Escribir, ese oficio poco fotogénico

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Hace una semana presenté mi libro Rabia de vida/ Rabia debida en la librería Rosario Castellanos de la Ciudad de México (da click aquí para ir a la entrada sobre la presentación). Algunas personas que me acompañaron me pidieron las dos cuartillas que leí, una suerte de declaración de principios sobre por qué escribo, por qué invierto horas ensayando poemas si es un trabajo ocioso, en el que “nada pasa”. Aquí están, por si alguien ocupa.

PD El texto que leyó Eduardo Casar, poeta pleno y malabarista de palabras, fue realmente espléndido y es el que realmente merecería ser compartido, ni duda cabe. No lo hago porque se publicará próximamente.

PRESENTACIÓN RABIA DE VIDA
19 MARZO 2015

“Al presentar un libro de poesía que lleva mi nombre, la primera tentación es narrar cómo nacieron estos poemas, de qué manera surgió cada idea nebulosa que busqué traducir al papel. E inmediatamente aparece una segunda tentación, que es la de ponerme pedante y usar palabras grandes y hablar de la Poesía con mayúscula. Para evitar la solemnidad pero aún así abordar el proceso de escritura de Rabia de vida acudo a este ejemplo que dio la poeta polaca Wyslawa Szymborska y aplica bien: “[En estos días] continuamente se filman películas sobre la vida de grandes inventores o pintores, pero el peor de los casos es el de los poetas. Su trabajo resulta muy poco fotogénico. El poeta permanece sentado a la mesa o acostado en un sofá, con la vista inmóvil, fija en un punto del techo. De vez en cuando escribe siete versos, de los cuales, tras un cuarto de hora, va a quitar uno. Luego pasa una hora en la que no ocurre nada”.

Tal cual. Estos poemas son resultado de un ocio lleno de dudas, inseguridades y también, a veces, un poco de autohumor. Y eso viene bien cuando uno es un irresponsable que pasa los días borroneando versos que no generan ganancia alguna, llenando cuadernos como si no hubiera tantos y tan buenos poemas de las plumas imprescindibles. Entonces, ¿para qué uno más? La respuesta es ordinaria: escribo porque cada día me asomo al mundo, paso unas horas en él y cuando regreso siento la necesidad de plasmar lo que vi, lo que pasó por el filtro de mis emociones y fantasías, ante qué me rebelé (o no me atreví). Es decir, cuando estoy de nuevo sola necesito volcarme en líneas en las que me reconozca. Intento trazar una posible biografía con el alfabeto, crear un idioma propio no porque sea mejor ni más interesante, sino sólo porque refleja el jardín real en el que amanezco a diario y el imaginado en el que me gustaría despertar, la aproximación a las cosas desde mi historia, desde este estómago del que hablo aunque sea feo, pero es mío. Escribo para plasmar las cosas que no sabía que sabía, la experiencia de vida que me es única, y, en consecuencia, que me hace cercana a todos, porque no somos tan distintos. Pero ese intento no es seguro, entraña dificultades. Mientras salgo a buscar mi voz, camino a la orilla del precipicio, un pie a la vez: me enfrento al riesgo del poema fallido, que dice lo que no quiero decir o no dice nada, que roza el lugar común. Así, entre tropezones y vergüenzas, a veces tengo suerte: llego a la otra punta del acantilado con un texto que me satisface.

Y entonces surge el otro deseo necio: que esos versos sean dinámicos, alcen el vuelo, que dialoguen con él o ella para coincidir o cuestionar, para sentir lo mismo que yo o lo contrario. Decía C.S. Lewis que leemos para saber que no estamos solos. Escribo por la misma razón, conectar con otros. Y aquí aparece otra enorme paradoja: éste que parece un ejercicio noble es en realidad una especie de virus tenaz, incurable. Porque hacer poesía no es una profesión en el sentido convencional, pero sí en el de su etimología, como se profesa un credo o una idea: tengo una desesperada devoción por la palabra y por los silencios que la acompañan, por la imagen, el ritmo, la sonoridad. Esa profesión de fe es parte integral de mi vida, quizá aquella con la que soy más consecuente porque aunque no me da de comer (los poetas no viven de sus libros), me alimenta a diario.

Por eso celebrar hoy esta Rabia de vida es querer conectar contigo, lector, a partir de palabras, de poemas fermentados al calor del erotismo que, por inasible, me empuja a escribir. Y, como digo, habiendo publicado estos versos lo que me resta es esperar que alguno de ellos sea espejo en el que de pronto te reflejes, que te revele algo que sabías sin saberlo, que lo hagas tuyo y lo hables con tu voz. Entonces se cerrará el círculo de este oficio que, como decía Szymborska, es tan poco fotogénico, tan ocioso”.

34 pensamientos en “Escribir, ese oficio poco fotogénico”

    1. Publicar poesía es una necedad pero una que se disfruta mucho y que, al menos, no mata a nadie, como tantas otras que hay por ahí. Gracias por la enhorabuena y por pasar de visita.
      Saludos

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  1. Desesperado ante la palabra perdida que no se encuentra y que, por fin hallada, se resuelve en puro placer incontrolable, en deseo hecho realidad, en tinta volcada, cual fina tela hilada, cual cuadro preciso, cual dulce melodía, cual delicioso bocado. La poesía, alimento del alma. Y tú, en medio.

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  2. Que precioso texto !! Maravillosa presentación para tus hermosos versos. Ya fue como si hubiera estado en la presentación. Ojala vendas mucho y tu voz llegue a mucha gente. 🙂 besos desde acá.

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    1. Claro que estuviste por ahí, querida mía, así lo sentí. Los cariños se hacen presentes cuando uno más los necesita y este caso no fuea excepción. Te mando abrazos y besos desde esta lejanía que hacemos cercana

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  3. Descubro hoy tu declaración de principios que leiste cuando presentaste tu libro Rabia de Vida -que, por cierto intentaré conseguirlo, ese y Ser azar. ¡Soberbio! Con tu permiso lo incluyo en “Apuntes de Salitre” en la categoría de “Citas Literarias”, con tu referencia. Gracias por compartirlo. Un abrazo

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