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¿Y si Maximiliano no murió cuando se murió?

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Que si Maximiliano de Habsburgo y Benito Juárez tuvieron un pacto, según el cual Juárez le habría perdonado la vida por ser ambos masones practicantes. Que si luego del simulacro de fusilamiento, el des-emperador habría pasado años bajo otro nombre, en Centroamérica.

Éste es el argumento (fascinante) que funciona como eje de la más reciente novela de Anamari Gomís, La vida por un imperio, publicada por Ediciones B. La protagonista, Fernanda, acompaña a un anciano historiador en su recorrido por varios países americanos. El objetivo es buscar información que confirme la hipótesis sobre el destino del austriaco: “Todo el chiste residía en asegurarse de que, en efecto, Maximiliano había sido salvado por el propio Juárez para luego adoptar una vida y una identidad distintas. Más valía seguir viviendo con otra identidad, que aceptar una muerte más o menos heroica”.

Es, además, una novela de autoencuentro en los paisajes de Costa Rica y, sobre todo, que retrata con sabor a daiquirí el ambiente de la Cuba de Castro. Las calles, la noche de bochornos, el charm isleño, el hotel El Nacional. Fernanda se siente “metida en un bolero” mientras se entrena en los rigores de lidiar con su maestro-erudito que es, básicamente, un patán. Y mientras ella parece ir dándose portazos a nivel personal, va ganando certezas (y la complicidad de quien lee) mientras la trama va desgranando datos sobre Maximiliano y su probable alter ego, Justo Armas, y sobre la cada-vez-menos-creíble locura de Carlota.

Aunque la portada del libro podría hacer pensar que se trata de una novela histórica o, incluso, de un tratado denso con moho en cada página, La vida por un imperio es una historia fluida, que se lee con gusto. Y deja con inquietudes de saber si Max siguió viviendo luego de morirse en el Cerro de las Campanas.

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#MiércolesDePoesía Naufragio de ausencia

Imagen: Ortelius
Imagen: Ortelius

La poeta mexicana Maricela Guerrero es la invitada de hoy al #MiércolesDePoesía, con estos versos sutiles de su libro De lo perdido, lo hallado. Porque sí, coincido en que la ausencia del cuerpo querido es una zozobra. En todas sus acepciones.
“es la resaca

el exilio

de tus ojos

lo que me hace pensar en estas cosas (suceden)

seré un pez ceñido

a tu cintura

el sol

donde gravita

este naufragio”.

-Maricela Guerrero, De lo perdido, lo hallado, CONACULTA, 2015

Decirle “periodista” a la Premio Nobel de Literatura, ¿es una ofensa?

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Estoy leyendo La guerra no tiene rostro de mujer, de Svetlana Alexiévich. Publicado por Debate, es el recuento crudo, sin aderezos ni azúcar, de las mujeres que participaron en la Segunda Guerra Mundial como francotiradoras, conductoras de tanques, pilotos, enfermeras, soldados. Este primer libro de la ganadora del Premio Nobel de Literatura 2015 está armado como un collage de testimonios, a partir de las más de 500 entrevistas que Alexiévich realizó. Así, dice, “los rostros se borraban, sólo quedaban las voces”. Y esas voces hablan de la iluminación, el espacio y los olores del conflicto vivido por ellas. Responden a preguntas como: ¿Qué siente una persona ante la absurda idea de que puede matar a otra? ¿Con qué palabras se narra tener el pelo empapado de sangre de heridos? ¿Con cuáles ver que una mamá ahoga a su bebé, que llora de hambre, porque no tiene cómo alimentarlo? ¿Qué se rompe por dentro cuando un moribundo cuya pierna fue arrancada de cuajo pide que lo entierren con ella? ¿Qué fue lo más difícil cuando terminó la guerra y hubo que recuperar la normalidad, pero se había perdido todo referente de qué era “normal”?

Es lo primero que leo de Alexiévich. El suyo es un trabajo espléndido de recopilación, escritura y edición, con el enorme logro de hacer un monumento polifónico al coraje y el dolor humanos. El otorgamiento del Nobel se basa, me parece, en ese bucear en las honduras emocionales con los ojos abiertos y los oídos igual, para luego vaciarlo en lenguaje, en sonidos atravesados por silencios. “El camino del alma para mí es mucho más importante que el suceso como tal, eso no es tan importante. El ‘cómo fue’ no está en primer lugar, lo que me inquieta y me espanta es otra cosa: ¿qué le ocurrió allí al ser humano? ¿Qué ha visto y qué ha comprendido? […] Los sentimientos son más vivos, más fuertes que los hechos”, dice en alguna parte del libro.

Recuerdo que cuando le dieron el Nobel, algunos puristas se rasgaron las vestiduras, diciendo que la labor de Alexiévich es más periodística que literaria. Ahora que la leo pienso que ahí están nombres como Truman Capote, John Banville, Ryszard Kapuscinski y Martín Caparrós, quienes han transitado de una a otra arena con soltura. Al final, poner una frontera que divida periodismo de literatura me parece ocioso. Pedante. Limitado. Si un texto se vale del lenguaje y la forma para sacudir, si permite asomarse al incendio que ocurre dentro del otro, si revela y emociona, si multiplica las contradicciones en vez de resolverlas, entonces es literatura. Así que no creo que sea ninguna ofensa afirmar que el Nobel de Literatura se lo dieron a una periodista. Como señala la argentina Leila Guerriero: “Periodismo es un género literario que trabaja sólo con materia prima obtenida de la realidad”. Pues eso.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo).

