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Por qué escribir es tan difícil

“Podríamos decir que la poesía no hace lo que Stevenson pensaba: la poesía no pretende cambiar por magia un puñado de monedas lógicas. Más bien devuelve el lenguaje a su fuente originaria”. Lo dice, nada menos, Borges en la conferencia “Pensamiento y poesía”, incluida en el libro Arte poética, publicado por Editorial Crítica y que llega a mis manos gracias a quien amo.

El escritor (de poesía, pero no sólo) busca regresar al manantial original, a la sonoridad primigenia. No es poca cosa: en forma y fondo llegar a ese punto donde cada uno reconoce algo de sí que no sabía que sabía.

Por eso poquísimas veces lo consigue.

#MiércolesDePoesía No sé qué es un poema

 

Foto: Darek Grabus

¿Qué es el tiempo? Si no me preguntan qué es, lo sé. Si me preguntan qué es, no lo sé“.

Lo dijo Agustín de Hipona y tomo la cita de la conferencia “El enigma de la poesía”, de Borges, quien luego añade: “Pienso lo mismo de la poesía”.

Ayer leí y ensayé varias definiciones, me pidieron algunas y ésta me parece la más atinada: creo saber cuando hay un poema, pero no puedo decir qué es, explicarlo.

Borges y Sábato: estas palabras significan lo contrario de lo que significaban

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Verano de 1975. Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato llevaban más de dos décadas sin hablarse, enemistados por sus respectivas posturas políticas. La revista argentina Gente les propuso reunirse y conversar. Ambos aceptaron. Platicaron sobre, idiomas, traducciones, de títulos de libros. Aquí, un pequeño fragmento de esa plática:

“[…] Jorge Luis Borges: —Me acuerdo de una frase feliz de Paul Groussac. Decía que Sarmiento sabía el latín y sospechaba el griego…
Ernesto Sábato: —Suele decirse: Fulano domina varias lenguas’. Generalmente, uno no domina ni la de uno.
B.: —Más bien está dominado por ellas…
S.: —Además, entre las lenguas hermanas hay pequeñas sutilezas devastadoras. El tiempo hace que las palabras deriven hacia significados opuestos: ‘nimio’ era ‘grande’; ahora es ‘pequeño’.
B.: —’Cold’ (frío, en inglés) quería decir antiguamente lo contrario: ‘calor”‘ Pasó el tiempo y se olvidaron de su significado. Sabían que tenía algo que ver con la temperatura, pero no si era ‘frío’ o ‘caliente’.
S.: —Claro. ‘Cold’ se parece mucho a ‘caldo’, que es ‘caliente’. La raíz común es el sánscrito”.

Me intriga la posibilidad que plantea Borges sobre la etimología de “cold”, aunque no he encontrado dónde sustentarla. Lo que es un hecho incuestionable es la etimología de “nimio”: viene del latín “nimius” y significaba excesivo, demasiado. El sentido actual de insignificante, minúsculo viene de “una mala inteligencia de frases como cuidado nimio“, señala Joan Corominas en su Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana (Gredos). Por su parte, el Diccionario de Etimologías de Chile (en línea) señala que el cambio de significado podría deberse a una asociación popular de tipo etimológico basada en el latín “minimus”, pequeño, en palabras como “mínimo”.

Además de la fascinación que me generan las etimologías y ésta, de nimio, es preciosa, me quedo también con esta otra joya, de Borges: Uno no domina una lengua, más bien es dominado por ella(s). Qué lujo, oír conversar a Borges con quien fuera, incluso Sábato.

Da click aquí para ir a la entrevista aparecida en la revista Gente en 2004.

Obsesión por la textura, la música interna y el perfume de cada palabra

 

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“Sensación de estar frente a la literatura, o mejor, de ver funcionar una maravillosa máquina de hacer literatura. Habla lento, con extraños cortes en el interior de la frase. Absurdamente, yo me sentía tentado a arrimarle las palabras, como si él se detuviera porque no las encontraba. Siempre él traía por fin una palabra distinta a la que yo imaginaba, más bella y más exacta que la mía”. Lo dice un muy joven Ricardo Piglia sobre su encuentro con Borges, en Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación (Anagrama), esos espléndidos cuadernos del alter ego de Piglia.

Claro, la vocación de Borges por la textura, la música y el perfume de cada palabra habrá entintado su manera de hablar, tanto como distingue su obra. Me recuerda aquel cuasimandamiento de Dylan Thomas, “Love the words” y su obsesión, su desquiciamiento por la sonoridad y la multiplicidad de sentidos de las palabras. Da click aquí para ir a la entrada Dylan Thomas: Feroz declaración de amor por las palabras.

