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Aquí, tres cerillos para alumbrar un cuarto a oscuras

“Lo que importa, en literatura, es construir pasados que no existen, o existieron de otro modo”.

“Los que se aman, cuando se aman, no se ven como son en realidad. El amor es un espejo deformante”.

“Hay una frase luminosa en los diarios de Sándor Marai: ‘En la literatura no existe la democracia; solo hay solistas'”.

Encuentro estas tres mínimas citas del autor español Adolfo García Ortega en su libro Fantasmas del escritor (Galaxia Gutenberg). Pero no están hechas de palabras solamente, tienen textura más honda, así que ya las cargo en la libreta que traigo siempre conmigo. Estoy convencida de que, un día, cada una me va a servir para entender algo trascendente. Es lo que pasa con un cerillo que alumbra un cuarto en negros. Y en este libro hay muchos cerillos disfrazados de palabras.

Voy a tener el de-veras-no-exagero honor grande de presentar al autor y al libro en la FIL Guadalajara el 2 de diciembre a las 4:30 en el salón Agustín Yáñez, junto con dos personas de mis querencias: Paola Tinoco y Nicolás Alvarado.

Si puedes caer, serás muy bienvenido. Si no, date el lujo de leer el libro. Vale todo la pena.

 

Nos apropiamos de Anaïs Nin (y la envidiamos)

Al terminar la mesa nos abrazamos Ana Clavel, Paola Tinoco, Julia Cuéllar, yo y Carmen Rioja. En la foto falta Verónica Maza. Andaba no sé dónde.

Anaïs Nin pasó de visita por la Feria Nacional del Libro de León, en Guanajuato. Estuvieron sus palabras y su affaire con la vida en exceso, con la sobreabundancia del arte.

Cinco mujeres escritoras nos encontramos allá para hablar de ella y del imán brutal que tienen su vida y su obra, a 40 años de su fallecimiento. Ana Clavel, Paola Tinoco, Verónica Maza, Carmen Rioja y yo participamos en una mesa sobre las implicaciones de la pluma de quien dejó líneas como éstas: “Es a Henry a quien amo de esta manera criminal. Locamente. Cometería crímenes por él. Otra vez la locura […] el desbordamiento de una extravagancia indisciplinada. Al diablo con el buen gusto y el arte, con todos los frenos y barnices […] Amar es lo primero… amar, perder, rendirse […] Solo creo en el fuego” (Diarios amorosos, Siruela).

Abordamos su coraje de exponer fuerza y fragilidad por sobre la buena conciencia. El rigor quemante de no quedarse con las ganas. Su convicción de que las vivencias alimentan la literatura, la hacen vestirse de cuerpo y alma.

Me pareció curioso que, como ha ocurrido otras veces, apareció entre nosotras la palabra “envidia”. Esta mujer nacida en 1903 fue capaz de vencer en su escritura y su día a día lastres que todavía nos cobran factura a nosotras, de la segunda mitad del siglo XX.

Qué gozadera hablar de Anaïs con colegas queridas. Hacerla, de nuevo, propia.

Carmen Rioja, espléndida moderadora
Leyendo algún fragmento de los Diarios amorosos publicados por Siruela
Creo que estaba pensando: la de veces que he vuelto a Anaïs, para encontrarme.

 

Cinco indiscreciones de escritores

Foto: Shutterstock
Foto: Shutterstock

Devotos de las palabras, obsesivos de lecturas que les habitan la cabeza, 21 autores nacionales y extranjeros de novela, poesía, novela gráfica y entrevista nos dijeron si roban libros o no y qué harían si encontraran una bodega llena de ediciones pirata suyas, entre otras chuladas.

1. ¿En qué personaje te gustaría convertirte?

David Miklos En el Bartleby de Herman Melville, para decir: “Preferiría no hacerlo”.

Jorge Zepeda Patterson En Jon Stark, de Game of Thrones. Debe de ser padrísimo tener un lobo dentro.

Liniers En Sal Paradise de En el camino, de Kerouac. Lo leí a los 18 años, edad perfecta porque entonces representó la promesa de que al crecer yo podría viajar, tener mujeres, tomar drogas. En cambio, si lo lees a los 40 te recuerda todo lo que no hiciste.

Mónica Maristáin Yo, de hecho soy García Madero, de Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño.

Rogelio Guedea Casi soy Holden Caulfield, de El guardián entre el centeno, de Salinger. Como él, tuve una adolescencia loca, pero de gran ingenuidad.

Jorge F. Hernández En Ignatius J. Reilly, de La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, para comer hot dogs en Nueva Orleans por el resto de mis días.

Jorge Alberto Gudiño En el Quijote, porque vive mezclando ficción y realidad.

Rowena Bali En Ada, de Ada o el ardor, de Nabokov; en Teresa, de Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé; en María, de Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll; en Antínoo, de Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar: todos ellos, por la forma como fueron amados.

  1. ¿Qué libro hubieras querido escribir?