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Otra vez: Rabia de vida, entre los mejores libros del año

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Todo indica que 2016 viene prendido. Ayer, 3 de enero, mi Rabia de vida fue incluido en la lista de los mejores libros de poesía del año, misma que Sergio González Rodríguez publica en el periódico mexicano Reforma. Aparece junto con títulos de maestros en el oficio, como Eduardo Milán, Rocío Cerón, Luigi Amara, Jorge Esquinca, Feli Dávalos. La compañía no podía ser más motivadora y retadora. Además, Palabrasaflordepiel fue el blog recomendado en el suplemento Forma y Fondo, también de Reforma. Y hace pocos días, el 30 de diciembre, Rabia de vida figuró en la lista de los 10 libros de poesía de 2015 que Mónica Maristáin publica en Sin Embargo (da clic aquí para ir a esa nota). Se trata de las listas más reconocidas en el medio editorial, de modo que estoy abrumada de emoción.

Agradezco en todos los colores a Sergio, a Mónica y al anónimo recomendador de Forma y Fondo este espaldarazo a mi trabajo y, sobre todo, celebro que encuentren en mis letras un eco. Rubén Bonifaz Nuño decía que la poesía es eso que pone chinita la piel. A seguir respirando poesía, que de otro modo nada vale la pena. 

PD Si quieres comprar Rabia de vida en versión digital puedes hacerlo en la esquina superior derecha de este blog, donde dice EBook, o en versión física en librerías de México: Gandhi, El Sótano, Fondo de Cultura Económica y El Péndulo, además de Amazon.com y Amazon.es.

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El hecho de que alguien haya muerto no significa que no exista: Julian Barnes

Imagen: Arte de sombra de Kumi Yamashita. http://www.kumiyamashita.com/portfolio/building-blocks/
Imagen: Arte de sombra de Kumi Yamashita.
http://www.kumiyamashita.com/portfolio/building-blocks/

El dolor infinito de perder a alguien. No. No a alguien sino a la persona que le da sentido a quien eres y sin la cual no te interesa cómo se organiza el mundo. “Te preguntas: ¿en qué medida, en este torbellino de añoranza, la añoro a ella o añoro la vida que tuvimos juntos, o añoro lo que en ella me hacía ser más yo mismo, o el simple compañerismo o el (no tan simple) amor, o todo esto o pedazos superpuestos de cada cosa? Te preguntas: ¿qué felicidad hay en el solo recuerdo de la felicidad?”.

En el tercer capítulo de Niveles de vida (Anagrama), el escritor mayúsculo que es Julian Barnes enfrenta con palabras la desesperanza por la muerte de su mujer. Se desboca en el dolor y recuerda ese texto igualmente poderoso de C. S. Lewis: Una pena observada. Así escribe párrafos descarnados, de una belleza que corta como un cuchillo dulce: “Es lo que muchas veces no comprenden los que no han cruzado el trópico del duelo: el hecho de que alguien haya muerto puede significar que no está vivo, pero no significa que no exista. Hablo con ella continuamente. Es algo tan normal como necesario. Le comento lo que estoy haciendo (o lo que he hecho durante el día); le señalo cosas mientras conduzco; articulo sus respuestas”.

La forma de Barnes de poner en claro el duelo ha hecho que en la calle lo detenga gente para agradecerle de manera personal el libro. Es que sin duda sacude, no hay forma de quedar indiferente ante el torrente verbal que arrastra piedras, tierra, basura. Sigo leyendo. Cuenta cómo, ante tanto dolor, pensó matarse, pero luego cambió de opinión: “Llevó su tiempo, pero recuerdo el momento —mejor dicho, el argumento que brota de repente— que hizo menos probable que me suicidase. Comprendí que, en la medida en que mi mujer estaba viva, lo estaba en mi memoria. Claro que también pervivía intensamente en la mente de otras personas; pero yo era quien más la rememoraba. Si ella estaba en algún sitiio, era dentro de mí, interiorizada. Esto era normal. Y era igualmente normal —e irrefutable— que no podía matarme porque entonces también la mataría a ella. Moriría por segunda vez, y mis luminosos recuerdos de ella se perderían en la bañera enrojecida”.

Qué hago ahora con esta imagen brutal: el escritor no puede suicidarse porque es él, el amante, quien mantiene vivo el recuerdo de la mujer que amó. Me parte en dos. No puedo seguir leyendo.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios del sitio web de SoHo).

“La boca es el corazón de la cara”

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“Es la primera vez que un hombre me besa en los labios. La primera. Sólo ha sido un beso de despedida, seco y tranquilo, pero ha sido la primera vez que alguien no apuntaba a mi mejilla derecha ni a mi mejilla izquierda, sino que iba directo al centro, como hacen los hombres y las mujeres. ‘La boca es el corazón de la cara’, pienso; cojo una copa de vino, gratis, de la mesa y me la bebo de un trago; me vibran las manos; me zumban los oídos. La verdad es que no sé qué hacer conmigo misma. Quiero seguir con el beso. Quiero acabar el beso, prolongarlo […]”.  -Caitlin Moran, Cómo se hace una chica, Anagrama.