Me voy pensando en eso que impresionó al muchacho Piglia: difícilmente se puede crear algo de proporciones como las de Borges o Thomas sin la obsesión por el material con que se crea, como pasará con un escultor que conoce y ama y teme y explora y vibra las posibilidades del mármol.

#MiércolesDePoesía Mis otras vidas, las que no fueron

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Para acompañar las horas del día van estos versos de Borges, del siempre necesario Borges. Contagiada por él, veces yo también me lo pregunto.

Lo perdido

¿Dónde estará mi vida, la que pudo
haber sido y no fue, la venturosa
o la de triste horror, esa otra cosa
que pudo ser la espada o el escudo
y que no fue? ¿Dónde estará el perdido
antepasado persa o el noruego,
dónde el azar de no quedarme ciego,
dónde el ancla y el mar, dónde el olvido
de ser quien soy? ¿Dónde estará la pura
noche que al rudo labrador confía
el iletrado y laborioso día,
según lo quiere la literatura?
Pienso también en esa compañera
que me esperaba, y que tal vez me espera.

-Jorge Luis Borges, “Lo perdido”, El oro de los tigres, en Obras completas. Tomo 2, Buenos Aires: Emecé Editores, 1974

El Golem y la mañana guanajuatense

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Vine a ofrecer una plática sobre poesía checa, llegué ayer y hoy regreso al D.F., lo que lamento mucho porque ya me veía paseando a mi aire por los callejones de esta ciudad preciosa. Hoy, antes de que suene la alarma, me despiertan las campanadas de la iglesia que está justo frente al hotel. Por alguna razón, lo primero que me viene a la mente es que a unos pocos pasos de aquí está el bar El Golem, en referencia al personaje checo que ayer estuvimos comentando. Qué rico: amanecer en Guanajuato habiendo tenido ayer un día espléndido en todos sentidos y llenarme la boca con la música de esos primeros versos de “El Golem” de Borges que me sé de memoria:

“Si (como afirma el griego en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa
en las letras de ‘rosa’ está la rosa
y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo'”.

Abro la ventana y me topo con esta imagen. La mañana pinta redonda.

Autoplagiarse, esa bonita costumbre

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“La originalidad es imposible. Uno puede variar muy ligeramente el pasado, cada escritor puede tener una nueva entonación, un nuevo matiz, pero nada más. Quizá cada generación esté escribiendo el mismo poema, volviendo a contar el mismo cuento, pero con una pequeña y preciosa diferencia: de entonación, de voz. Y basta con eso”, le dijo Jorge Luis Borges a Harold Alvarado Tenorio en una entrevista para Arquitrave, que por azar encuentro en Internet. Releo el párrafo y me detengo. Es una idea muy de Borges, repetida de varias maneras. Voy al estante y abro el ensayo “La esfera de Pascal”, en su libro Otras inquisiciones. Leo la primera línea: “Quizá la historia universal es la historia de unas cuantas metáforas”. Entre las muchas certezas que Borges cuestionó está la de que la originalidad no existe, que lo que nos parece nuevo no es más que una tímida variación de otra cosa. Él mismo regresó incansable a los griegos, los espejos, la teología, Schopenhauer, la literatura inglesa, los tigres, los laberintos. Fueron sus temas recurrentes a lo largo de los años, hasta el punto de apropiárselos y hacer casi imposible que un escritor actual los aborde sin evocar el fantasma del argentino. Lo platicaba hace unos días con un muy querido amigo, quien despertó el tema en mi cabeza.

Hace muy poco leí algo similar en palabras del catalán Enrique Vila-Matas, ganador del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2015. Busco la entrevista en Internet. La encuentro y localizo la frase en cuestión, dicha a Rodrigo Pinto: “La curiosidad es la que me lleva a escribir el mismo libro”. Y ahora recuerdo vagamente que el francés Patrick Modiano, ganador del Nobel 2014, dijo algo parecido el año pasado. De nuevo busco en esa Caja de Pandora que es Internet. Luego de un rato ahí está: “Mirar hacia atrás es algo que intento evitar. Tengo miedo de darme cuenta de que siempre he escrito lo mismo. Me ha sucedido, al corregir un texto, que he comprendido que había escrito casi la misma escena en un libro anterior. Quizás tampoco quería darme cuenta, porque podía paralizarme, podría dejar de escribir. En cierto modo resulta muy desalentador. Mis textos me dan la impresión de ser un caleidoscopio, siempre con las mismas figuras […] He puesto el mismo nombre a personajes de diversas novelas, sin darme cuenta […] la idea de que uno puede pasar a otro asunto es hasta cierto punto una ilusión. Somos prisioneros de nuestras imágenes, igual que somos prisioneros de nuestra voz. Eso es lo terrible. Siempre he tenido la impresión de escribir el mismo libro”. Y, para rematar, hace un par de días vi en el muro de Facebook de mi amigo Rafael un artículo según la cual, de 74 muertes que ocurren en las obras de Shakespeare, 30 son resultado de acuchillamiento. Poco original, el tipo.

