Mi propia calaverita mía para mí

Hoy, en México celebramos el Día de Muertos y, con él, las calaveritas: poemas cortos y rimados en los que se cuenta el desenlace de una persona.

Aquí va una mía:

“¡Ya me urge ponerme a escribir!”
gritó Julia, la paciente,
“¡que siento a la musa venir
y no a una falsa pariente!”.
La queja debió interrumpir
pues llegó la parca sin dientes,
celosa del genio a morir:
a la autora tan sonriente
de porrazo hizo sucumbir
y a sus versos, ocurrentes.

 

Mis muertos cabrones

Foto: Alexei Bednij http://www.hypnosisondemand.com/overcome-sciophobia-sciaphobia-fear-shadows/#iLightbox%5Bgallery1261%5D/0
Andan por aquí, quesque sin aprender a morirse bien. No son muchos, pero tienen varias caras: mi papá jugando raquetbol, mi abuela Martina calentándose al sol, mi papá y yo en pijama viendo el box, mi abuela Lucía que no se cansaba de ser guapa y distante, mi papá regando sus plantas en el jardín de la casa, mi papá contento tomando un whisky, mi papá dándome un beso de buenas noches.

Aquí andan, pero cuando los quiero abrazar levantan el vuelo y se van, dejando apenas un poco de sombra.

No hay novedad. Siempre les gustó ser cabroncitos.

Glamour travesti sobre la cancha: las Gardenias de Tepito

Foto: Rodrigo Jardón Las Gardenias saludan al público luciendo sus colores insignia: morado y rosa. Al fondo, la iglesia de San Francisco de Asís.

Simultáneo. Todo sucede al mismo tiempo: la corredera de niños, el amargor a cerveza tibia y el tufo a mariguana, el subibaja de palabras, aquella cumbia que machaca. También luces de colores, oscuridad y luna llena.

Son las ocho de la noche y estoy en la cancha Maracaná del Deportivo Tepito, en el corazón del barrio, esperando que empiece el partido de futbol de Las Gardenias, equipo conformado por travestis y transexuales de la zona. Es el evento que desde hace unos cincuenta años cierra el día de fiesta de San Francisco, el 4 de octubre. Aunque es el santo más querido por aquí, no alcanza a rivalizar con la Santa Muerte, cuyo altar principal está a unas cuadras. “Mientras a la Virgen y a los santos les ruegas por un milagro, a la Santa Muerte le pides hazme el paro”, señala Alfonso Hernández, quien se autodefine como hojalatero social y cronista de esta colonia.

“Ser parte de Las Gardenias es una distinción”, apunta Alfonso, amigo mío y gracias a quien estoy aquí. “La gente las respeta y las quiere, les reconoce lo chambeadoras, lo entronas”. Hace un par de horas llegamos a la estética de Naomi Camacho, estilista michoacana e integrante de Las Gardenias. Somos un grupo: Alfonso, algunos fotógrafos italianos, una periodista, Rodrigo Jardón, autor de las fotos que acompañan este texto, y yo. Naomi nos saluda mientras le despunta el cabello a un muchacho. En las paredes del lugar hay pósters de Marilyn Monroe y de modelos imponentes, una imagen de Cristo, además de fotos de Naomi con estrellas del espectáculo como Sabrina Sabrok, quien hizo célebre la desmesura de sus pechos. Suena en la tele algún programa de concursos que miran de reojo Victoria y Sandy, también estilistas. Y Gardenias. Aprovecho para preguntarle a Sandy si en el partido prefiere meter los goles o pararlos. Con fuegos artificiales en los ojos responde: “No, pues mejor que me los metan”.

“Naomi y algunas otras presumen el busto. Tienen de qué. En las entrelíneas del despliegue de glamour se lee el orgullo de ser mujeres, sin importar que la genética las haya querido hombres.”

 

Por fin nos vamos al campo de juego. Sandy y Victoria se adelantan. De camiseta color vino y pantalones de mezclilla ajustados, Naomi es atractiva, camina con porte. De camino, en lo que parece una fonda vemos a unos seis personajes sentados en círculo. Beben eufóricos, como si fuera la primera vez. Más adelante, sobre la banqueta dos viejos juegan cartas sobre una caja de cartón. La vida cotidiana de estas calles saluda sin rubor.

Cuando llegamos al Maracaná, las once Gardenias se meten a maquillar. Tras una hora por fin salen, parece que van a una fiesta. De hecho sí, van a su fiesta: pestañas postizas, sombra, mucho delineador, labial y diademas  con mechudos fucsias se completan con shorts cortitos y blusas pegadas. De edades dispares, las chicas meten la panza mientras sonríen, incontenibles. Naomi y algunas otras presumen el busto. Tienen de qué. En las entrelíneas del despliegue de glamour se lee el orgullo de ser mujeres, sin importar que la genética las haya querido hombres.

