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“No podría vivir si no dosificara mi ignorancia”: Alberto Montt

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Platiqué con el humorista gráfico y creador de En dosis diarias antes de la función de standup ilustrado que ofrece con su cómplice, el enorme Liniers.

Vino a México para asistir a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, presentar el tercer volumen de su libro En dosis diarias (Sexto Piso) y ofrecer dos funciones de standup ilustrado con Liniers, ese otro puntal definitivo del humor gráfico en español. Pero, ¿qué es un standup ilustrado? En escena y mientras todo se proyecta en una gran pantalla para el público que ambos han creado a golpes de inteligencia y humor, Liniers y Montt platican, bocetan, uno dibuja anécdotas del otro y el otro, del uno. Se ríen, cómplices sin complejos. O con pocos. O con muchos, pero exorcizados a través de sus monos. Luego, piden a los asistentes que anoten en un papelito su miedo más grande. Sacan papeles al azar y le ponen cara a los miedos para reírse de ellos y luego regalar los dibujos a la audiencia, en una jugada freudiana soberbia.

Aquí, lo que Montt me dijo antes de la primera función.

¿Qué ofrecen en el standup?
Estamos experimentando, no tenemos idea cómo va a salir. Yo tengo miedo. Claro, Liniers tiene muchas horas de circo por las giras musicales que hace con Kevin Johansen, es un enfermo. Yo no. A ver cómo nos va.

En tus dibujos aparecen con frecuencia Dios y el Diablo, pero no los políticos. ¿Por qué?
Casi todo lo que toco en mis cartones es política, aunque no es contingencia. Algo que intento copiar de Quino es tratar temas grandes, no quedarme en la pequeñez. Criticar a Peña Nieto es facilísimo, no tiene ninguna gracia, pero hablar de prepotencia, impotencia, dolor o manipulación es mucho más grande y mucho más político. Por otro lado, Dios y el Diablo están muy presentes en mis dibujos porque como latinoamericanos hemos vivido bajo el yugo judeocristiano. Además, no hay nada que evidencie más la naturaleza humana que esas proyecciones magnificadas de nuestras propias miserias.

¿Qué le criticarías a tus monos?
Uf, hay mucho que mejorarles. Diría que les falta rigor tanto en forma como en fondo, pero al mismo tiempo eso tampoco es válido, porque yo empecé a dibujar con el afán de hacer algo rápido, que me permitiese drenar ideas. Cuando no termino un cartón en 40 minutos me aburro y no me funciona, así que si les metiera más obsesividad perderían el sentido por el cual fueron creados. No les critico nada. Son perfectos.

¿Algo te genera culpa?
Quitarle tiempo a mi hija si por falta de eficiencia me tardo de más en un dibujo. ¿Qué hago con esa culpa? Todo lo que no me conviene lo barro debajo de una alfombra enorme que tengo.

¿Qué ignoras?
Ignoro muchas cosas por comodidad, porque si le pusiera atención a cada detalle me suicidaría. Es decir, no puedo ir a comprar unos zapatos en paz si no ignoro todo lo que conllevan, que quizá fueron hechos por niños explotados en Tailandia. El mundo es un lugar muy desgraciado y no tengo la madurez emocional para abarcarlo todo. No podría vivir si no dosificara mi ignorancia.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo)

Da click aquí para ir a la entrada Mi maldito teléfono celular, con un cartón de Montt

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Estoy huérfana de libro

Foto: www.thewortzone.net
Foto: http://www.thewortzone.net

Tengo muchos títulos a la mano, de autores que ya son parte de mi familia elegida, pero me falta uno. Y ese uno se vuelve todos.

Llevo horas buscando en mi biblioteca Diario de un aspirante a santo, novela de Georges Duhamel publicada por El Equilibrista. La leí hace años y la releí casi de inmediato, fascinada por su humor corrosivo. Trata de un oficinista que un día decide alcanzar la celebridad y calcula que volverse santo es lo más accesible, considerando que no tiene ni dinero ni talento. Un santo pasa a la historia por sacrificarse y practicar formas de la piedad, así sean tan predeciblemente ingenuas como amar mucho y a todos. Suena factible.

