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#MiércolesDePoesía Feroz declaración de amor por las palabras

El poeta galés Dylan Thomas
El poeta galés Dylan Thomas

Enamorarse de las palabras, hechas aparentemente de blanco y negro pero capaces de contener todas las cosas que hacen peligrosa y grande y soportable la vida. Esa fue la clave de vida de este poeta mayor.

En el verano de 1951, un estudiante se acercó al poeta Dylan Thomas (1914-1953) y le hizo cinco preguntas sobre el oficio de los versos. El maestro y escritor tomó en serio la petición y escribió lo que hoy se conoce como “Notas sobre el arte de la poesía”. Robo un pequeño fragmento para este #MiércolesDePoesía, primero en el original en inglés (si tienes oportunidad, regálate esa lectura) y, abajo, con una decorosa traducción al español. Por esta declaración se sabe que las palabras se enamoraron perdidamente de Thomas.

“I should say I wanted to write poetry in the beginning because I had fallen in love with words. The first poems I knew were nursery rhymes, and before I could read them for myself I had come to love just the words of them, the words alone. What the words stood for, symbolised, or meant, was of very secondary importance; what mattered was the sound of them […] I fell in love —that is the only expression I can think of— at once, and am still at the mercy of words […] And, when I began to read the nursery rhymes for myself, and, later, to read other verses and ballads, I knew that I had discovered the most important things, to me, that could be ever. There they were, seemingly lifeless, made only of black and white, but out of them, out of their own being, came love and terror and pity and pain and wonder and all the other vague abstractions that make our ephemeral lives dangerous, great, and bearable […] I knew that I must live with them and in them, always […]”.

Da click aquí para leer el texto completo en inglés

“En un principio quise escribir poesía porque me había enamorado de las palabras. La poesía para niños fue la primera que conocí y aún antes de ser capaz de leer solo una línea me enamoré de las palabras, de las palabras en sí mismas. Lo que representan, su simbología o significado real, era secundario para mí. Lo que contaba era la música […] Me enamoré a primera vista. Y estoy todavía a merced de las palabras […] Cuando comencé a leer poesía infantil yo solo y, más adelante, todo tipo de versos, comprendí que había descubierto la cosa más importante del mundo para mí. Estaban ahí, aparentemente muertas, hechas sólo de negro y blanco; pero fuera de eso, fuera de su ser, mutaban en amores y temores y piedad y dolor y maravilla y todas las otras sensaciones que hacen peligrosa, grande y soportable nuestra efímera vida. […] comprendí que debía vivir con ellas y en ellas para siempre […]”.

Da click aquí para leer el texto completo en español, traducido por Pedro J. Albertelli, publicado en la Revista Sur 283

 

#LunesDeMonos Cómo reírse de escritores y lectores durante 200 días

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En este #LunesDeMonos no propongo un cartón, sino una espléndida colección de cartones.

Desde su creación, en 1925, la revista The New Yorker estableció una indiscutible tradición de publicar buen humor gráfico (bueno en el sentido de “eficaz, que hace reír”, no en la bostezante acepción moralina). En especial me alegra que uno de sus temas recurrentes sean los libros, los escribidores y también sus cómplices perfectos: los leedores. Y esto no sorprende, dada la vocación literaria de la publicación por cuyas páginas han desfilado autores de primer nivel (Ernest Hemingway, John Updike y Julian Barnes, entre ellos) y han aparecido textos que se han convertido en referente de las letras contemporáneas.

