MI NÓMINA DE CÉLEBRES

Con el poeta chileno Raúl Zurita, en el XXIV Encuentro Internacional de Escritores,
Feria Internacional del Libro de Monterrey, 2019.

He platicado tendidamente con varias y varios, aunque nunca imaginé que una grabadora nos iba a convocar o que glosaríamos un platillo al sazón de mezcales. Me han hecho la semana. Varias semanas.

            Para sentirme escritora tuve que publicar varios libros. El primero salió en 97, pero me puse por primera vez el traje a partir del cuarto, Rabia de vida. En 2024 estrené el undécimo con mi nombre: Pulso ad_herido, bajo el sello Bonilla Artigas. En cualquier caso, como la poesía paga mal y no se me da pedir becas para lidiar con verbos y escucharlos rugir, desde los 19 hasta hoy he chambeado como editora, periodista, gestora cultural, a veces en contacto con autores y autoras extranjeras que aglomeran mi admiración (o mi fetichismo). Quienes me dictan mejor con sus palabras.

            En la FIL 2014 me cité con Rodrigo Fresán para conversar sobre La parte inventada, novela de factura avasallante, que cuestiona mis presupuestos. Cuando terminamos la entrevista me agradeció con tal generosidad que me quedé sin aire, como después de un balonazo. Otros días me he levantado con el pie derecho para entrevistar a Leila Guerriero en un cafecito de Coyoacán, a Martín Caparrós en Polanco, a Olvido García Valdés en la FIL y a Evelio Rosero en Gandhi. Paseé en mi coche por la UNAM a Claudia Piñeiro, me puse a platicar con Monika Zgustova y he entrevistado varias veces a Gilles Lipovetsky, tanto para TVUNAM como para prensa escrita, además de partir mariscos soberanos con él y Paola Tinoco. En 2019 me invitaron de la Feria del Libro de Monterrey a tener una charla pública con Raúl Zurita. Sus versos ya me conmovían los adentros; luego de conocerlo entiendo mejor por qué marcan mi costilla más frágil.

            En 2016, Farándula, de Marta Sanz, venía de ganar el Premio Herralde de Novela. Lo presenté con ella en el Centro Xavier Villaurrutia. En esta pasada FIL, juntas hablamos de Los íntimos, recuento (con oficio y humor autodirigido) sobre sus dos vidas que corren paralelas: la cotidiana, la literaria. En esas páginas habla de su «nómina de ilustres», de verse junto a Carmen Martín Gaite, Caitlin Moran, Annie Ernaux. Dice: «Qué, qué increíble que todo esto me haya sucedido a mí […] Puede que este cronicón apunte hacia el complejo, la incredulidad, la sensación de quedarme fuera o de poder ser defenestrada». De Marta, célebre mía, tomo la idea de hacer este recuento personal de asombros, que parten de sospechas similares a las suyas. Bueno, pues viene al caso porque acabo de sumar un privilegio más: ser vista a través de la cámara de Daniel Mordzinski. Que me prestara sus ojos para mirarme desde ese lugar. Fueron años de esperarlo.

            Otro día voy a contar mi suerte descomunal al toparme con Knut Hamsun, Rosario Castellanos, Clarice Lispector. Ok, este párrafo es mentira. Todo lo demás, por suerte, puritita verdad.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón).

DESCONOCIDA DE MÍ MISMA

Estoy siempre en proceso, me voy siendo. Dejo atrás mi piel. Me convierto en otra. Al poco tiempo me aburre esa cara y busco en el baúl otro disfraz. Acaso éste me diga mejor, pienso.

            He vestido varias Julias. Las comparo. Algunas son tan muy contradictorias que quizá correspondan a otras vidas, pero todas están aquí. Conmigo. Miro a la niña de siete que gana competencias de natación (a veces), a los nueve es experta en Sherlock Holmes, a los más de cincuenta lee sin pausa, pero ya no visita las albercas. Soy la que se casó convencidísima, luego se divorció más convencida.  Esa joven de falda “hasta el huesito” metida en una iglesia protestante; la mujer agnóstica, segura de que sólo el arte nos repara y cura. Veo a la sola, la yogui volcánica, la boba, la iracunda, la culpígena, la poeta que cree domar el ritmo, la que le reverencia el carácter. Soy la ejecutiva de una editorial y la que abandonó ese buen empleo a fin de no traicionar su ideal. La que elige por droga la escritura, aunque cuando escribe no se contenta.

            El verbo inglés «to be» es ser y estar, simultáneamente. En español muestra su naturaleza compuesta, bífida: la condición estable («soy albina») y una fase temporal, pasajera («llevo tres días de estar agripada»). Pero no sólo cambia mi estar, también el ser aparece inconcluso. Antes era muy nocturna, ahora procuro desvelarme un poco menos. El cuerpo enfrenta cambios regulares: las células, el peso, las hormonas. Los gustos también saltan de carril. Ayer amaba lo que hoy malmiro. Ningún poema doy por concluido: pongo punto, cambio un verbo, muevo versos. Soy una etapa en curso, en desarrollo. Una desconocida de mí misma.

            Este pensar lo alienta Inacabada, de Ariel Florencia Richards, autora trans, frentera, intuitiva, fuerte, ágil. Narra la historia de un chico que trata de articular ante la madre su definición personal: «Soy mujer». Esa verdad es incanjeable, pero sabe que le hará daño a quien más ama. La protagonista, que estudió historia del arte, refiere un óleo de Cézanne, en el que líneas y manchas delinean una figura sentada a la mesa. Se llama «Retrato de una mujer». Las áreas blancas en torno a ese cuerpo son mayores al área dibujada. La forma inconclusa, plena en sí, vive «en un tiempo que no contempla final». Da fe de un cambio tenaz en la forma de habitar el mundo. Nos pasa a todos: «Sabemos lo que somos», dice el Hamlet de Shakespeare, «pero no lo que seremos».

            Hace unos días hablé con Ariel, de visita en México, sobre cómo la identidad no es fija, permanente. Me encanta su firmeza al plantear que cada persona trans determina, a través de las palabras, quién es. 

            Como historias parciales nos abrimos a lo venidero. Gracias, Ariel. Aprendo tu glotonería vital.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora del periódico mexicano La Razón; imagen: freepik.com).

EL DIOS DE LO VERTICAL

Se reta cada hora en tres planos: raíces, tronco y ramas jerarquizan los niveles de ese viaje acinturado. Se verdaderamente tensa el árbol, eje del planeta, sostén de su movimiento giratorio.

            Nace como apenas un vapor. Pronto, la criatura enclenque chupa sustento del barro y combate soldados de microscopio. Reptiles atestiguan que el resto se le va en protuberar. En madurar. Luego llega la sequía: bajo tierra estira uñas a punto de caer, de puro débiles. Mitiga las ganas. En cuanto vuelve el agua saca hijuelos y guarda, recóndita, memoria de riesgo en los anillos. Nadie intuye que la muerte le anduvo la médula. «Olmo, quiero anotar en mi cartera / la gracia de tu rama verdecida», escribió el sevillano Antonio Machado.

            Por años, a ras del suelo el tallo se anchura. Se altura. Bajo el traje adusto borbotea de savia, absorbe sales y soles, se esfuerza en cada flor hasta aromar el ambiente. Hace lo mejor que puede. Es bastante. Ya ocupa una porción más grande de mundo: las nervaduras abrazan vista y olfato, en su follaje gorjean acentos no de mármol, el tronco presume hormigas como alhajas. Sólo le falta seducir el gusto. Para ello apuesta por lasemilla, «que lleva todo el espectáculo del árbol dentro de una cabeza en diminuto», dice la poeta malagueña María Eloy García.

            Sus ramas siguen trepando el cielo. Escalan, escarban hasta mirar de frente las nubes. El día en que rompe la tormenta, el árbol se juega la elegancia: sacude el cuerpo y el envés de cada hoja para resistir de pie. Cuando al fin escampa, puños de hojas cubren el piso y él vive, aunque en contractura. Si con el tiempo logra esquivar el incendio, la plaga, el rayo, el bofetón de granizo, entonces con acento de triunfo una flor se trasmuta en el colmo que inaugura el mango, la naranja. Es el dulzor que hacía falta. La inteligencia distribuida por el cuerpo vegetal se concentra en frutos que doblan las muñecas con el peso de su jugo: vincula en redondura tangible la tierra que lo gesta, el agua que deviene savia, el fuego de fotosíntesis, el oxígeno nutricio.

            Este «dios de lo vertical» (así lo llama la poeta Linda Pastan) es suficiente para desbordar el pasmo, pero además en el bosque él y todos se comunican bajo tierra, en código de regusto químico: raíces y hongos forman un circuito de vida interdependiente. Cada célula que detecta agua en el entorno también percibe a los árboles vecinos, recuerda el pasado, intercambia recursos, advierte sobre peligros y toma decisiones a futuro, señala Suzanne Simard, doctora en ecología forestal.