Estoy leyendo este combo explosivo de sarcasmo, buenas letras y personajes más vibrantes que mis vecinos. Quiero conocer a Johanna. Quiero decirle que sí, coincido con ella en que la boca es el corazón de la cara. Que aunque he acumulado años, a veces me pasa de nuevo: después de un beso no sé qué hacer conmigo misma.

PD Mañana es #SábadoDeMúsica y esta vez la pregunta para armar la Playlist colectiva es: ¿Cuál es tu canción favorita basada en un poema o en cualquier otro texto literario? Anótala aquí abajo, para incluirla.

 

¡Mi adolescenta publica su primer libro!

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Tengo en casa una hija que salió de mis entretelas y me lo recuerda constantemente, porque es mi motivo más constante de emociones a tope, que se sienten en la panza. Con mi adolescenta nada es a medias tintas. Entusiasmos. Desvelos. Risas. Enojos. Ternura. Y sí, preocupación, porque el susto viene junto-con-pegado con el viaje a ciegas que implica ser mamá. Ella es también el punto de encuentro entre quien soy y quien quiero ser, porque aunque intente evitar el lugar común, caigo gustosa en él al decir que a diario le aprendo a su coraje, a su claridad.

Ahora me trae su primer libro, Sam’s Confession, publicado por Editorial Uranito como resultado de haber ganado el primer lugar en un concurso de cuento en su escuela. Está impecablemente bien escrito y la historia palpita. Tiene varios niveles pero en el fondo habla de congruencia con la propia piel, de respeto. Merece una ovación de pie, en este mundo de máscaras y fingimiento. Carajo, qué ejemplo pone. En la contraportada viene la foto de ella y un nota biográfica donde apunta que vive “con su mamá, su gato y su perro” y que sus materias favoritas son Literatura en inglés y Teatro. Como remate, leo la doble dedicatoria:

“Para todos esos héroes allá afuera: mucha fuerza y recuerden siempre ser ustedes mismos.

A mi mamá, quien todos los días me contagia el gusto por escribir”.

¿Cómo le digo que si este nudo en la garganta pudiera hablar le diría que me mueve como no se imagina que me lo dedique? ¿Que me encanta heredarle mi amor irrenunciable por las palabras? ¿Que respaldo sin condiciones su vocación de congruencia? ¿Que no me cabe el alma en el cuerpo de orgullo? ¿Cómo le explico que sin embargo lo que me fascina muchísimo más de todo esto es el ser humano de luz que se transparenta en cada página? No puedo decírselo. Salí volando por la ventana.

 

¿En qué se parece un poema a un terrón de azúcar?

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Según este escritor, ninguno de los dos se soporta en estado puro.

En 1947, el exiliado polaco Witold Gombrowicz dictó en Buenos Aires, país en el que vivía desde 1939, una conferencia  titulada “Contra los poetas”. En su exposición digamos que blasfema se burlaba de sus colegas solemnes, de los excesos poéticos, del lenguaje demasiado profundo, grandioso, elevado. Por supuesto, la provocación sacó ámpulas entre escritores. Años después, Gombrowicz reelaboró el texto y lo publicó, en 1951, en su versión definitiva. Ahora, la editorial mexicana Tumbona Ediciones acaba de publicar ambas versiones, más otro texto, “El escritor y el dinero”, todo ello en las 60 páginas del librito Contra los poetas, de la Colección Versus. Aquí van cinco perlas que, ojalá, abran el apetito de leer completa esta diatriba lucidísima, que suscribo:

  1. ¿Por qué no me gusta la poesía pura? ¿Por qué? ¿No será por las mismas razones por las que no me gusta el azúcar en estado puro? El azúcar sirve para endulzar el café y no para comerlo a cucharadas de un plato como si se tratara de sopa. Lo que cansa de la Poesía pura es el exceso de poesía: el exceso de palabras poéticas, el exceso de metáforas, el exceso de sublimación […].
  2. Ningún poeta es exclusivamente poeta, y en cada poeta vive un no-poeta que no canta y a quien no le gusta el canto; ser hombre es algo más vasto que ser poeta.
  3. Los poetas no sólo escriben para los poetas, sino que también se alaban mutuamente y se rinden honores unos a otros. Su mundo, o mejor dicho, su mundillo, no difiere mucho de otros mundillos especializados y herméticos.
  4. No hay nada más decepcionante, más cómico y más degradante que los congresos de escritores, que en última instancia no son sino una forma más bien cínica de procurarse fantásticos viajes a base de discursos.
  5. La tendencia actual de socializar la literatura, todas estas recompensas, premios, condecoraciones, todas estas funciones púbicas, son más nocivas que valiosas.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo).

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Vivir de acuerdo con mi propia moral

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Un hombre le escribe una angustiosa carta a su esposa, tratando de explicarle el “inútil combate” de su vida: “Quisiera hacer un esfuerzo, no sólo de sinceridad, sino también de exactitud; estas páginas contendrán muchas tachaduras: ya las contienen. Lo que yo te pido (lo único que puedo aún pedirte) es que no saltes ninguna de estas líneas que me habrán costado tanto. Si es difícil vivir, es aún mucho más penoso explicar nuestra vida […] No sabiendo vivir según la moral ordinaria, trato, por lo menos, de estar de acuerdo con la mía”. -Marguerite Yourcenar, Alexis o el tratado del inútil combate.