Pues la excelente noticia es que ahora llega a mis manos una compilación de casi 200 cartones librescos titulada Los libros en The New Yorker. Están divididos en cuatro categorías: Autores, Editores, Lectores, Libreros. O sea, la crema y nata del mundillo literario. Publicado por la editorial española Libros del asteroide (qué nombre más musical se fueron a poner) y distribuida en México por los amigos de Sexto Piso, es un deleite de principio a fin. Hay sarcasmo, guiños de complicidad, travesura, humor negro. Además, la traducción (a cargo de Miguel Aguayo) está bien lograda. Ahí está el escritor que le dice a su hijita que ya está acostada: “Ahora cierra los ojos y duérmete o papá te leerá un poco más de su novela”. Y el tipo que, tratando de ligar a una mujer que lee en el parque, se adelanta: “¡Qué coincidencia! Estás leyendo el mismo libro que yo pensaba leer”. Y también el editor que le dice a un autor sobre manuscrito: “Como novela no funciona, pero nos gustaría publicarlo como calendario de mesa”.

Es humor en serio, es decir, ingenioso, divertidísimo, agudo. No sé cómo no había salido antes, pero qué bueno que ya existe.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios, en el sitio web de la revista SoHo)

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Hacer fotografías con la propia historia (Galería de imágenes)

Fotografías: Flo Fox http://www.flofox.com
Fotografías: Flo Fox
http://www.flofox.com

“You don’t make a photograph just with a camera. You bring
to the act of photography all the pictures you have seen,
the books you have read, the music you have heard,
the people you have loved”.
-Ansel Adams

Da click aquí para ver un video sobre Flo Fox

Por casualidad me encontré en Internet esta historia, de una fotógrafa espontánea de Nueva York. Se llama Flo Fox. Nació ciega de un ojo, cerca de los 30 años comenzó a ver borroso con el otro y pronto fue diagnosticada con esclerosis múltiple, enfermedad que la tiene en silla de ruedas. Además, padece cáncer de pulmón. Lo increíble es que cuando tenía 26 años se compró una cámara fotográfica y hoy, 40 años después, sigue trayéndola consigo a diario, para captar lo que encuentra a su paso en la ciudad. Desde 1999 sufre parálisis de las extremidades, pero su ojo sigue viendo encuadres y escenas, de modo que da instrucciones a quien la cuida para que tome las fotos. Su trabajo forma parte de la colección permanente del Museo Smithsonian, entre otros, y ha sido expuesto en varios países.

Sus imágenes me encantan por poderosas, por exactas y cargadas de humor, porque hay una historia detrás del lente. Es puro Storytelling. Si esto no es pasión por vivir, no sé qué es.
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La hipocresía mexicana, en voz de Lennon

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En el México actual, a diario nos amanecemos con noticias de desaparecidos, muertos y decapitados, pero una pareja que hace el amor jamás es la nota de ocho columnas. Claro, hay que cuidar la mente de los chicos, dicen los imbéciles moralinos.

A 34 años de la muerte de John Lennon (a manos, claro, de un violento), campea en este país la incongruencia hipócrita que señaló.

¿Qué harías si no tuvieras miedo?

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Fui al cine a ver Birdman, comedia negra del director mexicano Alejandro González Inárritu. Es una verdadera joya en todos los planos, en fondo y forma inteligente, divertida, crítica, genial. Trata sobre Riggan Thomson (Michael Keaton), un actor maduro que vio años de gloria gracias a las cintas sobre el superhéroe Birdman, y busca volver a colocarse al montar en Broadway una obra basada en un cuento de Raymond Carver. La actuación de Keaton se vuela todas las bardas, lo mismo que la de Edward Norton. El resto del elenco está muy bien, pero estos dos no tienen nombre. Destaco dos de los muchos aciertos de la cinta:

1. La música, a cargo del también mexicano Antonio Sánchez, es una enloquecida pieza de batería que de veras vale la pena y pone el acento donde tiene que ponerlo (el tipo tocó con Pat Metheny, por si el dato le añade a alguien las ganas de oírlo).

2. La fotografía corre a cargo de Emmanuel Lubezki, Oscareado maestro (por Gravity) del tema, dupla creativa de González Inárritu y quien sabe cómo hacer volar la pantalla. Toda la película, de dos horas de duración, está tomada en planos secuencia (tomas sin cortes en las que la cámara “sigue” a los actores), lo que significa un desafío tremendo. Además, la cinta fue filmada en menos de un mes. “Estaba aterrado, pero pensé que si después de tantos años no hacía algo que me aterrara, significaría que estaba muerto”, dijo Iñárritu en Venecia.

