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Qué difícil, hacer lo que realmente quiero

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“¿Por qué siempre nos enseñan que es fácil y perverso hacer lo que queremos […]? Es lo más difícil del mundo y requiere el máximo coraje. Es decir, hacer lo que realmente queremos […] Implica una enorme responsabilidad“.

Sigo en un viaje desmesurado de ideas con la novela El manantial (The Fountainhead), de Ayn Rand, cuyo fragmento cito arriba y el cual, luego de pensar un rato, abrazo sin dudar. Hacer lo que quiero es lo más endiabladamente difícil del mundo. Nunca me lo había planteado.

El manantial funciona perfectamente bien como novela, los personajes son sólidos, creíbles, complejos. La trama avanza, hay suspenso, es un novela redonda. Pero es más que eso. Es el planteamiento de una filosofía con muchas capas, una fregonería que me sorprende dándole vuelta varias veces al día a sus conceptos. Qué gusto que lo sorprendan a uno libros así, que se vuelvan parte de tu ADN. Me voy con esto en la cabeza.

P.D. De nuevo, la traducción es mía. Dispensen.

 

 

El hecho de que alguien haya muerto no significa que no exista: Julian Barnes

Imagen: Arte de sombra de Kumi Yamashita. http://www.kumiyamashita.com/portfolio/building-blocks/
Imagen: Arte de sombra de Kumi Yamashita.
http://www.kumiyamashita.com/portfolio/building-blocks/

El dolor infinito de perder a alguien. No. No a alguien sino a la persona que le da sentido a quien eres y sin la cual no te interesa cómo se organiza el mundo. “Te preguntas: ¿en qué medida, en este torbellino de añoranza, la añoro a ella o añoro la vida que tuvimos juntos, o añoro lo que en ella me hacía ser más yo mismo, o el simple compañerismo o el (no tan simple) amor, o todo esto o pedazos superpuestos de cada cosa? Te preguntas: ¿qué felicidad hay en el solo recuerdo de la felicidad?”.

En el tercer capítulo de Niveles de vida (Anagrama), el escritor mayúsculo que es Julian Barnes enfrenta con palabras la desesperanza por la muerte de su mujer. Se desboca en el dolor y recuerda ese texto igualmente poderoso de C. S. Lewis: Una pena observada. Así escribe párrafos descarnados, de una belleza que corta como un cuchillo dulce: “Es lo que muchas veces no comprenden los que no han cruzado el trópico del duelo: el hecho de que alguien haya muerto puede significar que no está vivo, pero no significa que no exista. Hablo con ella continuamente. Es algo tan normal como necesario. Le comento lo que estoy haciendo (o lo que he hecho durante el día); le señalo cosas mientras conduzco; articulo sus respuestas”.

La forma de Barnes de poner en claro el duelo ha hecho que en la calle lo detenga gente para agradecerle de manera personal el libro. Es que sin duda sacude, no hay forma de quedar indiferente ante el torrente verbal que arrastra piedras, tierra, basura. Sigo leyendo. Cuenta cómo, ante tanto dolor, pensó matarse, pero luego cambió de opinión: “Llevó su tiempo, pero recuerdo el momento —mejor dicho, el argumento que brota de repente— que hizo menos probable que me suicidase. Comprendí que, en la medida en que mi mujer estaba viva, lo estaba en mi memoria. Claro que también pervivía intensamente en la mente de otras personas; pero yo era quien más la rememoraba. Si ella estaba en algún sitiio, era dentro de mí, interiorizada. Esto era normal. Y era igualmente normal —e irrefutable— que no podía matarme porque entonces también la mataría a ella. Moriría por segunda vez, y mis luminosos recuerdos de ella se perderían en la bañera enrojecida”.

Qué hago ahora con esta imagen brutal: el escritor no puede suicidarse porque es él, el amante, quien mantiene vivo el recuerdo de la mujer que amó. Me parte en dos. No puedo seguir leyendo.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios del sitio web de SoHo).

Y sí. Lo creo.

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Lo dice el siempre sereno Breuer, célebre médico vienés y amigo de Nietzsche. Añade: “Ella significa peligro. Antes de conocerla, yo vivía de acuerdo con las normas. Hoy coqueteo con los límites de las normas. […] Pienso en hacer estallar mi vida, en sacrificar mi carrera, en ser adúltero, en perder a mi familia, en emigrar, en empezar una nueva vida con Bertha”. Son fragmentos de la novela El día que Nietzsche lloró, de Irvin D. Yalom (Emecé), que releo en estos días y me vuelve a impresionar por la hondura con la que pinta la contradicción humana. Dicho en buen español, retrata los pinches locos que somos algunos para quienes, a veces, el riesgo resulta un imán. Será porque nos recuerda que estamos vivos. Y eso deja regusto a hierbabuena en la boca.

