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Obsesión por la textura, la música interna y el perfume de cada palabra

 

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“Sensación de estar frente a la literatura, o mejor, de ver funcionar una maravillosa máquina de hacer literatura. Habla lento, con extraños cortes en el interior de la frase. Absurdamente, yo me sentía tentado a arrimarle las palabras, como si él se detuviera porque no las encontraba. Siempre él traía por fin una palabra distinta a la que yo imaginaba, más bella y más exacta que la mía”. Lo dice un muy joven Ricardo Piglia sobre su encuentro con Borges, en Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación (Anagrama), esos espléndidos cuadernos del alter ego de Piglia.

Claro, la vocación de Borges por la textura, la música y el perfume de cada palabra habrá entintado su manera de hablar, tanto como distingue su obra. Me recuerda aquel cuasimandamiento de Dylan Thomas, “Love the words” y su obsesión, su desquiciamiento por la sonoridad y la multiplicidad de sentidos de las palabras. Da click aquí para ir a la entrada Dylan Thomas: Feroz declaración de amor por las palabras.

Me voy pensando en eso que impresionó al muchacho Piglia: difícilmente se puede crear algo de proporciones como las de Borges o Thomas sin la obsesión por el material con que se crea, como pasará con un escultor que conoce y ama y teme y explora y vibra las posibilidades del mármol.

La emoción asociada al acto de leer

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“¿Por qué nos dedicamos a escribir después de todo? Se nos da por ahí, ¿a causa de qué? Bien, porque antes hemos leído. […] La primera lectura, la noción, subrayó, de primera lectura es inolvidable porque es irrepetible y es única, pero su cualidad epifánica no depende del contenido del libro sino de la emoción que ha quedado fijada en el recuerdo  […] no me refiero a la importancia de los libros, me refiero simplemente a la impresión vívida que está ahí, ahora, descolgada sin remitente, sin fecha, en la memoria. El valor de la lectura no depende del libro en sí mismo, sino de las emociones asociadas al acto de leer”, dice el narrador de Los diarios de Emilio Renzi, el libro más reciente de Ricardo Piglia (Anagrama).

La luz inunda la enorme ventana de mi cuarto (¿es verano?). Estoy metida en la cama, acabo de despertar. A gusto, sin ninguna prisa (¿fin de semana?), estiro la mano al buró y tomo el Robinson Crusoe ilustrado que anoche dejé ahí. Robinson y Viernes están conociéndose, no comparten más idioma que las señas. Poco a poco, Robinson le enseña las palabras y Viernes empieza a hablar. Mientras una punzada de hambre me hace ir a la cocina por una manzana (¿cerca de mediodía?), voy imaginándome cómo le enseñaría a mi Viernes las palabras hambre, caminar, mesa. De nuevo en cama, con los rayos del sol en las manos, muerdo la manzana y me hundo de nuevo en la lectura.

Esa estampa de mis ocho o diez años es uno de los instantes más perfectamente felices que recuerdo de mi vida. ¿Cuál es tu recuerdo favorito asociado a la lectura?

Comprar tiempo para escribir

Imagen 2En 1997, el escritor argentino Ricardo Piglia se llevó a casa los 40 mil dólares del Premio Planeta, con la novela Plata quemada. No la he leído, pero en este momento poco importa. Entonces, el periodista Alfredo Serra le preguntó qué haría con el dinero y Piglia dijo: “Comprar tiempo. Esos 40 mil dólares me dan un año de tranquilidad para escribir. Claro que hay acreedores que empezarán a llamarme por teléfono. Eso sí: creo que hasta voy a poder arreglar el techo de mi casa”. Lo cuenta Serra en Así hablan lo que escriben (Atlántida).

Nunca me ha apetecido participar en concursos literarios (ni de otro tipo), pero la idea de ganar de golpe mucho dinero y poder comprar tiempo, que es de lejos mi bien más escaso, acaba de sonarme a música celestial.

Compañía a bordo

20121019-164413Voy a tomar un avión. Para tener una conversación intensa, de altos vuelos (literales y metafóricos), invité a venir conmigo a Silvia Molloy. A esta autora argentina que recién publicó su novela En breve cárcel en el Fondo de Cultura Económica me la presentó Ricardo Pigilia, a través de la colección Serie del recienvenido. Ella, muy amable y de buenos modales, aceptó venir conmigo, así que aquí estamos, conociéndonos.
En apenas unos minutos ya me tiene boquiabierta con instantáneas como esta: “La historia que pretende narrar se ha alterado. La alteraron el llamado de la mujer que hoy ya no vendrá y los menudos hechos que pueblan el intervalo, que separan ese llamado de esta frase. Escribía con furia y curiosidad; ahora escribe porque no sabe qué hacer…”.