Y de aquí se desprende lo que más me gustó a nivel de contenido: la exploración del miedo vital como fuerza (o no), como decisivo empuje para plantarse de cara a la vida o para huir de ella. En uno de los diálogos de la cinta, la joven Sam (Emma Stone, excelente en su papel) le pregunta al guapo Mike (Norton): “¿Qué me harías si no tuvieras miedo?”. Aunque la respuesta es fantástica, no la cito por evitar un spoiler, pero con la pregunta dejo sentado el punto. Y en otro momento la deslumbrante Sam le dice al protagonista: “Haces todo esto porque te mueres de miedo, tanto como todos nosotros, de no ser importante. ¿Y sabes qué? Tienes razón, no lo eres”. Encima de todo, Birdman deja esa inquietud colgando de los dedos: uno cree que escribe, actúa o hace arte por razones estéticas, pero el verdadero motivo es el miedo, las ganas de sentirse relevante, aunque en el fondo uno sabe que no lo es. Vaya desnudamiento del alma. Me quedo pensando: ¿qué haría si no tuviera ese miedo?

 Da click aquí para ver el tráiler. 

El escritor que leía cinco libros por semana

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Truman Capote. Foto: Irving Penn, 1965

Los pasatiempos de un autor que respeto me generan una enorme curiosidad, porque más allá de ser una forma de “entretenimiento”, resultan claves cifradas a lo que distingue su pluma. El narrador Truman Capote, muerto hace exactamente 30 años el día de hoy, dijo en entrevista a The Paris Review (1957) que lo que prefería hacer en su tiempo libre era: conversar, leer, viajar y escribir, en ese orden.

No me sorprende que fuera obsesivo, que en sus propias palabras creía leer “demasiado” y tenía una pasión especial por los periódicos (afirmaba devorar cada día “todos” los diarios de Nueva York, más las ediciones dominicales y algunas revistas), además de “unos cinco libros a la semana”. No sé si lo de los cinco libros sea literal, me quedo con el mensaje de fondo: leer sin tregua.

Él, como tantos otros autores, leía mucho más de lo que escribía. Es una ecuación que intento no olvidar si quiero lograr algo digno con mi escritura.

Da click aquí para leer el enlace a la entrevista completa.

El consuelo de quien escribe

De camino a Estambul, quien más me quiere y yo pasamos por Nueva York, ciudad a la que me unen muchos afectos. En el día escaso que tenemos entre conexión de vuelos logramos ir al necesario Museo Metropolitano, el MET. Vemos una exposición hermosa sobre caligrafía china y otra sobre el diseñador de moda Charles James, donde encuentro esta frase que aplica perfectamente a la escritura: “There are not many original shapes or silhouettes— only a million variations” (“No hay muchas formas o siluetas originales, sólo un millón de variantes”).
Así es: todo ya se escribió, lo plasmaron las mejores plumas, pero quedan las miles de opciones de decirlo de otra manera. Ahí radica la posibilidad de quienes escribimos.

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La contradicción como forma del conocimiento: Auster

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Fue una noche de alcoholes, baile y disfrutes varios con quien más me quiere y con amigas que son mi familia elegida. Hoy, en la cama de domingo me visita Paul Auster. Entre cobijas, con un leve dolor de cabeza pero contenta, escucho con ojos bien abiertos su Invención de la soledad. Auster y yo nos reencontramos motivados por Borgeano y Javier, amigos mutuos. Nuestra relación va por buen camino, sobre todo gracias a pasajes que me regala, como éste sobre su padre:

