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“No podría vivir si no dosificara mi ignorancia”: Alberto Montt

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Platiqué con el humorista gráfico y creador de En dosis diarias antes de la función de standup ilustrado que ofrece con su cómplice, el enorme Liniers.

Vino a México para asistir a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, presentar el tercer volumen de su libro En dosis diarias (Sexto Piso) y ofrecer dos funciones de standup ilustrado con Liniers, ese otro puntal definitivo del humor gráfico en español. Pero, ¿qué es un standup ilustrado? En escena y mientras todo se proyecta en una gran pantalla para el público que ambos han creado a golpes de inteligencia y humor, Liniers y Montt platican, bocetan, uno dibuja anécdotas del otro y el otro, del uno. Se ríen, cómplices sin complejos. O con pocos. O con muchos, pero exorcizados a través de sus monos. Luego, piden a los asistentes que anoten en un papelito su miedo más grande. Sacan papeles al azar y le ponen cara a los miedos para reírse de ellos y luego regalar los dibujos a la audiencia, en una jugada freudiana soberbia.

Aquí, lo que Montt me dijo antes de la primera función.

¿Qué ofrecen en el standup?
Estamos experimentando, no tenemos idea cómo va a salir. Yo tengo miedo. Claro, Liniers tiene muchas horas de circo por las giras musicales que hace con Kevin Johansen, es un enfermo. Yo no. A ver cómo nos va.

En tus dibujos aparecen con frecuencia Dios y el Diablo, pero no los políticos. ¿Por qué?
Casi todo lo que toco en mis cartones es política, aunque no es contingencia. Algo que intento copiar de Quino es tratar temas grandes, no quedarme en la pequeñez. Criticar a Peña Nieto es facilísimo, no tiene ninguna gracia, pero hablar de prepotencia, impotencia, dolor o manipulación es mucho más grande y mucho más político. Por otro lado, Dios y el Diablo están muy presentes en mis dibujos porque como latinoamericanos hemos vivido bajo el yugo judeocristiano. Además, no hay nada que evidencie más la naturaleza humana que esas proyecciones magnificadas de nuestras propias miserias.

¿Qué le criticarías a tus monos?
Uf, hay mucho que mejorarles. Diría que les falta rigor tanto en forma como en fondo, pero al mismo tiempo eso tampoco es válido, porque yo empecé a dibujar con el afán de hacer algo rápido, que me permitiese drenar ideas. Cuando no termino un cartón en 40 minutos me aburro y no me funciona, así que si les metiera más obsesividad perderían el sentido por el cual fueron creados. No les critico nada. Son perfectos.

¿Algo te genera culpa?
Quitarle tiempo a mi hija si por falta de eficiencia me tardo de más en un dibujo. ¿Qué hago con esa culpa? Todo lo que no me conviene lo barro debajo de una alfombra enorme que tengo.

¿Qué ignoras?
Ignoro muchas cosas por comodidad, porque si le pusiera atención a cada detalle me suicidaría. Es decir, no puedo ir a comprar unos zapatos en paz si no ignoro todo lo que conllevan, que quizá fueron hechos por niños explotados en Tailandia. El mundo es un lugar muy desgraciado y no tengo la madurez emocional para abarcarlo todo. No podría vivir si no dosificara mi ignorancia.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo)

Da click aquí para ir a la entrada Mi maldito teléfono celular, con un cartón de Montt

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Estoy huérfana de libro

Foto: www.thewortzone.net
Foto: http://www.thewortzone.net

Tengo muchos títulos a la mano, de autores que ya son parte de mi familia elegida, pero me falta uno. Y ese uno se vuelve todos.

Llevo horas buscando en mi biblioteca Diario de un aspirante a santo, novela de Georges Duhamel publicada por El Equilibrista. La leí hace años y la releí casi de inmediato, fascinada por su humor corrosivo. Trata de un oficinista que un día decide alcanzar la celebridad y calcula que volverse santo es lo más accesible, considerando que no tiene ni dinero ni talento. Un santo pasa a la historia por sacrificarse y practicar formas de la piedad, así sean tan predeciblemente ingenuas como amar mucho y a todos. Suena factible.