Las gardenias en acción

No sé cuál es el marcador, sólo que Las Gardenias le van ganando a El Hebraye, equipo de hombres. Cada gol de ellas es celebrado en las gradas repletas de familias con niños y también en la propia cancha, donde no menos de ciento cincuenta personas intentamos seguir el partido y tomamos fotos, aunque ocupamos buena parte de la zona de juego. Muchos se cruzan de punta a punta, adolescentes torean el balón. Hasta un perro orina el pasto mientras ellas y ellos buscan anotar. Todo ocurre de forma simultánea y yo me siento en película de Juan Orol. Cae otra anotación de Las Gardenias. Junto a mí, una señora de unos cincuenta años años, vestido y sudadera, más cigarro en vilo saca humo por la nariz: “¡A huevooo!”.

Foto: Rodrigo Jardón
Una de Las Gardenias muestra el uniforme, compuesto por diadema, camiseta y shorts negros. Aquí todavía no se maquillaba, parte indispensable del atuendo.

Pero en el ambiente hay molestia. Cuando los equipos entraron al campo y mientras hacían caravana frente a público y fotógrafos, algunos chamacos les aventaron huevos y harina, además de botellas de refresco. Ante el desorden, algunas Gardenias decidieron no jugar. Entre ellas, Naomi. Más tarde me explica Alfonso: “Hace años que no se daba tal caos, porque los encargados del Deportivo vigilaban bien. Ahora la administración es nueva y no organizó el control del partido”.

A pesar de todo, nunca sentí peligro y el tono del espectáculo no se perdió. De pronto, una Gardenia de peluca azul se le cuelga al cuello a un contrario, para que otra se lleve el balón. El público festeja. Más allá hay algún manoseo y risas. Pasa Paulette llevando el balón. De cabello muy largo, delgada y fuerte, lleva tiras de micropore en la nariz, evidencia de una reciente cirugía. Parece divertida, con todo y su fleco lila. Luego, en una de las esquinas de la cancha se forma una bolita. Cuando logro llegar, ya la gente se dispersa. Una chava me enseña en el celular la foto que acaba de tomar: a un jugador del Hebraye le bajaron los shorts y los calzones. En la imagen veo unas nalgas. Orondas. Blancas.

Noche espera en el Maracaná

Las Gardenias nació hace más o menos medio siglo por idea de Bárbara, tepiteña interesada en promover la igualdad. Al haber muchos travestis en la comarca, la idea pegó fácilmente. En un inicio, las chicas tenían diversos rivales pero después, ante los botellazos e insultos que algunos les lanzaban a ellas y a los contrincantes, por poco se suspende la tradición.

“Lo que yo te pido es que hables bien del barrio, güerita, porque no todos somos rateros ni criminales ni nada de eso. Unos somos buenas personas, como yo, que tengo 66 años y toda mi vida he respetado el sexo de las mujeres.”

 

Al fin, “desde hace como veinticinco años” juegan contra El Hebraye, conformado por hombres de Tepito, subraya Héctor, comerciante de lentes y director de ese equipo. “De niño yo venía a ver a Las Gardenias y se me hacía algo bonito. Hubo un tiempo en que ofendían a las chicas y no es justo. Aunque sean gays, todos somos humanos. A ellas les gusta ir al gimnasio todo el año, estar bonitas, operarse. En casa, sus viejos las tratan bien, ¿para que vengan aquí a que les den nalgadas? Pues no”. Platico con él en las afueras de la cancha. Héctor es bajito, se sabe encantador. Parece no tener huesos ni nervios, sólo músculos. “Algunos piensan que el nombre Hebraye se refiere al cotorreo, el debraye, pero no. Yo lo inventé, usé las letras iniciales de mi nombre y del de mis hijos: He, de Héctor, Bra, por mi hijo Brandon y Ye, por Yefferson”. Ensancha más el tórax.

La noche es espesa aquí en el Maracaná. Muchachitas que no llegan a los trece años corretean en ombliguera, aventándose y toqueteándose entre ellas y con niños de su edad. “Ya, María, vááámonos”, grita uno de ellos mientras jalonea a una gordita, de mechones azules y falda corta. Pienso que quizá haya muchas Marías, aunque no sé cuántas vírgenes. Mis pudores me dan pudor.

Viene a saludarnos un hombre de pelo blanco que se presenta como uno de los árbitros del Deportivo. Es Gustavo y se ve que lleva horas amistándose con las cervezas. Al decirle que voy a escribir una crónica del partido responde, con escasos dientes: “Lo que yo te pido es que hables bien del barrio, güerita, porque no todos somos rateros ni criminales ni nada de eso. Unos somos buenas personas, como yo, que tengo 66 años y toda mi vida he respetado el sexo de las mujeres”.

