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Palabra del día: Supérstite

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Me la topo por accidente (¿hay algo que no lo sea?). Me atrae su elegancia esdrújula, el cuello largo, las facciones finas. Busco qué significa y me parece más guapa: “supérstite. adj. Que sobrevive” (DRAE). Se usa en derecho para referirse al cónyuge viudo. No me interesa la acepción jurídica, sino la que alude a la supervivencia de amor, porque sí, a veces en el amor también se sobrevive apenas. A penas.

Añado la palabrita al Diccionario Daniosko de la Lengua: “supérstite adj. Que aguanta la respiración bajo el agua y llega a la otra orilla, aunque luego se dé cuenta de que no valía la pena, que era mejor morir a mitad del río caudaloso”.

Da click aquí para ir a la entrada sobre la palabra Azar.

 

 

 

Los orificios de los escritores y otras joyas

 

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Leo en un blog: “Me interesa conocer más sobre los orificios de los escritores, lo que nadie sabe de ellos”. La aseveración me hace imaginar a un respetado autor en postura incómoda, exponiendo sus partes innobles al enguantado autor del blog. Repaso la frase y me doy cuenta de que en realidad dice: “Me interesa conocer sobre los oficios de los escritores, lo que nadie sabe de ellos”. Ambas posibilidades suenan bien, para qué negarlo.

Esta semana, mientras entrevistaba a Martín Caparrós, leo mal una cita de su libro, en voz alta, como parte de una pregunta. En vez de decir “Los obesos son los malnutridos —los más pobres— del mundo más o menos rico” digo “Los obsesos son los malnutridos”. Caparrós se ríe y, cuando me hace notar el equívoco, también yo, pero concluimos que aplican las dos lecturas: los obesos como obsesos, los obsesos siendo obesos.

En una junta de trabajo, luego de que una colega atractiva propone una línea de acción, un ejecutivo tieso y engolado responde “te secundo”. Yo entiendo, por un instante, “te fecundo” y lo visualizo jadeando encima de ella, preocupado porque alguno de sus millones de muchachos por fin logren el milagro de la concepción (“para eso es el sexo, para tener hijitos, ¿qué no?”).

Pienso que lo que llamo comúnmente lapsus es, en realidad, mi mente que me hace el favor de expandir el mundo para mí.

Lo que significa “compañero” según el Diccionario Daniosko de la Lengua

Imagen 1La etimología oficial de compañero significa “el que come del mismo pan”, según el Diccionario Etimológico de la lengua castellana, de Joan Corominas (Gredos). Es el que parte su pan, símbolo de comunión física y espiritual: es el que cree que comerse la hogaza completa no lo hace más feliz ni lo sacia más.

No me disgusta comer sola, es más, a veces busco hacerlo para leer mientras tanto, pero celebro poder acompañarme de mi gente querida: compartir antier la mesa con mi casi-hermana Rocío, ayer con mi hermosa adolescenta, hoy con mi amiga Fabiola y mañana con quien más me quiere es todo un lujo. Es decir que según mi glosario subjetivo, el Diccionario Daniosko de la Lengua, ser compañera significa “tener toda la Fortuna en los tiempos que corren, de soledades impuestas, de divorcio de los hijos, de parejas que no se encuentran las manos, de cojera de amigos”.

Si se callase el ruido

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(da click en el enlace para escuchar la canción)

El cantante y compositor español Ismael Serrano me acompaña a arrancar el fin de semana. Aunque “Si se callase el ruido” originalmente es sobre una problemática social, también aplica a la más universal de todas por ser la más íntimo: el amor.

“No te dejará dormir este estrépito infinito/
que intenta llenar los días de tinieblas y enemigos./
Una estruendosa jauría se empeña en hacer callar/
las preguntas, los matices, el murmullo de ojalás.//

[…]

Si se callase el ruido/
oirías la lluvia caer/
limpiando la ciudad de espectros,/
te oiría hablar en sueños/
y abriría las ventanas.//
Si se callase el ruido/
quizá podríamos hablar/
y soplar sobre las heridas,/
quizás entenderías/
que nos queda la esperanza.// […]”

 

La mancha de púrpura de tu deslumbramiento

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Aquí va uno de mis poemas preferidos de la vida: “La mancha de púrpura”, del mexicano Ramón López Velarde. Lo leí por primera vez hace unos 20 años y me pareció de una sonoridad impresionante, cuajado de luz y tenebroso al mismo tiempo, de hondo perfume. Cada vez que lo releo me sigue deslumbrando, es un auténtico monumento. Así inauguro éste, el primer #MiércolesDePoesía del mes.

