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“Quiero portarme bien, pero no sé cómo”

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En una escena de Los olvidados, película de Luis Buñuel que acabo de volver a ver (en lo que espero sea augurio de un año de mucho cine de primer nivel), Pedro le dice a su madre: “Quiero portarme bien, pero no sé cómo”.

La cinta, de 1950, no es sobre el Jaibo y Pedro y el ciego, ni sobre huérfanos delincuentes ni sobre los apestados de las grandes ciudades, en busca de pertenecer. Lo dijo Buñuel clarito: “Si el espectador se hace partícipe de las alegrías, tristezas o angustias de algún personaje de la pantalla, deberá ser porque ve reflejadas en aquél las alegrías, tristezas o angustias de toda la sociedad y, por tanto, las suyas propias” (citado en Luis Buñuel: la trama soñada, de Daniel González Dueñas, Cineteca Nacional, 1993).

Yo estoy entera en esa frase de Pedro, en la que subraya su deseo de ser otro, mejor. Y en la impotencia de no saber por dónde empezar.

Cuatro pelis que fueron de papel

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Este mes se estrenan en México varias cintas basadas en libros. Bien vale la pena mencionarlas y recordar los títulos que las soportan.

Libro y pantalla manejan lenguajes distintos, emplean recursos diferentes, incluso tiempos que no se parecen, así que la discusión simplista de si el libro es mejor que la película o viceversa me da flojerita. Eso sí, mi deformación lectora hace que normalmente termine clavándome más con los personajes tejidos en mi mente desde las páginas de un libro, que de los montados en pantalla. Supongo que influye que a los primeros los invito a vivir a mi casa durante las semanas que toma la lectura, les doy un tono de voz, los voy construyendo, los veo cambiar y me acompañan en el día a día. Así, muchos se vuelven parte de la familia, como Frankenstein. Cuando leí hace años la novela, me gustó el doctor de curiosidad infinita pero me fascinó su criatura, mezcla de ingenuo cursilón y maldito. Seguro iré a ver la nueva versión en cine, a ver qué tal.

Aquí, las cuatro cintas que se estrenan este mes. Para ver antes del libro, después del libro, durante el libro o en vez del libro.

 1) 6 DE NOVIEMBRE. 007 Spectre. “Sólo se vive dos veces: una cuando naces y otra cuando miras a la muerte a la cara”. Ian Fleming, You Only Live Twice.

Los ojos azules de Daniel Craig le vuelven a dar vida a James Bond. El personaje estelar de la película 24 de la saga es el inverosímil espía inspirado en las 12 novelas del inglés Ian Fleming, aunque luego el escritor John Gardner tomó la estafeta y escribió otras 14 novelas sobre él. Esta nueva entrega fue parcialmente filmada en el Centro Histórico del D.F. (obvio, con extras mexicanos) y tuvo una sonada premiere esta semana con la presencia de Craig y las chicas Bond: Monica Belluci y Stephanie Sigman. Si a Fleming alguien con una bola de cristal le hubiera contado que su espía de cabecera iba a debutar en México el Día de Muertos seguro suelta una carcajada. O un insulto, por la burla.

2) 6 DE NOVIEMBRE. El Principito. “Si yo dispusiera de cincuenta y tres minutos pensó el principito caminaría suavemente hacia una fuente”. –Antoine de Saint-Exupéry, Le Petit Prince.

Con una combinación de animación y stop motion, mañana viernes también se estrena la reinterpetación del clásico libro infantil para adultos. En ella, una niña contemporánea que vive como gente grande lee por primera vez la novela que Antoine de Saint-Exupéry escribió en 1943. Literalmente se alucina con el libro en el que viven la boa que se come un elefante, el habitante del asteroide B612, el planeta lleno de árboles baobabs. La película llega al cine en versiones 2D y 3D. Como dato curioso (y aterrador), Manuel “El loco” Valdés participa en el doblaje al español.

3) 20 DE NOVIEMBRE. Sinsajo. El final. “Para que haya traición, primero debe haber confianza”. -Suzane Collins, The Hunger Games.

A partir de tres películas basadas en la trilogía de ficción Los juegos del hambre, la escritora estadounidense Suzanne Collins convirtió en moda mundial el futuro desolador de la humanidad. La protagonista es Katniss Everdeen, adolescente insegura y arrogante (perdón por la redundancia), que despierta devociones no controladas entre fans de la distopía, de la épica, de la esperanza de que podemos recomponer la historia humana. Y provoca cifras de venta de muchos millones de dólares, tanto de libros de papel y electrónicos como de merchandising y, claro, de taquilla. Ahora llega la última parte de la saga, pero no se requiere suspicacia para adivinar que pronto vendrán secuelas, precuelas y hasta gemelas. Todo con tal de seguir exprimiendo el limón.