            Ahora mismo, en Los Viveros de Coyoacán imagino el mundo vibrante bajo mis tenis, la conversación a varias bandas que soy incapaz de interceptar. Entonces oigo al muchacho que pasea con su novia: asegura que ser árbol no tiene ningún chiste.     

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; imagen: reelpaper.com).  

PALABRAS COMO HONGOS EN ÉPOCA DE LLUVIAS

Mis libros arman una fiesta y no invitan. Deciden dónde asomar en los anaqueles, gestionan su espacio a voluntad. Aunque regularmente los ordeno, al par de semanas están de nuevo en caos: la mía es de veras una biblioterca. Hace días puse eso en Twitter; a muchas y muchos les gustó el neologismo “biblioterca”.

         Me fascinan voces como ésa, efímeras; brotan igual que hongos en esta época de lluvias. Azarosas, obligan a frenar el paso y volver los ojos para ver si leímos bien. Incorporan matices agradecibles. A veces se me aparecen al teclear, pero casi siempre las acuño cuando requiero una expresión inexistente. Soy como el carpintero que busca una cuña específica; ésta no aparece y fabrica una nueva, con trozos de madera arrumbada. De palabra vieja. Por ejemplo, a raíz de un incidente en mi cuadra caí en cuenta de que no conozco ni a la mitad de las personas con quienes comparto calle hace una década. “Vecinear no es lo mío, pensé. Y en un poema reciente describía el atuendo de una “mujer minifáldica”. La imagen tiene lo suyito.

         Además de divertirme al crear giros nuevos, registro los que oigo de pasada. Carolina Domínguez, colega y amiga, señala “la pobrecitud”, sello de quienes usan como bandera el “pobrecita, pobrecito de mí”, mientras el regio escritor regio Toño Ramos Revillas asume que cuando va la señora de la limpieza, él primero levanta un poco la casa, para que no lo juzgue “desquehacerado”. Pero mi surtidor más fecundo de neologismos son las lecturas. Están los que memoricé hace años en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM:“Ya viene la golondrina / Ya viene la golonfina / Ya viene la golontrina […] La golonniña / La golongira / La golonlira / La golonbrisa”. Son de Vicente Huidobro, en Altazor. Insuperables.

         Comparto algunos hongos coloridos y texturosos que encontré recientemente: en Sólo un poco aquí, María Ospina Pizano señala que la tángara, ave migratoria excepcional, “alea absorta”. Qué verbo tan bien aceitado. Edmundo Paz Soldán apunta en La mirada de las plantas: un personaje “avanza por un sendero enmalezado” y Jazmina Barrera cita a Elena Garro, en La reina de espadas, diciendo: “Es tan abracadabrante esa historia”. Veo ambos perfectamente. Un poema de Otra forma de bolero, del librero Max Ramos, atina al decir que la voz poética va “prisando la ciudad”, y esa cumbre literaria llamada María Negroni se duele en El corazón del daño: “Madre, tenías hambre, estalladamente tu obsesión sin nombre, las iras que ocultabas” y lamenta el “desquerimiento mucho”. Se adhiere a mi lengua esa expresión.

         Me fascina el perfil desenfadado de los neologismos. Hasta su incorrección. No me contradigan: son de una belleza querible y (diría el salvadoreño Salarrué) como para ir por la calle sonrisándose en tormenta.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; foto: gob.mx)

RITUALES DE UNA JUNKIE DE LIBROS

Lo que más disfruto desde niña es rodearme de palabras de otros, diseccionarlas; también escribo algunas mías, rumio la precisa para un volumen futuro. O sea, vivo entre las revelaciones y las revoluciones que regalan los libros, cómo alumbran «la asombrada complejidad que somos» (María Negroni). Leer define tanto mi vocación precoz como la definitiva, desde que en 1992 entré a Filosofía y Letras. Bien decía mi madre que #NoTengoLlenadera. Suscribo lo que apunta una amiga: “Me doy cuenta de que casi sólo sé hablar de lecturas y autores”. Ya estaría de Dios.

            Tomo la idea para esta columna del escritor Toño Malpica, quien en la mesa por el décimo aniversario de Universo de Letras, en la FILUNI de la UNAM, habló de cómo NO se acerca a un libro (nunca revisa las contraportadas, por ejemplo). Yo enlisto cómo SÍ lo hago, para no plagiar tan a lo bestia.

1. En general leo acostada. Es mentira. Lo hago en cama, sentada, de pie ante la barra de la cocina al cenar, en el baño, en el coche y por suerte no me mareo (saludos, Jules), sola o con mi hija o mi novio, cada quien metida la vista y la piel en su planeta. También disfruto peinar con amigos un texto para comentarlo.

2. Siempre me receto poesía en la mañana y antes de dormir.

3. Mi trabajo implica estar al día de lo mejor que se publica en Hispanoamérica, para organizar cursos y talleres con autores o autoras destacadas. Por eso (y por de-formación de años) subrayo lo relevante, anoto al margen preguntas, doblo la esquina cuando una línea retumba en mi flanco, doblo la página a la mitad si un pasaje me pone de pie. Cuando regreso a un título para preparar una mesa sobre él, de inmediato localizo aquello que me interesó. Lo señalaba Umberto Eco: respeto los libros usándolos, no dejándolos en paz.

4. Al hincarle el diente a un título lo hago con mi bagaje a cuestas: enriquezco el viaje al conectarlo con otros, con atmósferas, estilos similares o en contraste. Ubico la tradición previa a la obra y quién dialoga hoy con ella.

5. Soy una #MétomeEnTodo: en general alterno varios títulos de poesía, una o dos novelas, algo de ensayo, de crónica. En el coche poquiteo revistas.

6. Prefiero el papel y no le doy el golpe a los ebooks, pero a diario busco literatura en sitios web (elpaís.com, clarin.com/revista-enie, periodicodepoesía.unam.mx), me regalo un poema o me entero de asuntos del mundo libresco en cuentas de Twitter (@epifitas @robinepmyers @literaturaunam), oigo a autores leer su obra (descargacultura.unam.mx). Y cuando salgo a caminar pongo audiolibros que me interesan, aunque no he tenido tiempo para su indocilidad y belleza en ejemplar físico: El peligro de estar cuerda, de Rosa Montero o El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura.

7. A veces, incluso, leo despierta.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; imagen: adobestock).

MALENA, VA POR TI

Imagen: tomada de La Razón, fuente: Cuartoscuro

Un hombre desea a la hermana de su esposa. Al pensar en ella, el depredador «se
sobreexcita» y con tal de conseguirla «no hay nada que no ose». La acecha. Palpa su
cuerpo con los ojos. Por fin la viola, superándola en fuerza. Filomela tiembla como
paloma, «empapadas con su sangre las plumas». Luego amenaza al atroz: dirá entre los
pueblos lo ocurrido. Conmoverá a las piedras. Para callarla, él le corta la lengua desde la
raíz. El órgano brinca a «la tierra negruzca». Después viola otra vez a la amputada, pero
ella no regala su silencio. Convierte las manos en voz y borda en una tela lo ocurrido,
para enterar a su hermana. La venganza de ambas mujeres es tremebunda. Después
Filomela se vuelve un ruiseñor: ya vuela libre la doblemente rota. Lo narra el poeta
romano Ovidio en Las metamorfosis, siglo I a. C. (traducción: Rubén Bonifaz Nuño). La
mitología clásica retrata la esencia humana. No esquiva ningún ángulo del sadismo más
ancho, alto, hondo.

En un nivel equiparable de ruindad, en México en este siglo, una joven es rociada
con ácido por su expareja. Casi cinco años después, María Elena Ríos Ortiz lleva sobre
noventa por ciento de su cuerpo las huellas de aquella agresión sin nombre, pero hace
un mes su atacante, Juan Antonio Vera Carrizal, estuvo a punto de ser liberado por un
juez cómplice. A última hora, la presidenta del Tribunal Superior de Justicia de Oaxaca,
Berenice Ramírez Jiménez, revocó la libertad; el exdiputado continúa en prisión
preventiva por la brutalidad que concibió en septiembre de 2019. Su defensa busca
reclasificar el delito: dice que al arrojar corrosivo contra la saxofonista, Vera Carrizal no
quería matarla, por lo que no es intento de feminicidio. El salvajismo acumulado.
Malena es mujer e indígena, doble desventaja en nuestro sistema judicial, pero no
baja los brazos. Aunque dice que ha tenido que lidiar con dos gobernadores, tres fiscales,
cinco jueces y tres ministerios públicos, su atacante no ha recibido condena. Sin embargo,
la acción de la presidenta del Tribunal significa una luz.

Quisieron borrarla, diluir su nombre e historia, su cuerpo, pero esta vez no ganarán
los violentos porque ella, como la mujer mitológica, tampoco está dispuesta al silencio e
igualmente sufrió una transformación: “A través del llanto que me provocó el dolor de mi
cuerpo quemado me permití un proceso de metamorfosis para volver a nacer”. Lo señaló
en febrero en la Ciudad de México, durante la aprobación de la Ley Malena, que reforma
el Código Penal a fin de considerar intento de feminicidio la «violencia ácida».

