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Entre sectas y marchitas

“Siempre es la de los otros la que es una secta”, dice el Alfaqueque, protagonista de la novela La transmigración de los cuerpos, de la bestia narrativa que responde al nombre de Yuri Herrera (Periférica).

La cita viene a cuento porque en temas como la postura política, los mexicanos nos convertimos en pequeños Torquemadas: con ligereza calificamos de sectario (sospechoso, amenazante o de plano imbécil) a quien piensa distinto a nosotros. Hay que echarlo a la hoguera, porque sólo nuestras ideas concentran la verdad. Y así pasamos el fin de semana, jodiéndonos entre sectas y marchitas, igual que los inquisidores de hace siglos, a los que creemos haber trascendido.

Los que fueron a la marcha contra los que no fueron a la marcha.

Los que han ido a otras marchas y a ésta, no.

Lo que han ido a otras marchas y también a ésta.

Los que no van a ninguna.

Los conscientes contra los inconscientes y a la visconversa.

Me parece increíble tener que defender tanto mi derecho a marchar como mi derecho a no hacerlo cuando así me parezca, con base en mis ideas. Y asumo también la obligación de respetar lo que otros decidan, sin llamarlos en automático vendepatrias, acomodaticios, chairos o traidores. O sea, sectarios, como dice el personaje de la novela de Yuri Herrera.

Carajo, ahora resulta.

PD Por cierto: lean la novela de Herrera. No tiene desperdicio.

Señales que precederán al fin del mundo, de Yuri Herrera

Cruda, descarnada, con resabios de viaje iniciático y pinceladas mitológicas: esta breve novela (132 pp) trata la vida en la frontera entre México y Estados Unidos, ese submundo que tiene sus propios códigos, jerga y entrelíneas. La anécdota parece sencilla: una muchacha cruza “al otro lado” para buscar a su hermano. Se superponen primero la frontera, luego la tierra de nadie que es por donde se cruza, al final esos Estados Unidos que no salen en los anuncios, donde “todo es más tieso, todo está numerado… también se hacen fiestas, pero no se baila ni se reza, no se las ofrecen a nadie”.

A través de un lenguaje preciso aparecen en instantáneas los “coyotes” que cruzan esperanzados, el itacate que el inmigrante carga con lo necesario pero también lo simbólico (“una blusa bordada en colores, por si se atravesaba pachanga”), el cobro de favores, el abuso, la dinámica lealtad/deslealtad, la droga, la prostitución y, de manera privilegiada, la lengua: “no es que sea otra manera de hablar de las cosas: son cosas nuevas. Es el mundo sucediendo nuevamente: prometiendo otras cosas, significando otras cosas, produciendo objetos distintos”. Con esas pinceladas, Herrera se asomarse a ese otro plano de México.

Es una gran novela, impecablemente escrita, que deja sabor agridulce en la boca. Confieso que no conocía el sello Periférica pero desde ya quedo invitada a regresar tanto al autor como a la editorial.