Razona que para ser canonizado es preciso practicar la humildad más paradójica: ser el más pobre, el más obediente. Alcanzable. Supone que no importa carecer de fe, al fin y al cabo, quién cree hoy en día. Así empieza una ardua labor de machucarse el dedo con la puerta, para entrenarse en soportar el dolor. De entregar su dinero a los pobres, aunque sean abusivos. De renunciar a las vanidades diarias en pos de la vanidad máximo: consagrarse como santo. Bueno, pues ese libro que destroza con elegancia prejuicios varios no está en mi biblioteca.

Estoy segura de no haberlo prestado, segurísima. No lo perdí en la última mudanza porque recuerdo haberlo acomodado en los anaqueles de narrativa extranjera (así de laxamente los organizo). No está. Busco en las repisas cercanas, un desbarajuste de títulos. Tampoco. En el proceso abro algunos, se me antoja releerlos y con esfuerzo los regreso a su lugar, para seguir hurgando. Enfilándome hacia la paranoia, miro de soslayo a la chica que resuelve mi desastre casero. No parece ocultar ninguna culpa relativa a mi libro. Tampoco mi adolescenta es sujeto de sospecha: la palabra “santo” la hubiera ahuyentado de inmediato.

Literalmente, el Diario de un aspirante a santo parece haberse esfumado. Entiendo cómo se siente el fetichista sin su objeto caro. Su caro objeto. No sé hace cuánto lo perdí pero caigo en una nostalgia retroactiva. En eso estoy cuando mi querido amigo Andrés me manda una columna impecable del escritor colombiano Arturo Guerrero, titulada “Reorganizar una biblioteca”. En ella cuenta lo que pasa cuando se requiere poner orden en los libros. “El primer acto consiste en desocupar los anaqueles. ¡Sorpresa! Una biblioteca está viva y es impredecible. Con los años crece, engorda, se deforma, le nacen tentáculos que duermen acostados sobre el orden erguido de los tomos. Es inevitable que la disposición por temas, autores, países o épocas se reviente. Entonces las tablas destierran volúmenes recién llegados, con destino a estanterías peregrinas donde estos fundan repúblicas independientes. Al cabo, el depósito de la inteligencia entre palos se hace galimatías. Nadie, ni el mismo acumulador, encuentra el libro oportuno y urgente. Un libro siempre es urgente.”.

Sí, mi libro es urgente. Tengo a la mano otros muchos, de autores que ya son parte de mi familia, pero no me consuelan. Sólo quiero ese. Sufro una extraña sensación de orfandad.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo).

Rodrigo Fresán: “Celebro que mis libros no puedan ser adaptados para TV”

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Conversé con el escritor argentino sobre su más reciente novela, La parte inventada, en la que a puro estilo literario se planta de cara a las modas (y los medios).

Navega a contracorriente, como todo lo que hace Fresán. Demandante, de estructura fragmentada y lenguaje torrencial, La parte inventada rebasa las 600 páginas sobre un tema difícil: la mente de un escritor, la vocación literaria. Pero al mismo tiempo derrocha estilo, igual que el trapecista que hace piruetas descabelladas y cae en el banquito al redoble del tambor, como si nada. Así. Ambiciosa en esta época de literatura light, trata sobre un autor, rabiosamente antielectrónico, que tuvo éxito en el pasado pero ya no puede escribir.

Estamos en la Feria del Libro de Guadalajara. Mientras saludo a Martín Caparrós, su amigo y también argentino, aparece Fresán. Es altísimo. Trae un libro en la mano: Galápagos, de Kurt Vonnegut. “Lo estoy releyendo. No tenía esta edición”, dice. Le pregunto qué leyó en el vuelo desde su casa en Barcelona. Contesta que en los viajes sólo relee, no le gusta empezar algo en el avión y terminarlo en casa. Entonces carga libros que casi sabe de memoria, para interrumpirlos sin problema. “Ahora traje los cuentos de Salinger y Música para camaleones, de Truman Capote, uno de los libros más estremecedores que hay”. Nos sentamos a platicar.