Alberto Chimal La naranja mecánica, de Anthony Burgess. Es tremendo por la trama y el lenguaje y también por su célebre capítulo 21, que fue cortado tanto en muchas ediciones como en la película de Stanley Kubrik. Ahí, el protagonista se da cuenta de que está envejeciendo y debe incorporarse a la vida adulta. Es muy conmovedor.

Irvine Welsh El código Da Vinci, de Dan Brown. ¡Sería millonario!

Liniers Las uvas de la ira, de John Steinbeck. Es de los libros que no te hacen más culto, sino mejor persona.

David Miklos A Field Guide To Getting Lost, de Rebecca Solnit. Es un gran libro de ensayo.

Alberto Montt La Biblia. Sería putrimillonario, dirían que Dios me inspiró, podría acostarme con niños y todas esas cosas lindas que pasan en la Iglesia.

Laura García Océano mar, de Alessandro Baricco. Es de los libros que más me han hecho detener la lectura y quedarme pensando.

Gabriela Jáuregui El libro de cuentos Samuel Johnson Is Indignant, de Lydia Davis. Soy muy fan de ella.

  1. ¿Cuál es tu insulto preferido para otro escritor?

Laura Martínez Belli “Escribe como Paulo Coelho”.

Jorge Alberto Gudiño “Es un completo analfabeto”. Nos lo dijeron a mí y a mi editor.

Luigi Amara “Cacalibri”. Lo usaban los romanos para referirse a alguien que literalmente cagaba libros porque hacía muchos, todos descuidados.

Rocío Cerón “Es un autor menor”.

Gabriela Jáuregui “Que te chupe la falla lacaniana”. Es de Severo Sarduy, mi ídolo.

Alberto Chimal “Fementido, canalla”, del Quijote.

Laura García “Es un escritor ñoño”.

Paola Tinoco “Fulanito puede entrar a mi biblioteca, porque sé que no va a tocar los libros”.

José “Monero” Hernández Me fusilaría a Groucho Marx: “He leído un libro extraordinario. Y, ciertamente, no es el tuyo”.

4. ¿Cuál fue el primer libro que robaste?

Jorge F. Hernández Charlotte’s Web, de E. B. White, mientras estudiaba primaria en los Estados Unidos. Fui un gran ratero de libros hasta que mi maestro, Luis González, me dijo que no era honroso hacerlo si uno es un escritor publicado.

Rocío Cerón No lo hice, pero debería haberme quedado una primera edición de Blanco, de Octavio Paz.

Julio Trujillo He robado varios, entre ellos las cartas de José Lezama Lima y José Rodríguez Feo, de la librería Tomo 17, que cerró hace años. En realidad pensaba pagarlo, pero en la caja había mucha gente y me desesperé, entonces me lo guardé e intenté salir. La dueña me gritó en público. No fue el primero, pero sí el último.

Irvine Welsh Docherty, de William McIlvanney, lo robé de una librería en Edinburgo. Tenía unos 13 años.

Alma Delia Murillo Era niña y vi en casa de una tía Colmillo blanco y El llamado de la selva, de Jack London, en una misma edición. No me aguanté.

  1. ¿Qué harías si encontraras una bodega con libros pirata tuyos?

Jorge F. Hernández Me pondría parche, perico al hombro y garfio. Luego repartiría todos gratis.

Irvine Welsh Diría: ¿por qué pierden tiempo en eso, si mis libros están tan baratos en Amazon?

Luigi Amara, Rowena Bali, Rocío Cerón, Alberto Chimal, Jorge Alberto Gudiño, José “Monero” Hernández, Liniers, Mónica Maristáin, Laura Martínez-Belli, Alma Delia Murillo, Julio Trujillo, Jorge Zepeda Me pondría feliz, porque significaría que se venden, que funcionan.

Alberto Montt Los vendería más baratos que la editorial. Sería la única forma de ganar plata con mis libros.

(Originalmente publicado en el suplemento Punto y comas, de periódico Sinembargo.  Da click aquí para ir al artículo completo).

El microrrelato, esa criatura híbrida. Y concupiscente.

Imagen: Angelina Jolie en Beowulf
Imagen: Angelina Jolie en Beowulf

Algo así como la Angelina Jolie de la literatura, este subgénero libertino no tiene honor. Pero qué bien te la pasas cuando te monta.

Es lasciva y subversiva. A veces abusiva, te coge por sorpresa. Apenas se asoma un par de renglones y es plenamente alguien. La mirada oblicua. La sonrisa que desarma. Cuando te das cuenta, ya te dijo lo que quería, te manoseó, te cogió. No tiene honor ni palabra de ídem. Tercera indomable, es hija a partes iguales del cuento y del poema, por eso posee tanto la fuerza narrativa de la prosa como la musicalidad de la poesía. El microrrelato me encanta por criatura híbrida, concupiscente, tan semejante a la Jolie hermafrodita.

