorados que desplazan a los anteriores).

Es decir, de acuerdo con el filósofo francés hoy no es clara la frontera entre economía, moda y arte, porque el individualismo despierta el gusto estético y seduce a través del diseño de productos atractivos. Antes de 1950, por decir algo, lo importante era la “función”, no interesaba tanto que los productos fueran bellos. Ahora el paradigma es distinto: todo, desde los lentes de sol hasta los coches, las plumas y el papel de baño tienen un diseño atractivo, para vender deben seducir. Esa combinación entre rentabilidad y valores estéticos tiene puntos en contra: por ejemplo, el consumo como único satisfactor de vida genera personas frustradas e insatisfechas. Sin embargo, también tiene ángulos positivos, como la democratización del arte. Hoy se reconoce que todo el mundo tiene una sensibilidad, no sólo los artistas encumbrados. “Dejemos de satanizar el consumo pero tampoco lo hagamos un dios”, dice.

Aquí, cuatro extractos de la conversación que tuvimos en torno al libro.

La seducción de elegir

El sistema capitalista ofrece la libertad de escoger. Algunos insisten en que esa libertad es peligrosa y sí, implica riesgos, pero no de forma sistemática. Junto a las fashion victims, los adictos al consumo y el servilismo de los adolescentes por los tenis de moda está la opción que tenemos todos de decidir dónde ir de vacaciones, por ejemplo. Cada quien puede elegir el lugar que prefiera. Además, el individualismo provoca menos presión social que la que había en épocas pasadas.

Hoy uno se viste como quiere, puede crear su propio universo y la crítica no tiene la importancia de antes, cuando había un juicio real. En cierta forma, en la actualidad la presión por consumir es más fuerte porque roza todos los ámbitos, todo se puede comprar, pero en un nivel de más detalle es menos fuerte. Es, al mismo tiempo, ambas cosas. Aunque el individuo está obsesionado por comprar y el consumismo lo invade, puede comprar lo que quiera. Ése es un rasgo complejo de la hipermodernidad.

Un mundo cada vez más estético

Estoy convencido de que, en el futuro, el diseño estará aún más presente en todos los productos de consumo. Veo tres tendencias a corto plazo, que ya se anuncian: 1. La gente demandará que los productos sean cada vez más bellos, es decir, habrá una mayor universalización de la demanda estética. 2. La creación carecerá por completo de un eje, distintas tendencias van a coexistir. En parte ya lo vemos, todos los estilos son posibles: lo japonés minimalista, el kitsch y el barroco viven lado a lado. Ninguno es más válido que el otro. Hay marcas de moda muy estrictas en su propuesta, pero también hay otras muy eclécticas. 3. El mercado creativo ya no se limitará a Europa o Estados Unidos, como hasta hace poco. Hoy hay Fashion Weeks en muchos países, además de que diseñadores y cineastas hacen un trabajo destacado en México, en China, en Corea. La creación estética se ha planetarizado.

La calidad es un buen negocio

Vivimos en un sistema de superproducción cultural. Se filma y se publica más que nunca, pero pocos se hacen ricos con lo que crean. Hay tanta producción que un libro que no tiene éxito pierde visibilidad pronto y, en el mejor de los casos, lo consume un público pequeño. El mercado es desafiante, nadie lo controla. Pero el asunto tiene otro ángulo: está la necesidad de formar el gusto de la gente, enseñarle distintas opciones, y ésa es tarea de la familia, la escuela, los medios, el Estado. No se le puede pedir a un sistema de mercado que se preocupe por la cultura. No es su lógica. Las empresas quieren ganar dinero y eso no me parece indigno: es su objetivo. Por otro lado, no todo lo que vende bien es malo. Por ejemplo, las películas excelentes suelen ser un negocio redondo. Otro caso es Apple: una gran calidad resulta en números extraordinarios. Y ahí hay un reto que sí involucra al capitalismo: hacer entender a quienes toman las decisiones económicas que la calidad es positiva para el negocio, que funcionan bien los productos buenos y, además, atractivos.

