#MiércolesDePoesía El novicio dado a la lujuria

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Estaba desesperado por el insomnio que había padecido siempre, pero que en los últimos nueve años se había vuelto más agresivo. Tenía dos libros de poemas publicados y 40 años bajo el brazo. Vivía en Ginebra, donde trabajaba como Cónsul venezolano. Una noche tomó una sobredosis de pastillas para dormir y ya no despertó más. Se llamaba José Antonio Ramos Sucre.

Ayer se cumplieron 125 años de su nacimiento. Poeta venezolano, renovó la literatura de principios del siglo XX, al alejarse de la poesía rimada y métrica. A cambio, propuso una prosa poética cuajada de imágenes, dotada de un universo verbal riquísimo. En la década de los 90, cuando estudiaba Letras en la UNAM, lo descubrí en un Material de Lectura. Me deslumbró. Hoy es mi invitado al #MiércolesDePoesía, con un fragmento de su texto “La tribulación del novicio”, donde juega con la carnalidad que despierta en un joven religioso la penumbra de un templo, “favorable al amor como un escondite”. Por su culpa nunca pude ver igual las iglesias.

“Bebedizos malignos, filtros mágicos, ardientes misturas de cantárida no hubieran enardecido mi sangre ni espoleado mi natural lujuria de igual modo que esta mi castidad incompatible con mi juventud. Vivo sintiendo el contacto de carnes redondas y desnudas; manos ligeras y sedosas se posan sobre mis cabellos, y brazos lánguidos y voluptuosos descansan sobre mis hombros. A cada paso siento sobre mi frente los pequeños estallidos de los besos. Una mujer con palabras acariciantes se inclina hasta tocar con la suya mi mejilla. […] Barbas selváticas, cuernos torcidos, cascos, todos los arreos del sátiro podría ser míos. […] No se calma este ardor con claustro inaccesible ni con desierto desolado. Con esa abstinencia, la locura me haría compañero de santos desequilibrados y extáticos. Ni la penumbra de los templos abrigados me auxilia, porque es tibia como un regazo y favorable al amor como un escondite. La oración tampoco es defensa porque su lenguaje es el mismo que para cautivarse emplean los hijos y las hijas de los hombres. Ni es para alejar del siglo la belleza que resplandece en las efigies: algunas me recuerdan las mujeres que hubiera podido amar, tienen los mismos ojos hermosos y tranquilos, la misma cabellera destrenzada sobre las espaldas y los hombros, y sobre los mismos pies menudos y curiosos debajo del vestido descansa la estatua soberbia del cuerpo […]”.

 

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