PD Mañana es #SábadoDeMúsica. Esta vez, el tema será “Mi canción favorita lanzada el último año”. Si quieres participar, escribe tu propuesta aquí abajo, en los comentarios, para que la añada. Salud para el viernes.

Vivir de acuerdo con mi propia moral

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Un hombre le escribe una angustiosa carta a su esposa, tratando de explicarle el “inútil combate” de su vida: “Quisiera hacer un esfuerzo, no sólo de sinceridad, sino también de exactitud; estas páginas contendrán muchas tachaduras: ya las contienen. Lo que yo te pido (lo único que puedo aún pedirte) es que no saltes ninguna de estas líneas que me habrán costado tanto. Si es difícil vivir, es aún mucho más penoso explicar nuestra vida […] No sabiendo vivir según la moral ordinaria, trato, por lo menos, de estar de acuerdo con la mía”. -Marguerite Yourcenar, Alexis o el tratado del inútil combate.

Releo este libro, ahora reeditado por Alfaguara y originalmente publicado en 1929, cuando Yourcenar tenía sólo 24 años. Su honestidad brutal, su despilfarro conmovedor me dejan rumiando qué retador me resulta eso de, al menos, tratar de vivir de acuerdo con mi propia moral. Si lo logro, me basta y sobra.

No hacemos el amor igual (ni leemos igual)

Fotos: Álvaro Alejandro
Fotos: Álvaro Alejandro

“Sabemos que en un rincón secreto de la biblioteca nos espera el libro verdadero, escrito sólo para cada uno de nosotros”, dice Alberto Manguel en Para cada tiempo hay un libro, el espléndido título que recientemente publicó Sexto Piso. Subrayé el pasaje porque como adicta a la lectura tengo más de un libro que es MÍO, no sólo en el sentido de que lleva mi nombre sino que fue escrito para mí nada más. Así de necio es el sentido de pertenencia que generan algunas líneas. Supongo que quien no es lector desaforado pensará que es una estupidez, me da igual.

Nacido en Buenos Aires, Manguel ha escrito varios volúmenes sobre el placer de leer, lo emocionante de meterse en otra piel, lo único de sentirse uno mismo personaje de ficción. Este título va en la misma línea: es una compilación de 12 textos breves sobre la lectura. Incluye experiencias, reflexiones, anécdotas de escritores y lectores, como ésta: “En el siglo V a.C., el joven Alcibíades, visitando un lejano pueblo durante sus periplos en las colonias griegas, dio un puñetazo en la nariz a un maestro en cuya escuela no encontró ni un solo ejemplar de Homero, porque juzgó que el hombre había faltado a su deber intelectual”. Qué joya. Y luego están las preciosas fotografías del mexicano Álvaro Alejandro, que dialogan con los textos. En ellas, el libro es cerradura por la cual asomarse, la casa que el caracol lleva a cuestas, el cebo de una ratonera, la sopa que se lleva uno a la boca. Las fotos son creativas pero no sólo: también dicen cosas, construyen realidades en torno a la experiencia lectora.

Total, que Para cada tiempo hay un libro se saborea. Ahí va otro subrayado: “Quienes descubrimos que somos lectores, descubrimos que lo somos cada uno de manera individual y distinta. No hay una unánime historia de la lectura, sino tantas historias como lectores. Compartimos ciertos rasgos, ciertas costumbres y formalidades, pero la lectura es un acto singular. No soñamos todos de la misma manera, no hacemos el amor de la misma manera, tampoco leemos de la misma manera”. Y sí, pocos actos tan netamente individuales y con tan clara huella digital como hacer el amor y leer.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo).

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Un mar regalado

El novelista, poeta y editor de Artes de México, Alberto Ruy Sánchez, es figura central del universo cultural mexicano. Además, es un hombre encantador y me da el privilegio de considerarlo mi amigo. Pues hace cosa de un mes, conversando con él de poesía en su casa, tuvo la amabilidad de “presentarme” a la poeta Ana Belén López: me regaló Del barandal, libro delicioso que López publicó en 2001. Dentro venía este pequeño mar, frágil y poderoso al mismo tiempo, que llena de ecos el #MiércolesDePoesía.