Todo el mundo es artista

Creo necesario analizar las sociedades no sólo a partir de alta cultura, sino sobre todo de la cultura media. Ésa es la importante, porque toca a millones. En ese sentido, en la sociedad capitalista actual todo el mundo se ha vuelto artista. Cualquiera escribe, canta, toma fotos y hace video en busca de la felicidad que no encuentra yendo de compras. En cambio, desde Platón la alta cultura es un fenómeno de minorías. No sé si un día Heidegger sea leído por las masas, pero hoy interesa a unos pocos. ¿Es escandaloso? No estoy seguro, la alta cultura siempre ha sido de élite. La violencia y la injusticia sí son escandalosos, y también el hecho de no poder decir lo que uno quiera. En cambio, lo que sí me molesta es que la vida de una persona se dedique sólo a comprar y seguir la moda, es desagradable porque el ser humano no se reduce a su ángulo consumista. Hay que favorecer las aspiraciones creativas de la gente, hacerle ver que la creación aporta bienestar. Y no hablo sólo de quienes hacen grandes obras, sino de cualquiera. En ese sentido, la sociedad individualista favorece la expresión personal y sus productos la hacen posible: hoy están al alcance de todos cámaras, sintetizadores, guitarras, hasta la autoedición. Eso es muy positivo.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios, en el sitio web de la revista SoHo)

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18 pensamientos en ““Somos felices cuando creamos algo, no cuando vamos de compras”: Lipovetsky”

  1. Que haya medios para producir a un precio más accesible, no quiere decir que todos seamos artistas. Si detrás de una máquina no hay alguien capaz de usarla no saldrán más que banalidades. Véanse las fotos, selfies o no , después de la llegada del digital. ¡Por dios! ¡Cuánta banalidad junta en un sólo libro! No conozco al autor y no lo leeré…

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      1. Y faltaría más. Siempre he pensado que tú espacio va de compartir y confrontarse y creo que nadie ha tratado de convencer al otro. Digo sólo que si junto a la máquina no enseñas como se usa la máquina es algo inútil y que declaraciones como la de éste señor crean mucho daño, especialmente entre los wannabies. A nadie le pasa por la cabeza decir “todos somos cirujanos” porque podamos comprarnos un bisturi. El de “artista” ( no creo que haya palabra mas manoseada) es un oficio como cualquier otro, no una condición del alma. My two cents.

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        1. Me parece que Lipovetsky no pretende que todo el mundo sea “artista” al mismo nivel, sino a que hoy existe la posibilidad de que sin mayores credenciales ni pretensiones todo el mundo se exprese. En fin, la discusión da para mucho.
          Un abrazo, como siempre (y más cuando nos permitimos disentir).

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  2. Este señor confunde, intencionadamente o no, la estética de lo comercial con la creatividad que, para mi, solo existe si pretende expresar un sentimiento, y eso no creo que sea el caso del diseño de los objetos elitistas que indica. Y tampoco la felicidad creo que tenga nada que ver con la creatividad. Saludos.

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    1. En lo primero coincido contigo: para mí, las fronteras son mucho menos porosas, pero el planteamiento me hace pensar. En lo segundo, me parece que la creatividad es una de las formas más cotidianas de la felicidad.
      Saludos

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  3. El peligro de darle el visto bueno al sistema económico que impera, es el hecho de que todo vale con tal de que reporte beneficios. No se debería permitir el juego a esas empresas que, a sabiendas, reparten enfermedad y residuos indestructibles. El sistema capitalista está constituido a raíz de hacer olvidar valores fundamentales y humanos que tendrían que estar situados como principio irrenunciable.
    Un saludo

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    1. En principio puedo estar de acuerdo en la crítica a los no-valores capitalistas, pero las bases de un sistema (sea capitalista o socialista) son un tema tan complejo y lleno de matices que no me atrevo a comentarlo en unas pocas palabras. Es decir, creo que se corre el riesgo de caer en maniqueísmos o reduccionismos que en vez de aclarar, empañan.
      Saludos

