El Diccionario de la Real Academia (DRAE) lo define como: «Alteración de la percepción que incapacita a alguien para reconocer personas, objetos o sensaciones que antes le eran familiares». Es decir, de pronto uno mira un jabón y no sabe si es alimento, cosmético o artículo de oficina. O a mitad de la comida se queda observando el tenedor que descansa junto a la mano y se siente totalmente perdido: ¿para qué es? ¿Para peinarse? ¿Para inmovilizar a una mariposa? O va a la cocina por un vaso de agua y encuentra en bata a un hombre desconocido… que le dice que es su pareja. O a mediodía siente algo incómodo en el vientre y no entiende de qué se trata, no puede nombrarlo «hambre» porque no tiene palabras para ello.
Se me ocurren pocas situaciones tan aterradoras como ésa: perder toda referencia, ser incapaz de leer el mundo, desconocer las letras que forman el propio nombre. Como ese sueño que tuve hace al menos 15 años pero resultó tan angustiante que no se me olvida: de pronto mi mano derecha no era mía pero no sabía de quién era y por qué estaba pegada a mi cuerpo.

