Para dar un golpe decisivo a esta peste colectiva que va del acoso sexual a la
violación y el asesinato por motivo de género, para construir una nueva narrativa que se
desmarque de los opresores es imperativo el arropo comunitario, alzar las manos de
todas y todos. Va por ti, Malena.

RESCATEMOS A LAS LOCAS

Veía el resumen de la inauguración de los Olímpicos, el 26 de julio, y recordé algo que me tomó por azar en París, en Semana Santa. Se vincula con las diez pioneras cuyas efigies emergieron del Sena mientras sonaba, magnífica, «La Marsellesa». Ante las estatuas masculinas de la Asamblea Nacional aparecieron defensoras de su género y de la humanidad: De Gouges, Milliat, Halimi, De Beauvoir, Nardal, Barret, Michel, De Pizan, Guy, Weil.

            Los apellidos revelan poco, pero qué tal estos logros: ser la primera circunnavegante de la historia; organizar los Juegos Mundiales Femeninos, en los 20; abogar por los derechos de las mujeres, entre ellos la despenalización del aborto (por cierto, en marzo de 2024, la constitución gala consagró la «libertad garantizada» a la interrupción del embarazo); dar voz al feminismo no blanco; convertirte en la primera directora de cine; pelear en la Comuna Francesa; concebir una ciudad de pensadoras ilustres; devenir referente internacional del feminismo; ser clave en la integración europea. Es notable el valor que da Francia a la recuperación de estas figuras, que en su momento apenas se tildó de extravagantes.

            Decía que en Semana Santa fui de vacaciones a París. En los Campos Elíseos, mi novio y yo nos topamos con una exposición al aire libre. Presentaba fotos de francesas que afrontaron, entre 1940 y 1944, la invasión alemana en París, como hizo la filósofa pacifista Simone Weil (presente en el banderazo de los Olímpicos), que impugnó la barbarie de la guerra hasta su muerte, en 1943.

            Las ellas que integraron la Resistencia sumaron quince por ciento del total de franceses, cifra notable si se considera su muy limitado rango de acción. Aquellas valientes establecieron enlace con aviadores aliados, trabajaron en periódicos clandestinos o fábricas de armas, actuaron como espías, mecánicas, secretarias, fotógrafas, médicas, paracaidistas. Algunas contendieron en el frente de batalla. En la muestra está la foto de una joven de boina y pantalón corto: con su apenas juventud, a los 18 años, Simone Segouin carga una ametralladora MP40. Lucha para liberar Chartres con el grupo FTP (Francotiradores y Partisanos); ya habiéndola recuperado, fue la única combatiente que desfiló ante De Gaulle.  

        Simone Weil escribió: «En Shakespeare, los locos son los únicos personajes que dicen la verdad. El extremo de lo trágico es que como los locos no tienen ni título de profesor ni mitra de obispo, y como nadie piensa que haya que prestar atención al sentido de sus palabras […], su expresión de la verdad ni siquiera es escuchada». Hoy en Francia se rescata del sótano de la historia a locas que rompieron techos y dijeron palabras lúcidas sin que el mundo estuviera preparado para ellas. Ojalá en México, en todos los niveles, recuperemos a nuestras mujeres garbosas en las artes, la enseñanza, la investigación, la ciencia, el deporte, como hace la UNAM. Es a nosotros a quienes urge hacerlo, no a ellas.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón).

MUERO POR ENTENDER ÁRABE

Topo con un árabe albino. Un bereber equívoco. En vez de arena, su piel imita el cromatismo de una cumbre nevada, muy lejos de los 32 grados que obligan a andar lento en Marrakech. Pero el albino es lo menos asombroso del Souk (mercado tradicional), en esta ciudad del siglo XII. Lo que hoy es Andalucía, más Argelia y Marruecos eran parte del imperio almorávide. Desde entonces, más de diez kilómetros de muralla protegen el centro de esta urbe roja, «que alegra el corazón». Sí. Mucho.

            Mi hija y yo llevamos casi una semana aquí. Desde el principio notamos que pocas mujeres atienden locales en los Souks. Muchas caminan solas o en pares, aunque todas llevan el cabello cubierto por un velo; encontramos escasas burkas. Quiero entender y no puedo.

            Aunque plazas, jardines, palacios son magníficos, a diario recorremos los Souks, cada uno específico: de artesanías, tapetes, babuchas, joyería, artículos de cuero. Las angostas calles del mercado no tienen orden aparente; por ahí circulamos peatones, burros con mercancía arreados por hombres en caftán, motociclistas raudos. Es mediodía y hoy volvemos al de especias, atraídas por su variedad descomunal, pero venimos del sol. Tenemos sed. Un sobrio anuncio de madera a la entrada de un tendejón señala: «Tea / Coffee ‘La Joie'» y el costo por un café o té: «quince dírhams». Treinta pesos. Nos gusta que el lugar presuma ser «La dicha». Subimos los escalones en pendiente: nos recibe una terraza con techo de palma. Hay sólo tres mesas, dos sillas en cada una. Ningún comensal. La vista se eleva sobre el Souk: casas aledañas, palmeras y más terrazas igualmente sencillas.

            Viene a atendernos un joven delgadísimo. Un solo diente. Pregunta en español qué queremos. Pido té bereber caliente, al que me he aficionado; mi hija, una Coca Cola fría. Cuando el dependiente trae las bebidas platicamos un poco. Se llama Najib. En el localito vende tomillo, jazmín, cardamomo, menta y productos para perfumería. El café que sirve lo calienta en un pocillo sumido en un cuenco de metal con arena del desierto; dice que la arena se conserva por días a unos 28 grados. Nos enseña el proceso, la arena caliente. Increíble.

            Volvemos al Souk. Me asumo una cuasisorda que insiste en un concierto exquisito, para descifrarlo: se me repletan los sentidos de olores, texturas, sabores que me fascinan y evaden. Marruecos fue protectorado francés, así que muchos letreros están en esa lengua, los vendedores la hablan, pero no quiero comunicarme en francés, carajo, muero por entender árabe. Leerlo. Poseer cómo miran sus ojos, abrir con naturalidad una puerta hoy desconocida, moldearme de nuevo y encontrar quién soy aquí. Multiplicar mis mundos; «como siempre el deseo / no quiere la mitad de nada», dice la argentina María Negroni. De nuevo, mi insatisfacción en cada hueso.

            ¿De qué modo se va a colar todo esto en mi escritura?

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; la foto de Najib mientras revuelve la arena para calentar el café la tomé yo).

LE AGRADEZCO SUS ANGUSTIAS

Comencé a escribir para probar que era y, en efecto, estaba en mi cuarto. Siendo adolescente quería pulverizar la existencia sobre la palma de la mano, desmenuzar soledades, analizar mis contradicciones para luego, a través del lenguaje, volverlas contraducciones. Es decir, aspiraba a levantar una arquitectura paralela. Una mía. Entendible. Con mi nombre. Y ahorita mismo estoy segura de que cada artista, en el fondo, busca sentirse real. Él también dijo eso mejor, mucho antes que todos. 

Nacido en Lisboa en 1888, Fernando Pessoa creció en Sudáfrica con su madre y el nuevo marido de ésta; siendo joven vino a dar de nuevo a la ciudad natal. Discreto, hablaba en voz baja. De temperamento melancólico, austero, su ánimo se caía y decaía con frecuencia. Quiso ser empresario o comerciante, le fue mal. Solía irle mal. Trabajó en publicidad. Viajaba en tranvía. En un poema señala: «El poeta es un fingidor. / Finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que de verdad siente”. Así de prístino era. De implacable. Bebía con tanta urgencia que murió a los 47 años, de mal hepático.            

Además de la imbatible belleza de sus versos, Pessoa creó a una trilogía de escritores, los heterónimos, cada uno de estilo y vocación  propias, con una huella distinta a la de él y a la de los demás: se llamaron Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos. En un juego metaliterario de admirancia, el lusitano concibe a tres personajes-autores, que se comentan entre ellos. Así, se dice que cuando Fernando le propuso matrimonio a una chica y ella aceptó, el Pessoa huraño, el solitario, le escribió arrepentido a la muchacha a nombre de Alberto Caeiro (o sea, él mismo, bajo un disfraz) para prevenirla de tan mal sujeto; quiso que ella rompiera el compromiso, y así fue.


Tiempo después Pessoa inventó a otro autor, similar a sí mismo: Bernardo Soares. Es quien aparece como creador de su fragmentario y caótico y vertebral Libro del desasosiego, donde fue capaz de plasmar esto, dolorosamente supremo, en clave de fados y sal: «Lloro sobre mis páginas imperfectas, pero los que vengan, si las leen, sentirán más con mi llanto de lo que sentirían con la perfección, si yo la consiguiera, que me privaría de llorar y por lo tanto, hasta de escribir».            