“Me impongo la costosa penitencia
de no mirarte en días y días, porque mis ojos,
cuando por fin te miren, se aneguen en tu esencia
como si naufragasen en un golfo de púrpura,
de melodía y de vehemencia.
Pasa el lunes, y el martes, y el miércoles… Yo sufro
tu eclipse, ¡oh creatura solar!; mas en mi duelo
el afán de mirarte, se dilata
como una profecía; se descorre cual velo
paulatino; se acendra como miel; se aquilata
como la entraña de las piedras finas;
y se aguza como el llavín
de la celda de amor de un monasterio en ruinas.

Tú no sabes la dicha refinada
que hay en huirte, que hay en el furtivo gozo
de adorarte furtivamente, de cortejarte
más allá de la sombra, de bajarse el embozo
una vez por semana, y exponer las pupilas,
en un minuto fraudulento,
a la mancha de púrpura de tu deslumbramiento.

En el bosque de amor, soy cazador furtivo;
te acecho entre dormidos y tupidos follajes,
como se acecha una ave fúlgida; y de estos viajes
por la espesura, traigo a mi aislamiento
el más fúlgido de los plumajes:
el plumaje de púrpura de tu deslumbramiento”.

Mi adolescenta y las palabras como anuncio de vuelo

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Mi personaja, mi guerrera favorita, mi preciosa, la misma que vale su peso en oro, escribió esta frase en la pared de su cuarto: “A veces tienes que caerte para aprender a volar”. Me fascina ver que usa palabras como piedras sobre las cuales poner el pie para cruzar el río, como suelo firme para no dejarse llevar por la corriente, no ceder ante la inercia. Me encanta lo que implica, el hecho de que vea sus cicatrices de vida como anuncio de algo mejor.

Decir que la admiro es poco. Es mi heroína absoluta. Y además se me concede el privilegio único de verla levantar vuelo a pesar de lo húmedo de sus alas.

 

 

La palabra se forma en un sitio tibio y rojo

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Día libre a mitad de la semana: abro los ojos tarde, abrazo a quien más me quiere y jugamos entre las sábanas. Es una transgresión multiplicada. Aunque a estas horas ya estaría en la oficina, hoy celebro la mañana con todos los sentidos. Se me forma dentro un río de palabras.

Luego leemos juntos, nos abstraemos en mundos diversos pero tocándonos las rodillas. Yo me hundo en la novela de Cristina Rivera Garza, El mal de la taiga (Tusquets) y encuentro este fragmento, profético: “Recuerdo los labios, el movimiento sutil de sus labios. Recuerdo, sobre todo, la manera en que se cerraban y abrían, en cámara lenta. Como si cada palabra tomara años en hacerse allá adentro, en algún sitio tibio y rojo de sus órganos, para salir, luego, a toda prisa, desasida de sí”.

 

Las tres madres de un cartagenero

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De raza negra y dientes impecables, John nos transporta en su taxi por Cartagena de Indias. Dice haber sido suertudo con pasajeros mexicanos y tener en casa una pared cubierta por más de 40 banderas de países de donde ha tenido clientes. “Claro, ahí está Mexico, no con una sino con varias banderas”. No sé si repita el discurso con cada nacionalidad pero me hace gracia.
Luego la conversación deriva a los insultos locales: “El más fuerte en Barranquilla y Medellín es ‘hijo de la puta de tu madre’. En cambio a los cartageneros se nos resbala porque tenemos tres madres: una de caucho, una de madera y la verdadera. Para llegar a ésa, el insulto tiene que pasar primero por las otras dos”. Admirable, la practicidad costeña.