Esa línea invisible de autoplagio que une a Borges, Vila-Matas y Modiano con Shakespeare seguro conecta a muchos otros artistas que han dicho (o pensado) algo parecido. Como lectora empedernida lo veo en mis escritores de cabecera. Las novelas de Rodrigo Fresán hablan siempre del proceso creativo, de la búsqueda formal. La poesía de Idea Vilariño está empapada de ausencia. Los cuentos de Fabio Morábito exploran las varias capas que tienen los personajes cotidianos, la vida diaria. En efecto, los libros de un autor suelen abordar cuestiones similares desde ángulos distintos, a veces complementarios y otras, contradictorios. Es decir, parece que sí, cada uno acaba escribiendo el mismo libro. Alguien dirá que es su voz personalísima, que no puede cambiarla. Otro argumentará que es el estilo individual. Dorar la píldora, que le dicen. Si el autor tiene decoro se esfuerza en trabajar los temas de forma diferente o, como el proverbio taoísta: “Hay una forma. Cada uno debe buscar su manera”. Puede ser que narre de forma parecida emociones muy diversas o que cuente lo mismo visto desde lugares nuevos. Al final, nada disipa el tufo de plagio, aunque se cometa contra uno mismo. ¿Y quién soy yo para ser menos? Claro, yo también me autoplagio. Con frecuencia me encuentro tirando a la basura un poema porque antes ya dije exactamente eso. O frustrándome porque por más que intento ser original acabo cayendo en los mismos temas, tonos.

Si fuera consuelo podría esgrimir en mi defensa que es un mal del oficio.

 

 

Cinco razones por las que la poesía es necesaria hoy

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Hoy se celebra el Día Mundial de la Poesía. Desde hace 16 años, la Conferencia General de la UNESCO proclamó el 21 de marzo, equinoccio de primavera, como la fecha para celebrar esa “manifestación de la diversidad en el diálogo, de la libre circulación de las ideas por medio de la palabra, de la creatividad y de la innovación. La poesía contribuye a la diversidad creativa al cuestionar de manera siempre renovada la manera en que usamos las palabras y las cosas, y nuestros modos de percibir e interpretar la realidad”. Lo suscribo y aprovecho la excusa para compartir las cinco razones por las que la considero artículo de primera necesidad para mí:

1. Enciende las palabras cotidianas, las convierte en una revelación:

“Los verdaderos poemas son incendios. La poesía se propaga por todas partes, iluminando sus consumaciones con estremecimientos de placer o de agonía”. -Vicente Huidobro, “Prefacio”, Altazor (REI)

2. Reconcilia los opuestos en este mundo hiperpolarizado, que asegura que sólo existe una cosa o la otra, nunca una cosa y la otra:

“Cada imagen —o cada poema hecho de imágenes— contiene muchos significados contrarios o dispares, a los que abarca o reconcilia sin suprimirlos. Así, San Juan habla de la ‘música callada’ […] Esto es, somete a unidad la pluralidad de lo real”. -Octavio Paz, “La imagen”, El arco y la lira (FCE)

3. Evita que muera la sorpresa al mirar lo cotidiano con ojos frescos, aunque lo contemple por centésima vez:

“[El poeta] escribe poemas que son como petrificaciones de ese extrañamiento, lo que el poeta ve o siente en lugar de, o al lado de, o por debajo de, o en contra de, remitiendo este de a lo que los demás ven tal como creen que es, sin desplazamiento ni crítica interna. Dudo de que exista un solo gran poema que no haya nacido de esa extrañeza o que no la traduzca […]”. -Julio Cortázar, “Del sentimiento de no estar del todo”, La vuelta al día en ochenta mundos (Editorial RM)

4. Mantiene viva la intención de nombrar, que nos hace humanos:

“[…] poeta es aquel hombre
que, como el rojo Adán del Paraíso,
impone a cada cosa su preciso
y verdadero y no sabido nombre”
-Jorge Luis Borges, “La Luna”, El hacedor (DeBolsillo)

5. Congela el tiempo, deseo milenario que en el poema ocurre a diario:

“El deseo secreto de la poesía es detener el tiempo. El poeta quiere recuperar un rostro, un estado de ánimo, una nube en un cielo, un árbol al viento, y tomar una especie de fotografía mental de ese momento en el que como lector uno se reconoce a sí mismo. Los poemas son fotografías de otras gentes en las que nos reconocemos”. -Charles Simic, El flautista en el pozo (Cal y Arena)