Releo este libro, ahora reeditado por Alfaguara y originalmente publicado en 1929, cuando Yourcenar tenía sólo 24 años. Su honestidad brutal, su despilfarro conmovedor me dejan rumiando qué retador me resulta eso de, al menos, tratar de vivir de acuerdo con mi propia moral. Si lo logro, me basta y sobra.

La paciencia de construir una ciudad con palabras: Fabio Morábito

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Andar una ciudad para narrarla. O narrarla primero y confirmarla con los pasos que se dan. O desandarla a golpe de ficción. O erigirla con palabras, aunque no exista, pero ya existe desde que el escritor le hizo un edificio verbal. Me encantan las muchas posibilidades narrativas de las ciudades. Y también amo la literatura de viajes, entendida como aquella que ocurre en un territorio fuera de casa, real o imaginario: un mar poblado de monstruos, los pueblos argentinos que Martín Caparrós recorrió para narrar “la entelequia que es un país” en su libro El interior, la llegada a México contada por la marquesa Calderón de la Barca o el asombro de una de las Ciudades invisibles de Italo Calvino. Me apasiona que ponga a dialogar el mundo interior con el exterior, lo refleje, lo cuestione.

Fabio Morábito también parece disfrutar tanto las ciudades como la literatura de viajes. Paciente contador de historias, está a gusto en la frontera porosa donde se tocan el recuerdo, la crónica, la ficción. De modo que construye ciudades/ viajes con palabras que son todo, menos inofensivas, porque también es poeta. Y además sabe de extranjerías. De desarraigos. Aprendió a hablar en italiano, pero cuando a los 15 años llegó a vivir al D.F. adoptó el español como lengua de escritura. Es decir que temprano tuvo la inquietud de encontrar el tono preciso entre todos los posibles, de saber quién es uno en un idioma y quién, en otro.

Con ese bagaje, cuando hace tiempo vivió un año en Berlín se puso a narrar no la ciudad, sino su ciudad. Con paciencia armó los 13 cuentos del libro También Berlín se olvida como si los inscribiera en el amplio registro de la literatura de viajes. A partir de la memoria y la ficción, comunican el clima mental de recorrer calles extrañas que se vuelven un poco propias, de “calentar la pluma” sin dejar de sentirse descolocado. Con frecuencia, sus personajes no saben qué decir o hacer. Llevan a cuestas una cierta vergüenza. Como el narrador que cada madrugada llega a comprar el pan y encuentra al mismo hombre que come un croissant mientras lee el periódico. El tipo no voltea a verlo y le hace cuestionarse como escritor: “¿Qué posibilidades tenía de que alguna vez mis palabras llegaran hasta él? Ninguna, prácticamente. Tenía ahí a un lector inalcanzable, que me daría la espalda toda la vida. Me pregunto si todo lo que escribí en Berlín lo escribí para él, para conmover a esa roca impasible, y si he seguido escribiendo desde entonces para ese hombre sin rostro, ajustando cada línea con la esperanza de distraerlo de su periódico”.

Ahí está, también, el turco que se dedica a ver traseros en el lago Krumme Lanke mientras otros toman el sol y se fascina con una nudista acostada en su toalla. Entonces el narrador se vuelve cómplice: “Supe que, de vivir permanentemente en Berlín, nunca sería de aquellos que se tuestan en el verano el Krumme Lanke. Sería más bien, como el turco, un solitario fauno que espía las nalgas de las mujeres. Su conducta me pareció la más digna de todo el lago. Para él la desnudez no era, como para los nudistas de fin de semana, un segundo traje más cómodo, sino todavía algo perturbador que reseca la boca y acelera los latidos. Acechaba a su presa y cuando de regreso lo vi dormido sentí piedad por él, la piedad que me inspiran los sátiros, peludos y acalorados en la espesura, siempre solos en alguna orilla y siempre burlados por las ninfas”.

Al leer los cuentos de También Berlín se olvida me parece que algunos días el autor caminó descalzo las strasses alemanas sintiendo la vibración de cada una, y otros días las anduvo casi flotando, presintiendo. Sólo así me explico la variedad de registros. El libro fue publicado por Tusquets en 2004 y acaba de ser reeditado por Sexto Piso. En especial disfruto los cinco relatos agrupados bajo el nombre “El muro”. Con elementos de ensayo pero sin sacrificar fuerza narrativa, teje pasajes así, de “Cómo el muro nunca existió”: “En toda edificación humana hay lugar para una grieta. El Muro de Berlín no sólo no escapó a esa lógica sino que la llevó más lejos que ninguna otra construcción. Puede decirse que empezó a caer no desde que fue construido sino desde que fue concebido. Se puede afirmar incluso que nunca existió. Lo que existió fue la grieta de Berlín. Y como una grieta no puede existir sola se hizo un muro que la contuviera. Se proyectó pues la grieta y no el muro. Se proyectó el vacío y no la presencia”.