Lo cuento porque hoy fui al Monasterio de los Jerónimos, en Lisboa, frente al río Tajo, para saludar los restos del poeta. Hace años quería cumplir con esta deuda. Frente a su túmulo funerario le dije calladamente cuánto agradezco su puñado de angustias, la subjetividad desoladora y cómo, al leerlo, me devuelve la mirada línea a línea. Le dije gracias por la afirmación de que escribir es saberse viva o vivo y subrayé de qué modo bebo versos suyos como agua clara, mientras digo de memoria éstos: “Y en una ranura rueda, / distrayendo a la razón, / ese trencito de cuerda / que se llama corazón”.  

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; imagen tomada por mí, de un peluche lisboeta del gran Fernando).

UNA FELICIDAD CASI FÍSICA

El viento me desplaza, generoso; balancea la canastilla en brazos invisibles. Subo murmuradamente, apenas, sin sobresaltos. Voy sobre un tapete que no roza los pies, mi alfombra de Aladino. El sol es una lámpara roja, a la izquierda.

            Me doy cuenta de que jamás había visto, de arriba y cerca, un árbol cuajado de aves. Parecen garzas. Se agitan blancas y desmoronan la pereza, las inflama de luz. Floto a unos cien metros de altura sobre Tequisquiapan. Observo el mundo igual que ellas, cuando empiezan a elevarse: hoy soy una garza, no una piedra. Recuerdo algo de María Ospina Pizano: «Sólo hasta hace poco ha logrado descifrar que su fascinación con los pájaros no nace sólo de las plumas coloridas de algunos […] Lo que le provoca la perturbación más dulce es reconocer que las aves perciben cosas que él no puede contemplar siquiera».

            Oigo a la capitana del globo liberar la válvula de aire caliente y me doy cuenta de que el vuelo me despeina como jamás ha pasado en un avión, carcasa que aísla la experiencia de ir más liviana que el aire. Hoy me siento minúscula, altiva, metafórica y literalmente. Miro hacia abajo: ranchos, la cúpula de una iglesia, techos, aquel río seco, tierras, ninguna frontera, perros que ladran. No oigo, aunque los veo erizados, echando el peso a los cuartos traseros. Levanto los ojos y ahí está el horizonte, en espera.

            «Cuando sentí que me alejaba de la tierra, mi reacción no fue de placer sino de felicidad. Me oía vivir«, dice Julian Barnes que dijo la primera persona en subir a un globo de hidrógeno: Jacques Charles, en 1783. Y la duquesa de Argyll afirmó tras la experiencia: “Sabía que Inglaterra era larga y ancha, pero no sabía que era Tan alta”.

            Me doy cuenta de que en tierra algo me achica siempre la vista: cables, el segundo piso, un edificio, espectaculares. Aquí los ojos corren sin freno, el horizonte muestra su cara abierta. Juan Pablo me abraza.

            «Clareaba el día; a nuestros pies a una altura angelical o de alto pájaro se abrían los viñedos y los campos. El espacio era abierto, el ocioso viento nos llevaba como si fuera un lento río, nos acariciaba la frente, la nuca o las mejillas. Todos sentimos, creo, una felicidad casi física», contó Borges de su paseo en globo con María Kodama, en el valle de Napa.

            Me doy cuenta de que pienso en horizontal. Por eso me asombra esta perspectiva alta y no demasiado. Si me piden dibujar una casa o un elefante los represento de perfil, nunca desde arriba. Ver condiciona lo observado. No veo lo que hay sino mi ubicación, mi error de paralaje.

            Recuerdo aquello del cubano Virgilio Piñera sobre el agua que rodea la isla y lo modifico, tramposa: «La bendita circunstancia del aire por todas partes». Qué placidez inabarcable. Y sí, física.

((Originalmente publicada en mi columna La Utora, del periódico mexicano La Razón).

¿CUÁNTO IMPORTA UN CUERPO INFANTIL?

«La niña / el niño es un animal, un desechable, blanco ideal para el desprecio, los golpes, la rabia. Le faltan palabras para decir la violencia y, así, no la comprende. Pobre, dependiente, inocuo, gris, no tiene puntos de comparación. Encima internaliza la vergüenza, de modo que cada día se siente más responsable de lo que le pasa. Por eso puedes afanar tu ira sobre su espalda hasta machacarle la columna, como quien hace trizas un paquete viejo de galletas Ritz». Con esta brutalidad, desde esta infamia actúan 23 millones de adultos mexicanos. Según el gobierno, de los 38 millones de menores en el país, casi 60 % sufre violencia en casa. Y el escenario mundial no es mejor. Pregunto: ¿qué dice el arte sobre tal aberración?  

            “Me acordaba de cuando mi mamá me quiso ahogar. Ella dice que no pero yo sé que sí, si no estoy pendeja. Me acuerdo clarito que puso el agua caliente en la tina y me dijo que me metiera, luego hizo como que jugábamos y en una de esas me resbalé y me caí dentro del agua y ella puso su mano en mi cabeza para que yo no pudiera salir […] grité y empecé a llorar, pero ella en vez de decir algo, se puso a reír”, narra Brenda Navarro en la novela Casas vacías.

            Un huracán azota sus nueve años: la familia acaba de intercambiarla por cervezas. Su nuevo marido rebasa los cincuenta. En Niñas vendidas, la artista plástica Eugenia Marcos cuenta una de las miles de historias en México. En el mundo suman 650 millones de niñas-esposas.

             Pregunto: ¿se puede torturar a un menor sin consecuencias? Claro.

            «Llévate a esa criatura antes de que me la cobre con ella… Si no, con quién, es el chance que me da la naturaleza, cobrarme con ella las jugadas del destino”, señala la madre en la cinta Las razones del corazón, con guion de Paz Alicia Garciadiego. 

             Pregunto: ¿cómo se cumple la modesta tarea de vivir, si a los once años el tío te viola y embaraza?

             “Por favor, no te mueras. En serio, papá, no te vayas. No me dejes sola […] Te perdono pero no me abandones. Te perdono todo. Te lo juro. Ya no siento rencor […] Te perdono por no alzar la voz, por no defenderme a capa y espada cada vez que lo necesité. Mucho más te perdono por no haber tenido los huevos de mirarlo a los ojos y decirle que conmigo no se juega, que a tu hija no la toca nadie. Sí, como escuchaste: nadie se la coge si ella no quiere. Pero no, en serio, no. Todavía no te vayas. No me sueltes otra vez”, escribe Belén López Peiró en la novela testimonial Por qué volvías cada verano.

             Pregunto: ¿cuánto importa un cuerpo breve sobre la tierra, enmoscado, resbaloso ? Nada, hoy no importa.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón: imagen: Sara Acratart, en http://www.yvonnelaborda.com).

MORIRNOS DE HAMBRE POR GUSTAR

¿De qué somos capaces con tal de ser aceptadas? “No le gusta vomitar, tampoco le gusta tragar materia sólida. La comida va en el basurero, no en la panza”. Esta chica adora la belleza de sus kilos magros, sugeridos bajo la ropa. La descubrió a los 11 años, con la primera regla: quiso domesticarse a sí misma. Para ignorar el lenguaje de los intestinos dejó de comer; esa obsesión es ya su único alimento. O casi. Constituye su forma de asediar la angustia, la soledad, igual a perros en jauría, que con gruñidos acorralan a un conejo espantoso de miedo.

Al contar calorías y hacer ruidos para disimular cada queja del vientre se distrae, no atestigua el derrumbe de su hogar de infancia, metida en los adentros. La obsesión por estar a dieta es coartada para no ver su vida actual, cubierta de hongos y humedad; cierra la boca para controlar la maleza interna, toda ella “temores, resentimientos”. Mientras su propio cuerpo le estorba y se siente “monstruosa, descomunal, un toro bípedo de lidia”, confía en que si se acostumbra a rechazar cualquier platillo, un día dejará de necesitar atención como quien tiene hambre. Todo será perfecto.

Hablo de Autofagia, de Alaíde Ventura Medina (Random House, 2023), sobre dos chicas con urgencia de ser miradas, que se reconocen animalas con heridas vivas y, por lo mismo, se atraen y repelen por igual (me recuerda Entre los rotos, de la misma autora). La novela entreteje espléndida un coro de voces: nos lleva a un pasado que resulta similar al presente, con placeres esporádicos y una desolación de azufre. Las dos mujeres se atraen porque bajo el deseo compartido de evaporarse, cada una maneja un subtexto de violencia devastadora, hacia otros o hacia sí misma.

