Archivo de la etiqueta: Río de Janeiro

El Cristo de Corcovado o el Apocalipsis en una mañana

20130331-084719.jpg

Me dijeron que subir a verlo requiere la abnegación de un santo… y se ve que además de mi hija y yo, hay miles de santos queriendo hacerlo a las 8:30 am de hoy. La fila para tomar el trenecito a la montaña Corcovado es, dicen, de unas tres horas. Un “muy amable” empleado del servicio de vans ofrece subirnos por “sólo” 50 reales por persona (unos 350 pesos mexicanos o 27 dólares). Muchos aceptamos de inmediato. Por ese precio supongo que nos llevarán a la coronilla misma de la estatua, pero tras apenas 15 minutos de un viaje atropelladísimo y rebotadísimo nos deja en la taquilla del monumento. Hay otros miles de abnegados-con-cámara-fotográfica haciendo dos filas: una para pagar 27 reales por persona (unos 190 pesos o 15 dólares) y la otra, eterna, para tomar oootro transporte hacia la cumbre. Me pregunto si mejor sería regresar, aunque nos perdamos el paraíso mismo. Decidimos seguir el trayecto: a estas alturas literales y metafóricas merecemos la canonización inmediata.

Hacemos lo que corresponde y luego de más de media hora por fin abordamos la segunda camioneta. Otro conductor frustrado de Fórmula 1 nos lleva a la cima. Ahí nos esperan unos 200 escalones atascados de turistas, 300 tiendas de souvenirs y, eso sí, varios miradores desde donde se ve Río a 360 grados alrededor. La vista es bellísima, única. Acabamos de subir y por fin estamos a los pies de la estatua.
Es muy impresionante. El efecto de sus 30 metros de altura es similar al de las catedrales góticas: hacer que uno se sienta minúsculo, que mire hacia arriba con reserva y hasta un cierto temor. Además, esta imagen rodeada de nubes y con los brazos extendidos parece venir flotando de las alturas.

Con toda seguridad, si hay un día de Apocalipsis va a comenzar aquí, con este Cristo cobrando vida y aniquilando con el dedo meñique a herejes como yo, que subimos hasta sus pies sólo a tomar fotos.

Mujer caliente de sol

Screen shot 2013-03-27 at 10.45.33 AM

Seguro, segurísimo, De Moraes pensaba en una mujer de Copacabana cuando escribió esto tan deliciosamente erótico:

Un mujer al sol es todo mi deseo,/
viene del mar, desnuda, con los brazos en cruz/
y la flor de los labios abierta para el beso/
y en la piel refulgente el polen de la luz.//

Una hermosa mujer, los senos en reposo/
y caliente de sol, nada más se precisa./
El vientre terso, el pelo húmedo y una sonrisa/
en la flor de los labios, abierta para el gozo.//

Una mujer al sol sobre quien yo me arroje/
y a quien beba y me muerda y con quien me lamente,/
y que al someterse se enfurezca y solloce,//

e intente rechazarme, y que al sentirme ausente/
me busque nuevamente y se quede a dormir/
cuando yo, apaciguado, me disponga a partir.//

-Vinicius de Moraes

Mensaje en un sobre de azúcar

20130328-220637.jpg

No evito el lugar común de tomarme una caipirinha en mi primera hora en Copacabana, igual que mi adolescenta futbolera tampoco evita jugar futbol en la arena y pedirme que le tome fotos frente a la portería. De lugares comunes estamos hechos. La novedad es que en el restaurantito playero donde bebo el licor de cachaça hay un recipiente con sobres de azúcar “inspiracionales”, es decir, mensajes positivos cualquier-cosa-que-eso-signifique. El primero que tomo dice “Viva intensamente”. Qué fácil obedezco.

Primera lección en Río

20130328-214941.jpg

Recién desembarcadas en esta ciudad “abençoada” (bendecida), aventar las maletas en el hotel y bajar a Copacabana fueron una y la misma cosa. Arena suave, mar glorioso, paisaje a punto, hija feliz.
Alérgica mental al sol como soy, de inmediato rento una sombrilla para completar mi dicha. Un sonriente muchacho la entierra en la arena junto a mí, para luego irse con mi billete de 20 reales, diciendo que me traerá de vuelta el cambio: 15. Media hora después, ni sus luces. Mi paranoia (“seguro ya desapareció con el dinero”) y mi escasa paciencia chilanga (“no puede tardarse tanto en cambiar un billete”) se combinan: me enfilo a buscar al infeliz. Lo encuentro tomando un coco, qué más, y platicando. Le digo que vine por el dinero y mientras me lo da, sorprendido dice: “ya lo llevaba, relájese”.

Recuerdo lo que me dijo hace años en Jamaica un guía local, a quien pregunté por qué no empezaba el paseo a las Cascadas del río Dunn si estábamos todos listos (incluído él) desde hacía 20 minutos. Respondió: “No hay prisa. Si no te retrasas es que no estás relajado”. Primera lección: aquí el tiempo corre a otro ritmo. Y está bien.