“The rampant, totally mystifying force of contradiciton. I understand now that each fact is nullified by the next fact, that each thought engenders an equal and opposite thought. Impossible to say anything without reservation: he was good, or he was bad; he was this, or he was that. All of them are true. At times I have the feeling that I am writing about three or four different men, each one distinct, each one a contradiction of all the others. Fragments. Or the anecdote as a form of knowledge. Yes.”

raducción mía: “La fuerza desenfrenada y desconcertante de la contradicción. Ahora entiendo que cada hecho es anulado por el que sigue, que cada idea engendra una opuesta y equivalente. Es imposible opinar sin reservas: era bueno o era malo; era esto o era aquello. Todas ellas son verdad. A veces tengo la sensación de estar escribiendo sobre tres o cuatro hombres diferentes, cada uno distinto, cada uno en contradicción con los demás. Fragmentos. O la anécdota como una forma del conocimiento. Sí”.]

Ahora mismo lo vivo: la luz me lastima los ojos y mi cuerpo resiente el ron, pero nadie me quita la sonrisa. La vida es una paradoja absoluta.

En la foto sale uno. Son dos (o más)

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“When I look at it now, I never see me. I see us”.
(Hoy, cuando veo a foto], nunca me veo a mí. Nos veo a nosotros).

Nueva York. 1975. Patti Smith graba su primer disco en forma, Horses. Un todavía no famoso Robert Mapplethorpe, su antes-pareja-convertido-en-cuasihermano, toma esta foto para la portada. En ella aporta su sensibilidad, su sello, su historia personal y conjunta. Así, aunque en la foto sólo figura Patti, también él está presente.

Me quedo pensando cómo detrás de las palabras de un poema o un texto narrativo viven los ecos, perfumes, rostros y sensaciones que influyeron en su creación, todo el bagaje de fantasmas que llevamos a cuestas.

Acostarse con Joplin en vez de Bardot

Puerta de entrada del hotel
Puerta de entrada del hotel

Sí, he estado monotemática pero es que el sitio da para muchísimo. Hace días subí un post sobre el Hotel Chelsea (aquí el link http://wp.me/p1POGd-2jO) y ahora quien más me quiere me manda un artículo interesante con 10 cosas que no conviene olvidar de ese lugar mítico.  Destaco estas cinco cosas, ya corroboradas:

1. Concebido como una cooperativa de departamentos, se construyó en 1883 y durante 19 años fue el edificio más alto de Nueva York.

2. Además de los personajes que mencioné en el primer post, también pasaron por ahí dos mexicanos célebres, Frida Kahlo y Diego Rivera, y otros internacionales que no puedo obviar: Henri Cartier-Bresson, Édith Piaf, Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre.

3. Ya comenté que ahí se suicidó el poeta Dylan Thomas, pero añado que murió por coma etílico y que sus últimas palabras fueron: “He bebido 18 vasos de whisky, creo que es todo un récord”.

4. Entre otros artistas que le han escrito temas están Ryan Adams, Bob Dylan, Nico, Jon Bon Jovi, Jefferson Airplane y Bill Morrissey.

5. La canción homónima de Leonard Cohen “Chelsea Hotel” se la dedicó a Janis Joplin luego de acostarse con ella… cuando en realidad iba en busca de Brigitte Bardot: “Te recuerdo claramente en el Hotel Chelsea. Eso es todo. No pienso en ti a menudo”.

¿Cómo puede un lugar concentrar tantas energías? No me extraña que digan que muchos fantasmas lo habitan. Yo tampoco me querría ir de ahí.

 

Budista en un taxi manhatteño

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Llueve en Manhattan. Mi hija y yo vamos a comer a Eataly, fusión de mercado-tienda gourmet-restaurante-panadería-quesería en el Flatiron District, fascinante recomendación de mi querida amiga Arantza. El agua nos obliga a tomar un taxi. El conductor es un dominicano de nombre Miguel, que se suelta platicando cuando nos oye hablar español. Dice que lleva 24 años en NY, mismos que parece haber guardado silencio, a juzgar por la urgencia con la que conversa. Mientras afirma que México es su segunda patria pone música de Juan Gabriel. Dice que ha estado en el DF y en Cancún, que adora el cine de Pedro Infante, que tiene un nieto mexicano, que ama el guacamole. Todos lugares comunes, no sé si es tan devoto o si busca una buena propina (que, culposa como soy, no puedo evitar). Se me antoja “aventarle un torito”, hacerle preguntas que me sacarían de la duda pero da igual. Como si me leyera la mente cambia su tema: la plática pasa de México a la filosofía de vida, así nomás.