4) 26 DE NOVIEMBRE. Victor Frankenstein. “Si no puedo inspirar amor, ¡provocaré miedo!”. -Mary Shelley, Frankenstein.

El monstruo imaginado en 1818 por la muy joven escritora británica (tenía 21 años cuando se publicó) pasa de nuevo por la pantalla grande. La novela fue escrita para una competencia de cuentos de horror en la que también participaron los poetas Percy Bysshe Shelley, esposo de Mary, y Lord Byron, además del narrador John William Polidori. Cada uno produjo un texto, pero el que sigue fascinando hasta hoy es el de Mary. El libro es de veras una joya narrativa, escrito en forma de cartas y con un doctor Frankenstein que no desmerece frente a su creación. En la cinta actúa Daniel Radcliffe, es decir, Harry Potter, como ayudante del intenso doctor.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo).

Mi propia versión de Boyhood

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La adolescenta le pregunta a su mamá: —¿Por qué lloras?

La mamá contesta: —Porque no tengo todas las respuestas.

Es un diálogo de Boyhood, nominada al Oscar como mejor película. Es una belleza de trabajo que toca fibras internas, enternece, emociona. Filmada a lo largo de 12 años con los mismos actores, deja ver cómo el protagonista, un niño de seis años, se convierte en joven universitario, y cómo su hermana Samantha y la mamá de ambos crecen, se equivocan, disfrutan, aprenden. Es decir, viven.

Aunque la historia se centra en el chico, de nombre Mason, en lo personal me movió “verme” en la mujer divorciada a cargo de sus hijos, en su amor desbordado por ellos y en sus muchos errores, en cómo asume a solas la responsabilidad de ayudarlos a crecer pero trata de mantener a flote su vida como mujer, en sus intentos por darles una “familia”, en la cantidad de dudas y risas que los chicos a diario le aportan. Cuando en mis zapatos de mamá de una adolescenta me eche a llorar porque no tengo todas las respuestas voy a tratar de acordarme de que sí, como en la película, las cosas al final se acomodan. Será mi propia versión de Boyhood transmutada en Girlhood.

¿Qué harías si no tuvieras miedo?

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Fui al cine a ver Birdman, comedia negra del director mexicano Alejandro González Inárritu. Es una verdadera joya en todos los planos, en fondo y forma inteligente, divertida, crítica, genial. Trata sobre Riggan Thomson (Michael Keaton), un actor maduro que vio años de gloria gracias a las cintas sobre el superhéroe Birdman, y busca volver a colocarse al montar en Broadway una obra basada en un cuento de Raymond Carver. La actuación de Keaton se vuela todas las bardas, lo mismo que la de Edward Norton. El resto del elenco está muy bien, pero estos dos no tienen nombre. Destaco dos de los muchos aciertos de la cinta:

1. La música, a cargo del también mexicano Antonio Sánchez, es una enloquecida pieza de batería que de veras vale la pena y pone el acento donde tiene que ponerlo (el tipo tocó con Pat Metheny, por si el dato le añade a alguien las ganas de oírlo).

2. La fotografía corre a cargo de Emmanuel Lubezki, Oscareado maestro (por Gravity) del tema, dupla creativa de González Inárritu y quien sabe cómo hacer volar la pantalla. Toda la película, de dos horas de duración, está tomada en planos secuencia (tomas sin cortes en las que la cámara “sigue” a los actores), lo que significa un desafío tremendo. Además, la cinta fue filmada en menos de un mes. “Estaba aterrado, pero pensé que si después de tantos años no hacía algo que me aterrara, significaría que estaba muerto”, dijo Iñárritu en Venecia.

Y de aquí se desprende lo que más me gustó a nivel de contenido: la exploración del miedo vital como fuerza (o no), como decisivo empuje para plantarse de cara a la vida o para huir de ella. En uno de los diálogos de la cinta, la joven Sam (Emma Stone, excelente en su papel) le pregunta al guapo Mike (Norton): “¿Qué me harías si no tuvieras miedo?”. Aunque la respuesta es fantástica, no la cito por evitar un spoiler, pero con la pregunta dejo sentado el punto. Y en otro momento la deslumbrante Sam le dice al protagonista: “Haces todo esto porque te mueres de miedo, tanto como todos nosotros, de no ser importante. ¿Y sabes qué? Tienes razón, no lo eres”. Encima de todo, Birdman deja esa inquietud colgando de los dedos: uno cree que escribe, actúa o hace arte por razones estéticas, pero el verdadero motivo es el miedo, las ganas de sentirse relevante, aunque en el fondo uno sabe que no lo es. Vaya desnudamiento del alma. Me quedo pensando: ¿qué haría si no tuviera ese miedo?