LEER Y ESCRIBIR TANTO… EN TWITTER. La parte inventada destroza las redes sociales, pero es una postura exagerada. Aunque no la comparto, sí creo que contribuyen a destruir narradores. El momento top de mi infancia eran las vacaciones: tres meses de no ver a tus amigos y luego contarles lo que habías hecho, volverlo fascinante. Ahora, en 140 caracteres todos saben a dónde fuiste. Me irrita que se lea y escriba tanto y que el resultado sea eso. Tuitear El Quijote no lo entiendo como vanguardia. En cuanto a la lectura, el gesto vanguardista insuperable es que unos caracteres negros se te metan por los ojos. ¿Qué más?

DEFENDER LA SOLEDAD. Mi literatura es retaguardista, se ocupa de la retaguardia de las cosas. La vanguardia de este oficio son ferias, festivales, premios, pero a mí me preocupa el momento de la escritura: ahí se libra la verdadera batalla. Uno se hace escritor porque le gusta estar solo, es una de las pocas formas legítimas de defender la soledad. Hasta el siglo XIX era algo noble. Hoy, si dices: “Quiero estar solo”, todos se preocupan, pero si dices “Quiero estar solo porque tengo que escribir” todavía te lo dejan pasar.

SIGUIENTES 14 PORTADAS. La novela tenía siete partes inconexas y no encontraba cómo unirlas, estaba bloqueado. Un día, llevando a mi hijo al colegio pasamos por una tienda en cuyo aparador había un muñequito de cuerda. Mi hijo lo vio y dijo: “Es la portada de tu libro, el protagonista”. Lo compramos y de vuelta en casa encontré que era la solución: terminó de unir el libro. De hecho, la portada lleva el crédito de mi hijo y él cobró lo correspondiente. Ahora, claro, ya tiene las de mis próximos 14 libros.

DISFRUTAR SIN INTERFERENCIAS. Los odontólogos y los panaderos se desconectan al llegar a casa, pero el escritor no, porque todo es escribible, literalizable. Nabokov decía que la realidad no es más que información más especialización: hay una realidad neutral que habitamos todos, del tipo “esto es una silla”, y luego un carpintero se detiene en su estructura carpenterística, mientras un escritor piensa qué hacer narrativamente con ella. Cuando estoy de vacaciones me gustaría disfrutar y sufrir plenamente las cosas, sin interferencias literarias. Y además está el respeto: no puedes estar en el funeral de tu amigo y decir “mmm, esto que escuché me interesa”.

LITERATURA Y TELEVISIÓN. Vivimos en un momento tan crítico para la literatura que, paradójicamente, te permite arriesgar más: si nada vende, por qué no intentar lo que quieras. Yo trato de escribir libros parecidos a los que me gustan, con cierta complejidad, cierto juego. Ante el bombardeo audiovisual, la única batalla que puedo ganar es la del estilo. Me interesa que la literatura sea diferente a la televisión. Para mí es un logro que ninguno de mis libros pueda ser filmado o adaptado para una serie.

VIDA Y FICCIÓN, INEXACTAS. Mi metáfora favorita sobre escribir es la frase de John Updike que cito en La parte inventada: el artista trae al mundo algo que no existía y lo hace sin destruir nada a cambio, “en una especie de refutación de la conservación de la materia”. Me gusta esa referencia químico-física, disciplinas sobre las que no tengo idea, porque tanto la realidad como la literatura son ciencias inexactas.

BIOY, POR SOBRE BORGES. El estilo de Borges acaba comiéndoselo, sus últimos libros parecen escritos por un admirador suyo. Bioy, en cambio, se sostiene. Me parece un mejor escritor, ahora lo estuve leyendo en la Antología de la literatura fantástica. Me deja alucinado lo bien que escribe, con sus toques de rareza, como esquirlas destellando en una aparente normalidad.