Morábito, una de las plumas más pulidas de la literatura mexicana y quien tras 45 años de vivir aquí no pierde el suave acento italiano en la voz, es comentador asiduo de hoteles y destinos en el sitio web TripAdvisor. Quizá porque ese ejercicio conjunta algunas de sus obsesiones: las ciudades que se construyen con palabras, la extranjería, los viajes que ponen a resonar el mundo interior y el exterior.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo).

Éste es el loco que se metió en mi cama

El loco: Francisco Tario
El loco: Francisco Tario

Es un fantasma demente que no me deja dormir. Y estoy feliz.

Una y media de la mañana. Estoy en mi cama (adentro, no encima: es pertinente la exacta preposición) y él está conmigo. No me puedo dormir. Otra vez cometí la estupidez de ponerme a leer, a las 11:30 p.m., “un par de páginas” antes de apagar la luz. Dos horas después, el par se ha convertido en 94 páginas saboreadas y sabroseadas. Y también en la urgencia de escribir algo, lo que sea.

Pocas cosas me emocionan tanto como toparme de frente con un escritor indispensable. Uno que sin ritual de por medio se inscribe en mi panteón personal (pan-teón en su sentido primero: templo dedicado a los dioses). En otro momento investigaré más sobre este autor raro, del que sólo había leído el espléndido cuento “Ragú de ternera”, incluido en la antología Ciudad fantasma, preparada por Bernardo Esquinca y Vicente Quirarte (Almadía). De momento baste aportar sus generales: de seudónimo Francisco Tario, mexicano, 1911-1977, amigo de Paz pero huidizo de la fama literaria, oscuro por voluntad, hizo protagonistas de sus cuentos a los ataúdes, los fantasmas, los desquiciados, los malditos y las gallinas (en especial, las asesinas). Estoy leyendo Cuentos, volumen I de sus Obras completas (Fondo de Cultura Económica, 2015). Me lo regaló mi muy querido amigo José Luis Enciso, escritor, responsable de actividades culturales del FCE y lector ávido. No se imagina (o sí) cuánto le agradezco que me compartiera esto que deslumbra. Y no sólo por la narrativa impecable, con guiños a Allan Poe, Horacio Quiroga, el Conde de Maldoror, Max Aub y hasta Kafka y Borges, sino también por el lenguaje preciso, puntual y rico (de riqueza y de suculencia). Tario es maestro en crear imágenes poderosas, además de manejar los adjetivos y las esdrújulas como si nada.

El libro La noche (1943) reunió sus primeros cuentos, entre los que está “La noche del loco”. Lo acabo de leer por segunda vez. Es redondito. Cabal. Genial. Arranca presentando a un tipo que más de cien veces en la última semana ha repetido: “Señorita, ¿quiere usted cenar conmigo?”. Y las mismas cien, ellas se han negado. “Incluso se lo he propuesto a esas nodrizas robustas que van a flirtear con los soldados a los parques, tirando de un cochecito con toldo, en cuyo interior se vomita un bebé”. Él no se explica el rechazo. Alto, un poco seco, elegante, siempre va vestido de negro y se muda de ropa interior “seis u ocho veces diarias”. Tratando de entender la negativa femenina, de pronto se ilumina: “Todas las mujeres tienen su hombre. ¡Todas, todas! He nacido demasiado tarde y ya no hay un corazón disponible”. Entonces, tras una breve plática con un desconocido, piensa: “¿Y si lo matara? ¡Su mujer quedaría libre entonces!”. En vez de ello, visita el cementerio. “¡Ahora voy a tener mujercita y esto es espléndido! ¡No moverá mucho su cuerpecito porque está muerta, pero al menos podremos retratarnos! Si está demasiado rígida, la aceitaremos. Si su ropa se halla deteriorada, la vestiremos adecuadamente. Si está muy pálida, muy pálida, le untaremos de carmín las mejillas… Y yo me sentaré en sus rodillitas desnudas y le pasaré un brazo por su hombro, y ella me mirará con sus pobrecitos ojos quietos a mis ojos grises y sin gafas”. Aunque se me antoja muchísimo contar el resto del cuento, por magistral, evitaré violar la sorpresa de este cuentazo. Aquí abajo lo puedes leer, sin costo.

Tario es un maldito loco. Un fantasma demente que se metió en mi cama, me cuenta historias y no me deja dormir. Estoy feliz.

Da click aquí para leer gratis “La noche del loco”.

Da click aquí para oír dos cuentos de Tario: “La noche del féretro” y “La noche del traje gris”.

Da click aquí para leer tres cuentos de Tario, entre ellos “Ragú de ternera”.

Francisco Tario, Obras Completas. I. Cuentos, Fondo de Cultura Económica
Francisco Tario, Obras Completas. I. Cuentos, Fondo de Cultura Económica

Lo que hago de puro insatisfecha que soy

Ilustración: Marcelo Escobar
Ilustración: Marcelo Escobar

“Es evidente que sólo viajamos los insatisfechos. Los satisfechos se quedan en su casa gozando de la satisfacción de lo que tienen. Los que viajamos somos los que pensamos que nos falta algo. Alguna vez, si me sale, escribiré el elogio del insatisfecho injustamente denostado y su muy justa queja”, dice Martín Caparrós en El Interior, que Malpaso Ediciones acaba de publicar en México.