Platico con mi novio de Autofagia. Me recomienda el cuento “Cero grasa”, de Reyna Guerrero, que da título al libro homónimo (Bonilla Artigas Editores, 2024). Desde el pulido monólogo interior, una chica en segundo semestre de Física desgrana la negativa a comer, la repulsión ante sus muslos. Conforme padres y doctores la obligan a subir de peso y ella se muere de frío, una amiga con ideas suicidas pone en palabras el deseo de ambas muchachas: “Estamos en la misma frecuencia. Las dos nos queremos matar”. La protagonista lo niega, pero igual piensa “me voy a dormir sin cenar soy una marrana”. Se intuye el borramiento personal, el machismo que astilla los huesos y la certidumbre de que el hogar es, con frecuencia, el sitio más peligroso cuando estamos vulnerables.

Si la ficción aborda con este tino y garra los trastornos alimenticios (en su mayoría padecidos por mujeres, dada la imposición de modelos de belleza), quizá me permita verlos sin levantar defensas, reconocerlos en mí o en gente cercana porque, al final, no somos tan distintas: a veces pensamos arriesgarlo todo a cambio de sentir que gustamos.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; imagen: elmundo.es).

                    

VISAJES SONOROS DE UNA CIUDAD

Once del día. ¿A qué suena este viento frío (seis grados), de sobresaltar el espinazo, pero ya es fines de marzo? ¿Cómo se escucha aquí la luz? ¿De qué forma hace rumor de música el sol que detiene el río? De veras, ¿cómo suena esta ciudad?

Tres de la tarde. Sobre el bullicio de la trompetista callejera, en la ribera del Sena mi novio y yo creemos percibir el acompasamiento de botas alemanas, en prisa de tomar la ciudad igual que un patán se apropia de un cuerpo no suyo y le recorre las avenidas una vez y otra vez, mientras la mujer se revuelve. Resiste. Al fin, ella gana. Ensancho el oído. Me gustaría, conforme mastico un camembert con miel al horno (mucho) me gustaría atestiguar a Heloísa y Abelardo, el decir de la lengua generosa del filósofo, de la pupila; luego, ya castrado el maestro, a la muchacha retar desde la prisión monacal: «Hubiera preferido ser tu amante, Abelardo, que tu esposa». Quién sabe si distingo un remedo de Julio Cortázar en plática con la Maga sobre el Pont des Arts en su (nuestra) Rayuela y me asusta el golpazo (quizá) de las cabezas enchisguetadas de sangre al rodar en la plaza, los ojos demasiado abiertos.

Siete de la tarde. No sé si el inhalar de fondo que apenas escucho, el adensado, sea del unicornio del tapiz de Cluny. Acaso respira desde su tela mientras Juan Pablo y yo, de paseo, festinamos dos años de historia compartida: aquí los tiempos se empiernan, vueltos uno. El mismo. La alarma por el incendio en Notre Dame se superpone al silencio del aire ante los nenúfares de Claude Monet o La cuna de Berthe Morisot y corcovean pavorosos en lamento los agonizantes por la Peste Negra y se cuelan alaridos de orgullo de la Nobel, Annie Ernaux, más miles de activistas, porque hoy Francia inscribió en su Constitución el derecho al aborto. (Quizá).

Más de las doce. El frío cachetea. Salimos de cenar en la Isla de San Luis cuando nos sorprenden seis acólitos letárgicos. Sotanas largas. Caminan como si el tiempo tuviera ganas de esperar lo necesario. Presumen alto una hostia y van gregoriando un canto en latín. ¿Es una estampa de este 2024 (quizá) o un eco amplio, como las campanadas medievales? ¿El gruñido de gárgolas se abraza con César Vallejo, todo él hambriento, mientras repite con Georgette: “Dios mío, estoy llorando el ser que vivo; / me pesa haber tomádote tu pan; / pero este pobre barro pensativo / no es costra fermentada en tu costado: / tú no tienes Marías que se van!”?

Una y veintidós de la madrugada. En esta ciudad vibra un palimpsesto de narrativas que interaccionan, accionan, reaccionan en simultáneo. Tal vez se me hayan colado por dentro posturas y visajes sonoros. Aquí cada día es siempre. (Quizá).

(Originalmente publicada en mi columna La Utora del periódico La Razón; la foto es de Juan Pablo Becerra-Acosta).

RELACIONES ACTUALES ENTRE LITERATURA Y PODER (I)

¿Cuál es el papel de autoras y autores en Hispanoamérica? Aquí ensayo ideas al respecto.

  • Carecemos de la influencia política de otros tiempos (en parte porque la discusión pública migró a medios o redes sociales), pero la literatura de hoy enfatiza la complejidad, aporta matices, subraya zonas de indeterminación, propone preguntas sin respuesta. En el contexto maniqueo del mundo, esta vocación multívoca parece indispensable: fomenta el cuestionamiento y la diferencia, por ejemplo, al hacernos coquetear pensando que podemos ser afines a un personaje que nos parecía ajeno. ¿Y si ello abona un poco a la empatía?
  • Las y los novelistas crean relatos que interpretan las narrativas intangibles de su época; así, el arte suele anticipar cambios estructurales. Tita Valencia, Marta Brunet, Lupe Marín y Gabriela Rábago Palafox (a quienes he leído en reediciones de Vindictas) contribuyeron en alguna medida a gestar el feminismo y el movimiento LGBTIQ+ del siglo XXI.
  • Escribir no implica por fuerza defender una postura política. Acaso consista en que la y el lector se cuestionen, sientan desde otro paraje emocional, estéticamente propositivo. Ése puede ser un lugar actual de compromiso. Y como lectora me toca acercarme no sólo a creadores con los que coincido, sino leer para obligarme a pensar de modo distinto, para salir del círculo esponjoso de autoconfirmación propiciado por el algoritmo.
  • Un libro parte de dos libertades: la de la escritora o escritor, que decide abordar equis tema de tal forma; la del lector, quien elige ese volumen y dialoga con él. A nadie (por fortuna) se obliga a leer literatura. Es uno de los territorios más entusiasmantes para mí: la defensa de la lectura por placer.
  • En la UNAM no sólo se valora la disidencia, la autonomía; se las fomenta. Es importantísimo defender con celo ese enclave de pensamiento crítico y autocrítico.
  • Existen pocos espacios para dialogar sobre el poder, el medio ambiente, la seguridad; quizá no tengo una opinión formada, pero en entrevistas y redes a veces me veo exigida a expresarme, a bote pronto. Si evito ese juego de inmediatez soy etiquetada de indiferente. Quiero seguir defendiendo mi libertad de no opinar.

Éstas son, en mis palabras, algunas reflexiones volcadas en Con acento, III Encuentro de Creadores Iberoamericanos, organizado en Madrid por la UNAM España y la Fundación Casa de México en España. Colegas de nueve países nos reunimos en doce mesas para ahondar sobre “Literatura y poder en el siglo XXI”. Qué fortuna bárbara estar ahí.

Va otro, particularmente guapo:

  • Cuando el lector se enfrenta a una situación ficticia es capaz de establecer una tregua y disponerse (incluso) a contemplar sus propias contradicciones. Me recuerda a Viktor Shklovsky: «El propósito esencial del arte es vencer los mortíferos efectos de la costumbre, representando cosas a las que estamos habituados de un modo insólito».

Cómo no celebrar nuestro oficio, capaz de provocar ese cascabeleo.

RELACIONES ACTUALES ENTRE LITERATURA Y PODER (II)

Sigo bordando en torno al rol que tenemos las escritoras y escritores hispanos. No son ideas de generación espontánea (¿alguna lo es?), sino resultado de Con acento, III Encuentro de Creadores Iberoamericanos, organizado por UNAM España, Fundación Casa de México en España y Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM, del 9 al 11 de abril, en Madrid.

  • Lo político incide en lo que escribimos. Si alguna o alguno asegura no abordarlo, tal vez sólo es inconsciente de ello. La fuerza de la migración en nuestros países, el caos ambiental, la escalada de los populismos, el cuestionamiento frontal a la familiez, la nueva consciencia sobre el patriarcado y las violencias de género, más la contundencia de la sexodiversidad permean nuestra literatura. Atiborran las mesas de novedades en librerías.
  • Existen diversas opiniones sobre si es palpable una búsqueda por comunicar las realidades actuales con formas narrativas renovadas. Algunos pensamos que sí, que se experimenta a través de la fragmentación, la hibridez, el new weird, por decir algo. Otros señalan que no, que las formas son las mismas desde el siglo XIX, aunque las temáticas hayan cambiado.
  • Los feminismos son acaso la única revolución vigente y vital tras la caída de las utopías. Y aunque reconocemos avances notables, los pendientes resultan abrumadores. Uno es la división entre las olas del movimiento: varias jóvenes creen que el cambio empezó con ellas, a raíz del #MeToo, y no valoran a sus predecesoras, mientras feministas mayores miran con desdén las protestas del #8M. En todo esto la cultura deviene espacio relevante de diálogo, tanto para remirar el pasado desde una perspectiva feminista como para proponer futuros.
  • Los libros de autoras aún son medidos con un rasero más estricto. Tanto nosotras como ellos firmamos títulos estupendos y otros pésimos, pero si se trata de una ella nunca falta quien señala: la publican por ser mujer, por cuota de género. Cuando se trata de ellos, nadie señala cuota de género, aunque lo sea.
  • Hoy el papel de los intelectuales carece de relevancia, porque las redes sociales son arena para expresar puntos de vista sin la obligación de sustentarlos. Con todo, algunas y algunos tienen peso en la conformación de la opinión pública, a través de columnas en varios medios. Surge entonces la pregunta: ¿escriben para regodearse entre quienes les aplauden o para ampliar el espectro de los debates?
  • Otras formas de participación desde la literatura parten de y llegan a la propia labor escritural y/o el activismo abierto, cada vez más vigoroso en el gremio.