El raro del salón se apellida Chimal

Composición con fotos de Alberto Chimal: J. M. Tavella
Composición con fotos de Alberto Chimal: J. M. Tavella

Me cae bien, no sólo porque me gusta lo que escribe. Alberto Chimal me cae bien por loco. Es el excéntrico del salón, el despeinado que lleva en la mochila canicas de colores y ningún compás, el que se divierte como enano, rompe las reglas y al final se sabe sólo las respuestas que le interesan, pero en cuanto se las sabe ya no le interesan, así que busca otras. Sus libros son como él, de ojos grandes, siempre nuevos, distintos a todo. Por citar dos de sus publicaciones ahí está Gente del mundo (Ediciones Era), catálogo de civilizaciones imaginarias y especie de respuesta a las Ciudades invisibles de Italo Calvino, en la línea de Borges. Y también está El viajero del tiempo (Hormiga Iracunda), colección de ficciones cortas que juegan con el reloj, como ésta:  “El Viajero del Tiempo sirve el café, retrocede a toda velocidad y pone la taza a tiempo para recibir el líquido. —¡Ocioso! —lo regaña su mamá”. Seguro Alberto era el que nunca entregaba la tarea, pero llenaba cuadernos con textos de imaginación impecable.

También imparte cursos de narrativa y está muy activo en la Red: @albertochimal tiene +90 mil seguidores en TW, organiza en línea concursos de cuento brevísimo y alimenta la página web http://www.lashistorias.com.mx, por donde paso con frecuencia porque siempre tiene cosas ricas. Ahí encuentro que la pestaña Descargas ofrece gratis libros suyos y los audios de tres textos leídos por él, entre ellos “Álbum”, cuento caprichoso y corto (2:56), narrado a partir de instantáneas hilvanadas. Chimal, el raro del salón, me cae bien porque además se arriesga a que lo tachen de loco.

Da click aquí para oír el cuento.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios, en el sitio web de la revista SoHo).

El oficio de cambiar en palabras la vida

Caricatura: Gonzalo Barnachea
Caricatura: Gonzalo Barnachea

Me doy cuenta de que por el pudor excesivo de no citar las líneas más trilladas de Borges no lo he invitado a un #MiércolesDePoesía. Hoy reparo el error y le pido acompañarnos con estos dos cuartetos de su poema “La luna”, que más que del astro hablan “de cuantos ejercemos el oficio/ de cambiar en palabras nuestra vida”. Como siempre, el argentino más universal condensa mundos en unas pocas líneas.

“[…] Cuando en Ginebra o Zurich, la fortuna

Quiso que yo también fuera poeta,

Me impuse, como todos, la secreta

Obligación de definir la luna.

 

[…] Pensaba que el poeta es aquel hombre

Que, como el rojo Adán del Paraíso,

Impone a cada cosa su preciso

Y verdadero y no sabido nombre […]”.

-Jorge Luis Borges, “La luna”, El hacedor, en Obras Completas, Tomo II (Emecé Editores)

Alberto Chimal, escritor sin complejos

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El pueblo de los siddopa (literalmente, “Los Que Recordamos”) vive escribiendo lo que sucede a su alrededor, con el fin de que las lecciones de la historia puedan ser realmente aprendidas. Registran “cada palabra pronunciada, cada emoción, cada movimiento de sus cuerpos, cada color de la mañana y cada aroma de la noche”. Lo cuenta el escritor mexicano Alberto Chimal en el muy rico Gente del mundo (Ediciones Era), respuesta lúdica a las Ciudades invisibles de Italo Calvino y en la línea de las minificciones de Borges. A través de textos breves, el autor de Toluca hace un catálogo de civilizaciones imaginarias desaparecidas (¿o por venir?), cada una de las cuales se caracteriza por gestos cargados de fuerza simbólica.

Según cuenta el propio autor, una primera versión del libro se publicó en 1996 y ahora presenta ésta, definitiva y embellecida, que también incluye la breve descripción de ilustraciones “perdidas”, que el lector debe imaginar. Además del pueblo escribano con el que abre esta entrada, en el libro se mencionan muchos otros: los que buscan hablar la lengua que entiende cada órgano del cuerpo, para sanarlo; los que llenan las ciudades con sus muertos; los que se sientan en un lugar y no vuelven jamás a levantarse, abandonándose a la vida; los que viven siempre en estado de trance.

En este país, donde todo el mundo se siente menos, muchos escritores sólo atinan a plagiar (perdón, admirar pasivamente) a las grandes plumas. Chimal las lee, las procesa y crea una nueva propuesta a partir de sus planteamientos, una que dialoga sin complejos con aquellas. Mientras sigo leyendo sobre los siddopa, me encanta que se tome el riesgo y no se empequeñezca: “Su escritura, increíblemente rica y compleja, tiene signos para todas las cosas imaginables y muchas de las inimaginables […] Los siddopa sólo tienen prohibido consignar el acto mismo de escribir. Se cree que buscan evitar la tentación del infinito”.