“Dibuja una letra

la borra el mar

dibuja otra letra

la vuelve a borrar el mar

borra el mar

aparecen las letras

borra las letras

sólo se queda solo el mar”.

-Ana Belén López, Del barandal (Ediciones Sin Nombre)

Sobre la pertinencia de ser vulgar

 

Dibujo: Jean Paul Zapata
Dibujo: Jean Paul Zapata

“—Yo quiero ser vulgar desde hace mucho tiempo —respondió Enrique con un tono que estaba entre la amargura y el resentimiento.

—¿Por qué? —insistió Elena.

—Porque deseo ser feliz”.

Estoy empezando la novela La soledad era esto, de Juan José Millás (Ediciones Destino), que leo porque mi amigo Rafael me insiste en que debo hacerlo y me presta su ejemplar. No sé cómo siga, pero estas pocas líneas sirven para inaugurar el fin de semana.

Salud.

Oír cómo me escucha ese silencio

 

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Estoy leyendo Ánima, la nueva novela del autor libanés-canadiense Wajdi Mouawad (publicada por Ediciones Destino). Es lo primero suyo que leo, pero recientemente vi en teatro su obra Incendios y el texto me pareció hermoso, así que cuando me enteré de que estrenaba novela la puse en la lista de prioridades.

Es tremenda, desgarradora pero con pasajes sublimes, como éste, puesto en boca de un mono: “Los humanos están solos. A pesar de la lluvia, a pesar de los animales, y de los ríos y de los árboles y del cielo, a pesar del fuego. Los humanos se quedan en el umbral. Han recibido el don de la verticalidad y, sin embargo, se pasan la vida encorvados por un peso invisible. Algo los aplasta. Llueve: y se ponen a correr. Esperan la llegada de los dioses, pero no ven los ojos de las bestias que los miran. No oyen cómo los escucha nuestro silencio”.

Me quedo rumiando esas líneas: ojalá pudiera oír cómo me escucha el silencio de los animales. Y el de quienes me rodean. Seguramente no sería halagador, pero aprendería un montón.

 

La soledad acompañada de quien lee

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“Por supuesto, todo esto es un poco complicado. Cuando uno escribe, está acostumbrado a una especie de soledad”, señaló el flamante (y célebre ermitaño) Patrick Modiano, ganador del Nobel de Literatura 2014, sobre el premio que jura no haber esperado nunca. Esto me recuerda lo que me dijo el novelista y cuentista Rodrigo Fresán, a quien entrevisté en la reciente FIL: “Creo que uno se hace escritor porque le gusta estar solo. Es una de las pocas formas legítimas de defender la soledad. Aunque hasta el siglo XIX era algo muy noble, si hoy dices: ‘Quiero estar solo’, la gente se preocupa, pero si dices ‘Quiero estar solo porque tengo que escribir’, todavía te lo dejan pasar”.

Como alguien a quien le gusta escribir, con frecuencia busco el espacio aislado que mencionan Modiano y Fresán. Y algo similar aplica a la lectura, mi vicio: para leer necesito retirarme del ruido de la tribu y defender mi reducto en la cueva de paredes silenciosas. Ahí puedo “escuchar con mis ojos” (decía Quevedo) a otros, vivos o muertos, cuyos ecos dan forma a mis voces interiores, vuelven reales las muchas vidas que podría tener. En la soledad acompañada de los libros nacen las palabras que iluminan y dan sentido a lo que pasa afuera de la cueva. Quizá por eso resulta tan adictiva.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios, en el sitio web de la revista SoHo).

Revueltas, mejor muerto que vivo

Foto: CNL-INBA
José Revueltas Foto: CNL-INBA

“‘La culpa no es de nadien, más que mía, por haberte tenido’. En la memoria de Polonio la palabra nadien se había clavado, insólita, singular, como si fuese la suma de un número infinito de significaciones. Nadien, este plural triste. De nadie era la culpa, del destino, de la vida, de la pinche suerte, de nadien. Por haberte tenido”. Este pasaje de El apando (Ediciones Era), cuento del mexicano José Revueltas, muestra en pocas líneas la fuerza de su pluma, aguda, concentrada, de atmósferas inquietantes y una rabia tensa.