Vuelvo a casa rebosada de inquietudes, a elegir lo mejor posible las palabras para un poema, una crónica, una columna. «A veces un hombre o una mujer imponen su desesperación a otra persona, a eso lo llaman alternativamente desnudar el corazón, o desnudar el alma», dijo Louise Glück. Ahí cifro mi logro o mi fracaso.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora del periódico mexicano La Razón, en este vínculo puedes encontrar los enlaces a las dos partes de la columna; imagen: agenciacomma.com).

«TE DIGO VUELVE Y NO HACES LO QUE TE PIDO»

Mi papá cumple cuarenta años de estar muerto, de haberse fracturado en un segundo específico y continuar muriéndose a cada rato, porque se ausenta un poco más cuando me urgen, y no tengo, sus manos bruscas y de luna en lleno. Se me muere dos veces al día si el miedo es una costra sobre mi pecho; luego pasan semanas sin pensarlo, pero está presente en la ausencia. Me mira desde la foto en mi cuarto. Después vuelve a carecerme, quiero preguntarle algo, aunque en realidad nos falta al mundo y a mí: las noticias serían un poco mejores si él siguiera respirando. Hace tanto olvidó hacerlo. «Te digo vuelve y no haces lo que te pido», señala la poeta Mary Jo Bang.

            Su cuidado me cinceló minucioso. Siempre corría, pero el tiempo conmigo era incompatible con la prisa: sin protestos trenzaba en mi pelo un apapacho, jugaba canicas con Fernando y conmigo. Médico, compró un microscopio para arracimarnos los tres en torno a una gota de sangre, las patas de un grillo, el agua de un charco. Anoche, mientras dormías, fui a Júpiter a pelear contra nueve dragones; los derroté con un cuchillo del tamaño de la puerta, me decía. Y qué lástima, mis compañeros de escuela: sus papás roncando, mientras el mío salvaba a la galaxia.

            A estas alturas no sé bien cómo era el trato diario con él. Quizá exagero y construyo a un personaje irreal: sería lógico, si cada día más se desmorona, su perfil se reblandece. La memoria selectiva le ha borrado defectos, mi amor lo distorsiona, pero un par de certezas murmuradas me otorgan solidez en la médula: con sus cuentos fomentó mi devoción por la literatura. A mis nueve o diez años dijo en la mesa familiar —causó urticaria en mis hermanos— que jamás me pondría objeción para comprar libros, sólo pedía que le contara uno por uno. De ese modo fue moldeando a esta lectora troglodita: décadas más tarde aún brindo por quien me regaló un sentido de vida a través de las palabras. Además creyó que la flaca que hacía versitos podía llegar a ser escritora. Me hice una carrera en las letras y aquí estoy gracias a ti, papá. Ya tengo dos años más que tú.

            Como se fueron mis hermanos y mi madre, nadie refuta lo que narro sobre él. El pasado es un Big Bang riguroso: la tenue orilla se aleja y aleja del centro, porque cuando creo recordarlo, en realidad lo invento. “Sería raro que la memoria no me traicionara, la memoria se dedica a eso, a engañar”, escribe Rafael Pérez Gay en Todo lo de cristal. Sin embargo, es verdaderísimo decir que hoy, a 14,600 días de su muerte, lo extraño de forma muy grande. Como un elefante.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; foto: mis papás de novios, alrededor de 1947).

POR SI UN DÍA ME QUEDO CIEGA

Por ahí de 2017, mi Fernando Rivera Calderón conducía el programa La Hora Elástica, por TVUNAM; yo llevaba la sección “La palabra es drújula”. Una vez tuvimos como invitado al tenor mexicano Alan Pingarrón; es talentoso y divertido. También es invidente. Fuera del aire, Fer, Luisa Iglesias, Óscar de la Borbolla, Pepe Gordon o yo decíamos ¿no ves que me equivoqué?, mira qué bien o, al terminar, nos vemos pronto, sin calcular la desmesura de lanzar frases así ante quien carece de vista. El primero en reírse era Alan: «caray, está difícil que lo vea». Me fascinó su impudor. Mi admirancia por él se fue al doble al constatar cómo no se toma en serio (por cierto, acabo de oírlo en la Gala de Ópera de Fundación UNAM y qué suntuosa voz, llena de matices); entiende que la desgracia admite explorar el autohumor, frecuentar el sinsentido como otra forma de asomarse a la realidad.

            Así quisiera reírme si un día amanezco ciega. Y lo mío no es azote gratuito sino, tal vez, futureo realista: desde niña tengo una miopía no domesticada, majadera, en aumento porque mi trabajo de escritora implica acribillarme los ojos frente a la computadora. Quiero mantener presente la ironía si mis ojos fallan muchísimo y una amargura insociable e insaciable quiere imponerse en lo que vivo. Lo que escribo.

            Durante los ochenta, Nora Ephron dio a conocer la implacable novela Se acabó el pastel: Rachel, escritora, madre de un niño y embarazada de siete meses, cacha a su marido infiel. Fue la catarsis de la también guionista de Cuando Harry conoció a Sally para enfrentar con gracia su propia historia: su esposo era Carl Bernstein, ganador del Pulitzer, uno de los periodistas que destaparon el caso Watergate. Cuando supo que Bernstein se encamaba con una conductora de la BBC, Ephron y él tenían un hijo, más otro en camino. Tras patalear aplicó el autoescarnio. Al inicio de la novela, la embarazadísima y casi cuarentona protagonista dice en su terapia de grupo: «Lo más injusto de todo es que ni siquiera puedo salir con un chico». Atravesar con risa un hecho doloroso es el colmo de la lucidez. Me recuerda que, cuando Borges enseñaba en la universidad, hubo un conflicto; los estudiantes pidieron a los maestros suspender labores. Como él no quiso cancelar la clase, le cortaron la luz. Ácido y rápido reviró: «Se equivocaron, tuve la precaución de ser ciego». Y siguió hablando.

            Decía: si me quedo en negros espero ser capaz de hallarle el lado cómico. De mientras me burlo de mi pasmosa antidestreza culinaria, lo inepta que soy ayudando a mi hija en manualidades, la ridiculez de que no pueda conciliar el sueño sin tapones de oídos y antifaz, la cerrazón mental que me impide entender el futbol americano además, claro, de este rebotar por la vida como el ultramiope Mister Magú.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; imagen: perkins.org).

LA FE = FÁBULAS, CRUELDAD, MACHISMO

Entre los pasajes más perjudiciales de un libro, en toda la historia occidental, sin duda figura éste: “La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio. Porque Adán fue formado primero, después Eva; y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión. Pero se salvará engendrando hijos, si permaneciere en fe, amor y santificación, con modestia” (1a epístola a Timoteo, cap. 2, Nuevo Testamento).

            Sobre ese párrafo altivo, escrito hace unos 1900 años, se levantó un edificio patriarcal, inamovible hasta hoy, que toma al pie de la letra una carta del primer siglo de esta era: no la lee como un texto empapado de su época, sino aplica literalmente sus preceptos. Sería tan absurdo como extraer pasajes de Don Quijote de la Mancha (la primera parte salió en 1605) y que millones recorrieran el mundo en 2024 vestidos como caballeros andantes en busca de «fermosas damas» desventuradas. La diferencia es que la actualidad del primer texto no se cuestiona. Sería pecado.

            Está bien documentada la violencia de género entre católicos. Lo relativamente nuevo es señalarla entre protestantes, sean tradicionales (bautistas, presbiterianos, metodistas, menonitas) o de nuevo cuño (pentecostales e independientes). También aquí azuzar el miedo y fomentar la culpa abona al control de niñas y mujeres a lo largo de generaciones: quienes tienen vagina concentran la vileza. Pongo un ejemplo reciente que denuncia desde la literatura. La novela Ellas hablan (Sexto Piso, 2020), de Miriam Toews, canadiense de origen menonita, parte de un caso verídico de violaciones en una comunidad religiosa de ese credo en Bolivia, en los 2000; fue llevada al cine por Sarah Polley (2022). El contexto de ostracismo explica todo: las familias viven aisladas (a siete horas de la ciudad) y jamás salen de la colonia, dirigida por un obispo. Por décadas, las mujeres analfabetas han aprendido a ser mudas, “como siervas obedientes… [como] animales». Así lo pidió Pablo de Tarso en el Nuevo Testamento. Están «magulladas, infectadas, embarazadas, aterradas, locas y algunas muertas». La asfixia mental y emocional del sistema religioso sobrepasa toda lógica. Una de las víctimas de violación tiene sólo tres años.

            Añado algo personal: cuando tenía 17 años entré a una iglesia protestante. Estuve ahí casi una década. Palpé la discriminación femenina y supe de conductas sexuales de los líderes (siempre hombres) opuestas a lo que exigían de los feligreses. Nadie me lo contó. Y ahora que vi en Netflix el documental La oscuridad de La Luz del Mundo, sobre el violador mexicano Naasón Joaquín García, «apóstol de Jesucristo», encuentro el mismo patrón machista, perverso.

            Cuánto daño hace aún lo dicho por ese pasaje de Pablo de Tarso. En Ellas hablan, alguien sostiene que el templo de la fe lo sostienen las fábulas y la crueldad. Es un edificio criminal. Que no se olvide.

Originalmente publicado en mi columna La Utora en el periódico La Razón.

Aguas, RAE. Ahí te voy.

En la escuela fui una nulidad en atletismo y matemáticas, pero sentía un gusto fosforescente al poner distancia con la lengua que uso a diario (o ella me usa a mí), para preguntarme por qué hablamos como lo hacemos: las etimologías me volaron la cabeza. Veneré a Isidoro de Sevilla, a Joan Corominas. Cuando supe que hemorragia, hematoma y anemia vienen del griego «háima, háimatos», que significa sangre, sentí como si me presentaran a la parentela de esa voz primera. Fue emocionante intuir luego que hemático y hematoma proceden de la misma familia. Sabía que acuerdo implica un arreglo, pero la expresión se me pobló de sentidos al aprender que viene de «cor, cordis», corazón: se precisa voluntad para llegar a un pacto. Del mismo origen procede recordar, verbo que alude a guardar en la memoria algo querido, tenerlo presente.

      Soy escritora, las palabras son mi obsesión, mi materia prima. Y hermana. Me gusta desmembrarlas para ver qué tienen por contar, rastrear los inicios de un vocablo, identificar a sus allegados. También voy por la vida coleccionando los significados falaces, inventados, que sugieren expresiones cotidianas. Las definiciones que siguen integrarán un día mi diccionario particular, con guiños a Ramón Gómez de la Serna. Aguas, RAE.

DESFALLECER: sacarle un bendito sustazo a alguien, porque uno acaba de regresar de entre los muertos.

RONRONEAR: acción de empinar con vigor y rigor vasos de ron, sin pausa.

ARRUMBADO: persona que tiene una inclinación muy acusada a bailar rumba.

CONVIDAR: compartir con alguien un bien básico para la existencia. Por ejemplo, pasitas con chocolate.

DESGASTADA: estufa que se quedó sin gas. Ni un poquito.     

PEZÓN: animal marino descomunalmente grande.

APANTALLAR: efecto de pasar tanto tiempo ante un monitor que las ideas adoptan forma cuadrada y plana.

RE[A]SIGNACIÓN SEXUAL: se dice del hecho de que una persona no se resigne a la identidad genérica que le tocó en suerte y decida activamente por otra.

DESOLLAR: privar por la fuerza a alguien de la vasija en la que pone a cocer sus alimentos.   

INODORO: lugar que no huele a nada. A nada de nada.

DESARRAIGADO: persona o vegetal que fue arrancado de su lugar de origen, razón por la cual anda con las raíces al aire.

PAPA FRITA: tubérculo rebanado y pasado por aceite caliente, que al servirse tiene una temperatura inferior a la deseada.

EMBOSCAR: llenarse los ojos de árboles. De bosque, pues.

POSTRACIÓN: tenderse de costado, a consecuencia de la ingesta desmedida de postres.

INHUMAR: procedimiento que permite liberar el humo que vivía dentro de una persona o mascota recién fallecida.

PERRILLA: hembra de can, de tamaño minúsculo, que un día se aloja en tus pestañas y en ese instante se vuelve descomunal.

EXTRAVAGANCIA: condición de quien, por un sesgo divino, disfruta de una dosis suplementaria y envidiable de vacaciones.

NARCOIRIS: forma como se ve el horizonte inmediatamente después de una lluvia de balas.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, en el periódico La Razón; imagen: recetasgratis.net).                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                            

ÉSTE ES MI TALLER DE ESTRÉS

Un año más de sufrir por gusto puro. Uno más de torturarme a la semana. Trece de saber en el cuerpo que tiendo a los extremos y persigo el centro. Que nunca voy a dejar de perseguirlo. Tampoco alcanzarlo, pero me acerco.

            En mi balanza incómoda, un plato es la yo que sabe atascarse de planes, de retos que supuran adrenalina; en el otro, ésa que tan bien conozco, la que demanda silencio, serenidad. «De perto, ninguém é normal». Lo adivina y lo dice cabal Caetano Veloso en esa rara canción, «Vaca profana». Podría traducirse «visto de cerca, nadie es normal». Conmigo es más cierto, es muy más cierto: soy frontal y furtiva, ansiosa y calma, todo me repele, todo me enamora y me voy de boca. Pero en 2011 conocí el yoga, mi taller de estrés (que es cuatro, muchas veces), mi carpintería y mi té de frutas. La palabreja significa «unión», concilia lo distante, es arregladora, por eso cada semana voy de vuelta al tapete, al patíbulo, al martirio, a poner a conversar mente y torso, a limpiar las telarañas entre ambos.

            La verdad es que la práctica me choca, pero al terminar recupero mi espalda, la siento de nuevo flexible y guapa. Podría hacerle una fiesta sólo por eso. Además me saca un rato de mi mente, la que sobrepiensa, la desmesurada. Qué lujo: una hora sin esta neura, sin el ruido mental, sin el aire grueso. En cambio me centro en la respiración, esa maravilla que tanto olvido.

            Nunca me meteré a un concurso de yoguis: las figuras perfectas no son mi meta, tampoco pararme recia en las manos. Sí lo es lograr ese equilibro quieto mientras sostengo una postura de asfixia. Recuerdo que soy un cuerpo, que centímetro a centímetro aprendo a ser flexible. Por un rato solamente estoy aquí.

            Ya he hablado antes en esta columna de las similitudes entre mi oficio de escritora y la práctica de yoga. Ambos exigen constancia, administrar el aliento, competir sólo contigo. Hay que tomarlos en serio, con rigores, apostar como si no hubiera riesgo y, sí, puedes estancarte, aburrirte. Pero luego chance des un estirón. Por eso no paras, no te das el lujo. Tanto el trabajo interior como las letras piden una cadencia que es intuitiva: existe un ritmo por descifrar, acentos, ampollas, tartamudeo y seducción, «bailar como si no hubieras ensayado», según decía el dios de nombre Fred Astaire, que primero dominaba la técnica, para flotar ya dejado a su aire.

            Lleno botes de basura con poemas, pero sigo en el intento de aquel verso. Me imagino que tal vez un día llegue. Intenté por años el trikonasana; un día, no sé cómo, al fin le entendí. Y está lo superior: buscar la belleza, creer que de mis dedos y de mis piernas podría surgir algo sublime. Sutil. Nomás por eso sigo necia en ambos. Nomás por eso son mi vicio feroz.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, del periódico La Razón).

LOLITA, EN LAS COSTURAS

1. Desde pequeño, Vladímir Nabokov (San Petersburgo, 1899) hablaba ruso, inglés y francés. Era un muchacho cuando la familia dejó su tierra, por la Revolución bolchevique. Mientras huía de la Segunda Guerra Mundial fue desarrollando su trabajo literario a saltos entre Francia, Alemania y Estados Unidos; a ese país, detonante en su historia, llegó en 1940.

2. Devino una especie de bandera para otros colegas expatriados. La robustez de su obra justificó el desaliento de quienes fueron arrancados de costumbres, barrio, comida, idioma. A él en particular le afligía abandonar su oficio en ruso, para ver si podía dominar el inglés y convertirlo en su lengua de escritura, esquivando sentirse un impostor.

3. Cuando era niño, su tío Vasili Rukavíshnikov solía sentarlo en el regazo para murmurarle indecencias y acariciarlo. Aunque era incómodo para el chico, algo le gustaba de los tocamientos, que se prolongaron durante cuatro años.

4. Ya adulto, viviendo en París, tuvo «el primer estremecimiento» de Lolita, su novela más reconocida. Era 1939 cuando vio la noticia de un mono que, enseñado a dibujar, había hecho su primera obra: esbozó los barrotes de la jaula. Nabokov fue capaz de absorber la tragedia.

5. Hizo una recombinación ficcional del episodio del simio, junto con la vivencia del tío, en El hechicero, cuento en ruso sobre un centroeuropeo que ansía a una niña francesa. Fue el primer esbozo de la nínfula.

