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Lo bueno y lo malo del Nobel a Ishiguro (muy sesudas reflexiones)

Qué bueno que la Academia se abre a la literatura no canónica, mainstream. El mundo se va a acabar por otras causas, despreocupémonos.

Qué mal que no se lo dieron a Nicanor Parra: el antipoeta chileno acaba de cumplir 103 años. Ya sabía que no lo tomarían en cuenta, porque de algún modo el de 2016 a Dylan se otorgó al esquivo género poéticomusical y no les gusta repetirse (dicen). Ya sabía que tampoco pensarían en Anne Carson, por lo mismo. Si, como dijo Borges, el Nobel se otorga por rotación geográfica y este año (también) iban a dárselo a alguien que escribe en inglés, ¿por qué no a Julian Barnes, Philip Roth o Margaret Atwood? Tienen todas las credenciales, son narradores de obra rigurosa, me caen bien. La Academia debía de preguntarme antes, carajo.

A diferencia de Alexiévich, Mo Yan y Le Clezio, qué bueno que ahora sí puedo decir que he leído al Nobel, aunque sea hace muchos años: Pálida luz en las colinas (Anagrama).

Qué mal que no me gustó y la regalé.

Qué bueno que tengo unas horas para pensar si le doy otro chance a Ishiguro, por convivir.

 

La soledad acompañada de quien lee

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“Por supuesto, todo esto es un poco complicado. Cuando uno escribe, está acostumbrado a una especie de soledad”, señaló el flamante (y célebre ermitaño) Patrick Modiano, ganador del Nobel de Literatura 2014, sobre el premio que jura no haber esperado nunca. Esto me recuerda lo que me dijo el novelista y cuentista Rodrigo Fresán, a quien entrevisté en la reciente FIL: “Creo que uno se hace escritor porque le gusta estar solo. Es una de las pocas formas legítimas de defender la soledad. Aunque hasta el siglo XIX era algo muy noble, si hoy dices: ‘Quiero estar solo’, la gente se preocupa, pero si dices ‘Quiero estar solo porque tengo que escribir’, todavía te lo dejan pasar”.

Como alguien a quien le gusta escribir, con frecuencia busco el espacio aislado que mencionan Modiano y Fresán. Y algo similar aplica a la lectura, mi vicio: para leer necesito retirarme del ruido de la tribu y defender mi reducto en la cueva de paredes silenciosas. Ahí puedo “escuchar con mis ojos” (decía Quevedo) a otros, vivos o muertos, cuyos ecos dan forma a mis voces interiores, vuelven reales las muchas vidas que podría tener. En la soledad acompañada de los libros nacen las palabras que iluminan y dan sentido a lo que pasa afuera de la cueva. Quizá por eso resulta tan adictiva.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios, en el sitio web de la revista SoHo).

La herida de conocer a alguien (según Modiano)

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“¿Podemos estar realmente seguros de que las palabras que dos personas han cruzado durante su primer encuentro se hayan desvanecido en la nada como si nunca las hubiera pronunciado nadie? ¿Y ese susurro de voces, esas conversaciones telefónicas desde hace alrededor de cien años? […] Bosmans había leído en alguna parte que un primer encuentro entre dos personas es como una herida leve que ambos notan y que los despierta de su soledad y su embotamiento”, dice El horizonte (Anagrama), primera novela que leo del flamante Nobel de Literatura, el francés Patrick Modiano. Voy a la mitad y me está gustando. Su prosa es sutil, sin aspavientos pero fuertemente emocional. Aunque parece que en la novela pasa poco, los protagonistas viven un abanico de emociones marcado por la sombra de una amenaza que uno de ellos trata de reconstruir, 40 años después.

Me parece hermoso el concepto que cito: cuando dos se conocen, sin darse cuenta se hacen un rasguño que a veces cierra de forma imperceptible y otras, deja una cicatriz por el resto de la vida. Sí, tal cual. Me va gustando, Modiano.

 

El maldito genio de Umberto Eco, al Nobel

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La próxima semana se anuncia al ganador del Nobel de Literatura. La empresa británica Ladbrokes congrega cada año las apuestas de los que la hacen de adivinos en esto y entre los máximos favoritos para llevárselo este año figuran el japonés Haruki Murakami y el nigeriano Ngugi Wa Thiong’O. Otros con posibilidades son la narradora bielorrusa Svetlana Aleksijevitj, el poeta sirio Adonis, el albanés Ismail Kadare, más los estadounidenses Philip Roth, Bob Dylan y ohsorpresa el hispano Javier Marías. Por ahí aparece también Umberto Eco, que en estos días acaba de recibir el Premio Gutenberg porque con sus novelas “introdujo a millones de lectores internacionales en la cultura del libro”. A sus 82 años, los 13 mil dólares seguro que no le vienen mal, aunque le vendría mejor el millón de dólares del Nobel.

No creo Eco que se lo lleve pero votaría porque sí, considerando su obra completísima y con muchos acentos y ángulos. Me parece genial El nombre de la rosa y me impresiona su trabajo como semiólogo: en su momento devoré Lector in fabula, La estructura ausente Apocalípticos e integrados. Además, La búsqueda de la lengua perfecta, Historia de la belleza e Historia de la fealdad son libros a los que vuelvo con frecuencia, y es una delicia el nuevo Historia de las tierras y los lugares legendarios. Y encima me gusta su humor un poco amargo, cero intelectual, según cuenta en Así hablan los que escriben (Atlántida) el periodista argentino Alfredo Serra, quien lo entrevistó hace años y se topó con pared. Ante la pregunta de qué quiso decir con El nombre de la rosa, especie de novela policiaca y crónica medieval, Eco respondió: “Nada. La escribí porque ese día tenía ganas de matar a un cura”. Luego dijo: “Detesto que me pregunten ‘¿Con qué personaje de sus novelas se identifica más?’. Es una pregunta banal. Tanto, que respondo: Con los adverbios”.

Al cuestionarle sobre su libro favorito salió con que: “El que tiene un solo libro toda su vida es un idiota. Yo tengo por lo menos cien” y cuando el periodista le preguntó: “¿Está escribiendo una nueva novela? ¿De qué trata?” vino la respuesta como un látigo: “Mire: si estuviera escribiendo una novela, el tema no lo conocería ni mi propia mujer. Y eso que duerme conmigo. Menos pienso decírselo a usted, que no tiene relaciones sexuales conmigo”. Para terminar, esta joya de respuesta sobre la trilladísima cuestión de si desaparecerán los libros de papel: “El libro no morirá por la misma razón que perduran la silla y el tenedor: porque son irremplazables”.

Por eso me gustaría que ganara, porque es brillante, plural y hondo. Un maldito genio en todas sus acepciones.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios, dentro del sitio web de la revista SoHo)