“Prestar libros es como el amor, hay que perderle el miedo”

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Se llama Martín Murillo. Lo conozco a mitad de Cartagena de Indias, en plena Plaza Bolívar. Mientras a mi novio le bolean los zapatos, yo deambulo y me topo con su Carreta Literaria, isla de libros a medio parque. Fascinada, me acerco a conversar. De barba cana y playera con logotipos de sus sponsors (sic), desde hace siete años se dedica a promover la lectura: hace dramatizaciones en escuelas, invita a gente famosa a leerle a los chicos y en su carreta presta títulos por las plazas y pueblos de Colombia. Se autollama leedor, lleva el entusiasmo en los ojos. “Es mi trabajo pero sobre todo es lo que más me gusta en el mundo. Esto no se sostiene si no es por pasión, la que tengo por los libros”. Entre sus patrocinadores está la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, de García Márquez, un canal de televisión, una editorial. Entre todos lo sostienen y él se dedica a acercar gratuitamente volúmenes a la gente. Así de fácil. O de difícil.

Mi asombro va en aumento. No es un improvisado, tiene bien armado su proyecto. Tuitea sus actividades (@LaCarretaesLeer), tiene un libro publicado. Orgulloso, me regala un volante en el que aparece retratado con Mario Vargas Llosa, Martín Caparrós, Jon Lee Anderson, García Márquez, hasta la reina Sofía. Luego me muestra en su celular fotos de la lectura que hizo ayer, en la escuela de un pueblo cercano, y me invita a acompañarlo el lunes, pero no puedo: ya no estaré en Colombia. Parece un personaje de novela, tan mágico resulta. Cuenta que estudió hasta quinto de primaria y de joven quería ser analista de la NBA, pero luego se dio cuenta que no tenía nada qué aportar. “Yo trabajaba vendiendo aguas en Cartagena y a partir de que la Fundación de Gabo me empezó a prestar libros, me di cuenta que eso sí podía hacer: hablarle a la gente de Por quien doblan las campanas, de La muerte de Artemio Cruz, de El amor en los tiempos del cólera, novelas que cambian la vida. Eso sí estaba en mis manos”, subraya. Pero tengo una duda: qué pasa si la gente no regresa los libros. “Esto es como el amor, hay que perderle el miedo y dejar de pensar qué pasa si…”.

Mi bendita suerte me llevó al que probablemente sea el personaje más fascinante de ésta, la ciudad más bella del mundo.

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Uno de sus “clientes”

Palabra del día: “azar”

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Me gusta su sonoridad y su vivir a caballo entre zar, título del antiguo emperador ruso, y azahar, flor del naranjo, pero lo más fascinante radica en su origen: azar es un arabismo que significa “flores”.

Como tantas voces en español que inician con “a”, ésta también hunde sus raíces en los ocho siglos de contacto entre la lengua mora y el incipiente castellano. Proviene de az zahr = “dado”, que a su vez proviene de zahr = “flor”. Esto puede deberse, explican según K. M. Libura y G. López Garza en Sorpresas en palabras (Tecolote), a que los primeros dados tenían el dibujo de una flor en una de sus caras, la que indicaba mala suerte. Como el dado se relacionaba con lo impredecible y casual, la voz adquirió ese significado.

También vive en portugués (azar, con el significado de “mala suerte”), francés (hasard) e inglés (hazard, con el sentido de “peligro”). Sorprendente, la palabrita.

Haikú de mañana fría

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“La soledad:

le queda al árbol

sólo una hoja”.

-Basho (traducción de José Emilio Pacheco)

Ahí está, en apenas tres versos un instante petrificado para siempre por la pluma de un poeta. Por alguna razón recuerdo el poema en esta mañana que el frío golpea, enojado.