Mi querida amiga Paola Tinoco (@paolatinoco) echó mano de su sensibilidad literaria, que no es poca, y reunió a diez narradores de ficción breve en una rica compilación (¿podía ser de otra manera?). La acabo de terminar de leer y me dejó una sonrisa casi postcoital. Se llama Mexicanos en una nuez. Antología de microrrelato y la publicó en 2014 Hormiga Iracunda, editorial que se ha especializado en ficción breve (hace tiempo comenté aquí El viajero del tiempo, de Alberto Chimal, en la misma colección). El librito incluye lo mismo a narradores consagrados como Chimal, Jorge F. Hernández, Ana Clavel, Élmer Mendoza y Rogelio Guedea, que a plumas nuevas en el libertinaje microrrelatesco (Erika Mergruen, José Luis Zárate, Bibiana Camacho, Luisa Reyes y Ashauri López). Aquí van tres probaditas de su seducción ingobernable, junto con las cuentas de Twitter de los autores. Larga vida al hermafroditismo narrativo. Y sí, también al de la Jolie.

Erika Mergruen, “Hansel” @mergruen
Nada es para siempre, ni siquiera los kilos de confites, almidones, chocolates y betunes de la otrora casita en el bosque. Pero ya no importaba saberlo, porque la oportunidad de conservar aquel lugar icónico para organizar visitas guiadas se había derretido una bola de helado bajo el Sol. Aunque tampoco hubiera servido no comerse las paredes, los pisos y los muebles del lugar: el mantenimiento hubiera resultado imposible. Qué estúpidos fuimos, pensó Hansel, debimos exigirle las recetas a la bruja antes arrojarla al fogón.

Ashauri López, “I.” @Ashauri
El general ordenó abrir fuego en contra de los inconformes con el nuevo régimen. Todos los militares comenzaron a dispararse entre ellos.

Jorge F. Hernández, “La custodia” @FjorgeFHdz
Dicen que todas las noches la bibliotecaria cierra Moby Dick para que no se moje la alfombra; guarda el Quijote para que no deambule Don Alonso; pone en su caja las Cartas de Cortés y el mamotreto de Bernal Díaz del Castillo para que cesen los gritos; recoge las gafas de cualquier Quevedo; revisa que el Dante esté apagado, cierra todas las puertas del Madame Bovary e impregna de insecticida La metamorfosis de Kafka.

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Tardé cuatro años en saber cómo acabar un cuento: Paola Tinoco

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Había una vez un escritor alcohólico, que llevaba escritorzuelas a su casa y las manoseaba en el baño de visitas. Su mujer aguantaba todo y de paso, cuando él se curaba los excesos, corregía vicariamente sus textos y los embellecía. Un día, harta de borracheras e infidelidades, decidió dejarlo e irse de viaje. Cuando estaba en el aeropuerto, él la llamó: “Te necesito, siento que me muero”. Y en este cuento mejor-que-la-vida-real, el giro final fue todo lo inesperado que podía ser.  En el departamento de al lado, un hombre empezó a robar libros porque un amigo de un amigo suyo quería una edición especial de Lolita. Sin querer (o sí) terminó con una adicción a la lectura mucho más quemante que a cualquier droga, mientras en el piso de abajo, un escritor preocupado por reflejar la cotidianidad se enfrentaba a focos fundidos, un horno de microondas que echaba humo y la sala inundada, al tiempo que se preguntaba: “¿Qué haría Kant en una situación como ésta?”.

Es parte de la fauna que habita Oficios ejemplares, primer libro de cuentos de la mexicana Paola Tinoco, publicado en 2010 por Páginas de Espuma. En este edificio, en el que los habitantes buscan cómo ganarse la vida sin perderla, cada cuento comprende dos historias: una está en la superficie, digamos que en la sala, y otra se teje calladamente, así como en el clóset. Hace tiempo, haciendo teoría del cuento, Ricardo Piglia escribió: “¿Cómo contar una historia mientras se está contando otra? Esa pregunta sintetiza los problemas técnicos del cuento”. El mismo Piglia se entusiasmó con la narrativa de Tinoco y con su manera de resolver el asunto, tanto como para aparecer en la contraportada diciendo de ella: “Se trata de una joven escritora dedicada a su trabajo y con gran futuro”.

Y es que la autora de Oficios ejemplares tiene una pluma ágil. En cada cuento saca los muebles de su sitio, les sacude la comodidad y los coloca en un lugar insospechado, donde muestran la pátina del desconcierto, de la ironía. Y eso no sucede por azar, implica oficio, ese que Paola conoce tan bien porque se mueve entre escritores como en casa. Trabaja en México como promotora cultural y publirrelacionista del grupo editorial Colofón, entre cuyos sellos principales están nada menos que Anagrama y Siruela. Hablando de oficio, en la pasada Feria del Libro de Guadalajara recuerdo oírla decir que el cuento “Cenicienta humillada” era más inteligente que ella misma, de modo que tuvo que esperar cuatro años “para saber cómo terminar” la historia de una chica y un hombre que se excita más al insultarla, que al hacerle el amor.

Vale la pena pasar y pasear por los 14 departamentos de este edificio, donde tras cada puerta espera una historia. No, dos historias. Ambas, espléndidas.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios, en el sitio web de la revista SoHo).