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POR QUÉ PREFIERO LEER EN PAPEL

Mi ejemplar lleva una dedicatoria garabateada: “Para Julia, por el espejismo de este día. Gabriela”. Sin fecha. No sé quién fue ella ni por qué definió ese día como “espejismo”. Incluso quién sabe si tengo el volumen por azar y debería pertenecer a una tocaya mía, una que sí tiene claro de qué iba el intríngulis del triángulo Gabriela-Julia-ese día. Es una edición de Alexis o el tratado del inútil combate, novela de Marguerite Yourcenar, donde aprendí: “Los fantasmas son invisibles porque los llevamos dentro”. Ah, bárbara. Esforzándome, creo recordar a una Gabriela, maestra en prepa, y entre brumas me parece haber conocido a Yourcenar por ella, pero tal vez en todo miento.

            Eso me lleva a pensar: las páginas repasadas a lo largo de los años explican en gran medida quién soy, aunque leer nunca es un acto pasivo. Mientras camino la mirada por palabras y les doy sentido, el libro me está leyendo a mí. Dialogamos. Lo sé cuando, años después, veo mis interrogaciones a lápiz junto a “Malcolm Lowry”, autor que desconocía y ahora me vuela la cabeza con frecuencia; encuentro un subrayado que nomás ya no comparto o un comentario mío me pinta chocantísima en esa época (sólo entonces, ay). Ni el texto ni yo somos los mismos. A cada uno lo marcó el aliento del otro.

            Hay más: a los ejemplares desperdigados por mi casa no sólo los habitan anotaciones junto a historias o versos. También cargan literalmente mi biografía dispersa. La condición material de un libro le permite guardar en hoja suelta un “te ciero mucho” ilustrado por la niña que hoy es mi adolescenta, el poema que su autor me dedicó sobre las rodillas de un domingo. Si bien otro título abraza dos entradas a un concierto de Buika al que fui con Rocío y la letra de una canción escrita a mano por el compositor, no todo es dulce: algunos coleccionan mis desamoramientos, los viajes erróneos, más la servilleta de una cafetería que amaba y cerraron. Dice Alberto Manguel, sin tanteo, como sabiéndome cosas: “¿Qué son las bibliotecas sino archivos de nuestros gustos, museos de nuestros caprichos?”.

            La cualidad física de un volumen cuenta mucho para mí. Quizá por eso no le he dado el golpe a la lectura digital. Aunque entiendo las ventajas de los ebooks y su contenido es igual al de un impreso, el continente no lo es: el cuerpo de un libro conserva migajas mías y de otros, como la flor del sepelio de mi hermano o la dedicatoria de una Gabriela, incluso si ya la olvidé.

            No quiero provocar un sangraje entre partidarios de ebooks y secuaces de la lectura en papel, pero sé que una pantalla no hubiera atesorado por décadas esta firma oronda de mi papá en la primera página de Cien años de soledad. Mátenme ésa.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón).

Ese enemigo íntimo

New Year's Resolution #12

Anoche, buscando un libro al fondo de mis anaqueles (el cual, por cierto, no vi) tropecé con la novela Alexis o el tratado del inútil combate, de la Yourcenar, en edición de Alfaguara.

No pude evitarlo, bueno, en realidad tampoco lo intenté: lo abrí en una de las muchas páginas que tienen la esquina doblada, señal de que guardan algo imperdible. Ahí estaba esta cita, que no tiene progenitora. Me la quedo rumiando.

Vivir de acuerdo con mi propia moral

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Un hombre le escribe una angustiosa carta a su esposa, tratando de explicarle el “inútil combate” de su vida: “Quisiera hacer un esfuerzo, no sólo de sinceridad, sino también de exactitud; estas páginas contendrán muchas tachaduras: ya las contienen. Lo que yo te pido (lo único que puedo aún pedirte) es que no saltes ninguna de estas líneas que me habrán costado tanto. Si es difícil vivir, es aún mucho más penoso explicar nuestra vida […] No sabiendo vivir según la moral ordinaria, trato, por lo menos, de estar de acuerdo con la mía”. -Marguerite Yourcenar, Alexis o el tratado del inútil combate.

Releo este libro, ahora reeditado por Alfaguara y originalmente publicado en 1929, cuando Yourcenar tenía sólo 24 años. Su honestidad brutal, su despilfarro conmovedor me dejan rumiando qué retador me resulta eso de, al menos, tratar de vivir de acuerdo con mi propia moral. Si lo logro, me basta y sobra.

Los escritores también fueron niños

Marguerite Yourcenar
Marguerite Yourcenar

A través de su avatar @elhombredetweed, el escritor mexicano Mauricio Montiel tuiteó hoy, Día del niño en México, fotos de 26 escritores internacionales cuando eran pequeños. Las vi llevada por la curiosidad, también por divertimento e incluso como recordatorio de que esas enormes plumas un día fueron niños fascinados con una pelota (a partir de ahora tendré más respeto a las pelotas).

Aquí comparto algunas pero recomiendo seguir en twitter la cuenta @elhombredetweed, para verlas todas. De todas formas, no hay desperdicio: si las fotos no les gustan vale la pena seguir a Montiel.

Gonzalo Rojas
Gonzalo Rojas

Fernando Pessoa
Fernando Pessoa

Sylvia Plath
Sylvia Plath

Octavio Paz
Octavio Paz

Julio Cortázar
Julio Cortázar