La carne y las pesadillas

Henry Fuseli, Pesadilla (1781)
Henry Fuseli, Pesadilla (1781)

En el soberbio libro de ensayo Los disidentes del universo (Sexto Piso)Luigi Amara habla del pintor suizo Henry Fuseli, quien se indigestaba para crear: “cada noche, después de guardar un riguroso ayuno a lo largo del día, comía carne cruda ‘en aras de la obtención de sueños espléndidos’, lo cual, a juzgar por las obras resultantes, colmadas de apariciones, figuras extrañas y morbosos efectos nocturnos, conseguía no pocas veces, a expensas de la salud de su estómago”. En el caso de este lienzo monumental, impresionante,  el íncubo puede ser símbolo “del peso amorfo que sentía en el intestino”. Cuadro e historia me alucinan.

Estoy negada para los placeres de la carne animal. Desde la infancia, un corte grueso o una chuleta de cerdo me producen arcadas. Cuando los probé, me repelieron y aunque no recuerdo si tuve pesadillas me parecería apenas esperable, dado lo mal que me hicieron sentir. En cuanto a la carne humana, en efecto alguna indigesta, marchita, despierta espectros, deja el cuerpo adolorado y como triste. Otra, en cambio, genera sueños que alimentan por dentro, fantasías de dulzor único, visiones que humedecen los sentidos. Ahí sí, que viva la carne.

Mi mejor aroma de regalo

Ilustración: Serge Bloch
Ilustración: Serge Bloch

Éste ha sido un año muy intenso, si dentro de ‘intenso’ cabe un sinfín de adjetivos que remiten a llevar el alma perennemente a flor de piel. Por un lado fue el más doloroso de los últimos 30 de mi rodar por este mundo, en el que enfrenté mis peores pesadillas, aderezadas con mis mayores angustias. Cuestioné más que nunca mi mantra cotidiano, aquél que dice que “la vida es más inteligente que nosotros”. Por otro, 2013 fue un año de muchísimo amor, de sentirme querida y abrazada por los dos seres centrales de mi vida, mi hija y mi pareja, como las palabras no alcanzarán jamás a agradecer.

En ello, mis amigos entrañables fueron telón de fondo, caminando a mi lado a golpe de ganas, de cariño, guardando silencio o celebrando según hiciera falta. Al cierre de este 2013 habito de nuevo la sonrisa, me siento positiva ante lo que vendrá y aquilato como nunca la certeza de su lealtad en esta aventura que se llama vivir. Es mucho rollo pero resumo: va con estas palabras el aroma de todos mis abrazos y el “gracias” más trémulo.

Me da celos que fumes

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“Tengo celos de ese cigarillo que fumás

Tan distraídamente”.

Ana Cristina César, “Celos”, Guantes de gamuza y otros poemas (Ediciones Bajo la Luna).

Carajo, qué manera de plasmar en dos líneas el profundo erotismo que implica ver fumar a alguien y derretirse de deseo por esos labios.

José Alfredo, al escudo nacional

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Tengo 11 años. Fiesta familiar, mariachi incluido. Mis papás cumplen un cuarto de siglo de casados y querían contratar a Sinatra, pero tuvieron que conformarse. Ahí, por primera vez registro estas palabras iluminadas: “Con dinero y sin dinero, hago siempre lo que quiero y mi palabra es la ley. No tengo trono ni reina ni nadie que me comprenda, pero sigo siendo el rey”. Si bien todos las cantan, desde mi pubertad incomprendida siento que floto al repetirlas. Acabo de descubrir al filósofo bohemio, al maestro, al poeta José Alfredo. Luego aprendo que en realidad ese himno no aplica a ninguna mujer, ni adolescente como yo, sino a hombres, sólo hombres, personajes desaforados del amor y el dolor que viven inmersos en las canciones del ídolo, sangrantes protagonistas del más aparatoso melodrama. Aunque estén vestidos de ejecutivos o sean amantes progres, todos llevan escondido el traje de charro y cada noche lo acarician.

¿Por qué ser uno de ellos convierte a un tipo cualquiera en héroe de película mexicana, muy-a-lo-Pedro-Infante? Primero, por prestigio masculino: como en el cine, también afuera de la pantalla es codiciado el papel del mujeriego que ellos envidian y ellas aguantan, del semental hecho y derecho (sobre todo lo segundo) capaz de hacer que todas se sientan mujeres.

