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#MiércolesDePoesía De cuando fuegos te pintan las venas (o la escritora suicida)

Tenía 23 años. Se suicidó.

Escribía bien y podía escribir mejor, con la maduración de unos pocos años.

Aquí va un poema de la peruana María Emilia Cornejo (1949-1972), la que decidió incendiarse en los fuegos que traía en las venas, los mismos de estas líneas.

Sea el #MiércolesDePoesía.

“entro lentamente por tus venas
hasta inundar
todos los rincones de tu cuerpo
rescato tu nombre milenario
en cada arteria
te pierdo y me encuentro
en la profundidad de tu mirada
sin compañía alguna
invado tus pulmones
y vivo
y me recreo
con el aire que respiras
avanzo por debajo de tu piel
y organizo con exactitud
el metabolismo de tus penas
y tu cuerpo se convierte
en la zona sagrada de mi vida.
sin embargo,
hoy es mañana
y mañana será nunca”.

#MiércolesDePoesía El novicio dado a la lujuria

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Estaba desesperado por el insomnio que había padecido siempre, pero que en los últimos nueve años se había vuelto más agresivo. Tenía dos libros de poemas publicados y 40 años bajo el brazo. Vivía en Ginebra, donde trabajaba como Cónsul venezolano. Una noche tomó una sobredosis de pastillas para dormir y ya no despertó más. Se llamaba José Antonio Ramos Sucre.

Ayer se cumplieron 125 años de su nacimiento. Poeta venezolano, renovó la literatura de principios del siglo XX, al alejarse de la poesía rimada y métrica. A cambio, propuso una prosa poética cuajada de imágenes, dotada de un universo verbal riquísimo. En la década de los 90, cuando estudiaba Letras en la UNAM, lo descubrí en un Material de Lectura. Me deslumbró. Hoy es mi invitado al #MiércolesDePoesía, con un fragmento de su texto “La tribulación del novicio”, donde juega con la carnalidad que despierta en un joven religioso la penumbra de un templo, “favorable al amor como un escondite”. Por su culpa nunca pude ver igual las iglesias.

“Bebedizos malignos, filtros mágicos, ardientes misturas de cantárida no hubieran enardecido mi sangre ni espoleado mi natural lujuria de igual modo que esta mi castidad incompatible con mi juventud. Vivo sintiendo el contacto de carnes redondas y desnudas; manos ligeras y sedosas se posan sobre mis cabellos, y brazos lánguidos y voluptuosos descansan sobre mis hombros. A cada paso siento sobre mi frente los pequeños estallidos de los besos. Una mujer con palabras acariciantes se inclina hasta tocar con la suya mi mejilla. […] Barbas selváticas, cuernos torcidos, cascos, todos los arreos del sátiro podría ser míos. […] No se calma este ardor con claustro inaccesible ni con desierto desolado. Con esa abstinencia, la locura me haría compañero de santos desequilibrados y extáticos. Ni la penumbra de los templos abrigados me auxilia, porque es tibia como un regazo y favorable al amor como un escondite. La oración tampoco es defensa porque su lenguaje es el mismo que para cautivarse emplean los hijos y las hijas de los hombres. Ni es para alejar del siglo la belleza que resplandece en las efigies: algunas me recuerdan las mujeres que hubiera podido amar, tienen los mismos ojos hermosos y tranquilos, la misma cabellera destrenzada sobre las espaldas y los hombros, y sobre los mismos pies menudos y curiosos debajo del vestido descansa la estatua soberbia del cuerpo […]”.