Razona que para ser canonizado es preciso practicar la humildad más paradójica: ser el más pobre, el más obediente. Alcanzable. Supone que no importa carecer de fe, al fin y al cabo, quién cree hoy en día. Así empieza una ardua labor de machucarse el dedo con la puerta, para entrenarse en soportar el dolor. De entregar su dinero a los pobres, aunque sean abusivos. De renunciar a las vanidades diarias en pos de la vanidad máximo: consagrarse como santo. Bueno, pues ese libro que destroza con elegancia prejuicios varios no está en mi biblioteca.

Estoy segura de no haberlo prestado, segurísima. No lo perdí en la última mudanza porque recuerdo haberlo acomodado en los anaqueles de narrativa extranjera (así de laxamente los organizo). No está. Busco en las repisas cercanas, un desbarajuste de títulos. Tampoco. En el proceso abro algunos, se me antoja releerlos y con esfuerzo los regreso a su lugar, para seguir hurgando. Enfilándome hacia la paranoia, miro de soslayo a la chica que resuelve mi desastre casero. No parece ocultar ninguna culpa relativa a mi libro. Tampoco mi adolescenta es sujeto de sospecha: la palabra “santo” la hubiera ahuyentado de inmediato.

Literalmente, el Diario de un aspirante a santo parece haberse esfumado. Entiendo cómo se siente el fetichista sin su objeto caro. Su caro objeto. No sé hace cuánto lo perdí pero caigo en una nostalgia retroactiva. En eso estoy cuando mi querido amigo Andrés me manda una columna impecable del escritor colombiano Arturo Guerrero, titulada “Reorganizar una biblioteca”. En ella cuenta lo que pasa cuando se requiere poner orden en los libros. “El primer acto consiste en desocupar los anaqueles. ¡Sorpresa! Una biblioteca está viva y es impredecible. Con los años crece, engorda, se deforma, le nacen tentáculos que duermen acostados sobre el orden erguido de los tomos. Es inevitable que la disposición por temas, autores, países o épocas se reviente. Entonces las tablas destierran volúmenes recién llegados, con destino a estanterías peregrinas donde estos fundan repúblicas independientes. Al cabo, el depósito de la inteligencia entre palos se hace galimatías. Nadie, ni el mismo acumulador, encuentra el libro oportuno y urgente. Un libro siempre es urgente.”.

Sí, mi libro es urgente. Tengo a la mano otros muchos, de autores que ya son parte de mi familia, pero no me consuelan. Sólo quiero ese. Sufro una extraña sensación de orfandad.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo).

#LunesDeMonos Cómo reírse de escritores y lectores durante 200 días

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En este #LunesDeMonos no propongo un cartón, sino una espléndida colección de cartones.

Desde su creación, en 1925, la revista The New Yorker estableció una indiscutible tradición de publicar buen humor gráfico (bueno en el sentido de “eficaz, que hace reír”, no en la bostezante acepción moralina). En especial me alegra que uno de sus temas recurrentes sean los libros, los escribidores y también sus cómplices perfectos: los leedores. Y esto no sorprende, dada la vocación literaria de la publicación por cuyas páginas han desfilado autores de primer nivel (Ernest Hemingway, John Updike y Julian Barnes, entre ellos) y han aparecido textos que se han convertido en referente de las letras contemporáneas.

Pues la excelente noticia es que ahora llega a mis manos una compilación de casi 200 cartones librescos titulada Los libros en The New Yorker. Están divididos en cuatro categorías: Autores, Editores, Lectores, Libreros. O sea, la crema y nata del mundillo literario. Publicado por la editorial española Libros del asteroide (qué nombre más musical se fueron a poner) y distribuida en México por los amigos de Sexto Piso, es un deleite de principio a fin. Hay sarcasmo, guiños de complicidad, travesura, humor negro. Además, la traducción (a cargo de Miguel Aguayo) está bien lograda. Ahí está el escritor que le dice a su hijita que ya está acostada: “Ahora cierra los ojos y duérmete o papá te leerá un poco más de su novela”. Y el tipo que, tratando de ligar a una mujer que lee en el parque, se adelanta: “¡Qué coincidencia! Estás leyendo el mismo libro que yo pensaba leer”. Y también el editor que le dice a un autor sobre manuscrito: “Como novela no funciona, pero nos gustaría publicarlo como calendario de mesa”.