DEVORADOS POR LA LITERATURA. Desde niño quise ser escritor. No conozco otra cosa, nunca pensé que la vida podía ser de otra manera. La mayoría de mis amigos son escritores, estamos en lo mismo, así que el único antídoto que me puede sacar de cierto solipsismo es que estoy muy enamorado de mi mujer y de mi hijo, me llevo muy bien con ellos. Yo tengo esa suerte, pero entiendo a los escritores que tienen situaciones familiares complicadas y son devorados por la literatura.

¿ARGENTINO? Disfruto mucho la amplitud temática de la literatura argentina, pero en otros temas no me envuelvo en la bandera de mi país. No me interesa el futbol, no pienso que Gardel cante mejor cada día, estoy seguro de que Dios no es argentino, no me psicoanalicé nunca.

LO QUE VIENE. Para 2015 quiero escribir una novela y en tándem hacer un cuento por mes. Todos mis libros de cuentos están imbricados, unidos al final, pero ahora me apetece hacer cuentos sueltos: uno sobre el verano, otro sobre Marte, otro sobre no levantarte de la cama, aunque no sé si podré, porque me pierde la idea de ensamblar estructuras.

(Originalmente publicado en la revista SoHo).

Durante la entrevsita
Durante la entrevista

 

Cuatro pelis que fueron de papel

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Este mes se estrenan en México varias cintas basadas en libros. Bien vale la pena mencionarlas y recordar los títulos que las soportan.

Libro y pantalla manejan lenguajes distintos, emplean recursos diferentes, incluso tiempos que no se parecen, así que la discusión simplista de si el libro es mejor que la película o viceversa me da flojerita. Eso sí, mi deformación lectora hace que normalmente termine clavándome más con los personajes tejidos en mi mente desde las páginas de un libro, que de los montados en pantalla. Supongo que influye que a los primeros los invito a vivir a mi casa durante las semanas que toma la lectura, les doy un tono de voz, los voy construyendo, los veo cambiar y me acompañan en el día a día. Así, muchos se vuelven parte de la familia, como Frankenstein. Cuando leí hace años la novela, me gustó el doctor de curiosidad infinita pero me fascinó su criatura, mezcla de ingenuo cursilón y maldito. Seguro iré a ver la nueva versión en cine, a ver qué tal.

Aquí, las cuatro cintas que se estrenan este mes. Para ver antes del libro, después del libro, durante el libro o en vez del libro.

 1) 6 DE NOVIEMBRE. 007 Spectre. “Sólo se vive dos veces: una cuando naces y otra cuando miras a la muerte a la cara”. Ian Fleming, You Only Live Twice.

Los ojos azules de Daniel Craig le vuelven a dar vida a James Bond. El personaje estelar de la película 24 de la saga es el inverosímil espía inspirado en las 12 novelas del inglés Ian Fleming, aunque luego el escritor John Gardner tomó la estafeta y escribió otras 14 novelas sobre él. Esta nueva entrega fue parcialmente filmada en el Centro Histórico del D.F. (obvio, con extras mexicanos) y tuvo una sonada premiere esta semana con la presencia de Craig y las chicas Bond: Monica Belluci y Stephanie Sigman. Si a Fleming alguien con una bola de cristal le hubiera contado que su espía de cabecera iba a debutar en México el Día de Muertos seguro suelta una carcajada. O un insulto, por la burla.

2) 6 DE NOVIEMBRE. El Principito. “Si yo dispusiera de cincuenta y tres minutos pensó el principito caminaría suavemente hacia una fuente”. –Antoine de Saint-Exupéry, Le Petit Prince.