Da click aquí para leer más sobre Chimal

Macondo y Comala se asoman en Estambul (Crónicas desde Turquía 9)

Foto: Julia Santibáñez
Así esperan lectores El Aleph, Vivir para contarla y Ensayo sobre la ceguera. Foto: Julia Santibáñez

Entro a una librería en la zona de Beyoglu, centro de Estambul. Busco literatura turca en inglés, pero apenas hay unos títulos para turistas. No encuentro ninguna biografía de Atatürk, nada sobre la “Revolución del alfabeto” que impulsó ese visionario. También quisiera algo de poesía y alguna novela. Nada.

El librero me oye decir algo en español y pregunta de dónde soy. Al responder “México” casi grita: “¡Rulfo! ¡Uan Prekiado!”. En su pobre inglés pregunta cómo se pronuncia el nombre del protagonista de Pedro Páramo y con cierta pena corrijo: “Juan Preciado”. Cuenta que es su novela favorita, que la ha leído varias veces y se las ingenia para comunicar su hipótesis de que Comala influyó en el Macondo de Cien años de soledad, porque se publicó más de 10 años antes. Macondo y Comala se me aparecen a la mitad de Turquía.

Dice llamarse Mahsum y lamenta no tener en ese momento en la librería Hür Basımevi, la edición en turco de Pedro Páramo, pero me presume a Latinoamérica en su tienda: Cien años de soledad y Vivir para contarla de García Márquez, La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes y El Aleph de Borges, más un libro sobre Frida Kahlo. Es un gran lector, lástima que nos comunicamos con dificultad. Le pido me recomiende autores turcos que deba buscar, además de Orhan Pamuk. Me escribe una larga lista con nombres que desconozco, entre ellos Latife Tekin, Ece Ayhan y Nazim Hikmet. Al fin me despido de él como de un amigo con quien tengo amistades en común. Cómo no.

Muero por saber qué tanto le platican Aureliano Buendía y Juan Preciado cuando están solos.

Cien años de soledad. Foto: Julia Santibáñez
Cien años de soledad. Foto: Julia Santibáñez

Las monjas que intuyeron a Borges

 

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Esta historia enamora. Una abadía benedictina en Ebstorf, la Baja Sajonia, 1832: es descubierto un mapamundi medieval, quizá de 1234, aparente obra de monjas de la abadía o del cartógrafo Gervasio de Tilbury. Representa alegóricamente el cuerpo de Cristo, que abarca el orbe: la cabeza al norte, junto al Paraíso; las manos en los extremos este y oeste; las piernas, abajo y Jerusalén como el ombligo. Una inscripción dice ofrecer “indicaciones a los viajeros sobre las cosas que haya en su camino que causen más deleite a la vista”.

Según lo describe Simon Garfield en su delicioso libro En el mapa. De cómo el mundo adquirió su aspecto (Taurus), la obra de Ebstorf es una lección bíblica, que no se limita a lo que existe sino incluye lo que “debe” existir. Localiza el Edén, el Arca de Noé, el Vellocino de Oro y, en África, seres fantásticos: una raza sin boca (se comunica por señas), hombres de cuatro ojos y una tribu cuyos miembros tienen el labio superior tan elástico que lo estiran sobre su cabeza para ocultarse del sol, entre otras. La obra se conoce hoy sólo por foto. Fue destruida en 1943, en un bombardeo aliado.

Además de mi pasión por la Edad Media y mi embeleso por la pieza, me fascina la idea que la subyace: un mapa subjetivo, que contenga no sólo lo que hay sino lo que quiero que haya. O, a la inversa, ¿por qué sólo ha de existir lo cartografiado? Los habitantes del siglo XXI nos sentimos objetivos, pero construimos nuestras vidas justo así: a base de fantasía, de símbolos salvadores en los cruces de caminos y monstruos en las zonas peligrosas, mezcla alucinante de hechos e imaginación. Borges, siempre necesario, lo dijo mejor que nadie: “Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara” (Epílogo de El hacedor). Las monjas de Ebstorf lo intuyeron hace siglos.

Referencia: http://www.henry-davis.com/MAPS/EMwebpages/224mono.html

 

Ser alad0
Ser alado
Dragones
Dragones
Ser fantástico, mitad hombre y mitad ave
Ser fantástico, mitad hombre y mitad ave
Adán y Eva
Adán y Eva

 

 

Escritores captados in fraganti

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Él vino del Cono Sur cargado de fiesta. Pero no sólo. En su maleta también venía este libro invaluable de Sara Facio (1932), testigo de la historia argentina en años convulsos y autora de la foto favorita de Cortázar.