Es humor en serio, es decir, ingenioso, divertidísimo, agudo. No sé cómo no había salido antes, pero qué bueno que ya existe.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios, en el sitio web de la revista SoHo)

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“Somos felices cuando creamos algo, no cuando vamos de compras”: Lipovetsky

Foto: Cortesía Anagrama
Foto: Cortesía Anagrama

El reconocido filósofo francés estuvo en México para promover su nuevo libro La estetización del mundo y platiqué con él. Es provocador y, sí, muy interesante. Dice que el arte ha salido de los museos para tomar la calle y los escaparates. Que si antes sólo los artistas tenían oportunidad de crear, hoy todo el mundo puede escribir, cantar o hacer un video, en lo que significa una democratización positiva del arte. Que el capitalismo no es el sistema infernal que prostituye todo lo que toca. Son los lentes a través de los cuales Gilles Lipovetsky propone leer el mundo de hoy.

Sociólogo y filósofo francés, es uno de los estudiosos más importantes de la sociedad actual. Luego de libros importantes para entender la realidad contemporánea, como La era del vacío y El imperio de lo efímero, recientemente estuvo en México para presentar su nuevo volumen, La estetización del mundo. Vivir en la época del capitalismo artístico (Anagrama), hecho en conjunto con Jean Serroy. Tuve oportunidad de conversar con él al respecto. En pocas palabras, el volumen matiza la crítica casi unánime hacia el capitalismo, que lo condena como un sistema que a través del hiperconsumo empobrece la vida y pervierte el arte. En cambio, Lipovetsky plantea que la sociedad capitalista incorpora la exigencia estética (es decir, el consumidor quiere productos bellos, que toquen su sensibilidad), la exigencia utilitaria (que además funcionen) y la económica (sus creadores quieren buenas ganancias por ellos, además de que sin cesar lanzan productos mejorados que desplazan a los anteriores).

Es decir, de acuerdo con el filósofo francés hoy no es clara la frontera entre economía, moda y arte, porque el individualismo despierta el gusto estético y seduce a través del diseño de productos atractivos. Antes de 1950, por decir algo, lo importante era la “función”, no interesaba tanto que los productos fueran bellos. Ahora el paradigma es distinto: todo, desde los lentes de sol hasta los coches, las plumas y el papel de baño tienen un diseño atractivo, para vender deben seducir. Esa combinación entre rentabilidad y valores estéticos tiene puntos en contra: por ejemplo, el consumo como único satisfactor de vida genera personas frustradas e insatisfechas. Sin embargo, también tiene ángulos positivos, como la democratización del arte. Hoy se reconoce que todo el mundo tiene una sensibilidad, no sólo los artistas encumbrados. “Dejemos de satanizar el consumo pero tampoco lo hagamos un dios”, dice.

Aquí, cuatro extractos de la conversación que tuvimos en torno al libro.

La seducción de elegir

El sistema capitalista ofrece la libertad de escoger. Algunos insisten en que esa libertad es peligrosa y sí, implica riesgos, pero no de forma sistemática. Junto a las fashion victims, los adictos al consumo y el servilismo de los adolescentes por los tenis de moda está la opción que tenemos todos de decidir dónde ir de vacaciones, por ejemplo. Cada quien puede elegir el lugar que prefiera. Además, el individualismo provoca menos presión social que la que había en épocas pasadas.

Hoy uno se viste como quiere, puede crear su propio universo y la crítica no tiene la importancia de antes, cuando había un juicio real. En cierta forma, en la actualidad la presión por consumir es más fuerte porque roza todos los ámbitos, todo se puede comprar, pero en un nivel de más detalle es menos fuerte. Es, al mismo tiempo, ambas cosas. Aunque el individuo está obsesionado por comprar y el consumismo lo invade, puede comprar lo que quiera. Ése es un rasgo complejo de la hipermodernidad.