Pero no todo es sexual. En la película particular de cualquier clon de José Alfredo el romanticismo consagra aún más, a pesar del tufo a lugar común. Él es quien, enamorado, se entrega con desesperación, quien hace un altar para la damisela y le ofrenda sus botas, tequila y pistola, es decir, su alma misma. Él entiende que amar es jugarse la vida y que es el colmo del desengaño. Pero igual ama.

Ser dueño de una estrella

El típico guión del melodrama comienza así: un buen día, sin aviso, el hombre descubre a una mujer buena (de bondad) y santa, el astro más inalcanzable del firmamento. “Quién me manda poner los ojos en una estrella que está tan alta”, dice la canción. Así, ya hay por quién sufrir y la película puede arrancar. Para conquistar a la amada, él baja el sol, la luna y las otras estrellas (todo de utilería, claro). Corteja a la muchacha sorteando adversidades y desaires. Menosprecia a hordas de mujeres que lo rondan por sus innegables virtudes. “Sobra quien me quiera [pero] sólo pienso en ti, morena”, apuntaría el poeta Jiménez. Y si por un error del guión ella está con otro hombre, con voz trémula él, clon de José Alfredo, se pasa un trago de tequila (o 10) y piensa lo mismo que cantó el prototipo: “Yo no sé matar, pero voy a aprender”. A pesar de todo, la damisela tarda en hacerle caso. Él no pierde ni un ápice de certeza porque, como está escrito en las canciones de José Alfredo:“No sé ni cómo ni cuándo, pero vendrás a buscarme […] Yo he de ser tu dueño”. Cómo no, carajo.

De pronto, la muñequita sonríe coqueta y suelta prenda. El bohemio enamorado, ya correspondido, resulta superior a todos los demás hombres. En total cursilería y a pesar de su imagen ruda, le dirá a su amada “cositas” color pastel.

Mujeres que pagan mal

Sin embargo, llega el día en que la damisela se transforma en una mala mujer que abandona al amante. Amargura, golpes de pecho y estridencias son parte de la desgarradora escena, y sólo el alcohol puede domar ese suplicio. “Cuando estaba en las cantinas no sentía ningún dolor”, cantaba el maestro José Alfredo, y es que en ese templo, entre botellas, el hombre despechado es un campeón sin corona, pero aún legendario.
La imposibilidad de que una hembra deje al hijo de José Alfredo es natural. Por tanto, el despecho ante el abandono es apenas razonable. Desdeñados su insuperable amor y entrega, lo único que le queda es emborracharse en el lamento, y ocasionalmente, en medio de la zozobra etílica, llevar una y mil serenatas. Si en el intento muere o lo matan, “me harían un favor”, apunta el poeta Jiménez. Tiempo después, mucho quizá, ya cuando su corazón haya sanado a punta de caballos de tequila, se burlará finamente de la ingrata, quien seguro, seguro, se arrepintió y tiene ahora que vivir con el error de haberlo dejado.

Sobra decir que el bagaje emocional del hijo de José Alfredo es binario: ama hasta la exageración o desprecia con idéntico ardor. Ese puñado de sentimientos le basta para transitar por la vida. No es que sea primitivo, no. Es excesivo, como un Dios, pero sin el poder de perdonar.

 

Derechito al escudo nacional

Desde mis 11 años hasta hoy  he avanzado en mi entendimiento del protohombre José Alfredo y sus clones o aprendices, pero hace días tuve una visión y comprendí la pasmosa metafísica del drama.

El propio José Alfredo, símbolo vestido de charro, se me apersonó en una nube de luz. Tambaleante y aún con el hedor que deja el alcohol rancio se me reveló: si cayera en el olvido, junto con él se perderían también los mariachis, el cine mexicano, las damiselas por conquistar, las parrandas, el tequila, hasta Chavela, por supuesto. ¿Dónde quedaría la identidad nacional? ¿Qué cantaríamos los mexicanos en las noches de juerga?

Ante tal amenaza de orfandad, él, abnegado del melodrama, sacrificado del cliché, sigue cumpliendo su papel por puro celo nacionalista. Por eso a 40 años de su muerte tiene un altar en cada cantina y en el corazón de todo mexicano. Por eso, José Alfredo debería irse derechito al escudo nacional. Al fin y al cabo, sigue siendo el rey.