Los huesos de ese mismo José Revueltas, que varias veces estuvo preso por sus ideas políticas y que hoy cumpliría 100 años, ya descansan tranquilos porque desde ayer hay una placa en su honor en el Palacio de Lecumberri (antes penitenciaría y hoy, Archivo General de la Nación). Ahí pasó dos años y medio encerrado, luego de su participación en la revuelta estudiantil de 1968, y en su celda escribió El apando, que justo se desarrolla en prisión y da cuenta de la barbarie como norma de los marginales. Asimismo, se develó una placa con su nombre en el complejo penitenciario de Islas Marías, que también lo tuvo como interno.

Qué elegancia de la modernidad: meter en prisión a los escritores incómodos y, cuando se mueren, reivindicarlos con un homenaje que sale en los periódicos. Para los políticos conviene mucho más el Revueltas muerto que vivo, pero para la gente de a pie como yo, una figura crítica como la suya se antoja necesaria en el caótico México de hoy.

La novela de Fresán que no tiene madre (la novela, no él)

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Como siempre me pasa con sus libros, éste me tiene imbécil. Ok, lo estaba desde antes, pero ahora un poco más. Esta “novela” no es lineal ni cuenta una historia, sino entrecruza tramas, planos, personajes y líneas de tiempo en torno a la voz de un escritor que intenta reescribir su propia vida en una narración redonda, impecable. Hablo de La parte inventada (Random House), el más reciente libro del autor argentino.

Por accidente me topo en su blog con el “Decálogo para empezar a escribir algo que se supone que será una novela y todo eso, etc.”, justamente escrito a propósito de La parte inventada. Qué raro, Fresán escribiendo decálogos:

“[…] DOS Asegurarse –droga dura pero líquida– de que hay (latas, de ser posible) acopio suficiente de Coca-Cola. Hay. Tener, además, título: el título es como el ancla descendente de la novela o el garfio al final de la soga con la que se escala. Además, tener título es indispensable a la hora de responder qué es lo que se está escribiendo. Ayuda, también, tener primera y última frase. Recitarlas una y otra vez hasta creérselas frente al espejo del baño, en noches de tormenta. […]

SIETE Establecer qué música se escuchará mientras tanto. Dos clásicos inamovibles: las Variaciones Goldberg en la segunda y última y crepuscular versión de Glenn Gould y Wish You Were Here de Pink Floyd.

DIEZ Convencerse de que esta vez va a ser la mejor de todas, de verdad, en serio, por favor, ¿sí?”.

Claro, no es un decálogo sino 10 excusas para reírse de sí mismo a partir de esto que él dice “se supone que es una novela”. No sé si voy a preferir La parte inventada sobre Jardines de Kensington o Trabajos manuales, mis libros favoritos de Fresán, pero de que no tiene madre, no tiene madre. O tiene demasiada, que no es lo mismo pero es igual.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo)

 

La hermosa novela polaca de sólo dos frases (en traducción de Pitol)

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“[…] cuando después de saciarse de mí intempestivamente me abandonaba, yo pensaba entonces: soy su propiedad, su objeto, por eso prefiere despreciarme en vez de despreciarse, lo odio, pero me odio también a mí mismo, por responder con docilidad a sus deseos, esto me produce placer y cuando experimento el placer no sé no amarlo, por eso me odio […]”.

Acabo de terminar Las puertas del paraíso, novela del autor polaco Jerzy Andrzejewski, en la imperdible traducción de Sergio Pitol (Conaculta/ Universidad Veracruzana). El libro, de 1959, aborda un hecho verídico del siglo XII: una expedición de niños franceses se dirigió a Jerusalén con la intención de liberar el sepulcro de Cristo de manos turcas. Por supuesto, la Cruzada de los Niños no llegó a su destino. Unos fueron secuestrados por traficantes de esclavos y vendidos en Egipto, otros se perdieron y murieron en tierras ajenas.

El tema es, de suyo, implacable, pero la amarga novela de Andrzejewski y cimbra por mucho más que eso: entrevera simultáneamente los testimonios de cinco chicos y de su confesor, un viejo que se debate en el conflicto ético de bendecir a los chicos y acompañarlos en su viaje imposible o detener lo que sabe que se convertirá en una masacre inútil. En los testimonios figuran temas universales como el deseo ciego, lo absurdo de la fe, el amor implacable y la muerte liberadora, la verdad que miente y el dolor que atraviesa la experiencia humana. Además, la traducción de Pitol es impecable, como siempre. Y otra particularidad estilística termina de hacerla impresionante: la novela entera consta de solamente dos frases, una que abarca 110 páginas y otra, de sólo cinco palabras.

Me resulta difícil describir una lectura que me conmovió tanto. Sólo atino a decir que me deja una hermosa piedra en la garganta.