En el atrio de la iglesia, junto a la cancha, una pareja baila cumbia entre globos y puestos de comida, al tiempo que cerca de mí dos jóvenes se agarran a golpes. Muchos se acercan con fascinación para ver los puñetazos, la jaladera de chamarra, la rajadura de playera. Peleo mi espacio cerca del ring improvisado. Pasados unos minutos aparece un policía y separa a los muchachos. Pasa junto a mí el mayor de ellos, la cara está muy roja y los ojos, también.

Ya viene de regreso Gustavo. Trae una caguama y tres vasos desechables para invitarnos un trago. Bajo la luna llena brindamos por Las Gardenias.

 

“Más allá de lo que se ve”

Vamos saliendo del campo de juego, son casi las once de la noche. Hace poco terminaron los fuegos artificiales en el atrio de la iglesia y la celebración va para largo. Oímos algunos balazos, no sé si de fiesta o de agresión. O ambas.

Alfonso, muy conocido en la zona y sabedor de por dónde no hay que andar, nos guía por los entresijos de puestos de metal y montones de basura melancólica, que esperan al camión. Vamos todos juntos, un grupo compacto. Conforme nos alejamos del Deportivo, en el laberinto de tiendas y vecindades se han acallado los ecos cotidianos de Tepito, demarcación que integró al imaginario nacional figuras como El Santo, Cantinflas, El Ratón Macías y Cuauhtémoc Blanco. Hace un rato platiqué con Eriko Stark, seudónimo de Eric Meneses, joven de la colonia, periodista y fotógrafo gay. A decir de él, si antes lo que se vendía más aquí eran aparatos electrónicos y fayuca, hoy es piratería, pornografía, anabólicos y proteínas para adictos al músculo. Cuánto revela el comercio de quiénes somos y cómo vamos cambiando.

Pregunto cuál fue el marcador final. Alguien contesta: 4-1, ganaron Las Gardenias. Ya lo pronosticaba Héctor: ellas siempre ganan, no les marcan faltas y sí les cuentan todos los goles, aunque sean chuecos. “Claro, entendemos que es un cotorreo”, subrayó. Otra muestra del vacile está en la misma porra de las triunfadoras: “Chiquitibum bombitas, / Chiquitibum bombitas: / Las Gardenias son bien putitas”. La escuché de los labios impecables de Naomi.

Me acuerdo de algo que leí del escritor argentino Martín Caparrós: “El futbol está pensado como espectáculo, algo para que otros miren. Y uno sólo ve lo que le muestran… hay cosas que suceden más allá de lo que se ve”. Es cierto. En el caso del partido en el Maracaná, lo más relevante no se aprecia a simple vista: el hecho de que en un barrio tradicionalmente machista, hace cincuenta años tanto Las Gardenias como las familias que se reúnen a aplaudirlas visibilizan y aceptan la diferencia. Ni las chicas ni los tepiteños olvidan que Las Gardenias nacieron hombres pero decidieron hacerse mujeres. Que de alguna forma hoy son ambas cosas. Al mismo tiempo.

(Originalmente publicado en El Cultural, suplemento del periódico La Razón. Da click aquí para ir al sitio de El Cultural)

Brevísima explicación de mi desajuste con el mundo

Cartón: J. R. Mora www.jrmora.com
Cartón: J. R. Mora http://www.jrmora.com

 

Cómo no voy a estar jodida.

Mi incurable vocación de necedad la explica el horóscopo: soy cabra en el occidental y también en el oriental.

Por otro lado, resulto ser la mezcla de dos sangres: una tehuanísima y otra, implacablemente sajona.

Y, como bien explica este cartón que no me gastaré en explicar, estoy perpetuamente en desfasamiento ontológico.

Es que de veras.

#MiércolesDePoesía Te me antojas tanto como a la licuadora

La querencia devenida pasión devenida obsesión devenida apremio de poseer y chupar hasta el último huesito. Es decir, querría comerte en tu jugo para luego incorporarte a mis tendones. Algo así ocurre cuando la urgencia por otra persona rebasa los límites del decoro.

Fernando Rivera Calderón sabe esa y otras cosas, porque mira de frente cuando compone canciones. También cuando escribe poemas. Lo deja ver su reciente libro Llegamos tarde a todo (Almadía), con diseño del exquisito Alejandro Magallanes. En él, Fernando hurga en los intersticios del ritmo, de la sorpresa de estar aquí y ser uno mismo, del humor y el desamor. No hay rodeos ni timideces, sólo vida a borbotones.

