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#MiércolesDePoesía Cuando cada atardecer parece el último

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La vida suele irse como agua en canal, sin sentirse. Siempre lo hace, pero en estas semanas alguien le puso un acelerador: apenas me doy cuenta de que el miércoles pasado no subí poema a este blog.

No entiendo cómo es que los planetas sobrevivieron, cómo el universo resistió sin colapsarse, pero me da gusto, con tanta poesía que todavía hay que compartir. La razón de mi ausencia es que el miércoles muy temprano volé a la FIL Guadalajara y, como pasa siempre allá, el tiempo se volvió otra cosa, una celebración de amigos, libros y gustos. Francamente, se me olvidó el resto del mundo.

En compensación va hoy un poema que justamente me regaló la FIL: es de la española Olvido García Valdés. Me puede la sutileza con la que nombra ese “olvidado asombro de estar vivos” del que habló Octavio Paz. Sea este #MiércolesDePoesía.

 

 

 

 

 

 

 

 

Aquí, tres cerillos para alumbrar un cuarto a oscuras

“Lo que importa, en literatura, es construir pasados que no existen, o existieron de otro modo”.

“Los que se aman, cuando se aman, no se ven como son en realidad. El amor es un espejo deformante”.

“Hay una frase luminosa en los diarios de Sándor Marai: ‘En la literatura no existe la democracia; solo hay solistas'”.

Encuentro estas tres mínimas citas del autor español Adolfo García Ortega en su libro Fantasmas del escritor (Galaxia Gutenberg). Pero no están hechas de palabras solamente, tienen textura más honda, así que ya las cargo en la libreta que traigo siempre conmigo. Estoy convencida de que, un día, cada una me va a servir para entender algo trascendente. Es lo que pasa con un cerillo que alumbra un cuarto en negros. Y en este libro hay muchos cerillos disfrazados de palabras.

Voy a tener el de-veras-no-exagero honor grande de presentar al autor y al libro en la FIL Guadalajara el 2 de diciembre a las 4:30 en el salón Agustín Yáñez, junto con dos personas de mis querencias: Paola Tinoco y Nicolás Alvarado.

Si puedes caer, serás muy bienvenido. Si no, date el lujo de leer el libro. Vale todo la pena.

 

El itinerario delirante de la primera novela que no lo parece

Foto: EFE
Foto: EFE

Roberto Wong es novelista, tiene 32 años, es de Tampico, en Tamaulipas, México, pero vive en San Francisco. Con París D.F. (Galaxia Gutenberg) ganó recientemente en España el Premio Dos Passos a primera novela. En ella, un joven gris vive obsesionado por conocer París y superpone el mapa de la Ciudad Luz al del Distrito Federal, en el que vive y busca encontrar sentido. Cuando ocurre un asalto en la farmacia en la que trabaja y el delincuente muere, Arturo arranca un itinerario delirante que teje los planos de ambas ciudades. El vaivén entre pasado y futuro pasa por el amor, la soledad, la violencia, el deseo y la sinrazón, donde París es el espacio imaginado de esperanza. Así, la Place de la Bastille es al mismo tiempo una construcción francesa y un espacio mexicano: “Llamada originalmente La Merced, antes de ser un mercado fue una fortaleza que defendió las antiguas puertas de la entrada a París. Prisión símbolo del absolutismo, La Merced fue tomada por asalto el 14 de julio de 1789 por el pueblo, en el que es considerado como el primer acto de la Revolución francesa”.

La acabo de terminar y aunque me gustó mucho, la sentí floja en dos puntos: por un lado, algunos rasgos del protagonista que son destacados al inicio, luego se desdibujan conforme avanza la novela, como si se le hubieran olvidado al autor (entre ellos, la relación con su mamá y el hecho de que escribe poesía); por otro, las varias voces, la superposición de tiempos y espacios así como el desvarío de Arturo a ratos cansan, hacen difícil seguir el hilo de la narración. Con todo, la voz de Wong es vigorosa y sólida. Su oficio se abre en muchas direcciones pero en esta novela pone el acento en la nostalgia por lo que se imaginó pero no fue, nunca fue: “Miras por la ventana del autobús que te regresa a la ciudad. ‘Algunas cosas resultaron decepcionantes’. Sin duda. ¿Acaso no es ésta la frase que podría resumir toda una vida? Lo único que puede arreglar tu vocación de cosa rota es una cerveza”.

París D.F. me parece el trabajo robusto de un narrador que tiene camino andado. Para ser primera novela es mucha novela.

 

 

Con quién decidí casarme

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“¿Por qué permite que le haga sufrir así? […] Escuche, Wilhelm, se lo digo por su bien. Se lo repito: no se case con el sufrimiento. Algunos lo hacen. Se casan con él, y duermen y comen con él, como marido y mujer. Si se encuentran con la alegría creen que cometen adulterio”. -Saul Bellow, Carpe diem (Galaxia Gutenberg/ Editorial Colofón).

Casi al final de la cruda novela de Bellow encuentro este pasaje. Lo leo, lo releo, lo subrayo. En un murmullo lo repito, dejo que se acendre en mi boca su amargor. Sí, conozco gente que se ha atado al dolor y no quiere soltarlo, por miedo a cometer traición. Yo no. Hace mucho me casé con la vida, con la luz y me mantengo fiel a esa unión. El sufrimiento viene a veces de visita, más que amante es un pariente lejano al que hay que recibir, cederle un cuarto, servirle de comer. Descoloca a todos en casa pero enseña cosas. Eso sí: después de un tiempo, corto o largo, debe irse. Entonces la alegría se reinstala en casa.