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Para entender, poner palabras


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“Dad palabra al dolor: el dolor que no habla, gime en el corazón hasta que lo rompe” o, en buen inglés: “Give sorrow words; the grief that does not speak knits up the o-er wrought heart and bids it break”, dice el personaje de Malcolm en Macbeth (Acto IV, escena iii). Y sí: por algo Shakespeare es Shakespeare. Qué forma de resumir en dos líneas la necesidad de poner palabras a lo que se siente, sea amor o dolor, para evitar que estalle por dentro.

 

Pudrirse de hora en hora

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“… And so, from hour to hour, we ripe and ripe,
And then, from hour to hour, we rot and rot;
And thereby hangs a tale”

-William Shakespeare, As You Like It (Act. 2, Sc. 7)

El ocaso saca a flote la piel oculta de las cosas. El desamparo es el rostro más veraz, el más sincero: una casa, un teatro o un hospital duran poco como nuevos. Sin una intención de mantenerlos, pronto los traiciona su esencia. La pintura se cae, las paredes se descascaran, el polvo domina, la vegetación hace su entrada. Así permanecerán por décadas, inalterables. O acaso sí: más solos, con un aroma acendrado, cargándose de luces y sombras.

Estas bellas imágenes del fotógrafo alemán Sven Fennema (a quien conocí a través de mi querida Patricia Torres Maya) captan esa otra historia, que acaso sea una metáfora de la vida humana resumida en aquellos versos de Shakespeare que hablaban de pudrirse de hora en hora. Es parte de la llamada

Sitio web del fotógrafo: http://www.sven-fennema.de

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Celebrar los libros

El sábado pasado se festejó el Día Nacional del Libro y por alguna razón no escribí nada al respecto. Hoy celebro mis volúmenes, mi pequeña biblioteca. Títulos de poesía, de narrativa, de historia y ensayo, incluso más de 20 diccionarios pueblan mi casa y en algunos casos ocupan libreros de dos hileras en fondo. Son, en gran medida, mi objeto preciado número uno. Comencé a coleccionarlos y leerlos antes de entrar en 1991 a la licenciatura y posterior maestría en Letras: desde ahí se instalaron de manera fija en mi paisaje. He leído la mayor parte de lo que poseo, el resto espera pacientemente el momento de nuestro encuentro.

“Me, poor man, my library/ Was dukedom large enough” dice Próspero en el primer acto de “The Tempest”, de Shakespeare, idea que retoma Borges en su “Poema de los dones”: “Yo, que me figuraba el paraíso/ bajo la especie de una biblioteca”. En el primer caso, Próspero, duque de Milán, encuentra en sus volúmenes más interés y hondura que en la política, por lo que deja el gobierno en manos del traidor Antonio. En el segundo, Borges agradece la “magnífica ironía” de Dios, que mientras le da los anaqueles de títulos, le quita la vista. En cualquier caso, guardadas todas las distancias, comparto la celebración de los libros: para mí también son mi imperio, mi paraíso cotidiano. Aquí, algunas fotos de ellos…

Shakespeare y el espejo

No deja de maravillarme cuántas lecturas ofrece una obra como La tempestad, de Shakespeare. Acabo de ver la puesta en escena: la había leído pero nunca visto. ¿Me gustó? No tanto, sentí desigual el ritmo y algunas actuaciones, además de que no disfruté la licencia forzada del director (así me lo aclaró el propio traductor, Alfredo Michel), de poner en boca de Calibán versos de Hamlet. Sin embargo, “EL bardo” es “EL bardo” bajo cualquier lente. La obra tiene momentos deliciosos y una buena traducción, además de una disfrutable actuación de López Tarso y del actor que interpreta al retorcido y perverso Calibán.
Una lectura que me resulta interesante y que recordé al ver al deformado personaje es la que concibe a Calibán como un símbolo de América Latina, “salvaje”, “primaria”, “sensual”, “grotesca”, en todo opuesta al “civilizado” y “culto” Próspero. Hace años asistí a un seminario organizado por la UNAM y la Universidad de Lovaina sobre este tema: la metáfora explotado/explotador, donde Calibán, despojado de su isla, dice a Próspero que aprender su lengua le permite maldecir: “You taught me language, and my profit on’t/ Is, I know how to curse. The red plague rid you/ For learning me your language!”.
Más allá de la intención (moralizante o no) de Shakespeare, la cuestión es que los latinoamericanos seguimos leyéndonos en Calibán, destacando la dicotomía que nos deja siempre en desventaja: antes frente al colonizador español y hoy, de cara a la potencia del norte. Una vez más el arte cumple como espejo que nos permite reflejarnos. Y cuestionarnos.