Su poema “Licuadora” le da tono a este #MiércolesDePoesía. Me divierte y me da envidia cómo le pone palabras a las ganas antropófagas que el aparato electrodoméstico y yo conocemos tan bien.

Licuadora

“Poder
licuarte,
batirte,
extraerte.
Cambiar
tu consistencia.
Ablandar
tu ser
para beber
el zumo
que fluye
ácido y dulce
de entre
mis cuchillas”.

Ya casi aquí, los supermercados inteligentes

Hoy comparto aquí mi columna semanal en la revista Neurona Magazine, propiedad de Neurona Digital, en la que abordo temas de mercadotecnia digital, Storytelling y novedades tecnológicas, que me interesan particularmente.

Si te apetece pasar a leer, adelante. Si no, por favor brinca a alguna otra entrada del blog, pero no te vayas sin leer algo que te deje el alma un poco más curiosa  o contenta.

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¿Has pensado cómo vas a estar comprando café, leche y verduras de aquí a unos años? Una de las posibilidades es que tu propia alacena mande cada semana a tu supermercado de confianza la lista de lo que hace falta. Así lo propone WePlenish, un sistema de supervisión automatizada de inventarios propuesta por Amazon. Otra opción es que si estás cocinando y te das cuenta de que te hizo falta comprar un ingrediente o si te entró la urgencia de comerte un litro de helado de chocolate, lo pidas a Prime Air de Amazon y un dron te lo entregue en tu casa en 30 minutos máximo.

Existe una tercera alternativa, también de Amazon: entras a un supermercado, tomas el producto que quieres y te vas. No hay filas ni cajas ni tiempo de espera. Es lo que plantea Amazon Go, una idea offline de la empresa de Jeff Bezos, que no deja de expandirse y apostar por el futuro.

Para comprar con este sistema sólo necesitas tener una cuenta en Amazon, un teléfono inteligente y descargar la App Amazon Go. Funciona así: para entrar al supermercado pasas la App por el escáner, de modo que te identifique como comprador. Ya dentro, pones en tu bolsa lo que quieras llevar. Los escáners de los anaqueles registran automáticamente cuando un producto es tomado del anaquel, de modo que llevan registro de tus compras en un carrito virtual. Cuando terminas puedes irte y, unos minutos después, Amazon hace el cargo a tu cuenta.

Es algo así como un sistema invisible de pago, que emplea una tecnología similar a la de los autos automáticos: combina visión computarizada, sensores e inteligencia artificial. En la primera Amazon Go Store, ubicada en Seattle, Washington y que está en etapa de prueba desde diciembre de 2016, puedes comprar desayunos, comidas y cenas frescas, preparadas por chefs locales. También ofrece los comestibles usuales en un súper, como leche, queso artesanal y chocolates. Un plus: los paquetes Amazon Meal Kits contienen los ingredientes y la receta para que puedas preparar una comida para dos en un tiempo estimado de 30 minutos.

Esta idea del supermercado inteligente es una respuesta frontal al e-commerce y un movimiento en contrasentido de la tendencia online a nivel global. Aquí se trata de comercio offline, físico. Aunque ha enfrentado algunos problemas operativos, varias pistas hacen pensar que Amazon Go resultará un éxito: ya cadenas de supermercados de Reino Unido han mostrado interés en el concepto.

Da click aquí para seguir leyendo el texto en Neurona Magazine.

#MiércolesDePoesía El amor, esa infección (ay)

Ni avisó. Nomás se hizo presente, el aire de invierno ropas adentro. En esta mitad de semana que con-boca versos, el invitado es Juan Rafael Coronel Rivera, quien en los apellidos narra buena parte de la historia artística del México reciente.

Trae entre manos Las cuatro esquinas del fuego, publicado por Talamontes Editores y que resulta su quinto libro como poeta. La edición es chulísima, desde la portada hasta el pie de imprenta pasaron por las manos de un diseñador. Y el humor jodón de este poema me gusta: si el amor fuera una infección, ¿qué tan mala podría ser?

Voilá, el #MiércolesDePoesía.

Cajita de pastillas

“¿Y si el amor es la infección de todas las cosas?
¿Me contagio?
¿Si en las buenas y en las malas
compartimos suero y antivirales?
¿Estaré más cerca de la comunión afectuosa
si despierto en el hospital afiebrado
pero tomándote de la mano?
¿Será eso acaso parte del locus amoenus?
¿Y si eres el amor de mi vida?
¿En el vómito y los estertores
puede haber pasión desenfrenada?
¿Qué significa perder el instinto por el segundo febril?
¿Qué tan malo puede ser?”

Y un poquito más adentro

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