Con una combinación de animación y stop motion, mañana viernes también se estrena la reinterpetación del clásico libro infantil para adultos. En ella, una niña contemporánea que vive como gente grande lee por primera vez la novela que Antoine de Saint-Exupéry escribió en 1943. Literalmente se alucina con el libro en el que viven la boa que se come un elefante, el habitante del asteroide B612, el planeta lleno de árboles baobabs. La película llega al cine en versiones 2D y 3D. Como dato curioso (y aterrador), Manuel “El loco” Valdés participa en el doblaje al español.

3) 20 DE NOVIEMBRE. Sinsajo. El final. “Para que haya traición, primero debe haber confianza”. -Suzane Collins, The Hunger Games.

A partir de tres películas basadas en la trilogía de ficción Los juegos del hambre, la escritora estadounidense Suzanne Collins convirtió en moda mundial el futuro desolador de la humanidad. La protagonista es Katniss Everdeen, adolescente insegura y arrogante (perdón por la redundancia), que despierta devociones no controladas entre fans de la distopía, de la épica, de la esperanza de que podemos recomponer la historia humana. Y provoca cifras de venta de muchos millones de dólares, tanto de libros de papel y electrónicos como de merchandising y, claro, de taquilla. Ahora llega la última parte de la saga, pero no se requiere suspicacia para adivinar que pronto vendrán secuelas, precuelas y hasta gemelas. Todo con tal de seguir exprimiendo el limón.

4) 26 DE NOVIEMBRE. Victor Frankenstein. “Si no puedo inspirar amor, ¡provocaré miedo!”. -Mary Shelley, Frankenstein.

El monstruo imaginado en 1818 por la muy joven escritora británica (tenía 21 años cuando se publicó) pasa de nuevo por la pantalla grande. La novela fue escrita para una competencia de cuentos de horror en la que también participaron los poetas Percy Bysshe Shelley, esposo de Mary, y Lord Byron, además del narrador John William Polidori. Cada uno produjo un texto, pero el que sigue fascinando hasta hoy es el de Mary. El libro es de veras una joya narrativa, escrito en forma de cartas y con un doctor Frankenstein que no desmerece frente a su creación. En la cinta actúa Daniel Radcliffe, es decir, Harry Potter, como ayudante del intenso doctor.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo).

#CrónicaDesdeJapón Por qué este escritor nipón rompió con el haikú

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Shuntaro Tanikawa

Acostumbrada como estoy a asociar literatura japonesa y haikú, nunca había pensado que un autor renegara de esa riquísima tradición. Pero sí, entiendo el porqué.

Ando de viaje por Japón y aprovecho la excusa para empaparme de su literatura. Traigo conmigo Dos mil millones de años luz de soledad, de Shuntaro Tanikawa, traducido al español por Cristina Rascón y publicado recientemente por la UAM. Nacido en 1931, Tanikawa es uno de los poetas nipones actuales más reconocidos, merecedor de infinidad de premios literarios y autor de más de 60 títulos. Éste fue su primer libro,  publicado cuando tenía 21 años y su país acababa de liberarse de la ocupación estadounidense. En ese contexto, se distanció de las formas tradicionales, como el haiku y el tanka, e incluso se confesó contrario a su uso, “ya que la métrica del 7 y 5 [había] sido utilizada para campañas imperialistas de exhortación a la guerra”. En consecuencia buscó nuevas formas para referirse a la realidad de un Japón post-guerra y post-bomba atómica: empleó metáforas, sonetos, referencias occidentales. En ese marco se inserta su espléndido poema “Noche de lluvia silenciosa”:

“quiero estar sentado así por mucho tiempo

mientras escucho en silencio cómo se hunden nuevos miedos y tristezas

lisonjear el olor de Dios sin creer en Dios

recoger hojas en la avenida de un país lejano

anegarme de candiles ilusorios del pasado y del futuro

creer en un sofá mullido sobre el mar azul

y     más que nada

amarme sin límites

quiero estar sentado así en secreto mucho tiempo”