 Da click aquí para ver el tráiler. 

Las emociones se falsifican como los cuadros, dice Tornatore

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Anoche vi la película El mejor postor (The Best Offer), del italiano Giuseppe Tornatore, director de Cinema Paradiso. Tiene una soberbia música de Ennio Morricone y la actuación protagónica de Geoffrey Rush, que crece cada vez más en su piel. No daré ningún spoiler (comentario-que-revela-el-final), sólo apunto la redundancia de que es una obra de arte que trata sobre obras de arte, subastas y falsificaciones, pero va más allá. La película funciona en varios niveles, tiene buenas actuaciones (entre ellas, la de Donald Sutherland), suspenso, ritmo, profundidad psicológica, emoción.

Me quedo con esta joya de diálogo entre Billy (Sutherland) y Virgil (Rush), que traduzco libremente del original:

“Billy: —Las emociones son como las obras de arte. Pueden ser imitadas, parecer originales pero ser falsificaciones.

Virgil: —Falsificaciones.

Billy: —Todo puede ser falso, Virgil: la alegría, el dolor, el odio, la enfermedad, la salud… incluso el amor”.

Y sí, me deja pensando que todo se puede fingir. Como en la pintura y la escultura, también en las emociones hay expertos falsificadores, maestros en hacer pasar una copia por el original. Sin fomentar la paranoia, más me vale estar alerta y, eso sí, aquilatar las obras originales que tengo la suerte de poseer.

 

Cuarón es más Cuarón en español

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Anoche, en la ceremonia del Oscar, el mexicano Alfonso Cuarón se llevó el premio al Mejor director por su película Gravity. La cinta recibió otros seis premios, entre ellos el de mejor fotografía, a cargo del también mexicano, Emmanuel Lubezki. Me da mucho gusto, cómo no, que dos nacionales reciban reconocimiento en esas ligas, aunque para ello debieran filmar fuera de este suelo y con presupuestos que en nada se parecen a los que recibe el arte por aquí. Sin embargo, destaco un detalle lingüístico: si bien el discurso de agradecimiento fue en inglés, finalizó en español: “Y esto es gracias a ti, mamá, si he logrado esto es gracias a ti. Te amo”. Después, entrevistado por la prensa, reafirmó: “I think in Mexican, I think in chilango…”.

En efecto, nació y creció en México, es decir que en realidad él “es” en idioma español, aunque domine el inglés. La lengua materna, en la que uno aprende a reír, a llorar, a nombrar el mundo, se entreteje con la piel y no la abandona. “Un idioma es el universo traducido a ese idioma”, dijo el poeta venezolano José Antonio Ramos Sucre. Nada más cierto. Uno traduce el mundo a su propia lengua y ella suele aflorar en momentos emotivos, como éste. Por eso vale decir: Cuarón es más que nunca Cuarón cuando habla español, lengua de este país y otros, en el que muchos lo celebramos.

El automóvil gris, hoy

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1915. Una banda de ladrones tiene asolada a la Ciudad de México, que acaba de padecer la lucha revolucionaria. Un inspector de policía sigue a los maleantes hasta que los atrapa y los hace “expiar sus crímenes”. Basada en estos hechos reales, en 1919 se estrenó en la capital El automóvil gris, película silente más destacada del cine mexicano. Fue, según leo, la primera vez que sucesos inmediatos se vieron en pantalla, con elementos cercanos al documental:

1. los sitios donde se desarrolla la cinta son los mismos donde ocurrieron los eventos;
2. el personaje del inspector Cabrera lo interpretó el mismo Juan Manuel Cabrera;
3. el fusilamiento de los ladrones, filmado por el propio director en 1915, es real.

Ayer vi la película en el Teatro de la Ciudad, en un espectáculo que incluyó la narración de una actriz japonesa, una actriz francesa y un pianista mexicano (si bien de origen interesante, el experimento me pareció desbordado). Ver por primera vez la cinta fue fantástico: la ciudad semivacía, somnolienta, y los capitalinos de sombrero, bastón y faldas largas me resultan muy ajenos. Sin embargo, la historia es dolorosamente cercana: con uniformes militares, los maleantes se dedican a saquear a la población. Ay, el arte con su capacidad de fascinar mientras toca botones que duelen.