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  4. Excelente entrada, Julia; más allá de que no se esté de acuerdo en un todo con ella (¿y desde cuando hay que leer lo que uno quiere para aplaudir? El hecho de que me empuje a pensar ya es un buen motivo para el aplauso). En líneas generales los argumentos de Lipovetsky parecen sólidos, pero lo que tú bien dices en la última respuesta, “las bases de un sistema […] son un tema tan complejo… ” Etc. Coincido con la mayor parte de los comentarios a tu entrada: creo que es peligroso el reducir los alcances de un sistema político como el capitalismo a una mera revalorización de los términos competitivos. No hay que olvidar que la competencia, si bien es buena dentro de una lógica de superación, no lo es dentro del sistema político imperante, ya que el objetivo final no es la excelencia sino el lucro (la excelencia, es decir, el mejor producto o el más bello, de los que habla Lipovetsky, no son más que una causa secundaria) y con ese fin en mente el sistema capitalista no tiene ningún prurito en dejar cuantiosos daños a su paso, desde ecológicos hasta sociales (como el caso de a explotación esclavista en Asia y Latinoamérica que todos conocemos).
    Otro punto que no me convence es cuando dice “…está la necesidad de formar el gusto de la gente, enseñarle distintas opciones, y ésa es tarea de la familia, la escuela, los medios, el Estado. No se le puede pedir a un sistema de mercado que se preocupe por la cultura.” Eso no puedo tomarlo en serio de un pensador actual. ¿Los medios como como formadores del gusto de la gente? ¿El estado, la escuela? ¡Como si ellos no fuesen productos del sistema capitalista de mercado! Realmente eso me pareció sumamente simplista e inocente (no quiero pensar, ya que no tengo derecho, en mala fe por parte del autor). Insisto: ése punto en particular me parece sumamente débil.
    Y hay más, claro; pero lo dejamos para después. Gracias, nuevamente, por ponernos a pensar.
    Abrazo free charge.

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    1. Gracias por tomarte el tiempo de comentar a fondo, querido. En efecto, la tesis que Lipovetsky expone en su extenso libro es muy compleja y quizá no hice un buen trabajo de resumirla en apenas unas preguntas. No me parece poco sólida, pero asumo que es perfectamente posible no estar de acuerdo con ella y, por supuesto, rechazarla de cuajo. Lo que considero interesante es su presupuesto de fondo: un sistema económico tiene fortalezas y debilidades; las segundas las conocemos muy bien (infinidad de veces he satanizado el capitalismo) pero también puntos que son positivos en escala menor o mayor. Ahí es donde me sorprende, me gusta el razonamiento aunque vaya a contracorriente de lo que pienso y me obligue a repensarlo. Y la estetización del mercado nunca la había pensado pero en varias ocasiones me deleito en la belleza de algún anuncio de revista de perfumería o moda. Algunos realmente rozan el arte. Y en cuanto a que la escuela y el Estado formen el gusto de la gente, otra vez me sorprende el planteamiento. ¿Por qué no? ¿No tienen una responsabilidad que cumplir? ¿No se supone que “se deben” a principios que no tendrían que ver con el mercado?
      En fin, querido, como dices, es mucho lo que hay que discutir al respecto. Y me gusta que así sea.
      Un abrazo reloaded

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      1. No cabe duda de que el hecho de que nos obligue a replantearnos ideas previas es un punto que debe agradecerse, como bien explicité en el primer comentario. El punto de la estetización del mercado estoy de acuerdo en el punto que señalas, sin duda yo también he visto (y deseado) algún que otro objeto que éste nos presenta; lo que no estoy tan seguro de que esto sea de por sí un beneficio que sea superior al peligro que implica (como ves, tampoco soy tajante en esto). Lo de la escuela, el estado y demás, diría que sí, que ésa debería ser una de sus funciones; pero sin duda no lo es en la práctica y es en ese terreno ambiguo donde el mercado gana espacios a diario (recuerdo un capítulo de No Logo, de Naomi Klein donde cuenta que en algunas escuelas norteamericanas había televisores –sólo con mensajes publicitarios, claro está– en las mismas aulas e, incluso, en los baños, frente a los urinarios, así los niños se enfrentaban –literalmente– a la publicidad cada vez que tenían que hacer uso de ellos). El punto principal a la idea de Lipovetsky (y no, no creo que lo hayas hecho mal; todos sabemos de tu capacidad como lectora y analista) es que “mediatiza” (no lo digo en el sentido de “mediático” sino en el sentido matemático de “regresión a la media”) a un sistema que es terriblemente cruel y que no se detiene ante anda para lograr sus objetivos. Me deja la sensación de que Lipovetsky ha “licuado” (gracias Bauman) a la crítica al capitalismo. Sin duda, habría que acercarse al libro para hacer una crítica más profunda (y así criticarlo a él y no a ti, que eres la que se está haciendo cargo de una batalla que no le corresponde). Veré si lo consigo, porque el tema es más que interesante (espera que me falta poco para terminar otra de tus reccomendaciones: Vivian Abenshushan).
        ¡Y eso que no me metí con lo que dice sobre Heidegger! Mejor dejémoslo aquí.
        Abraxos.