(“Reivindicación de José Alfredo”, texto publicado en SoHo México, noviembre 2013)

Por qué necesito voltear para arriba

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Me declaro apasionada de las nubes. Efímeras y veleidosas, siempre divinamente estéticas, innecesarias pero sin las cuales el mundo no se concibe, son precisa metáfora del arte. Como dice Szymborska, no necesitan que las veamos pero sin ellas los ojos nunca se llenan.
“Con la descripción de las nubes/
debería darme mucha prisa,/
después de una milésima de segundo/
dejan de ser ésas y empiezan a ser otras.//
Es propio de ellas/
no repetirse nunca/
en formas, matices, posturas y orden.//
Sin la carga de ningún recuerdo/
se elevan sin problemas sobre los hechos.// […]
No tienen la obligación de morir con nosotros./
No necesitan ser vistas, para poder pasar”.
Wisława Szymborska, “Nubes”, El gran número. Fin y principio y otros poemas (Hiperión)

Las 10 cosas que amo de Nueva York

20131030-140948.jpgMe dio por preguntarme por qué me encanta esta ciudad enloquecida, olorosa y llena de piojos (eso dicen, pero no he tenido el gusto). Aunque he venido incontables veces, siempre me voy fascinada. Esto es lo que me contesté:
1. Cuando estoy aquí, en general significa que tengo vacaciones.
2. Tiene lo mejor de lo mejor en temas que me interesan: librerías, museos, teatros, periodismo.
3. Sus tiendas apapachan mi lado frívolo.
4. Inexplicablemente me remite a la canción de Frank Sinatra (yo, siempre tan original).
5. Aquí suceden algunos de mis poemas y novelas favoritas.
6. Puedo engordar con la cocina de (casi) cualquier parte del mundo.
7. Encuentro personajes de los que quiero escribir, como el de la foto.
8. Me encanta la lección de humildad que dan sus rascacielos.
9. Sus calles vibran con gente de todo el mundo=la ciudad tiene incontables rostros.
10. Volver al número 1.

La pierna de una mujer cansada

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Hace días, con amigos de los que cada segundo aprendo algo, uno de ellos dijo que el peruano José Watanabe ha sido de los máximos poetas en lengua española. Coincido. El comentario me hizo regresar a esos majestuosos versos, como esta delicia que traigo rondando en la cabeza desde ayer:

“Qué rico es ir/
de los pensamientos puros a un película pornográfica/
y reír/
del santo que vuela y de la carne que suda.//

Qué rico es estar contigo, poesía/
de la luz/
en la pierna de una mujer cansada”.

-José Watanabe, “He dicho”

La lengua, ese ser querido

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“Las lenguas, como la vocación, como la amistad, como el amor, esas grandes experiencias humanas, necesitan ser cuidadas y respetadas para durar, crecer y mejorar. Necesitamos defender y cuidar nuestra lengua, no cerrándola desde luego a las influencias extranjeras […] pero sí manteniendo su cohesión y al mismo tiempo dinamizando su modernidad”, dijo Mario Vargas Llosa en el Congreso de la Lengua Española, en Panamá.

Coincido. Lo que vale la pena no crece silvestre, así nomás. Es el caso del español, hablado hoy por unos 500 millones de personas: como a un ser querido hay que alimentarlo, procurar su salud, cuidarlo de enfermedades, buscar que crezca sano. Por eso celebro que encuentros como éste persigan el bienestar de la lengua, ésa que nos da identidad porque “somos lo que hablamos y escribimos”, recuerda Álex Grijelmo. Y aplaudo que cada vez haya mayor claridad sobre el hecho de que todas las variantes de español son válidas, tanto la hablada en Argentina, Puerto Rico, Cuba, Colombia, Guatemala, España o México. Por Fortuna cae cada vez más en desuso el concepto trasnochado de que el español de España es el correcto y los demás son más o menos aceptables en tanto se acercan a él. Salú por el español, patria querida de muchos y mía.