El poema me llega. Lo releo y me toca más. Me sienta de golpe en el centro de un país descreído que tiembla de dolor y miedo, en el que un escritor intenta hacerse un espacio, crear un lenguaje que le ponga palabras a lo nuevo (¿no es un poco el intento de todo autor?). Luego leo la nota de la traductora: los ideogramas de la palabra hojas y del concepto palabras están relacionados. Mejor dicho, hojas es un ideograma contenido dentro de palabras. Pensar en ideogramas japoneses no es lo mío, así que busco un ejemplo en español: niño está contenido dentro de la voz niñera. Supongo que es algo así. El asunto es que una de las primeras antologías de literatura japonesa, Manyoshu, puede significar a la vez “colección de las diez mil hojas, colección de las diez mil palabras o colección de los diez mil poemas”, dice Rascón. Por eso, el verso “recoger hojas en la avenida de un país lejano” puede referirse también al “acto de crear poesía o palabras en la avenida de una región aparte, es decir, una región poética distinta a la generación de escritores que precede a Tanikawa”. Agradezco la nota, que me ayuda a entrar en las honduras del verso, entender mejor la intención de rompimiento del autor con sus antecesores, la fuerza que implica pero también la vulnerabilidad que lleva entretejida y con la que puedo conectar.

Una nota adicional sobre Rascón: además de ser escritora por derecho propio, es maestra en Política pública por la Universidad de Osaka, en Japón, y diplomada en Estudios asiáticos por la Universidad de Kansai Gadai. En sus ratos libres le da por traducir del japonés libros imperdibles, como éste, enriquecido con referencias culturales y notas de contexto histórico. De verdad, muy recomendable.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios, en el sitio web de la revista SoHo).

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Lo que averigué de la Nobel de Literatura 2015

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Se anuncia el nombre de la ganadora: este año es Sveltana Alexievich, de  67 años, nacida en Ucrania. Primera noticia.

Me entero de que la Academia Sueca reconoce sus escritos “polifónicos, un monumento actual al sufrimiento y al coraje”.

Que empezó trabajando como periodista y su estilo es un collage de voces, de emociones sobre conflictos como Chernobyl, la guerra de Afganistán, la era post-Unión-Soviética.

Que su primer libro, de 1985, podría traducirse como La guerra no tiene rostro de mujer. Se basa en entrevistas con cientos de francotiradoras, pilotos y conductoras de tanques que participaron en la Segunda Guerra Mundial, pero al terminar el conflicto fueron olvidadas, cuando los hombres se apropiaron por completo la victoria. El planteamiento no es malo. Espero que no caiga en el lugar común de creer que algo es importante sólo porque lo hicieron mujeres. U hombres.

Entro a su página de Internet y encuentro un texto suyo que se llama Una búsqueda del hombre eterno. En lugar de biografía. Dice mucho de la escritora detrás de los libros (la traducción de los fragmentos es mía):

“Busco notas, matices, detalles sobre la vida, porque lo que me interesa no es el evento como tal, no la guerra como tal, no Chernobyl como tal, no el suicidio como tal. Lo que me interesa es lo que pasa en el ser humano, lo que le pasa. Cómo se comporta y reacciona. Cuánto del hombre biológico está en él, cuánto del hombre de su tiempo, cuánto hombre del hombre”.

“No sólo hago la historia marchita de eventos y hechos. Escribo una historia de los sentimientos humanos. Lo que la gente pensó, entendió y recordó durante determinado evento. En qué creía, de qué desconfiaba. Qué ilusiones, esperanzas y miedos sentía”.

Me gusta lo que propone. Hablar de lo que pasa dentro de las personas le da carne a los hechos que de otro modo son fríos, distantes.

“Armo mis libros con base en miles de voces, destinos, fragmentos de nuestra vida y nuestro ser. Escribir cada uno me toma de tres a cuatro años. En cada caso converso con entre 500 y 700 personas. Mis crónicas abarcan varias generaciones”.