Dedicado con cariño a “la otra”

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Ana María Rodas es una poeta guatemalteca contemporánea, que descubrí el año pasado en esa tierra por recomendación de un librero. Su sabroso erotismo ha estado de visita varias veces por el blog y hoy enriquece el #MiércolesDePoesía con este poema breve, que contiene una granada.

Cuando se prende a tu boca/

cuando te lame el sexo/

ella/

encuentra/

mis besos.//

El fin de los mitos y los sueños, en Poemas de la izquierda erótica. Trilogía (Piedra Santa Editorial)

 

Da click aquí para leer un poema sorprendente de Rodas 

Da click aquí para ir a su texto “En vez de semen, palabras”

Da click aquí para leer la entrada sobre Rodas: “Iluminación a dos cuerpos”

Lo vas a disfrutar aunque no seas niña

 

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“Si tu madre te pide que hagas algo, no está bien decirle que no. Es mejor y más conveniente darle a entender que harás lo que te ordena y, después, proceder con discreción según los dictados de tu sabio criterio” (sustituye a tu madre por tu jefe).

Por muchos años, los libros para niños incluían aburridísimos consejos sobre cómo ser buenos y dóciles, obedientes, respetuosos con los mayores sólo porque lo son. Así fueron educadas generaciones de mansos y bienpensantes. En cambio, Consejos para niñas pequeñas es un breve volumen políticamente incorrecto que dice lo que todos quieren (queremos) oír: acata los caprichos de tus padres mientras no te harten demasiado, finge que obedeces para tranquilizar a tu mamá y luego haz lo que se te antoje, se vale ponerle mala cara a tu maestra si la ocasión lo amerita. Qué joya.

Divertido e inteligente, fue publicado en 1867 por Mark Twain, autor de Las aventuras de Tom Sawyer. No me imagino cómo habrá sido recibido en un contexto de gente decente, pero se antoja hacerlo lectura obligatoria en las escuelas para ir en contra sentido de la buena educación que estandariza e impide pensar (y contra la cual Twain recomendaba “desaprender”). Es más, sus consejos harían mucho bien en oficinas y empresas donde suele enseñarse la mansedumbre, el servilismo. Además esta nueva edición de Sexto Piso, ilustrada por el artista Vladimir Radunsky, es preciosa. A lo mejor se convierte en tu libro de cabecera.

(Entrada originalmente publicada en mi Blog Deli(b)rios, en el sitio web de la revista SoHo)

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“El escritor no puede ir por el carril central de la carretera”: Fabio Morábito

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Fabio Morábito es autor de cuatro libros de poesía, tres de cuento, dos de prosa, uno de ensayo y dos novelas. Doce en total. Con ese bagaje, algo sabe sobre el oficio de escribir. Su pluma, rica en matices, ha creado un grupo fiel de seguidores en México y el extranjero (yo, entre ellos). Esta vez conversamos sobre su nuevo título, El idioma materno, publicado por Sexto Piso, compilación de textos breves sobre libros y el vicio de tomar la pluma. Estos cinco extractos son continuación de la plática que inició aquí.

1. Empezar imitando. Si alguien quiere escribir de forma más o menos seria sólo necesita papel y lápiz. Ésa es una ventaja, a diferencia de quien busca pintar o hacer cine. Además, claro, debe tener una mínima costumbre de lector, no concibo autores que no lean. Uno siempre empieza imitando las plumas que lo impresionan.

2. Transgresión. Hoy se abusa de esa palabra para definir el supuesto aporte de un artista: si transgrede, vale; si no, es un pobre idiota. El concepto se ha banalizado. Creo en apostar por la normalidad: si lo eres de verdad, ahí está tu transgresión. Paz decía que no hay autores más importantes que otros. Claro, Shakespeare es mejor que Vargas Llosa, pero Vargas Llosa subraya aspectos de la vida que nadie más ha destacado. Las plumas extraordinarias rozan muchas fibras, pero el resto toca alguna que los demás ignoran. Esa particularidad es la que te hace escritor. Y te vuelve imprescindible.

3. El lector. No creo en esos autores que dicen escribir sólo para sí o para dialogar con la posteridad. Quien se sienta a hacer un texto siempre está preguntándose para quién lo hace, aunque cuando lo tiene demasiado claro puede resultar dañino. Funciona mejor cuando el lector es una especie de entelequia brumosa.