De un brochazo aborda la necesidad de arriesgarlo todo por lo que se desea, la importancia de no olvidar las raíces, el acierto de darle una segunda (o vigésima) oportunidad al amor, la ventaja de darle buena cara a la vida. Entonces suelta esta perla: “A vel, si tú etá comiendo un helado y se cae el helado, ¿qué hace? ¿Te suelta a llolal? ¿De qué silve llolal? Mejol te quita la zapatilla, la media y luego pisa el helado, pala que te haga coquilla en lo pie”. Es lo que llamo tratado budista en una lección.

Por qué fui al Chelsea Hotel en NY

El 222 de 23rd Street
El 222 de 23rd Street

(da click en el enlace para oír la canción)

Estoy leyendo Just Kids, de Patti Smith, en el que cuenta sus años en el Nueva York de los 60 y 70 al lado de Robert Mapplethorpe. De ella sé poco, pero las fotos de él son de una sensualidad y fuerza de otro planeta, así que tenía ganas de leerlo estos días que paso en NY. Estoy muy enganchada con el recuento de cómo los dos jóvenes dormían en la calle y casi no comían pero eran libres y creían en su arte, pasando por las  dudas de Mapplethorpe sobre su preferencia sexual mientras recortaba revistas masculinas, hasta que poco a poco cada uno empezó a definir su camino de creación. Me encanta leerlo aquí en Manhattan, caminar las mismas calles, seguir la ruta que Smith traza en el libro. Uno de los picos de la narración ocurre en el mítico Hotel Chelsea, donde ambos vivieron y lugar de residencia (o de paso) de tododios en el mundo del arte: Eugene O’Neill, Tenneessee Williams, Arthur Miller, Allen Ginsberg, Jack Kerouac, Thomas Wolfe, Diane Arbus, Salvador Dalí, Andy Warhol, Janis Joplin, Jimi Hendrix, Bob Dylan, Leonard Cohen, además del sitio donde el poeta Dylan Thomas se suicidó o, como dice en la puerta del hotel, “sailed out to die” (se embarcó a morir). El hotel está cerrado por remodelación, así que sólo pude visitar el lobby y tomar fotos de placas sobre algunos de sus célebres ocupantes. Mientras oigo a Cohen cantar “Chelsea Hotel” (adjunto la canción a este post) me pregunto para qué vine. Para nada. O sí: a rendir tributo personal a esos locos embebidos de arte, creadores malditos que vaciaron en palabras, música y colores el pulso de una época. Nada más pero nada menos. PD Nadie repita que soy cursi, no es novedad. Lo sé bien y aquí lo asumo de nuevo.

Placas en honor de Arthur Miller, Dylan Thomas y Thomas Wolfe, residentes del Chelsea
Placas en honor de Arthur Miller, Dylan Thomas y Thomas Wolfe, residentes del Chelsea
Fotos y flores en recuerdo de Lou Reed
Fotos y flores en recuerdo de Lou Reed

Arte callejero en Brooklyn

20131102-235937.jpgRecorrer estas calles despojadas de glamour, ajenas al lujo de Manhattan y con sabor auténtico de esfuerzo y creatividad, resulta revelador. Lo es aún más hacerlo en compañía de David, artista callejero él mismo y guía de un tour que nos descubre muestras de arte urbano. Es una maravilla, disfrutable a morir. Mientras me admiro de cada acento en los muros, David subraya que el sello del arte callejero es su mezcla de humor y conciencia, su necesidad por dar voz a quien no la tiene y tomar la calle para hacerse oír, aunque sea por la fuerza. Violencia, pobreza, consumismo, sexualidad descarnada pero también humor ácido y mundos fantásticos mejores que éste: que alguien me diga que esos temas no merecen ojos y oídos. Me cuadro ante ese ímpetu.