Publicado por Ediciones La Rivière en 2012, el volumen es exquisito. La piel se pone delgada con el vibrante Buenos Aires de los 60, las imágenes del regreso de Perón (1973) y sus funerales (1974). Pero me detengo en sus retratos de escritores, captados entre 1963 y 1980. Aquí, una probada de cómo su lente captó el alma de muchos grandes, junto con este texto que acompaña la imagen de García Márquez: “Soy escritor por timidez. Mi verdadera vocación es la prestidigitador, pero me ofusco tanto tratando de hacer un truco, que he tenido que refugiarme en la soledad de la literatura. Ambas actividades, en todo caso, conducen a lo único que me ha interesado desde niño: que mis amigos me quieran más”. Los autores así captados, in fraganti, se ven tan hondos…

(Nota relacionada: aquí lo que hace tiempo escribí sobre Facio y la foto que le hizo a Cortázar y se volvió preferida del cronopio http://wp.me/p1POGd-294)

Gabriel García Márquez
Gabriel García Márquez
Jorge Luis Borges
Jorge Luis Borges
Octavio Paz
Octavio Paz
Alejandra Pizarnik
Alejandra Pizarnik
Pablo Neruda
Pablo Neruda con Salvador Allende
Carlos Fuentes
Carlos Fuentes

Lo que demanda esta tarde

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A estas horas del viernes, con el sol en las espaldas y una sonrisa que desborda el cuerpo, me apetece beber algo exquisito, capaz de acendrar el buen sabor que tengo. Entonces recuerdo esto leído hace unos días: una tarde, en presencia de Fernando Savater, Borges pidió una copa de “algo breve y contundente”. Lo cuenta el filósofo en su reciente libro Lugares con genio (Mondadori). Suena como al mezcal que necesito justo ahorita.

Borges vuelto tango

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“[…] Tango que fuiste la dicha/
de ser hombre y ser valiente./
Tango que fuiste feliz,/
como yo también lo he sido,/
según me cuenta el recuerdo;/
el recuerdo fue el olvido”.

Este poema de Borges cantado por Edmundo Rivero no tiene desperdicio alguno. Lo debo a la amabilidad de mi querido amigo Borgeano (faltaba más). Con su cadencia inauguro el fin de semana…

Poesía para tocar, de León Ferrari

Imagen 9Esta semana, el artista plástico Ferrari murió en la misma Buenos Aires que lo vio nacer hace 92 años. Con él se fue una expresión artística única y una voz crítica aplaudible, además de un acercamiento particular a la poesía. A éste me quiero referir.
Creador de nombre internacional, cuestionador del catolicismo, crítico de los abusos de la iglesia durante la dictadura argentina, su relación con la poesía comenzó al menos desde 1964, cuando ilustró un libro de poemas de Rafael Alberti. Luego, tras publicar varios libros de diseños y caligrafías, en 1997 presentó imágenes de desnudos sobre las cuales inscribió en braille versos de Borges y André Bretón. Dijo en su momento: “Los brailles se me ocurrieron porque Borges era ciego, pero a su vez tenía unos poemas de amor muy lindos, entonces pensé en utilizar el lenguaje de los ciegos sobre las fotos de desnudos de Man Ray y también usé fotos de mi padre y de dos italianos […]. La idea de un poema de amor sobre la chica fotografiada desnuda surgía de que había que acariciar a la mujer para poder leer lo que decía el texto poético”. Más tarde completó la serie Brailles con poemas inscritos sobre obras clásicas como la Eva de Durero.
Otros detalles de su relación con la literatura fue su relación con Juan Gelman y Julio Cortázar, además de la publicación, en el 2000, de La bondadosa crueldad, libro de collages y poemas de su autoría que, por desgracia, sólo conozco de referencia, pero que incluye estos versos irónicos: “Si yo supiera pintar […] si Dios en su apuro y turbado por error confuso me hubiera tocado”. El año pasado tuve la Fortuna de ver en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (el famoso MALBA), la muestra Brailles y Relecturas de la Biblia. Yo no conocía el trabajo de Ferrari pero su propuesta me deslumbró. En estos días mucho se ha hablado sobre el artista, el crítico, el confrontado con el entonces arzobispo Bergoglio y su lamento hacia el nombramiento de éste como papa, el comprometido socialmente. Lamento todo ello, pero no quiero dejar de marcar el acento hacia la pérdida del Ferrari que, además, concibió poesía para tocar.

