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Por qué escribir es tan difícil

“Podríamos decir que la poesía no hace lo que Stevenson pensaba: la poesía no pretende cambiar por magia un puñado de monedas lógicas. Más bien devuelve el lenguaje a su fuente originaria”. Lo dice, nada menos, Borges en la conferencia “Pensamiento y poesía”, incluida en el libro Arte poética, publicado por Editorial Crítica y que llega a mis manos gracias a quien amo.

El escritor (de poesía, pero no sólo) busca regresar al manantial original, a la sonoridad primigenia. No es poca cosa: en forma y fondo llegar a ese punto donde cada uno reconoce algo de sí que no sabía que sabía.

Por eso poquísimas veces lo consigue.

De pronto, escribir se parece tanto a la vida

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Dice el psicoanalista francés Boris Cyrulnik que la resiliencia radica en ser capaz de mirar hacia atrás en la propia vida y encontrar que cada situación, persona, alegría, dolor y circunstancia tiene un sentido, forma parte de un relato personal. El reto, claro, es encontrar ese sentido.

También aquí se trata de poner sobre la mesa las palabras disponibles y armar con ellas una narrativa. En eso estoy, literal y metafóricamente. Y siento que no tengo mucho tiempo.

 

Por qué la jodida necesidad de escribir

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Me encuentro esta cita de Paz que anoté en un cuaderno viejo y me gusta toda, pero en especial esta línea: escribo para detener el instante y para echarlo a volar. Por eso no dejo de escribir, por la jodida y voraz y bendita necesidad de exprimir al máximo cada segundo:

“He escrito y escribo movido por impulsos contrarios: para penetrar en mí y para huir de mí, por amor a la vida y para vengarme de ella, por ansia de comunión y para ganarme unos centavos, para preservar el gesto de una persona amada y para conversar con un desconocido, por deseo de perfección y para desahogarme, para detener al instante y para echarlo a volar. En suma, para vivir y para sobrevivir”. -Octavio Paz, prólogo a La casa de la presencia

 

John Fante and me

He, himself.
He, himself.

“Me senté ante la máquina y escribí sobre ello, lo escupí tal y como habría tenido que suceder, lo vomité con tanta violencia que la máquina portátil retrocedía, resbalaba en la superficie de la mesa y se alejaba de mí […] Genial. Fantástico. Pero al leerlo de corrido se me antojó insulso y chapucero. Rompí los folios y lo tiré.” –John Fante, Pregúntale al polvo, Anagrama

Pues sí, pasa. Es más, me pasó ayer.

Me vacié sin pudor, dejé las tripas en el teclado para crear un poema defendible, pero luego tiré lo escrito como se desecha una venda vieja. Y expuse de nuevo la herida.

Me esforcé tratando de decir lo que quería, como quería. El resultado fueron líneas abigarradas, de las que me avergoncé como la madre de un hijo idiota.

Me pasó que, al menos en eso, me sentí cercana a John Fante. O, mejor, al personaje de John Fante.

A ver qué pasa hoy.

PD Mañana es #SábadoDeMúsica y la pregunta para armar la Playlist colectiva es: ¿con qué canción celebras el fallo de la Suprema Corte sobre la mariguana? Pon tu sugerencia en los comentarios y la añado. Aunque esta vez el tema es muy mexicano, si vives en otro país y quieres participar diría que propongas una canción con la que festejarías la despenalización del cannabis en tu país.

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Sólo puedo pensar en palabras

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“Escribo porque no sé lo que pienso sino hasta que lo veo escrito”. –

En algún rincón de Internet me encuentro esta cita de la autora estadounidense Flannery O’Connor y me doy cuenta de que lo sabía sin saberlo: una de las principales razones por las que escribo es porque me ayuda a pensar, a aterrizar emociones e ideas en palabras y, así, darles un sentido. En infinidad de ocasiones necesito escribir lo que me vibra por dentro para realmente hacerlo mío, porque no puedo pensar y sentir sino en palabras. Como dice Rosa Montero: “No puedes entender lo que no tienes palabras para expresar”. Tal cual.

Otra poeta suicida

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De apenas 26 años, frágil y rubia, en 1939 la poeta italiana Antonia Pozzi se quitó la vida. Nacida en Milán en 1912 y agobiada tanto por la sombra de la guerra como por la prohibición paterna de ver al hombre que amaba, se suicidó en el campo. Dejó un puñado de versos íntimos, que parecen tener alas.

Entre ellos escojo estos para el primer #MiércolesDePoesía oficial del año. El poema se titula “Pudor” y describe con delicadeza la emoción que siente quien escribe, cuando lo escrito gusta a alguien.

“Si alguna de mis palabras

te deleita

y tú me lo dices

aunque sea sólo con tus ojos

yo me abro

en una sonrisa santa

mas tiemblo

como una madre pequeña, joven

que empieza a sonrojarse

si un pasante le dice

que su hijo es bello”.

-Antonia Pozzi, “Pudor”

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Ubicarme entre Gelman y Picasso

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“Nadie puede sentarse a escribir poesía como un acto de voluntad. Yo escribo cuando la obsesión golpea a la puerta”, dijo Juan Gelman. Lo leo en la introducción a un libro suyo, de vuelta en casa, metida en la cama y tomando un té de frutas, abrazada al recuerdo de los recientes días de vacaciones con quien más me quiere.

Creo lo que dice Gelman, pero sólo quien tiene su pedazo de genio puede dar tanto espacio a la creatividad. En contraste, recuerdo aquello de Picasso: “Cuando llegue la inspiración, quiero que me encuentre trabajando”. Como intento de poeta, me gusta ubicarme entre ambas posturas: luchar todos los días para dar forma a mis obsesiones, no dejar de escribir, pero hacerlo con la conciencia de que no todo servirá. Sólo unas pocas líneas van a ser tocadas por el duende mientras el resto, la mayor parte, irá a dar a la basura. Como no sé cuándo vendrá de visita, más me vale no soltar la pluma. Le doy otro sorbo al té y saco el cuaderno con borrones de poemas.