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  5. El arte es una cuestión subjetiva. Habrá obras, de cualquier disciplina, consideradas maestras, que a mí no me transmitirán nada y, por tanto, no podré valorarlas como artísticas. Porque creo que, más allá de lo estético y de la calidad en la ejecución, el arte debe transmitir, comunicar, emocionar.
    Todavía hay mucha gente que considera el arte un coto reservado sólo a los entendidos, a quienes son capaces de valorar todos sus matices, de interpretar las intenciones del autor al crear la obra. Estos privilegiados acumulan estudios, conocimientos, experiencia… Son los referentes y, por tanto, las voces autorizadas para determinar qué es arte y qué no lo es.
    No les cuestiono su mérito, pero en mi opinión el arte tiene poco que ver con eso y, sí, por sacrílego que suene, el arte puede surgir en cualquier rincón.
    El ejemplo que he leído en otro comentario del bisturí me parece absurdo. ¿Qué tiene que ver pintar un cuadro o escribir un libro con intentar salvar una vida? Todo el mundo tiene derecho a tomar un pincel o un bolígrafo y dejar volar la imaginación, sin que ello ponga en peligro la vida de nadie (aunque, sí, lo reconozco, el resultado pueda perjudicar seriamente la salud mental del espectador/lector).
    El arte, tanto para quien lo crea (o eso pretende) como para quien lo disfruta ha dejado de ser parte de una élite. Esa democratización de la que habla Lipovetsky, sin duda es positiva. Lo que no tengo tan claro es que sea consecuencia o gracias al capitalismo. De hecho, hay muchísimos artistas que sobreviven a pesar del capitalismo, no gracias a él.
    Muy interesante, Julia.
    Un abrazo.

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    1. “El arte es una cuestión subjetiva”, si ma non troppo.
      Cualquiera que se mueva en el campo creativo, sabe (o debería) que para hacer que esa comunicación de ideas o sentimientos acontezca, debe saber manejar un lenguaje que sea común a él y al espectador (la malquerida técnica o know how). Más el creador será capaz de manejar esa técnica, más oportunidades tendrá de hacer llegar en manera personal y convincente su “mensaje”, si tiene algo que decir, por supuesto.
      El arte es un coto reservado a los entendidos de esa área y esto va de la música académica, al flamenco, al jazz. Más entendido es el público, más exigente será con el artista. Más el público será docto, más el artista podrá permitirse la experimentación y el juego… haciendo suyas esas reglas y trascendiéndolas, siempre que sea capaz. Siendo musicólogo y habiéndome ocupado siempre de música, son los ejemplos que mejor conozco, pero siendo un ávido lector creo poder expresarme también en ese sentido.

      Recuerdo en India, después de un espectáculo de Kathakali, una conversación con otros occidentales que habían asistido: nadie se había enterado de mucho y hubo quien expresó opiniones que eran un insulto a la inteligencia. Les dije que nosotros no teníamos familiaridad con esa forma de codificar la belleza, que la culpa era de quien no había entendido. Sigo pensándolo, con matices. Gente ajena a la cultura occidental, tampoco comprende los “gritos” de los cantantes de ópera o los movimientos quasi marciales de la compañía del Bolshoi. Entonces es casi siempre una cuestión de educación… y esa educación al gusto (que no es elitista ni mucho menos) influenciará sea la capacidad del creador que la percepción del espectador. Habrá quien se emocione con Camela (y está en su derecho). Personalmente, no puedo con casi nada de Wagner pero mi gusto no me impide apreciar la indiscutible capacidad creativa… que después su música no me emocione es un problema mío, un límite mío. Y me asumo la responsabilidad.