Tu piel que trae el amanecer

Foto: David Vance
Foto: David Vance

Hay tantas cosas que ignoro, tantas otras que sé a medias, miles más que moriré sin vislumbrar. Con ésta que conozco me basta por hoy.

“Nada sé de tu piel./

Sólo que está en la noche, transcurriendo.//

Para viajar por ella quiero las palabras/

lentas de la lengua, las enardecidas, las tiernas.//

Nada sé de tu piel./

Sólo que está en la noche, amaneciendo.

-Francisco Hernández, Poesía reunida (UNAM)

Cartas a una sombra

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Termino de leer El olvido que seremos (Planeta), libro hecho de entrañas, de emociones vestidas con palabras, de recuerdos pasados por el tamiz de un corazón trémulo. Héctor Abad Faciolince, notable escritor colombiano, desgrana en él la figura de su padre, activista de derechos humanos asesinado en Medellín en 1987 y figura cardinal en la lucha por la justicia en ese país querido.

Después de convivir con el autor en estas páginas lo siento doblemente cercano. Por un lado, conecto con el “amor animal” que describe por su papá. He hablado aquí de la devoción que tuve/tengo por el mío, la fuerza de su influencia en mis primeras lecturas y letras, lo central que me fue su amor cuando vivía y aún después de su muerte, hace casi 30 años. Pero el libro de Abad Faciolince me cimbra de manera adicional porque mi propio padre también desapareció de manera violenta y por manos ajenas, de hijueputas, como dice Abad en impecable español. Por eso suscribo estas palabras con emoción doble: “Cuando me doy cuenta de lo limitado que es mi talento para escribir (casi nunca consigo que las palabras suenen tan nítidas como están las ideas en el pensamiento […]) recuerdo la confianza que mi papá tenía en mí. Entonces levanto los hombros y sigo adelante. […] mi papá hubiera gozado más que nadie al leer todas estas páginas mías que ya no alcanzó a leer. Que no leerá nunca. Es una de las paradojas más tristes de mi vida: casi todo lo que he escrito lo he escrito para alguien que no puede leerme, y este mismo libro no es otra cosa que la carta a una sombra”.

Yo también escribo para una sombra. Muy amada.

La palabra más mexicana

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No es mi opinión, sino nadamenos que la de José Emilio Pacheco. No quiere decir que, por ser el genio que es, tenga que coincidir con él en que ésta es la palabra más mexicana del vocabulario, pero sí que merece el beneficio de la duda. De origen había yo pensado que lo más mexicano serían las muchas acepciones que le damos a ‘madre’, desde la más elogiosa ‘está a toda madre’ hasta la más peyorativa: ‘es una vil madre’, pero la visión de Pacheco casi me convence. Además, me encanta su curiosidad desbordada y sin neurosis, su no-limitarse a los temas de la alta cultura.

Aquí va la nota completa que publicó El País (abajo viene el link). No me atreví a editarla porque es redondita:

“México: PINCHE
Por José Emilio Pacheco
En México, “pinche” canceló su acepción normal para adquirir, no se sabe cuándo, las características de un epíteto derogatorio que sorprende por su omnipresencia y durabilidad.

El más amplio catálogo de acepciones lo consigna el excelente Diccionario del español usual en México de Luis Fernando Lara en su segunda edición de 2009. Lara advierte que se trata de una grosería: “Pinche” 1. Que es despreciable o muy mezquino. 2. Que es de baja calidad, de bajo costo o muy pobre.

“Pinche” puede ser un empleado, el hábito de fumar, la suerte, un policía, una camisa, un perro, una casa, una persona, el mundo entero, una comida, un regalo, un sueldo o bien lo que a usted se le ocurra. Se trata, pues, de un epíteto que degrada todo lo que toca. Normaliza y vuelve aceptable una furia sin límites contra algo que nos ofende y humilla pero no podemos cambiar.

Admite grados y amplificaciones: “Esa novela me pareció un poco pinche”. “El racismo es una actitud pinchísima”. A veces puede ser un sustantivo inapelable: “No te lleves con él: es un tipo de lo más pinche.” Puede adquirir el rango de injuria máxima: “No me vuelvas a hablar, hijo de tu pinche madre.”