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La paz que busco

20131101-200609.jpgSí, es justo ésta, la que no viene de fuera sino de dentro y por tanto ningún barullo ni escándalo puede alterar. Hoy, a mitad de SoHo encontré esto y me di cuenta que a ratos esa paz me visita. La meta es lograr que se quede a vivir en casa. No sé cuánto falte para convencerla.

La catástrofe del éxito según Tennessee Williams

20131031-101259.jpgEn 1948, a tres años del estreno en Broadway de su obra The Glass Menagerie (traducida como El zoo de cristal), Tennessee Williams publicó en The New York Times el pequeño ensayo “The Catastrophe of Success” (La catástrofe del éxito). En él cuenta cómo de golpe pasó del anonimato a los aplausos estruendosos, de dormir en cualquier lugar a tener una suite en Manhattan y gente a su servicio. Entonces reconoce el descontrol que implicó el éxito, ese no tener que esforzarse por nada, ser servido en lo mínimo, empezar a ver a sus amigos con desconfianza. Ello lo hizo caer en una honda depresión, hasta que una cirugía le permitió retirarse del ojo público y viajar a México, donde su “persona pública” no existía y pudo recuperar su “antiguo ser”. Así empezó a escribir A Streetcar Named Desire (Un tranvía llamado deseo), su obra cumbre y por la ganó su primer Premio Pultizer.

Menciona entonces que la vida debe requerir esfuerzo, no tener resuelto cada paso ni seguro el aliento, porque el artista sólo encuentra satisfacción en su trabajo y por eso lo mejor que le puede pasar no es “tener éxito”, sino que la creación le sea inevitable. Dice luego: “La persona pública que eres cuando ‘tienes un nombre’ es una ficción creada con espejos [pero] el único que vale la pena es el solitario e invisible ‘tú’ que eres desde que tomaste la primera bocanada de aire […]”. Cierra deseando que el artista no pierda nunca su interés obsesivo por los temas humanos, más una cierta dosis de compasión y convicción moral que lo empuja a traducir la experiencia de vida en colores o sonidos o danza o poesía o prosa. Ufff, cuánta hondura en pocas líneas.

Este viernes tengo una cita con Williams. Nos veremos aquí en Broadway, en la función de The Glass Menagerie que recién terminé de leer y me tiene conmovida. Creo que le voy a decir que lamento la catástrofe de su éxito pero la celebro.

Heaven on earth

20131030-164032.jpgEsta brevísima entrada va para mi muy querido Borgeano, quien me pidió acordarme de él en Barnes&Noble. Aquí estoy, pensando en esa petición suya, deseando con todo el corazón que le lleguen estas vibras de cariño y haciendo una pequeña enmienda personal al archiconocido verso de Borges: “yo, que me figuraba el paraíso bajo la especie de una biblioteca (o, en su defecto, una librería)”. Sí, ésta.

Las 10 cosas que amo de Nueva York

20131030-140948.jpgMe dio por preguntarme por qué me encanta esta ciudad enloquecida, olorosa y llena de piojos (eso dicen, pero no he tenido el gusto). Aunque he venido incontables veces, siempre me voy fascinada. Esto es lo que me contesté:
1. Cuando estoy aquí, en general significa que tengo vacaciones.
2. Tiene lo mejor de lo mejor en temas que me interesan: librerías, museos, teatros, periodismo.
3. Sus tiendas apapachan mi lado frívolo.
4. Inexplicablemente me remite a la canción de Frank Sinatra (yo, siempre tan original).
5. Aquí suceden algunos de mis poemas y novelas favoritas.
6. Puedo engordar con la cocina de (casi) cualquier parte del mundo.
7. Encuentro personajes de los que quiero escribir, como el de la foto.
8. Me encanta la lección de humildad que dan sus rascacielos.
9. Sus calles vibran con gente de todo el mundo=la ciudad tiene incontables rostros.
10. Volver al número 1.