Links relacionados

Mi encuentro con la obra de Ferrari, La civilización occidental y cristiana: http://wp.me/p1POGd-19r.
Publicaciones de Ferrari: http://www.leonferrari.com.ar/index.php?/projects/publicaciones–publications/
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Borges para coleccionistas

Imagen 19“Escribió Walt Whitman en el prólogo de Hojas de hierba: ‘El que toca este libro toca a un hombre’. Muchos años después, en una redacción de Buenos Aires, un grupo de periodistas se reunió para urdir un libro acerca de un hacedor de maravillas, viejo y ciego, que a los 77 años ha conseguido algo casi milagroso: ser un ídolo de la literatura. El hombre se llama Jorge Luis Borges”. Así arranca esta edición especial de la revista argentina Gente, titulada Todo Borges y publicada en enero de 1977, es decir, nueve años antes de la muerte del escritor. Por azares y amores que no me cansaré en narrar, el volumen me llega en préstamo. Las manos me pican de emoción.

Los editores cuentan cómo decidieron qué incluir. Más que compendiar opiniones o críticas, decidieron “acercar el ídolo a su público” a través de un collage de recortes, fotos, textos y frases trepidantes. Las 212 páginas se dividen en capítulos como “Borges y los que escriben”, “Borges y el tango”, “Borges y las mujeres”. Ahí se encuentran mil y un cosas que yo desconocía, como su árbol genealógico (espada vikinga included), notas de prensa sobre su matrimonio a los 67 años con Elsa Astete, dos sonetos ilustrados por su hermana Norah, el primer cuento que publicó a los 13 años (se puede leer aquí, más abajo, dando doble click a la foto para ampliarla), recortes de periódico de su condecoración en Harvard, fotos de cintas basadas en cuentos suyos… Me siento una adolescente cursi ante la revista que ofrece fotos y anécdotas de su artista favorito: al cerrarla me digo que lo conozco más y sí, también lo siento un poco más mío. O, para que suene mejor, paladeo esta joya para coleccionistas borgeanos.

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Borges y Sabato se sentaron un día a conversar

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Estuvieron distanciados casi 20 años, por diferencias políticas. “Inevitablemente, tanto uno como otro dijimos palabras quizá injustas”, diría Sabato. Un día del verano de 1975 se sentaron a conversar por invitación del periodista Alfredo Serra, de la revista Gente!, que publicó después la charla. La recupero gracias a que mi pareja, en Buenos Aires, comió con Serra, quien le contó el hecho y le compartió la liga de este texto largo, pero magistral. Aquí, destellos de la charla:

Borges: -La vida es soportable porque ocurre en tajadas. Uno se levanta, se afeita, desayuna. Va haciendo las cosas lentamente. Por eso la vida es menos espantosa…
Sabato: -Claro. Imagínese un hombre que se pasara toda la vida afeitándose. O diciendo “Buenos días”. Mucha gente supone que los hombres famosos nunca dicen “buenos días” o toman café con leche, como cualquiera. Si los ven tomar café con leche ya no creen en su fama. La gente parece ignorar que el hombre no siempre escribe El Quijote. A veces paga impuestos.

[…]

S.: -¿Cuál es la mejor traducción que usted conoce, Borges? La mejor traducción de cualquier cosa…
B.: -Es difícil…
S.: -Dicen que la Biblia es una gran traducción. Y Proust al inglés, también…
B.: -Es posible. Sin embargo, el traductor de Proust empezó mal. En busca del tiempo perdido no responde al original. Es una cita de Shakespeare.
S.: -Es cierto. Suena un poco absurdo.

[…]

S.: -Suele decirse: “Fulano domina varias lenguas“. Generalmente, uno no domina ni la de uno.
B.: -Más bien está dominado por ellas…

[…]

B.: -Si El Quijote fuera simplemente una sátira contra los libros de caballería, no sería El Quijote. Si al final, cuando termina la obra, el autor piensa que hizo lo que se propuso, la obra no vale nada […]
S.: -Ninguna obra de arte es moralizadora en el sentido edificante de la palabra. Sirven al hombre en un sentido más profundo, como sirven los sueños, que casi siempre son terribles…

Con estas palabras pujantes cierra su artículo el periodista: “No se habían propuesto urdir una charla memorable, ávida del mármol o del bronce […] Y ahora, al final de la nota, la tentación también es grande. Yo podría armar un final con laberintos, espejos, senderos que se bifurcan, ángeles exterminadores, Alejandras, ciegos. Mezclar la matemática y el caos. Pero no: callar exactamente aquí es rendir un homenaje a Borges, a Sabato. Es pedir con fervor que este epílogo sea apenas un prólogo. Es esperar que estos dos hombres hablen hasta el fin de los tiempos”. No hubo otra charla, pero esto es lo que llamo gran periodismo: tener un chispazo genial, hacer que suceda y, luego, ceder el protagonismo a las estrellas.