Recién lo terminé. Ya intentaré escribir algo (“si me sale”) sobre este necesario libro de viaje, sobre su estructura desestructurante, sobre sus muchos hilos que tejen un mismo tapete con las texturas de crónica, ensayo, diario, cuento, poema, anuncio publicitario, chisme y chiste. De momento dejo esta perlita que me explica porqué me gusta tanto viajar: por puritita insatisfacción. Y añado: supongo que escribo por lo mismo. ¿Alguien no?

PD Para la Playlist colectiva, la pregunta es: ¿qué canción oyes cuando estás triste? Si quieres participar, sólo añade tu propuesta en los comentarios.

El peligro de lidiar con un “sucio angelito”

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“La sequedad de mis labios, el agrio olor a licor, su rodilla con su hueso demasiado afilado presionando contra mi pierna; todo él tan torpe en el gesto. Me sentía tan cansada que quise apartarme y simular que me encontraba indispuesta. Fue algo espantoso que me besara. Cerré los ojos y pensé en qué decir cuando él hubiese terminado. Debo quedarme mirándole durante un buen rato, maravillada, y decirle finalmente: ‘Hace usted que me sienta rara’. Él no hacía que me sintiera rara, no como lo hizo el italiano cuando me llamó ‘sucio angelito’, pero tendría que decirlo, si no él se sentiría herido”.

Habla la narradora adolescente de Lo que dijo Harriet, novela de la inglesa Beryl Bainbridge recién publicada por el sello español Impedimenta y distribuida en México por Sexto Piso. Es de lo mejor que he leído en mucho tiempo, impecablemente bien escrita, perturbadora a morir, con una ironía que alarma y desarma. Cuenta la historia de dos amigas, de 12 y 13 años, quienes durante el verano se reencuentran en una pequeña localidad costera. Juntas son perversas, nocivas. Lideradas por Harriet, se proponen seducir al Zar, un hombre casado que coquetea con ellas sin medir el abismo al que pueden arrastrarlo.

La novela, un portento redondo, está inspirada en un crimen real ocurrido en Inglaterra, sobre el que Peter Jackson se basó para su película Criaturas celestiales. Y la vida de su autora, a quien hasta el momento yo no tenía en el radar, no es menos fascinante: nacida en Liverpool en 1932, trabajó como actriz, empezó a escribir tardíamente y creó Lo que dijo Harriet, su primer libro, a los 35 años, pero varios editores lo rechazaron por “repulsivo”. Por fin fue publicado en 1972. Luego Bainbridge publicó varias novelas más y cuando murió en Londres, en 2010, The Guardian la llamó “un tesoro nacional”.

Como digo, la novela es de verdad notable. Y luego está la traducción. En general, si me es posible, evito leer traducciones de inglés y francés; prefiero acudir a las obras en su lengua original. Cuando Llüisa Matarrodona, eficaz publirrelacionista de Sexto Piso, me hizo llegar esta edición del libro, le quise echar ojo, pero en ese echar ojo me devoró la prosa de Bainbridge. Terminé leyendo la novela completa, tirando baba por la pluma de Bainbridge  y disfrutando muchísimo la traducción de Frieyro. Cómo da gusto que existan mancuernas así.

De verdad, háganse un favor leyendo esta cátedra de escritura poderosa y soberbia traducción sobre los peligros de rondar a un “sucio angelito”. Es de los libros que uno no puede vivir sin haber leído.

“Aquí la gente festeja con sexo”

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El telo de papá es la primera novela de la argentina Florencia Werchowsky, quien en la vida real es hija del dueño del hotel de su pueblo. Por eso, nada más natural que tejer la historia en torno a ese lugar en donde el sexo es protagonista.

Es muy delgada, quizá por su pasado como bailarina aunque también porque, para desayunar, apenas pide jugo y un té. Está en México para promover su libro. Periodista de formación, tiene tatuajes en los brazos pero un aire tímido al conversar. Dice haber visitado algún motel un par de veces, una de ellas para acompañar a un amigo que quería ver una final de futbol y no tenía televisión. Sin embargo, la verdad es que Werchowsky prácticamente creció en el Cu-Cú, hotel de carretera en la Patagonia argentina que fue el sostén familiar durante su infancia y adolescencia. Y aunque la molestaban por ese hecho, el motel se le impuso como tema y también le dio material para escribir esta novela con tintes autobiográficos, publicada por Editorial Colofón. En ella recupera la historia del hotel (palabra que surge al repetir muchas veces “telo”) y entreteje tanto sus propias anécdotas como las de sus papás, las empleadas, los clientes del local, el pueblo entero que “debuta” en el negocio. Aquí, parte de lo que dijo cuando nos sentamos a platicar.

Publicidad y literatura. Escribí El telo de papá mientras trabajaba en una agencia de comunicación en una especie de celibato mental, que no dejaba espacio para nada más. La publicidad es una ficción en sí misma: crea una historia verosímil sobre un producto. Invertirle tanta energía me frustraba porque sentía que trabajaba para el enemigo, así que escribir la novela, cuyo tema estaba muy cantado para mí, me sirvió para sentir que le daba tiempo a un proyecto no-ocioso. Cada palabra es mía y eso es bueno y malo, porque uno es esclavo de lo que escribe.