Un mundo cada vez más estético

Estoy convencido de que, en el futuro, el diseño estará aún más presente en todos los productos de consumo. Veo tres tendencias a corto plazo, que ya se anuncian: 1. La gente demandará que los productos sean cada vez más bellos, es decir, habrá una mayor universalización de la demanda estética. 2. La creación carecerá por completo de un eje, distintas tendencias van a coexistir. En parte ya lo vemos, todos los estilos son posibles: lo japonés minimalista, el kitsch y el barroco viven lado a lado. Ninguno es más válido que el otro. Hay marcas de moda muy estrictas en su propuesta, pero también hay otras muy eclécticas. 3. El mercado creativo ya no se limitará a Europa o Estados Unidos, como hasta hace poco. Hoy hay Fashion Weeks en muchos países, además de que diseñadores y cineastas hacen un trabajo destacado en México, en China, en Corea. La creación estética se ha planetarizado.

La calidad es un buen negocio

Vivimos en un sistema de superproducción cultural. Se filma y se publica más que nunca, pero pocos se hacen ricos con lo que crean. Hay tanta producción que un libro que no tiene éxito pierde visibilidad pronto y, en el mejor de los casos, lo consume un público pequeño. El mercado es desafiante, nadie lo controla. Pero el asunto tiene otro ángulo: está la necesidad de formar el gusto de la gente, enseñarle distintas opciones, y ésa es tarea de la familia, la escuela, los medios, el Estado. No se le puede pedir a un sistema de mercado que se preocupe por la cultura. No es su lógica. Las empresas quieren ganar dinero y eso no me parece indigno: es su objetivo. Por otro lado, no todo lo que vende bien es malo. Por ejemplo, las películas excelentes suelen ser un negocio redondo. Otro caso es Apple: una gran calidad resulta en números extraordinarios. Y ahí hay un reto que sí involucra al capitalismo: hacer entender a quienes toman las decisiones económicas que la calidad es positiva para el negocio, que funcionan bien los productos buenos y, además, atractivos.

Todo el mundo es artista

Creo necesario analizar las sociedades no sólo a partir de alta cultura, sino sobre todo de la cultura media. Ésa es la importante, porque toca a millones. En ese sentido, en la sociedad capitalista actual todo el mundo se ha vuelto artista. Cualquiera escribe, canta, toma fotos y hace video en busca de la felicidad que no encuentra yendo de compras. En cambio, desde Platón la alta cultura es un fenómeno de minorías. No sé si un día Heidegger sea leído por las masas, pero hoy interesa a unos pocos. ¿Es escandaloso? No estoy seguro, la alta cultura siempre ha sido de élite. La violencia y la injusticia sí son escandalosos, y también el hecho de no poder decir lo que uno quiera. En cambio, lo que sí me molesta es que la vida de una persona se dedique sólo a comprar y seguir la moda, es desagradable porque el ser humano no se reduce a su ángulo consumista. Hay que favorecer las aspiraciones creativas de la gente, hacerle ver que la creación aporta bienestar. Y no hablo sólo de quienes hacen grandes obras, sino de cualquiera. En ese sentido, la sociedad individualista favorece la expresión personal y sus productos la hacen posible: hoy están al alcance de todos cámaras, sintetizadores, guitarras, hasta la autoedición. Eso es muy positivo.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios, en el sitio web de la revista SoHo)

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Los mejores tuits sobre la marcha en México

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El hartazgo contra la impunidad que tiene al país empapado en sangre y exigiendo justicia por los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa llevó ayer a muchos miles de personas (las cifras van desde 30 hasta 500 mil) a marchar desde tres puntos distintos de la capital hasta llegar al Zócalo. Además hubo manifestaciones en 26 estados de la República y en más de 25 ciudades del extranjero. Es, seguramente, la mayor manifestación organizada en la historia de México. Muchos autores se sumaron a ella con acciones y palabras, y desde Twitter hicieron oír su voz. Al ser éste un blog de libros, aquí va un recuento de los mejores tuits “de autor”.