4. Ignorar gozosamente. Desconozco algunos aspectos de mi historia familiar donde sospecho turbiedades, pero sin una cierta ignorancia feliz, uno no escribiría. En El idioma materno hay un texto que me gusta en especial, porque fue un descubrimiento. Se llama “Carril de acotamiento” y plantea que si quieres escribir no puedes ir por el centro de la carretera, tienes que deslizarte al borde. Es decir, el autor que busca expresarse genuinamente se equivoca: al tomar la pluma uno se pone una máscara y asume que los textos no lo reflejan, acepta ese personaje creado. Y si uno quiere conocerse, vale más dedicarse a otra cosa. El escritor es el ser que menos se conoce, con tantas palabras es imposible encontrarse el alma.

5. Palabras y chistes. Todo el tiempo usamos las de otros y eso es lo padre del lenguaje, nadie tiene propiedad privada sobre él. Los chistes, por ejemplo, ¿quién los inventa? No vienen con crédito y, sin embargo, a alguien se le ocurrió cada uno. Son como cuentos o incluso poemas, similares en la emoción que producen, en esa vuelta de tuerca que muchas veces descansa en un juego de lenguaje.

Así piensa este autor que escribe de madrugada y se concibe al mismo tiempo como un centinela y un ladrón. El idioma materno ya se consigue en todas las librerías.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo).

 

Iluminación a dos cuerpos

Foto: Germán Paraire
Foto: Germán Paraire

“Fuerte, mucho más fuerte/

para que de tan fuerte/

yo no distinga/

entre el dolor y el placer/

ni dónde acabas tú/

y yo empiezo.//”

-Ana María Rodas, Cuatro esquinas del juego de una muñeca, en Poemas de la izquierda erótica. Trilogía (Piedra Santa Editorial).

Cuando eso pasa, por supuesto, el deslumbramiento es total.

Sobre moscas y versos

20130817-135835.jpg“Da vuelta insistente,/ hace un poco de ruido,/ se para con sus patas golosas/ en la mierda, en la hostia y en la rosa.// Y deja sus huevecillos/ fecundados al vuelo/ en donde menos podemos sospechar.// Qué mosca es el poema”. -Alejandro Aura, “Del vuelo”, Júbilo (FCE).
Ayer, de paso por una librería de viejo y con pocos minutos antes de que cerraran, encontré esto de Aura, poeta mexicano muerto en 2008. Abrí el libro justo en este poema y lo compré. Hizo valer la pena la visita exprés pero me dejó pensando qué otras similitudes comparten moscas y versos, por ejemplo, su afición por pararse en la ventana y mirar hacia afuera.

En vez de semen, palabras

Screen shot 2013-07-30 at 1.28.12 PMA veces se convierten en sucedáneo del cuerpo amado, de los besos, de la vida. Colocadas sobre la cama, acompañan. Qué haría uno sin ellas.

“Sin embargo/ no todo está perdido./ Yo sigo viendo tus ojos en el sueño/ y así, te beso/—porque la imaginación es algo serio—/ cada centímetro de piel.// Tu voz me eriza cada vez que la recuerdo.// Me conformo con eso./ Con la memoria de lo que no ha sido/ con la experiencia negativa/ de tu ausencia.// En vez de semen en las piernas y en la cama/ hay una fila interminable de palabras.// No importa/ además de ser mujer, soy poeta”. -Ana María Rodas, Poemas de la izquierda erótica. Trilogía (Piedra Santa Editorial)

Celebración de la intensidad

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Coactemalan, palabra indígena que significa ‘lugar de muchos árboles’, es una tierra de naturaleza sorprendente. Ahora mismo, en Antigua Guatemala, el verde inunda sin misericordia. De un lado, montañas cuajadas de árboles. Del otro, el Volcán de Agua y más allá, el Volcán de Fuego. Arriba, un cielo tapizado de nubes que no deciden si llorar o aguantarse. Aquí nada conoce las medias tintas. Tampoco los poetas: sus palabras tienen el deslumbre del sol que se trenza en las plantas de café pero también truenan como el cielo, que en un segundo estalla en tormenta y luego vuelve a sonreír. Este poemita pertenece a esta geografía:

“Asumamos la actitud de vírgenes./ Así/ nos quieren ellos.// Forniquemos mentalmente/ suave, muy suave/ con la piel de algún fantasma.// Sonriamos/ femeninas/ inocentes.// Y a la noche, clavemos el puñal/ y brinquemos al jardín,/ abandonemos/ esto que apesta a muerte”. -Ana María Rodas, Poemas de la izquierda erótica. Trilogía (Piedra Santa Editorial)