Convertir la vida en ficción. Al escribir sobre la vida tanto mía como de mi familia en torno al Cu-Cú me di cuenta de que no recordábamos muchas cosas, así que llené literariamente esos huecos. En otros casos, los hechos eran muy crudos y resultaba inverosímiles. Eso me obligó a trabajarlos para hacerlo creíbles. Como soy periodista, primero pensé que debía ajustarme a la historia real, pero al final transformé cosas, las reformulé. Por eso digo que esta novela es autoficción.

Novela no-sexual sobre un motel. El sexo es avasallante, un tsunami que lo toma todo, así que mantenerlo a raya en la novela me pareció la forma más sana de que no se comiera lo que yo quería contar. De hecho, cuando veo que en algunas tiendas venden mi libro junto a Cincuenta sombras de Grey pienso en los pobres lectores engañados, que compran El telo de papá buscando descripciones de falos gigantes. Aquí no las van a encontrar, no es una novela erótica.

La familia que se lee a sí misma. Cuando mi mamá supo que yo estaba escribiendo sobre el Cu-Cú dijo que era horroroso que tratara el asunto y dejó de hablarme por un año. Del otro lado, a mi papá le pareció una reivindicación y me llamaba a diario. Cuando el libro salió en Argentina yo estaba en México, lo que puso un paño frío sobre esa tensión y luego a mi mamá le gustó su personaje, así que se relajó. Y mi papá está en llamas, feliz. Parece el héroe reconocido que se ganó el Oscar.

Como película de David Lynch. El hotel familiar sigue funcionando, es de lo que viven mis papás y aunque soy la heredera, nunca me he planteado manejarlo porque es tremendo estar ahí. Los primeros 15 minutos te sientes en una película de David Lynch, pero luego se vuelve denso y deja de estar bien. Es que cada cuarto es un territorio de libertad de dos por dos metros, pero también es un espacio de conflicto donde se libran batallas entre dos personas y de ellos dos contra el resto del mundo.

Festejar con sexo. Ñanco, el dueño del hotel, dice en la novela: “La gente acá tiene relaciones sexuales ante cualquier evento, festeja con el sexo”. Y yo lo vi, es verdad. En los Mundiales de Futbol de 1978 y 1986, cuando Argentina se hizo campeón, en los hoteles se hizo una tremenda cola para entrar. Ese festejo que es privado se convirtió en alegría nacional y a nadie le importó quedar expuesto en una fila de autos. Ganar el Mundial lo justificaba.

Libros como parejas. Ahora estoy escribiendo dos novelas, pero es como tener dos parejas: no me da la vida para mantenerlas satisfechas, así que en algún momento tendré que dejar alguna. Ya veré por cuál me decido.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo).

 

Lo vas a disfrutar aunque no seas niña

 

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“Si tu madre te pide que hagas algo, no está bien decirle que no. Es mejor y más conveniente darle a entender que harás lo que te ordena y, después, proceder con discreción según los dictados de tu sabio criterio” (sustituye a tu madre por tu jefe).

Por muchos años, los libros para niños incluían aburridísimos consejos sobre cómo ser buenos y dóciles, obedientes, respetuosos con los mayores sólo porque lo son. Así fueron educadas generaciones de mansos y bienpensantes. En cambio, Consejos para niñas pequeñas es un breve volumen políticamente incorrecto que dice lo que todos quieren (queremos) oír: acata los caprichos de tus padres mientras no te harten demasiado, finge que obedeces para tranquilizar a tu mamá y luego haz lo que se te antoje, se vale ponerle mala cara a tu maestra si la ocasión lo amerita. Qué joya.

Divertido e inteligente, fue publicado en 1867 por Mark Twain, autor de Las aventuras de Tom Sawyer. No me imagino cómo habrá sido recibido en un contexto de gente decente, pero se antoja hacerlo lectura obligatoria en las escuelas para ir en contra sentido de la buena educación que estandariza e impide pensar (y contra la cual Twain recomendaba “desaprender”). Es más, sus consejos harían mucho bien en oficinas y empresas donde suele enseñarse la mansedumbre, el servilismo. Además esta nueva edición de Sexto Piso, ilustrada por el artista Vladimir Radunsky, es preciosa. A lo mejor se convierte en tu libro de cabecera.

(Entrada originalmente publicada en mi Blog Deli(b)rios, en el sitio web de la revista SoHo)

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“El escritor no puede ir por el carril central de la carretera”: Fabio Morábito

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Fabio Morábito es autor de cuatro libros de poesía, tres de cuento, dos de prosa, uno de ensayo y dos novelas. Doce en total. Con ese bagaje, algo sabe sobre el oficio de escribir. Su pluma, rica en matices, ha creado un grupo fiel de seguidores en México y el extranjero (yo, entre ellos). Esta vez conversamos sobre su nuevo título, El idioma materno, publicado por Sexto Piso, compilación de textos breves sobre libros y el vicio de tomar la pluma. Estos cinco extractos son continuación de la plática que inició aquí.

1. Empezar imitando. Si alguien quiere escribir de forma más o menos seria sólo necesita papel y lápiz. Ésa es una ventaja, a diferencia de quien busca pintar o hacer cine. Además, claro, debe tener una mínima costumbre de lector, no concibo autores que no lean. Uno siempre empieza imitando las plumas que lo impresionan.

