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De camino a entrevistar a Caparrós

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En dos horas voy a estar sentada frente a Martín Caparrós, autor argentino que desde hace tiempo me ha seducido con el ángulo humano y honesto de sus crónicas. Platicaré con él sobre El hambre, su libro más reciente, un demoledor volumen que permite asomarse a las historias y complejidades de ese fenómeno mundial que provoca que cada cinco segundos muera en el planeta un chico… con un hueco literal en el estómago.

Mientras desayuno me resuenan en la cabeza estas palabras de un niño indio, cuando el autor le preguntó qué es lo que más le gusta comer: “A mí no me gusta comer esto o lo otro; a mí lo que me gusta es comer. Yo soy pobre, no puedo pensar en comer algo en particular. Yo como lo que puedo. Lo que me gusta es poder comer, que mi familia pueda”. No hay manera de que la fruta me sepa bien. Le preguntaré a Caparrós si es normal.

 

“Iba a ser mi hija por mucho tiempo”

Foto: www.bloomberg.com
Foto: http://www.bloomberg.com

Con la lucidez que da el dolor, una madre india narra así la muerte de Jaya, su pequeña que no cumplía dos años: “Era mi hija, iba a ser mi hija por mucho tiempo y de pronto no estaba más”. Lo cuenta Martín Caparrós en ese terrible dolor que es su libro El hambre (Planeta), terrible pero necesario para asomarnos a la punzante realidad diaria de 800 millones de niños y adultos: irse a dormir sin apenas haber probado alimento en el día. Ni el día anterior. Ni el anterior. Y así por toda la vida.

La mujer, de nombre Sadadi, habla con el escritor en la clínica móvil de un pueblo remoto de India, adonde ahora trajo a su otra hija, Amida, muy flaca y que empezó “a lloriquear como sin ganas”. Dice que a Jaya le pasó lo mismo, “que un día empezó a adelgazar, pero que ella no se preocupó. Que habían pasado unos días difíciles, en que casi no conseguían comida, y todos en la familia estaban igual, pensó Sadadi. Solo que Jaya lloriqueaba bajito, se movía cada vez menos, se apagaba; aquella noche, Sadadi se pasó horas acunándola, humedeciéndole los labios, calmándola. La nena se murió cuando empezaba a amanecer”.

Cuando uno tiene hijos, se imagina que van a ser suyos por mucho tiempo, por siempre. Nunca le pasa por la cabeza que un día ya no estén. Y menos por no tener algo para darles de comer. Pregunta Caparrós y me pregunto: “¿Cómo carajo conseguimos vivir sabiendo que pasan estas cosas?”