      Respecto a los caudales y el arte… el dinero para comprar pinceles, pinturas y lienzos; para alquilar un estudio con buena luz, no crece en los árboles y usted, que tiene un hermano pintor (cuya obra me gusta tantísimo, de verdad), debería de saberlo. El dinero es importante para tener la libertad de crear, de elegir lo que no hacer, de seguir estudiando. Y en ese sentido el rol del editor, de la galería, del agente y del representante son fundamentales para que el artista se dedique en cuerpo y alma a su trabajo. El rol del artista es crear algo que se le parezca de verdad, que vendan los otros. Personalmente, y después de una larga experiencia como colaborador en la comisión europea para la cultura y las artes, y asesor para diversos institutos culturales europeos he podido relevar que quien se queja del capitalismo en el arte, en realidad se queja de no haber sido favorecido por él.
      Los artistas independientes sueñan con otro tipo de gestión y distribución de su obra (de otro tipo de capitalismo), más ético tal vez, pero siguen necesitando dinero para poderse dedicar a sus labores creativas. Desde Caravaggio hasta nuestros días, el artista necesita comer como todo el mundo. Que después haya quien venda el alma por caviar es otra cosa.

      En mi opinión, no hay una democratización del arte.
      Hay una generalizada falta de cultura. Y el artista que sigue en la brecha, insistiendo, trabajando… suele saber que su obra es su oficio y que como tal, tiene que darle para comprar los garbanzos. Tiene que resultar capitalizable. Al fin de cuentas “artista profesional” es aquel que viene pagado por crear, y nada más. Que después sea bueno o no es otra cosa. Los demás, somos todos amateurs.

      Lo del bisturí, perdone usted que no lo explique, Recacha.
      No soy capaz.

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      1. Celebro que valore la obra de mi hermano. En mi opinión es un artista magnífico, pero, claro, soy su hermano, qué voy a decir yo.
        Su exposición es impecable, y teniendo en cuenta el currículo excelente que apunta, no voy a ser yo, un escritorzuelo de tres al cuarto que intenta asomar la cabeza en la democratizada pero también engañosa (ahí le voy a dar la razón) jungla de la autoedición, quien la cuestione.
        Por usar el ejemplo que usted mismo ha sacado, mi hermano se gana la vida, unos años menos mal que otros, con su talento y, claro está, con su ingente trabajo, sus años de aprendizaje continuado, desde que era niño, para perfeccionar su técnica pictórica. Nadie que no esté familiarizado con la creación puede llegar a imaginar las horas invertidas en cada una de sus obras y lo mal pagadas que están. Porque, gracias a este sistema capitalista que nos da libertad a todos para comerciar con nuestro trabajo, él tiene que competir con montones de nombres que, por el hecho de firmar sus cuadros, ya tienen asegurado el éxito. El mundo del arte, y usted que tan bien lo conoce debería saberlo, es en gran parte una especie de representación teatral. Cada eslabón de la cadena hace su papel y, al menos en los circuitos oficiales, pocos se atreven a cuestionarlo. Irrumpir ahí en medio, por muy bueno que sea el “intruso/candidato”, es tarea que requiere una capacidad de insistencia fuera de lo común. Pocos apuestan por lo nuevo, por lo que se sale de la rueda. Mi hermano podría hablarle de ello largamente.
        Sin embargo, él no ha tirado jamás la toalla, a pesar de haber tenido que tragar mucho barro y tragarse mucho orgullo (los galeristas, o determinados galeristas al menos, poco tienen que envidiar a los negreros de las películas) y, poco a poco ha ido logrando pequeños éxitos, porque a la larga, si insistes y eres honesto (yo lo creo así) acabas encontrando a quien crea en tu trabajo y aparecen oportunidades interesantes.
        Pero hay que cavar mucho, picar a muchas puertas y estar dispuesto a recibir muchos portazos.
        Al creador no le basta con el talento, es evidente. Pero permítame que continúe dudando respecto a la honestidad de quienes ponen el capital. La decisión de qué arte es vendible y cuál no es claramente subjetiva.
        En cuanto al espectador, reconozco que he sido reduccionista. Desde luego que cualquier cosa realizada con buena voluntad no puede considerarse arte. Pero el arte puede surgir desde el talento, la intuición, la experimentación, la imitación incluso, sin que sea imprescindible pasar por lo académico. Y hoy en día, en teoría, debido a la proliferación de medios de comunicación y, por tanto, de difusión, al alcance de todo el mundo, la capacidad de poner en el escaparate esas creaciones es infinitamente superior a la que había hace sólo un par de décadas.
        Para mí eso no es malo. Comprendo que la élite que controlaba hasta ahora sin discusión los canales de distribución se sienta atacada (en el sector editorial ocurre), sienta que se está “vulgarizando” el arte, vaciando de contenido el concepto. Y, desde luego, hay quienes se han lanzado como hienas a sacar beneficio de la nueva situación, aprovechándose de la ingenuidad y los cantos de sirena de esos aspirantes a artista.
        Yo no creo que haya falta de cultura, no especialmente más que en otras épocas. Mire este blog, por ejemplo. Julia difunde cultura y hace cultura en este espacio, al que acuden muchísimos blogueros no sólo porque su creadora sea una delicia de persona, sino porque aquí hay calidad. Internet está plagado de espacios tan buenos como éste, que utilizan la cultura como único gancho.
        Sin duda, me faltan conocimientos para alargar este interesante debate. Mi punto de vista está basado en la percepción personal, alejado de teorías y convencionalismos. Al menos, eso creo.
        Lo del bisturí, de verdad, no lo veo.
        Un placer debatir.