La cobertura

Durante cinco horas, @elwesomx cubrió las movilizaciones. La opinión, las emociones y la información de Enrique Hernández Alcázar @ehalcazar, Marisol Gasé @marisolgase y Fernando Rivera Calderón @monocordio fueron un lujo necesario.

El rimado

Jorge F. Hernández @FJorgeFHdz

Los emotivos

Ana Clavel @anaclavel99

Paco Ignacio Taibo @Taibo2

Piolo Juvera @PioloJuvera

 Venimos a dar la cara antes de que nos la arranquen. #TodosSomosAyotzinapa
Álvaro Enrigue @AlvaroEnrigue

Alberto Chimal @albertochimal

Mónica Nepote @neponita

El original

Daniel Saldaña París @ds_paris

Los informativos

Muchos escritores fueron tuiteando (o retuiteando a otros) con información al momento, como Carla Faesler @CarlaFaesler, Jorge Volpi @jvolpi y hasta Valeria Luiselli @ValeriaLuiselli, esta última desde Nueva York.

 

Los de opinión

Vivian Abenshushan @zingarona Una marcha inmensa, incalculable, la más potente, la más tumultuosa que ha habido en México. Los granaderos no lo soportaron, obvio.

Antonio Ortuño @AntonioOrtugno Allá van los elementos de la Subsecretaría de Encapuchados Malévolos a cumplir su pantomima. Lo esencial son las enormes marchas pacíficas.

Miguel Cane @AliasCane Piénsalo: Qué pueden quitarnos, que no nos hayan quitado ya? #RompeElMiedo

David Miklos @dmiklos Ya El Universal y Reforma en línea dejan ver lo que se imprimirá mañana. Más patético el segundo que el primero.

 

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(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo)

Andrés Neuman, peligroso autor de un diccionario salvaje

Foto: EFE
Foto: EFE

Quien va por la vida definiendo beso como “Palabra articulada simultáneamente entre dos hablantes” debe alarmarnos. El que reformula autoestima como “Montaña rusa de un solo pasajero” y libro como “Soledad plural” revela su amenaza en esos gestos mínimos, el riesgo que supone para quien lo frecuente.

Ahí se muestra como un ser concebido en noches de juego y de orgía de palabras. Indica haber crecido con amigos irreverentes, agudos e intuitivos, antisociales que buscan la amistad de los lenguajes que viven en el habla cotidiana. Ama las metáforas y habla en versos, pero sobre todo lleva un bárbaro escondido bajo la piel. Ese individuo inquietante se llama Andrés Neuman y es escritor. Nacido en Argentina y radicado en España hace décadas, presentó hace no mucho ni poco su libro Barbarismos.

Se trata de un diccionario personal, subjetivo, divertido a ratos, en el que las palabras se sueltan el pelo y salen de juerga. El problema es que, sin tenerlo todavía en mis manos y enterándome de él por fragmentos (que Neuman publicó en su blog Microrréplicas y la editorial Páginas de Espuma, en su sitio), ya me enciende las alarmas. Me asusta que, al leerlo, la gente crea que el lenguaje puede ser divertido, que resulta liberador repensar las voces diarias y sacarlas a bailar, que hasta puede enamorarse de nuevo de alguna, como es inminente en estos casos:

abecedario. Pensamiento muy poco a poco.

biblioteca. Muchedumbre que espera su turno de palabra.

escritor. Individuo que fracasa en el intento de ser exclusivamente lector.

goleador. Individuo que celebra lo que merecieron otros.

leer. 1. Acción de viajar hasta donde uno se encuentra. || 2. Acción y efecto de vivir dos veces.

noviazgo. Período durante el cual dos enamorados hacen todo lo posible por no conocerse.

querer. Extraño afecto hacia alguien que no es uno mismo.

zoofilia. Doctrina que predica el amor entre semejantes.

Su propuesta (la del libro) lleva el germen maldito de la poesía cotidiana. Su sonrisa (la del autor) es capaz de contagiar a otros el vicio por la paradoja. Su mala compañía (la de ambos) puede arrastrar ingenuos a los sótanos del microrrelato. Sin duda se trata de un libro amenazante.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios, en el sitio web de la revista SoHo)