2. Transgresión. Hoy se abusa de esa palabra para definir el supuesto aporte de un artista: si transgrede, vale; si no, es un pobre idiota. El concepto se ha banalizado. Creo en apostar por la normalidad: si lo eres de verdad, ahí está tu transgresión. Paz decía que no hay autores más importantes que otros. Claro, Shakespeare es mejor que Vargas Llosa, pero Vargas Llosa subraya aspectos de la vida que nadie más ha destacado. Las plumas extraordinarias rozan muchas fibras, pero el resto toca alguna que los demás ignoran. Esa particularidad es la que te hace escritor. Y te vuelve imprescindible.

3. El lector. No creo en esos autores que dicen escribir sólo para sí o para dialogar con la posteridad. Quien se sienta a hacer un texto siempre está preguntándose para quién lo hace, aunque cuando lo tiene demasiado claro puede resultar dañino. Funciona mejor cuando el lector es una especie de entelequia brumosa.

4. Ignorar gozosamente. Desconozco algunos aspectos de mi historia familiar donde sospecho turbiedades, pero sin una cierta ignorancia feliz, uno no escribiría. En El idioma materno hay un texto que me gusta en especial, porque fue un descubrimiento. Se llama “Carril de acotamiento” y plantea que si quieres escribir no puedes ir por el centro de la carretera, tienes que deslizarte al borde. Es decir, el autor que busca expresarse genuinamente se equivoca: al tomar la pluma uno se pone una máscara y asume que los textos no lo reflejan, acepta ese personaje creado. Y si uno quiere conocerse, vale más dedicarse a otra cosa. El escritor es el ser que menos se conoce, con tantas palabras es imposible encontrarse el alma.

5. Palabras y chistes. Todo el tiempo usamos las de otros y eso es lo padre del lenguaje, nadie tiene propiedad privada sobre él. Los chistes, por ejemplo, ¿quién los inventa? No vienen con crédito y, sin embargo, a alguien se le ocurrió cada uno. Son como cuentos o incluso poemas, similares en la emoción que producen, en esa vuelta de tuerca que muchas veces descansa en un juego de lenguaje.

Así piensa este autor que escribe de madrugada y se concibe al mismo tiempo como un centinela y un ladrón. El idioma materno ya se consigue en todas las librerías.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo).

 

La masturbación y la literatura se parecen, dice Fabio Morábito

Foto: Pradip J. Phanse
Foto: Pradip J. Phanse

Estamos en su sala. Nos acompaña una planta enorme, que estira el cuello para atrapar el sol. Conversamos sobre El idioma materno, publicado por Sexto Piso: comprende textos breves sobre la lectura, la escritura, el lenguaje. Siendo adicta a las tres actividades, lo disfruté como enana (dicen que son voraces). Mientras Fabio habla con las manos lo siento relajado. No se apura a contestar mis preguntas y a veces me formula alguna, pero retoma el hilo, conversador delicioso. Aquí, cinco momentos de la plática que también disfruté como enana. 

1. Autodefinición. Cada vez es más común encontrar gente que se presenta como “poeta”, pero ésa no es una profesión. Uno sólo hace poemas. Aunque cuando digo “soy escritor” ya me parece exagerado, no he encontrado otra palabra, una que englobe lo que hago. Quizá podría ser una frase, algo como “operador verbal”.

2. Escritor y traidor. La oralidad es colectiva pero la escritura es solitaria, pone una barrera. Los niños no entienden por qué no deben interrumpir a quien está reclinado sobre un papel. Y luego están esos signos que parecen sustituir la vida, que de hecho la sustituyen. Por eso, la vergüenza del escritor descansa en que traiciona, sacrifica la comunicación. Además, su trabajo tiene prestigio, como si fuera una especie de sacerdote que sabe cosas ocultas. Este oficio también se vive con culpa por cargar esa mentira.

3. Hábitos de lectura. En general señalo lo que me llama la atención en un libro, una frase que yo tenía a medias pero que ese autor cuajó como había que hacerlo. Es como apropiarme sus palabras, porque el subrayador se vuelve un segundo autor del texto. En El idioma materno narro que, estando en una biblioteca, tomé un libro mío para verificar un dato. Estaba todo rayado, pero no estuve de acuerdo con quien lo hizo. Pensé: ¿por qué destacó eso sin importancia y dejó de lado esto otro, que funciona bien? Éste es un tema sobre el que todo el mundo tiene una opinión, porque todos subrayamos. O queremos ser subrayados.

4. Imaginación. La literatura y la masturbación tienen un punto en común: ambas implican fantasear. Han sufrido épocas de gran condena pero su peligro no radica en el desahogo orgásmico ni en la obra literaria, sino en el hecho de que abren la puerta a la imaginación. Y, según algunos, quien la practica puede enloquecer cualquier día.

5. Libro deseado. En general, cuando leo un libro que me apasiona pienso “pude haberlo escrito yo”, siento como si alguien se me hubiera adelantado. Por ejemplo: De ratas y hombres, de John Steinbeck, me ha marcado mucho y me gusta decirme que si él no lo hubiera creado, tarde o temprano lo hubiera hecho yo, aunque por supuesto sé que no es verdad.

Aquí puedes leer un adelanto de El idioma materno

(originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo).