Archivo de la etiqueta: Tepoztlán

Versos que sin decir mi nombre hablan de mí

Captura de pantalla 2015-04-04 a las 9.54.50

Algunos lugares cargan las baterías internas. Quizá sea el aire más transparente de lo normal, la luz ligera, el paisaje perfecto, quien uno es ahí, las buenas vibras del ambiente. No sé, pero Tepoztlán es para mí ese sitio. Lo descubrí hace apenas un par de años, cuando atravesaba la etapa de mayor dolor emocional de mi vida adulta. Como por azar (aunque nada es estrictamente azaroso) se me ofreció una pequeña casa de fin de semana, con vista a la montaña de piedra. La renté, sin pensarlo mucho: por varios meses desde ahí me aferré a la seguridad inmutable del cerro del Tepozteco, a la certeza de que todo termina bien. Convertí la casita, sencilla a morir, en mi espacio de soledad, de escribir y leer. Fue la cueva austera donde pude lamerme las heridas para seguir avanzando.

Ahora empiezo una nueva etapa del camino a solas y estoy de nuevo aquí, conectando con quien soy, rodeada de libros, de cuadernos de escritura. Me pesa causar dolor a quien tanto amé. Siento nostalgia. Agradezco mucho lo vivido, lo que di y más todavía lo que recibí, pero sé que los ciclos se terminan, que vale más aceptarlo. Y en un libro comprado ayer en estas calles empedradas encuentro versos de Segovia, que sin decir mi nombre hablan de mí: “Cae la tarde flotando en la tibieza/ Como un gran trapo en unas aguas quietas”. (Tomás Segovia, “Fin de jornada”, Lo inmortal y otros poemas, Ediciones Sin Nombre/ UNAM/ Conaculta).

Darle “Restart” a la vida 

Captura de pantalla 2015-04-04 a las 10.08.17

Las nubes, el sabio Tepozteco, mi cuaderno de poesía sobre las piernas, mi hija dormida con cara de paz y la certeza de que necesito ser congruente conmigo misma me dan fuerza para recomenzar. Aunque no se vea fácil.

Gracias al aire

Imagen 1

Terminan los días regalados por Fortuna, en los brazos de quien más me quiere, con el cerro del Tepozteco como fondo y a cada paso la certidumbre de que si me muero ahora mismo habrá valido la pena. Agradecida hasta con el aire, la plenitud me basta para esta vida y otras dos. Es tanta que a ratos duele.

Chau, mundo

Imagen 1

“Los lectores son viajeros, circulan sobre las tierras de otra gente, nómadas que cazan furtivamente en los campos que no han escrito”. -Michel de Certeau

Asimismito. Me voy a Tepoztlán, a perderme entre las páginas de varios libros, a seducir palabras, a dar la vuelta al mundo sin salir de casa, a llenarme la cabeza de ecos y perfumes. En mi vocabulario  personal eso se llama felicidá.

Mañana cinco estrellas

20131208-090033.jpg

7:30 am. Tepoztlán, Morelos.
Vista: el magnífico cerro Tepozteco, con su rostro impasible que asegura que todo está /estará bien. Oído: pajaritos y algún gallo que aún celebra el sol. Olfato: pan dulce comprado anoche en el pueblo. Gusto: ciruelas que acabo de arrancar del árbol. Tacto: clima exterior fresquito, como corresponde a la hora, y clima interior sin nubes, sereno. En el cuarto duerme mi hija, mientras yo leo y agradezco momentos así de perfectos.

Los libros detectan a sus lectores

20131110-145436.jpg

“Me pregunto si quizá, sin darnos cuenta, vamos buscando los libros que necesitamos leer. O si los propios libros, que son seres inteligentes, detectan a sus lectores y se hacen notar”. Andrés Neuman, Hablar solos (Alfaguara)


 Al leerlo me doy cuenta que lo he pensado antes, sin formularlo de manera tan clara. Creo que esta novela, con cara de inocente y sentada en la mecedora en Tepoztlán, me andaba buscando para decirme exactamente eso.

Depende quién toque la puerta

Imagen 2

Tepoztlán. Noche suave, de aire ligero. Escribo y de vez en cuando me aseguro de que enfrente siga la sombra del Tepozteco, como un guardián preciso, precioso. Me entretengo con una palomilla necia que una y diez veces se golpea con el vidrio de la puerta. No le abro. Ojalá fuera tu mano que llama. Le abriría todas mis puertas y ventanas.