No sé cuándo empezó a emplearse y nunca he leído nada sobre su origen. Ya que “pinche” en español común es “el ayudante de cocina”, sin ninguna pretensión ni autoridad, se me ocurre que el término se originó en tiempos de la hacienda y el latifundio.  Nació entre los peones obligados a trabajar la tierra para beneficio de los amos y que veían con explicable  resentimiento a quienes laboraban en ocupaciones serviles dentro de la casa grande.

Si el uso está restringido a México, resulta algo anecdótico e insignificante frente al hecho de que, a diferencia de tantos otros idiomas, quinientos millones de personas podamos entendernos en nuestra lengua materna. Es una “pinche” desgracia que muy pocas veces tengamos conciencia de este prodigio”.

http://blogs.elpais.com/papeles-perdidos/2013/10/las-palabras-mas-autoctonas-de-mexico-panama-y-uruguay.html

No soy mujer, soy escritora

Screen shot 2013-10-18 at 11.26.22 AMA nivel personal soy mamá, pareja, hija, amiga, hermana. En otro orden de ideas, digamos que hacia afuera, soy editora, profesionista, autora de un par de libros, bloguera, licenciada y maestra en Letras, mexicana convencida. Pero esta definición me gusta para plagiarla: “Lo he dicho a manera de juego pero también como signo de identidad: yo no soy mujer, soy escritora”. La dijo ayer Ana Clavel al recibir en México el Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska. Pordios, qué cosa tan bonita. Me quedo rumiando la fuerza de esa autodefinición, que hago mía: subraya una manera de ver el mundo a través de palabras.

PD A Clavel la encuentro con frecuencia en diarios y hace poco leí Las violetas son las flores del deseo, que me impresionó. Aquí algo que en su momento escribí sobre su pluma: http://wp.me/p1POGd-1E4 y http://wp.me/p1POGd-1OQ De por sí tenía pendiente Las ninfas a veces sonríen (Alfaguara), su novela galardonada. Después de plagiarle su frase para este post tengo aún más motivos para leerla.

“Amorar” según el Diccionario Daniosko de la Lengua

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Varios famosos figuran en los diccionarios por adjetivos ligados a su nombre:

  • Dante Alighieri: dantesco
  • Nicolás Maquiavelo: maquiavélico
  • Jorge Luis Borges: borgeano
  • Karl Marx: marxista
  • Hugo Chávez: chavista

No es mi culpa, válgameDios, que de este avatar deriven no sólo expresiones de uso común, como “adjetivo daniosko” y “opinión danioskista”, sino también el muy aclamado Diccionario Daniosko de la Lengua (DDL). Y justo hoy, cuando me percato de que al Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) le falta una definición, acudo al DDL. Como era de esperarse, ahí la encuentro:

Amorar 1. tr. Sentir amor por la pareja de Danioska. 2. tr. Aficionarse de manera especial a la pareja de Danioska. 3. tr. Sentir acusada apetencia sexual por la pareja de Danioska”.

Este volumen es obra de la Providencia, no cabe duda.

“No es lo mismo redactar que escribir”

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“La redacción no tiende a intensificar la vida; la escritura tiene como finalidad esa tarea. La redacción difícilmente permitirá que la palabra posea más de un sentido; para la escritura, la palabra es por naturaleza polisemántica: dice y calla a la vez; revela y oculta. La redacción es confiable y predecible; la escritura nunca lo es, se goza en el delirio, en la oscuridad, en el misterio y el desorden, por más transparente que parezca”. -Sergio Pitol, Una biografía soterrada (Almadía)

Pitol, otra vez Pitol (esta vez en un rico librito de Almadía), iluminando lo cotidiano. Todo el mundo puede redactar con el objetivo primero y único de darse a entender. Se redacta una carta, un reporte escolar, un informe, un discurso político. Pero cuando se trata de asomarse a las entrañas de la experiencia humana y mostrar su complejidad y sus múltiples claroscuros, entonces en realidad se está escribiendo. O intentando hacerlo.

PD No se me ocurre cómo expresar ese matiz en inglés. Any ideas?