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Los libros dicen mucho de sus dueños

Aspecto de la biblioteca de Gabriel García Márquez (foto: Héctor Velasco)
Aspecto de la biblioteca de Gabriel García Márquez (foto: Héctor Velasco)

“¿Cómo es una buena biblioteca? Para mí es una colección personal, curada y única, una colección de libros que representan a quien los ha ido adquiriendo y cuidando”, sostiene Ausbert de Arce, representante en México de la editorial italiana Rizzoli, entrevistado por La revista (mayo 2013). Me hace sentido su respuesta. Estoy convencida de que los libros lo hacen a uno, lo construyen por dentro, de manera que lo que alguien ha leído revela mucho sobre esa persona. Lo decía el archicitado Borges: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito, yo me jacto de las que he leído”. Yo hablo mucho sobre mis libros. Me pregunto cuántas cosas dirán ellos de mí.

Borges, el niño terco

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Anoche, leyendo, me sorprendió esta imagen de un Borges encaprichado, aportada por María Kodama: “Roma será para mí su voz recitando las Elegías de Goethe y Venecia para usted lo que yo le transmití un atardecer, en San Marcos, escuchando un concierto. París será usted niño, terco, encerrado en un hotel comiendo chocolate mientras leía a Hugo, su manera de descubrir París […]”. Kodama en “Epílogo”, Atlas (Emecé)

¿Por qué me cuesta trabajo imaginarme así al racionalísimo Borges? Quizá se deba a mi manía de entronizar a los autores que me dejan sin aliento. Dice mi terapeuta que de vez en cuando cae bien recordar que son humanos. Caray.

Extrañar a Oscar Wilde

Screen shot 2013-07-01 at 2.20.56 PM” […] Una crítica técnica de Wilde me resulta imposible. Pensar en él es pensar en un amigo íntimo, que no hemos visto nunca pero cuya voz conocemos, y que extrañamos cada día”.

Jorge Luis Borges, “Nota dictada en un hotel del Quartier Latin”, Atlas (Emecé)

Me perdonarán la soberbia pero en diferentes épocas de mi vida he sentido algo similar con algunos autores, entre ellos Miguel Hernández, John Donne y, sin duda, también Wilde.

Borges y Piazzolla: pelear puede ser una fiesta

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Me acaban de enseñar a postear música desde iTunes y aprovecho para estrenar mi nuevo talento con esta maravilla de canción, “Alguien le dice al tango”, que conjunta los talentos de ambos enormes, con el poema en la voz de Jairo. Es del disco El tango, de 1965 y reeditado en 2011. Al fondo de los instrumentos de Piazzolla casi resuena la voz de Borges en la Historia del tango: “el tango y las milongas expresan algo que los poetas, muchas veces, han querido decir con palabras: la convicción de que pelear puede ser una fiesta”.

Aquí, fragmentos del poema:

“Tango que he visto bailar/
contra un ocaso amarillo/
por quienes eran capaces/
de otro baile, el del cuchillo. […]//

Despreocupado y zafado/
siempre mirabas de frente,/
tango que fuiste la dicha/
de ser hombre y ser valiente. […]//

Yo habré muerto y seguirás/
orillando nuestras vidas./
Buenos Aires no te olvida,/
tango que fuiste y serás”.

Sobre algunos viajes de Borges

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Como buena groupie del argentino, hace unos años fui a ver en México (en un museo de la calle Isabel la Católica), una exposición de fotos y textos de viajes que hizo con María Kodama. A diferencia de Borges y Kodama, la segunda evidentemente subordinada al primero, en el caso de la muestra que menciono texto e imagen eran complementarios, ninguno acompañaba al otro. Se trataba de comentarios o poemas a propósito de los lugares, alguna anécdota de lo ocurrido en las fotos, las sensaciones percibidas en un destino específico. Me gustó el diálogo entre los dos lenguajes. Ahora que lo pienso, quizá de ahí nació mi deseo-no-cumplido-aún de aliarme con un fotógrafo y concebir un trabajo conjunto poesía-imagen.

Estos días en la capital porteña, más específicamente en San Telmo, encontré el libro que compendia ese trabajo. Aquí un bello fragmento que lo resume, hablando de un viaje en globo en Estados Unidos:
“Toda palabra presupone un experiencia compartida. Si alguien no ha visto nunca el rojo, es inútil que yo lo compare con la sangrienta luna de San Juan el Teólogo o con la ira; si alguien ignora la peculiar felicidad de un paseo en globo es difícil que yo pueda explicársela. He pronunciado la palabra felicidad; creo que es la más adecuada”.
-Jorge Luis Borges con María Kodama, Atlas (Emecé)