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        1. Celebro el disenso entre mis dos queridos amigos, sobre todo cuando se da con este nivel de argumentación. Sólo atino a exponer mi punto de vista, personal y, por tanto, indefendiblemente subjetivo: creo que hay conceptos absolutos para dar más o menos valor a una obra de arte (diálogo con la tradición, excelencia técnica, innovación) y que esos criterios en general pasan por la Academia, pero el hecho de que sea muy valorada por estudiosos y expertos no extiende una garantía de que me va a gustar en lo personal, bien por mi propia limitación, bien porque aunque sea capaz de reconocer su valía, de todas formas no es “para mí”. Pongo un ejemplo: reconozco que Vargas Llosa es un escritor pulcro pero a mí no me toca su pluma, me deja más bien indiferente. ¿Estoy mal? ¿Deben crucificarme? No me parece. Tampoco es garantía de que en 100 años esa misma obra hoy aplaudida va a seguir siendo vista igual: artistas que en un momento han tenido la admiración y el respaldo del circuito de colegas y críticos, después han quedado en el olvido y viceversa, quizá porque tocan la sensibilidad de un momento pero no se defienden ante valores permanentes. Es decir, según mi punto de vista, el arte tiene un ángulo netamente objetivo, el que tiene que ver con técnicas puntuales y dominio de las mismas, pero también dado que toca emociones y entrañas, roza ángulos subjetivos en los que es complicado ponerse de acuerdo. Eso me parece bien.
          Hasta ahí en cuanto al arte “profesional”, “privilegiado”, el que tiene una vocación de fondo, que gana dinero (o busca hacerlo) a partir de la expresión artística. Ahí hablamos de una élite, de un grupo más o menos reducido de creadores, que por colocarse en ese lugar de “artistas” se someten, voluntariamente o no, al escrutinio y el juicio de los especialistas. Y luego está el arte “aficionado”, ese que producen millones de personas de a pie sin mayor pretensión que la de expresarse, sacar del bofe lo que viven y sienten. Me parece muy bien que, en ese sentido, el arte haya vivido un largo proceso de democratización, en el que ya no es necesario tener altos estudios de pintura o hacer una gran inversión para comprar un lienzo y pintar un cuadro, o de literatura para escribir un cuento. Creo que en general ese contador, obrero o abogado que sube a su Facebook el cuadro o el cuento no pretende vivir de él, es decir, no quiere inscribirse en el circuito del arte. Esos dos niveles de la creación, a los que de botepronto podría llamar “arte culto” y “expresión artística”, coexisten hoy sin mayor problema y en lo personal lo celebro. No me parece que la realidad de esas líneas paralelas haga daño alguno a ninguno de los dos, al contrario. Ahí coincido con Lipovetsky en que la expresión personal conlleva bienestar y que ese afán es en parte resultado del énfasis capitalista en la individualidad. Donde ya no coincido es en que debamos agradecerlo al sistema económico como si fuera un favor que nos confiere.
          En fin, festejo muchísimo que podamos exponer puntos de vista y agradezco la inteligencia puesta en ello.
          Un abrazo a ambos, Viramo y Benjamín

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  6. Lo apunto, parece interesante; cómo interesante los puntos de vistas que han planteado tus seguidores; pero para poder hacer una análisis del libro debería leerlo completo.
    Por aquí, voto de abstención 🙂
    abrazo

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