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Jugar con los minutos

Foto: http://manologo.wordpress.com
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Qué travesura más antojable: subirme al auto del tiempo, avanzar a voluntad, planear escalas en el camino o detenerme al primer impulso, volver los minutos o los años. En El Viajero del Tiempo (Hormiga Iracunda), el escritor mexicano Alberto Chimal cumple la fantasía y juega con los planos en microficciones ingeniosas, como ésta que da tono al sábado.

“El Viajero del Tiempo sirve el café, retrocede a toda velocidad y pone la taza a tiempo para recibir el líquido.

—¡Ocioso! —lo regaña su mamá”.

Qué cuentito más fecundo, me recuerda aquel juego de mi infancia en el que corría y llegaba apenas a tiempo para encontrar mi imagen en el espejo.

 

Cortázar y los cuentos de bisontes

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“La narrativa del cuento, tal como se lo imaginó en otros tiempos y tal y como lo leemos y lo escribimos en la actualidad, es tan antigua como la humanidad. Supongo que en la cavernas, las madres y los padres les contaban cuentos a los niños (cuentos de bisontes, probablemente)”. -Julio Cortázar, Clases de literatura. Berkeley, 1980 (Alfaguara)

Claro, así habrá sido, porque los seres humanos somos seres de historias, la fantasía nos llena los ojos y nos hace volar sobre una alfombra mágica. Se me ocurre que no existe pueblo sin narrativa, porque la literatura (sean historias de bisontes o “Axolotl”, el enorme cuento de Cortázar) nos está entretejida, nos recuerda que en algo trascendemos a los animales: en la imaginación.

Cuento en dos palabras

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Por casualidad me topo con esto y me fascina (literalmente). Ese “¿puedes verme?” lleva un cuento al foro de la vida diaria, abre una puerta a otra realidad, todo en dos palabras. Lo voy a hacer, sin duda, y contaré aquí lo que suceda.

PD Ésta es la traducción, por si alguien ocupa: “La próxima vez que un extraño me hable mientras estoy sola, lo miraré extrañada y diré en un susurro: ¿Puedes verme?”

Trancapalanca, de Élmer Mendoza

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Había una vez un rey que odiaba “la guerra la logística el armamento y a los generales. A los campeones de tiro. El sudor a laurel y las trincheras […] Odiaba la capacidad de los hombres de ir al baño”. Suficiente tragedia para un soberano, que encima “se sentía manipulado y adherido al capricho de la reina consorte y a los errores de alguien a quien no conocía”. Cómo no simpatizar con un personaje así, tan humano, que en la última línea del cuento se revela también hondamente borgeano. A él toca cerrar este espléndido libro, escrito por Mendoza en 1989 (antes de que fuera un autor reconocido), ahora reeditado por Tusquets. Deja un buen sabor de boca.

Trancapalanca (Tusquets) se compone de 23 narraciones, algunas mejores que otras pero en general bien logradas, alineadas con estos “mandamientos” sobre el cuento planteados por el dios-Poe (traducción de Cortázar): “El punto de mayor importancia es la unidad de efecto o impresión […] Si la primera frase no tiende ya a la producción del efecto [deseado], quiere decir que [el autor] ha fracasado en el primer paso”. Así, tal cual. El escritor mexicano nacido en Sinaloa emplea recursos estilísticos diversos, juega con planos, tiene su propio lenguaje, aborda temas varios (en especial el crimen organizado, que luego será eje de su narrativa) y casi siempre acude a un final sorpresivo, humorístico incluso. Sin embargo, nada lo distrae: tiene en mente causar un efecto y lo logra.

Llama la atención que se trate de relatos con 24 años de edad pero piel de bebé. Total que el representante de la narconovela también escribe cuentos. Y bien.