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Dice Kawabata que el odio es una forma de amor

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Acabo de terminar de releer Lo bello y lo triste, novela del japonés Yasunari Kawabata. La había leído hace un par de años y me había gustado. Ahora que me reencuentro con la narrativa del nipón me doy cuenta de que me gusta muchísimo. Es de una sutileza desarma, pero al mismo tiempo tiene la fuerza de una estampida de bestias.

Narra el reencuentro de Oki y Otoko, quienes hace 20 años se amaron. Ella tenía entonces 16 años, él estaba casado y tenía un hijo. Los amantes se separaron y ahora, al volver a verse, las cosas son distintas, porque en el escenario está también Keiko, la joven alumna de pintura de Otoko, quien quiere vengar el agravio cometido hace décadas contra su maestra. Moviendo los hilos, astuta y controladora, seductora y niña, la chica controla la historia y la lleva hacia un desenlace tremendo que, sin embargo, Kawabata narra con una limpieza absoluta. La sensualidad que rodea al obi o ceñidor del quimono me fascina, lo mismo que las escenas eróticas donde la chica no quiere que el hombre bese su pezón derecho. Y lo impecable de su prosa, bueeeeno.

Me queda rondando esta frase, puesta en boca de Keiko: “Supongo que en una mujer hasta el odio es una forma de amor”. Creo que no lo he vivido así, pero no sé. ¿Será? En cualquier caso, recomiendo mucho la novela.

Qué difícil, hacer lo que realmente quiero

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“¿Por qué siempre nos enseñan que es fácil y perverso hacer lo que queremos […]? Es lo más difícil del mundo y requiere el máximo coraje. Es decir, hacer lo que realmente queremos […] Implica una enorme responsabilidad“.

Sigo en un viaje desmesurado de ideas con la novela El manantial (The Fountainhead), de Ayn Rand, cuyo fragmento cito arriba y el cual, luego de pensar un rato, abrazo sin dudar. Hacer lo que quiero es lo más endiabladamente difícil del mundo. Nunca me lo había planteado.

El manantial funciona perfectamente bien como novela, los personajes son sólidos, creíbles, complejos. La trama avanza, hay suspenso, es un novela redonda. Pero es más que eso. Es el planteamiento de una filosofía con muchas capas, una fregonería que me sorprende dándole vuelta varias veces al día a sus conceptos. Qué gusto que lo sorprendan a uno libros así, que se vuelvan parte de tu ADN. Me voy con esto en la cabeza.

P.D. De nuevo, la traducción es mía. Dispensen.

 

 

Estar demasiado vivo a veces resulta peligroso

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Un escritor de éxito más bien mediocre publica su nueva novela. De pronto, como si todos los críticos se hubieran puesto de acuerdo en alabarla y como si todos los lectores se hubieran puesto de acuerdo en leerla, de la noche a la mañana se convierte en un fenómeno de ventas y él entra en una vorágine de viajes, entrevistas, ferias de libros, entregas de premios, presentaciones.

El huracán demencial lo absorbe y deja de escribir. Después de un tiempo llega a una conclusión tremenda: “Le perdí respeto a la literatura, que era lo único que hasta entonces había dotado de sentido o de una ilusión de sentido a la realidad. […] Quizá dejé de escribir porque estaba demasiado vivo para escribir, demasiado deseoso de apurar el éxito hasta el último aliento, y sólo se puede escribir cuando se escribe como si se estuviera muerto y la escritura fuera el único modo de evocar la vida, el cordón último que todavía nos une a ella” (Javier Cercas, La velocidad de la luz, DeBolsillo). Uf.

Claro, la gente demasiado feliz no suele crear, para qué. El arte (la escritura) cumple un rol cuando hay una carencia o se busca confrontar algo o el mundo es decididamente perfecto. Entonces surge la urgencia de componer un mundo a partir de palabras: una realidad que no existía y ahora existe. A quienes escribimos nos aplica aquello que dijo Martín Caparrós en otro contexto: “Es evidente que sólo viajamos los insatisfechos. Los satisfechos se quedan en su casa gozando de la satisfacción de lo que tienen. Los que viajamos somos los que pensamos que nos falta algo”. Pues eso.