Cómoda en la incomodidad

20131028-183957.jpgNueva York. 6 pm. Congreso sobre los retos que enfrenta el negocio de las revistas. Me gusta estar aquí para buscar respuestas, escuchar ideas, pensar qué soluciones aplican a mi trabajo en un mercado cada vez más digital. Qué adrenalínico no saber hacia dónde va el mundo editorial pero buscar montarme en la ola que un conferencista define como “se trata de aprender a estar cómodos en la incomodidad, en el cambio ininterrumpido”.
Tuve mi primera computadora hace unos 15 años. Era usada, gris y lenta: al prenderla debía insertar un diskette para cargar el sistema operativo. En ella escribí mi tesis de licenciatura y muchas veces me enfurecí porque no le entendía y/o porque la bendita borraba páginas completas. Qué inútil (ella, no yo). Hoy desde el iPhone, el iPad, computadoras en casa y oficina, en redes sociales y en este blog, cada vez más involucrada con lo digital a nivel personal y profesional, cualquiera diría que superé aquella ansiedad. Pues no. Si bien voy desarrollando aptitudes, cada día me siento perdida sobre nuevas tendencias, temas, plataformas. Ay, bendita obsolescencia digital (mía, no suya) pero asumo que me encanta, lo que ratifica mi masoquismo. Para consolarme me pierdo en esta vista de Manhattan al anochecer. Así aguanto cualquier cosa.

Caminar el NY de Warhol

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Hay muchos Nueva York: el de Capote, el de Fitzgerald, el de Salinger, el de Lorca, el de Rivera, el de Auster, el de McCarthy, el de Allen… Esta vez, en la medida en la que el trabajo me dé oportunidad y con la ayuda de este librito, trataré de asomarme al de Warhol: dónde vivió, su estudio, the White Factory, the Silver Factory, sitios que frecuentaba, entre otros. A ver si enunadésas me lo encuentro repitiendo aquello de: “Quizá las chicas de California eran más lindas que las de Nueva York… eran más rubias y más sanas, pero yo prefería cómo lucían las neoyorkinas, raras y neuróticas”.

Con su permiso…

Sufrir como pose de vida

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Estoy a unas horas de viajar a Nueva York y hace un rato terminé The Sunset Limited, novela de Cormac McCarthy sobre dos personajes, sentados frente a frente, justo en la Gran Manzana. Uno es blanco y culto, el otro es de clase baja y negro: son los seres más maniqueos de cuantos haya. El blanco se aferra a su desesperanza y búsqueda de la muerte como el no-espacio donde puede estar en paz, en silencio, en negrura total. El negro no suelta su fe en el Dios invisible, en la vida que le espera después de la muerte. El primero intentó suicidarse. El segundo lo “rescató”. Ambos tratan de hacer al otro entrar en razón, en su razón. Si bien cada uno intenta ser convincente, este fragmento del no-creyente es chocante: “Ser feliz es contrario a la condición humana […] Es ridículo […] El sufrimiento y el destino humano son la misma cosa. Cada uno es descripción del otro”.

Agnóstica yo misma pero no desesperanzada, quiero disfrutar el viaje así que por-todos-los-cielos espero no convivir ni con uno ni con otro en estos días. La fe acrítica me da pereza y la intelectualidad desgraciada por pose, mucho más.

Funda-mental

Cuando ella dijo que la diferencia entre ellos dos era una fundamental, como él la amaba, de inmediato se despojó de su funda mental.

PD Vamos a jugar un juego: yo hago como que me voy a Nueva York pero de algún modo aquí sigo y ustedes hacen como que siguen dejando comentarios en este blog…