Luego dice sobre su libro Voces de Chernobyl: “Nuestra medida del horror es la guerra. Nuestra conciencia no va más hondo que eso, se queda en el umbral. Lo que pasó en Chernobyl es mucho peor que los gulags y el Holocausto. […] Los eventos contados por una persona componen su vida, pero los eventos contados por muchas personas componen la historia”. Me interesa el movimiento pendular entre una historia y la historia colectiva. Hay mucho que escarbar ahí.

Y sobre su libro de relatos El maravilloso venado de la búsqueda eterna apunta: “¿Qué puede el lector encontrar en este libro? Que todo se convierte en recuerdos. Que cada vida es interesante a su modo. Que sin la muerte no puedes entender la vida. Que el amor nos hunde en las profundidades de nuestro ser […] Que en el amor, la gente busca las mismas cosas que en la guerra y el crimen. Que cada uno de nosotros esconde tanto hombres como mujeres. […] Que la tecnología moderna no nos libera de la necesidad de amar, sentir y sufrir”.

Sí, se me antoja leerla. A nivel de la teoría me convence su propuesta de que las voces de muchos armen un tapete de historias necesarias. Veo que iTunes tiene disponible en español Voces de Chernóbil y Amazon.com ofrece la edición en inglés del mismo libro, más Niños de zinc. Voces soviéticas de la guerra de Afganistán. A ver qué tal.

P.D. Perdón, pero me da gusto que otra vez no se lo haya llevado Murakami. Nothing personal. Ok, sí.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de SoHo).

Martín Caparrós: “Hay placer en lo que choca o repugna”

Foto: http://planetadelibrosmexico.com/el-hambre-el-nuevo-libro-de-martin-caparros/
Foto: http://planetadelibrosmexico.com/el-hambre-el-nuevo-libro-de-martin-caparros/

Siempre en movimiento, insatisfecho y curioso, el reconocido escritor argentino hizo un viaje de meses para abrazar y luego contar la esencia de su nacionalidad. Aquí, mi conversación con él sobre su libro El Interior.

Siendo niño tuvo dos gatitos y les llamó Livingstone y Stanley, “porque cuando sea grande quiero ser explorador”, dijo entonces. Hoy afirma que no, no es ningún explorador, “más que, acaso, de ciertas formas de contar las cosas”. En efecto, mientras observa el mundo desconfía de lo que tiene una sola lectura, indaga debajo de lo aparente y busca palabras para narrar lo que ve. Y además intenta que esas palabras evoquen ambientes, aromas, porque en sus libros subyace, sí, una idea de belleza. Pero también es un poco explorador: nacido en Buenos Aires y radicado en España, ha escrito ficción y no-ficción desde infinidad de sitios y ahora reitera esa vocación en El Interior, que Malpaso Ediciones acaba de publicar en México. Se trata del viaje de veintitantos mil kilómetros que hizo por la provincia de su país para “contar” su esencia, si la hubiera. Durante meses recorriendo pueblos y caseríos vio que “argentino” podía significar mucho más de lo que creía: “Busco una unidad y veo cada vez más las diferencias”, anotó. En el intento compuso una Road Movie literaria en la que se entrecruzan crónica, relato, diálogos y hasta chistes que la pluma de Caparrós, polifónica, rica en matices y acentos, logra que en México se disfrute a pesar de la distancia geográfica y temporal (el libro se publicó en Argentina hace nueve años). Aquí, extractos de lo que dijo en entrevista con SoHo.

SER UN PAÍS El libro está hecho de verbos como mirar, mirarse, contar, contarse. Por un lado porque se dirige a nosotros, los argentinos, sobre lo que supuestamente somos. Y luego porque trata de pensar qué es ser un país, qué es ser compatriotas.

