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Y sí. Lo creo.

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Lo dice el siempre sereno Breuer, célebre médico vienés y amigo de Nietzsche. Añade: “Ella significa peligro. Antes de conocerla, yo vivía de acuerdo con las normas. Hoy coqueteo con los límites de las normas. […] Pienso en hacer estallar mi vida, en sacrificar mi carrera, en ser adúltero, en perder a mi familia, en emigrar, en empezar una nueva vida con Bertha”. Son fragmentos de la novela El día que Nietzsche lloró, de Irvin D. Yalom (Emecé), que releo en estos días y me vuelve a impresionar por la hondura con la que pinta la contradicción humana. Dicho en buen español, retrata los pinches locos que somos algunos para quienes, a veces, el riesgo resulta un imán. Será porque nos recuerda que estamos vivos. Y eso deja regusto a hierbabuena en la boca.

PD Mañana es #SábadoDeMúsica. Esta vez, el tema será “Mi canción favorita lanzada el último año”. Si quieres participar, escribe tu propuesta aquí abajo, en los comentarios, para que la añada. Salud para el viernes.

Poema porque duele recordar días mejores

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En el #MiércolesDePoesía que se viene encima no se me ocurre nada mejor que compartir un poema de Fabián Casas, autor argentino del que conseguí esta antología en la reciente Feria del Libro. Su poesía cotidiana, sin grandilocuencias pero con hondura, me tiene encantada. Este poema en específico deja un sutil sabor a metal, como el recuerdo de días felices.

 

“A las cosas no les importan los mortales.

Ayer encontré esa foto

que ni recordaba,

y te juro que parecíamos tranquilos

en ese simulacro del papel y de la luz”.

-Fabián Casas, “Foto 1965”, Tuca en Horla City y otros. Toda la poesía 1990-2010 (Emecé, Cruz del Sur).

Sobre una (mala) traducción de Nabokov

Nabokov fotografiado por Yousuf Karsh
Nabokov fotografiado por Yousuf Karsh

“[…] Por el brillo de esas mejillas, por los doce pares de delgadas costillas, el vello en la espalda, la insustancialidad de su alma, esa voz ligeramente ronca, los patines y el grisáceo día […] Por todo esto él hubiera dado una bolsa de rubíes, un balde de sangre, cualquier cosa que le pidieran” -Vladimir Nabokov, El hechicero (Emecé).

Esta niña es antecedente directo de Lolita (1959). Escrita unos 20 años antes, anuncia el tono, las pinceladas y el humor de la obra maestra de Nabokov pero, sobre todo, presenta su exquisito sello. Esto es lo primero suyo que leo en español (he devorado Lolita tres veces y Ada o el ardor una, ambas en inglés) y ahora este “hermoso trozo de prosa rusa, lúcido y preciso”. Sin embargo, esta versión hispana (traducida del ruso al inglés por Dimitri Nabokov y de ahí al español por Rolando Costa), es descuidada: basta ver la obvia cacofonía “brillo, mejillas, costillas”. Con todo, nada empaña líneas como: “Sabía que no efectuaría intentos contra su virginidad en el sentido más estrecho y rosado del término, hasta que la evolución de las caricias hubiera ascendido, trasponiendo un cierto paso invisible. Él se contendría hasta la mañana en que, riendo aún, ella escuchara su propia sensibilidad y, enmudeciendo, exigiera que la búsqueda de la oculta cuerda musical se efectuara en conjunto”.

Decía Monterroso que de leer un buen libro en una mala traducción a no leerlo, prefería lo primero. Así mismo: es una novela imperdible aunque el traductor no lo sea.

Borges, el niño terco

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Anoche, leyendo, me sorprendió esta imagen de un Borges encaprichado, aportada por María Kodama: “Roma será para mí su voz recitando las Elegías de Goethe y Venecia para usted lo que yo le transmití un atardecer, en San Marcos, escuchando un concierto. París será usted niño, terco, encerrado en un hotel comiendo chocolate mientras leía a Hugo, su manera de descubrir París […]”. Kodama en “Epílogo”, Atlas (Emecé)

¿Por qué me cuesta trabajo imaginarme así al racionalísimo Borges? Quizá se deba a mi manía de entronizar a los autores que me dejan sin aliento. Dice mi terapeuta que de vez en cuando cae bien recordar que son humanos. Caray.

Sobre algunos viajes de Borges

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Como buena groupie del argentino, hace unos años fui a ver en México (en un museo de la calle Isabel la Católica), una exposición de fotos y textos de viajes que hizo con María Kodama. A diferencia de Borges y Kodama, la segunda evidentemente subordinada al primero, en el caso de la muestra que menciono texto e imagen eran complementarios, ninguno acompañaba al otro. Se trataba de comentarios o poemas a propósito de los lugares, alguna anécdota de lo ocurrido en las fotos, las sensaciones percibidas en un destino específico. Me gustó el diálogo entre los dos lenguajes. Ahora que lo pienso, quizá de ahí nació mi deseo-no-cumplido-aún de aliarme con un fotógrafo y concebir un trabajo conjunto poesía-imagen.

Estos días en la capital porteña, más específicamente en San Telmo, encontré el libro que compendia ese trabajo. Aquí un bello fragmento que lo resume, hablando de un viaje en globo en Estados Unidos:
“Toda palabra presupone un experiencia compartida. Si alguien no ha visto nunca el rojo, es inútil que yo lo compare con la sangrienta luna de San Juan el Teólogo o con la ira; si alguien ignora la peculiar felicidad de un paseo en globo es difícil que yo pueda explicársela. He pronunciado la palabra felicidad; creo que es la más adecuada”.
-Jorge Luis Borges con María Kodama, Atlas (Emecé)