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#MiércolesDePoesía “Tras tanto vivir, jamás morirme”

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Contradicto, amor es esa dulce violencia, esa libertad encarcelada, hielo abrasador y fuego helado, ese soñado bien y mal presente del famosísimo soneto de Quevedo. Para este #MiércolesDePoesía va otro soneto quevediano que pone en palabras la tensión de opuestos que implica quemarse sin consumirse y, finalmente, el delirio de grandeza que provoca: cuando ama, uno se vuelve inmortal.

Soneto amoroso

Tras arder siempre, nunca consumirme;
y tras siempre llorar, nunca acabarme;
tras tanto caminar, nunca cansarme;
y tras siempre vivir, jamás morirme;

después de tanto mal, no arrepentirme;
tras tanto engaño, no desengañarme;
después de tantas penas, no alegrarme;
y tras tanto dolor, nunca reírme;

en tantos laberintos, no perderme,
ni haber, tras tanto olvido, recordado,
¿qué fin alegre puede prometerme?

Antes muerto estaré que escarmentado:
ya no pienso tratar de defenderme,
sino de ser de veras desdichado.

-Francisco de Quevedo, Quevedo esencial, Taurus

El calambur más famoso del español

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No-sé-porqué recuerdo esta genial anécdota sobre el poeta Francisco de Quevedo, dechado de genio e ingenio del Siglo de Oro español. Resulta que en su época, la reina (algunas fuentes hablan de Mariana de Austria; otras, de Isabel de Borbón) cojeaba visiblemente y todos se burlaban de ella, pero a sus espaldas… todos, menos el poeta. Cruzada una apuesta con un amigo, consistente en hacer escarnio de la soberana en su cara, se presentó ante ella con dos flores y le dijo este juego de palabras: “Entre el clavel blanco y la rosa roja, Su Majestad escoja”. Dicen que la reina entendió el juego de palabras y respondió: “Que soy coja, ya lo sé. El clavel escogeré”.

Más allá de todo, revela el carácter de ese Quevedo divertido y valiente que me apasiona.

¿Qué poema te sabes de memoria?

 

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“Me acuerdo de ‘El canto de Ulises’, el capítulo de Si esto es un hombre en el que Primo Levi rememora la plenitud que le procuraba en Auschwitz traducirle unos versos de Dante a Jean, el Pikolo, un muchacho alsaciano que guarda turno junto a él en la fila del rancho. En ese instante, nos cuenta Primo Levi, habría dado su ración de potaje a cambio de recordar el final de unos versos”. Invitada por un excelente artículo de El País, del cual tomo el título de este post, busco en mis estantes Si esto es un hombre y releo el capítulo mencionado. Levi le está traduciendo al chico un fragmento memorizado de la Divina Comedia y le dice: “Mira, atento Pikolo, abre los oídos y la mente, necesito que entiendas: ‘Considerad vuestra ascendencia:/ para vida animal no habéis nacido, sino para adquirir virtud y ciencia’. Como si yo lo sintiese también por vez primera; como un toque de clarín, como la voz de Dios. Por un momento, he olvidado quién soy y dónde estoy”. Así pasa a ratos con la poesía.

Relaciono lo anterior con mi propia historia. No sé a qué edad “descubrí” el primer poema, pero cuando tenía unos diez años ya algunos eran parte de mi paisaje. Lo sé porque un recuerdo de esa época me presenta diciendo de memoria el largo Nocturno a Rosario, de Manuel Acuña: “¡Pues bien!, yo necesito decirte que te adoro,/ decirte que te quiero con todo el corazón” (aún hoy puedo recitar de corrido sus 50 versos). También memoricé algo de Nervo y de Díaz Mirón. Ni eran los mejores textos ni la niña Julia los entendía del todo, pero le fascinaba la música de la rima.

En secundaria me inscribí a un concurso de declamación, con todo y voz engolada, ademanes tiesos (abajo, una foto que no me deja mentir). Ya en la universidad retomé el hábito de aprenderme poemas. Me sé varios: figuran Miguel Hernández, John Donne, varios de Sor Juana, Thomas Wyatt, Fernando del Paso, un par de Garcilaso de la Vega, varios de Quevedo. Los atesoro con cariño, los repaso, me acompañan. Y todo este gran discurso surge en respuesta a la sencilla pregunta: “¿qué poema te sabes de memoria?”, misma que planteo a quienes pasen por este blog…

http://blogs.elpais.com/letra-pequena/2013/02/que-poema-sabes-de-memoria-1.html

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