MARADONA El gran adalid del esencialismo nacional es Diego Armando Maradona, que dijo: “Estamos como estamos porque somos como somos”. Igual que toda definición de nacionalidad, ésta conlleva la idea de que nada puede modificarse porque hay una inevitabilidad absoluta: las cosas pasan porque somos de equis manera. Yo en el libro digo qué es lo que no somos, pero estoy en contra de decir “somos esto o aquello”. La única certeza es que no hay tal frase como “ser argentino es tal o cual”. Y eso aplica igual a ser mexicano o a ser spaghetti o una lechuga. Como cada uno es una combinación azarosa de factores, no hay definición posible.

NO ABURRIRME Así como me interesa tratar de entender lo que cuento, quiero tratar de entender cómo contarlo. Situaciones distintas convocan distintas maneras de narrar. Además, cuando iba a empezar el libro dije: “Quiero experimentar con formas distintas para que me interese en términos literarios y no me aburra”. Por eso, además de los relatos hay personas escritas en forma poemática. O paisajes que se describen con un haikú. Y es que me aburro si escribo siempre igual.

EL SOUNDTRACK Una banda sonora de El Interior sería el silencio. Me obligué a no poner la radio en el coche, quería que el silencio me obligara a pensar. Fue un ejercicio casi zen de concentración. Ya afuera del auto, el soundtrack sería la cumbia villera. Es una música sin el menor prestigio, paupérrima, con una sofisticación tendiente a cero, pero que se oye en la mayor parte de la Argentina. Me pareció interesante constatar que aunque no la asumimos como nuestra, se oye casi todo el tiempo.

DESPILFARRO No pensaba incluir en el libro las Cataratas de Iguazú. Es un sitio tan de postal que quería esquivarlo, pero pasé muy cerca y me detuve. Cuando caminé por ahí, me dio una especie de arrebato místico. Me parece el lugar donde la naturaleza pone en escena el máximo despilfarro de poder. Es impresionante esa avalancha de energía que se desploma en un lugar perdido y no sé si haya muchas situaciones donde la naturaleza se manifieste con tanta barbarie.

COMPARTIR CON UNA BESTIA Mi auto, al que en el libro llamo Erre, fue el único que estuvo conmigo todos esos meses. Ahora se me ocurre algo que no había pensado: la “erre” es la inicial de Rocinante. Siempre tengo un poco de nostalgia por esa época en la que andábamos a caballo, aunque no la viví. Eso de compartir tus viajes con una bestia, con algo vivo, debía tener un punto muy fuerte. Supongo que de algún modo convertí a Erre en un caballo, para palmearle el cuello y darle un terroncito de azúcar.

DESMELENADO En los meses de viaje me sorprendió el placer de dejarme ir, de estar solo y no cambiarme la sudadera por días. Aunque estaba en contacto constante con gente, siempre escuchando cosas que pudiera contar, al mismo tiempo eran personas ajenas, así que me fui haciendo cada vez más ermitaño y desmelenado, si fuera posible. La sensación de no peinarme en días me daba cierto orgullo, claro, porque es algo que me resulta difícil concebir.

PLACER EN LO QUE CHOCA En el libro hablo de muchos sitios que no son agradables de mirar, pero aun en esos casos mirar es un placer, siempre lo es. Es hipócrita pensar que sólo lo agradable se disfruta. Hay mucho placer en lo que te choca, te repugna o te inmoviliza, te inquieta o te asusta.

SER BUENA PERSONA Está por ahí algo que dijo Kapuscinski sobre que para ser buen periodista hay que ser buena persona, intentar comprender a los demás. Eso querría decir que quien busca comprender a los demás es buena persona, pero se puede querer hacerlo por las razones más canallas, para utilizarlos. Aunque le tengo cariño a Kapuscinski, esa reflexión me parece un poco ñoña.

LOS RIESGOS He dicho que si me viera como futbolista sería el portero, el que mira las cosas a la distancia. Pero los riesgos que él corre son visibles. Él sabe que le duele la costilla porque se tiró al suelo. En cambio, el escritor enfrenta peligros más imperceptibles, no sabe dónde se golpea. A veces cree que no le pasa nada y después descubre que se abrió la cabeza.

(Originalmente publicado en la revista SoHo, septiembre, 2015).