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En qué se parecen un lector y un espejo

No, no es un chiste. Es una idea de Marcel Proust: un lector es un espejo donde el libro se mira y adquiere una de sus formas posibles. Será por eso que lo que se me antoja leer tiene relación con mi estado de ánimo, porque tengo más ganas de encontrarme con tal o cual ángulo de mí.

La cita de Proust va de regalo. Buen martes.

 

La emoción asociada al acto de leer

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“¿Por qué nos dedicamos a escribir después de todo? Se nos da por ahí, ¿a causa de qué? Bien, porque antes hemos leído. […] La primera lectura, la noción, subrayó, de primera lectura es inolvidable porque es irrepetible y es única, pero su cualidad epifánica no depende del contenido del libro sino de la emoción que ha quedado fijada en el recuerdo  […] no me refiero a la importancia de los libros, me refiero simplemente a la impresión vívida que está ahí, ahora, descolgada sin remitente, sin fecha, en la memoria. El valor de la lectura no depende del libro en sí mismo, sino de las emociones asociadas al acto de leer”, dice el narrador de Los diarios de Emilio Renzi, el libro más reciente de Ricardo Piglia (Anagrama).

La luz inunda la enorme ventana de mi cuarto (¿es verano?). Estoy metida en la cama, acabo de despertar. A gusto, sin ninguna prisa (¿fin de semana?), estiro la mano al buró y tomo el Robinson Crusoe ilustrado que anoche dejé ahí. Robinson y Viernes están conociéndose, no comparten más idioma que las señas. Poco a poco, Robinson le enseña las palabras y Viernes empieza a hablar. Mientras una punzada de hambre me hace ir a la cocina por una manzana (¿cerca de mediodía?), voy imaginándome cómo le enseñaría a mi Viernes las palabras hambre, caminar, mesa. De nuevo en cama, con los rayos del sol en las manos, muerdo la manzana y me hundo de nuevo en la lectura.

Esa estampa de mis ocho o diez años es uno de los instantes más perfectamente felices que recuerdo de mi vida. ¿Cuál es tu recuerdo favorito asociado a la lectura?

El escritor que leía cinco libros por semana

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Truman Capote. Foto: Irving Penn, 1965

Los pasatiempos de un autor que respeto me generan una enorme curiosidad, porque más allá de ser una forma de “entretenimiento”, resultan claves cifradas a lo que distingue su pluma. El narrador Truman Capote, muerto hace exactamente 30 años el día de hoy, dijo en entrevista a The Paris Review (1957) que lo que prefería hacer en su tiempo libre era: conversar, leer, viajar y escribir, en ese orden.

No me sorprende que fuera obsesivo, que en sus propias palabras creía leer “demasiado” y tenía una pasión especial por los periódicos (afirmaba devorar cada día “todos” los diarios de Nueva York, más las ediciones dominicales y algunas revistas), además de “unos cinco libros a la semana”. No sé si lo de los cinco libros sea literal, me quedo con el mensaje de fondo: leer sin tregua.

Él, como tantos otros autores, leía mucho más de lo que escribía. Es una ecuación que intento no olvidar si quiero lograr algo digno con mi escritura.

Da click aquí para leer el enlace a la entrevista completa.

Encontrarme en verbos, adjetivos

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Tengo una propensión de siglos, una ebullición recurrente en las venas: es la urgencia por leer, por hallar palabras para armar sentidos, como si las generaciones que me habitan buscaran verbos y adjetivos dónde posarse para componer historias, paladear ecos, cadencias.

Desde hace muchos años no hay un día que no lea. Pasan por mi escáner libros, revistas, periódicos, blogs, sitios de Internet… todos o algunos cada jornada. La fiebre llega a tal absurdo que, sin darme cuenta, con frecuencia me veo leyendo la caja de unos chocolates, el panfleto recibido en la esquina. Creo que en el fondo está aquello de C.S. Lewis: “Leemos para saber que no estamos solos”.