6. Viviendo en Estados Unidos, ya durante el desarrollo de Lolita y muy refunfuñado por su inglés tieso, por las metáforas descalabradas, un día arrojó el manuscrito al fuego. Pudo rescatarlo Vera, su esposa, quien lo había transcrito varias veces y con frecuencia elegía algún término mejor. Gracias a ella conocemos el libro, publicado en 1955 en Francia (las editoriales gringas lo rechazaron, por miedo a la censura).

7. El lugar creativo del autor era el baño. Pequeñito. El espacio más tranquilo del departamento. Pero cada tanto le era indispensable cortar la narración para que lo usaran su hijo o esposa.

8. Le repelía la vulgaridad del estadounidense común, rasgo evidente en el juicio satírico de Humbert Humbert hacia Charlotte Haze. Cuando la novela le dio éxito comercial dejó ese país para mudarse a Suiza: Véra se hizo aficionada al lujo, él se puso a escribir en paz hasta su muerte, en 1977.

9. Si no has leído Lolita date ese regalo turbador, sutil, que transpira humor y estalla de belleza verbal. Es tan sonoro que no se cree, literatura marinada al punto.

10. Si ya la leíste y te interesa el tema, recomiendo Un revólver para salir de noche, de la checa-española Monika Zgustova (Galaxia Gutenberg), que acabo de terminar. Aporta sustancia sobre la relación entre Vladímir, su esposa y otras mujeres, los amores frustrados que él deja entrever en Lolita, así como el rol de Véra en la trascendencia del escritor.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora en el periódico mexicano La Razón).https://www.razon.com.mx/opinion/columnas/julia-santibanez/lolita-costuras-560258

HAY PAN PARA HOY

Si al empezar 2023 me hubieran dicho que mi hermana moriría en junio, quién sabe cómo hubiera transitado los primeros meses del año. Es más, no tengo idea qué cuerdas internas he jalado para ser funcional desde entonces, aunque llore a cada rato porque la extraño, igual a mamá y a Fernando, las ausencias de mi núcleo que se amontonaron desde 2019, el último hilo con la infancia. También ignoraba que mi novio iba a enfrentar en agosto dos operaciones que lo tendrían grave, hospitalizado durante un mes. La angustia como una calza de mi talla.

            Cuando lo pienso me da miedo el futuro, pero para ser justa no todo fue dañoso en esos meses: mi hija, espléndida, acaba un ciclo como estudiante. Me fascina atestiguarlo, verla recia; Juan Pablo ya está fuera de peligro y nos besamos con frecuencia; mi familia es un abrazadero de solidez; estoy arropada, tengo salud, disfruto la soledad. Tanto la terapia como el yoga ayudaron a remontar las crisis, peleo menos con quien voy siendo. Tengo cerca a mis amigas y amigos de vida, la poesía es aún eje de todo, disfruto enormidades la chamba. Nada de esto es poca cosa; el conjunto resulta un desborde de gratitud.

            Llegué a los últimos días del año con fracturas mayores, pero de algún modo entera. Aprovecho las vacaciones para hincarle el diente a Ayer, de Agota Kristof, escritora húngara nacida en 1935, que a los 21 debió exiliarse en Suiza. La novela, muy breve, revela la tensión chirriante entre el impulso vital humano y la desesperanza más acre. En una escena, mientras un niño de seis años contempla el cielo se le acerca un hombre maduro:

—Pequeño, vengo desde muy lejos. Dime, ¿por qué miras la luna?

—No es la luna —respondió el niño, molesto—, no es la luna lo que miro, es el porvenir.

—Yo vengo de allí —le dije, bajito—, y no hay más que campos muertos y fangosos.

—¡Mientes, mientes! —gritó el niño—. Hay dinero, luz, amor. Y jardines llenos de flores.

En 2024 me gustaría conciliar ambas posturas: la adulta consciente de que mañana puede venir la avalancha de lodo, de tierra seca, y al mismo tiempo la niña que espera luz y flores. Sin ingenuidad quiero concentrarme en lo segundo, por un necio «optimismo de la voluntad» (la expresión es del poeta Luis García Montero). Espero lograrlo.

            Y además confirmo las palabras de Joaquín Sabina: «Ahora que estoy más viva de lo que estoy, / ahora que nada es urgente, que todo es presente / que hay pan para hoy». Sí, en la mesa de fin de año me faltó gente clave, pero conté con pan y vino para brindar porque tuve su compañía.

Gracias muy netas por leerme en este arranque. Que el nuevo ciclo llegue hinchado de bienandanzas para ti.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora; imagen: yapa_panaderia / IG).

LA SABROSA BIOGRAFÍA DE NUESTRO IDIOMA

Con frecuencia abro el Quijote al azar y me sorprenden giros que adoptaría a diario, como «decir callando» (hablar en voz baja), señalar unos «sombrosos árboles» o describir cómo un estudiante suele ser tan pobre que tiene «falta de camisas y no sobra de zapatos». En la misma centuria, Juana Inés de Asbaje escribía en la Nueva España: «Cuando la felizmente estéril para ser milagrosamente fecunda, madre del Bautista vio en su casa tan desproporcionada visita como la Madre del Verbo, se le entorpeció el entendimiento y se le suspendió el discurso». Casi no doy crédito de la belleza del discurso y también de que, en cientos de años, nuestro idioma poroso siga conectando a quienes habitamos los 16 países de Hispanoamérica. Se trata de «la mayor vastedad geográfica en que un ser humano puede desplazarse sin cambiar de lengua materna y caminando […] a lo largo de poco más de 11 700 km en línea recta, desde el río Bravo hasta la Tierra del Fuego, una persona hispanohablante nativa puede atravesar fronteras […], comunicarse y hacer su vida diaria usando siempre la misma lengua: el español. Tal situación no se repite en ninguna otra área del planeta».

            Lo leo en un libro delicioso para quienes amamos escándalmente la historia de las palabras: Hablar y vivir en América, coordinado por Concepción Company Company (El Colegio Nacional / UNAM, 2023). Son 13 ensayos para un público amplio, sobre el nacimiento del español de este continente y su desarrollo hasta el siglo XIX: cómo las formas orales de andaluces, extremeños, castellanos, gallegos y catalanes (feliz mescolanza llegada a América) entraron en contacto con idiomas amerindios y con los de esclavos africanos, barullo que le dio temperamento único a nuestra habla. Temperatura propia.

            Además de la belleza de edición y las ilustraciones a color destaco dos capítulos: el de Silvia Ruiz Tresgallo, «La mujer en la lengua del Barroco americano», aborda cómo las disidentes del virreinato fueron acalladas, entre ellas las afrodescendientes y monjas como sor Juana (que, con sus muy altas luces, no fue ni de lejos la única autora en un convento). Y está el capítulo de Company, «Saludos y despedidas en cartas americanas. Un acercamiento a la oralidad en la vida cotidiana». Para evocar cómo la gente hablaba se asoma a misivas originales, que la reproducen de modo fidedigno, al ser obras espontáneas que buscan la inmediatez. Compara una carta oficial, una familiar y una íntima, de un panadero a su querida: la destinataria es una monja, «regalo de mi alma», a la que insta a huir con él. Cómo disfruto el análisis minucioso de similitudes y diferencias, en las que me espejeo.

            El logro esencial del libro radica en desmenuzar la densa y anchurada biografía del español, vigoroso en casi 500 millones de hablantes en la América Hispana. Me pone emocionalmente de pie que exista un volumen como éste.

(Publicada originalmente en mi columna La Utora, en el periódico La Razón).

VENDAR EL MUNDO DE ADENTRO

Otra vez, carretadas de dolor en torno a mí y yo, sin palabras para pronunciarlo. Para darle nombre.

            Por un lado están las tragedias que llegan espalda con espalda: en Medio Oriente, un huérfano al que una bomba le destruyó la cara y las dos piernas, los cinco cuerpos envueltos de una familia aniquilada sin motivo. Infinidad de palestinos e israelíes están viviendo la barbarie irremontable, el odio y el horror acendrados por décadas, aunque la sangre de ambos sea del mismo color. En México, fallecidos y caos en Acapulco, más la desolación de los muchos cuya casa o negocio es hoy un trapo ajado. Y los Días de Muertos, que además de familiares hincados en el costillar, también recuerdan a víctimas de feminicidio, desaparición, violencia generalizada.

            Más cerca, una amiga, viuda reciente, no levanta la cabeza, sólo arrastra el ánimo por los suelos (qué metáfora más plástica, antes de que nos acostumbráramos a ella, pero la poesía recupera el asombro de lo que decimos sin poner atención). Pero sobre todo me impotencia no suavizar el duelo de Rocío, mi amiga de sangre desde hace casi treinta años, quien ha llorado conmigo y me ha prestado sus piernas para caminar: ahora perdió a alguien de sus honduras, está triste «hasta la cabeza, y más triste hasta el tobillo». Recuerdo ese verso del poeta mayor: César Vallejo. La abrazo y la escucho. Quisiera ofrecerle un espacio seguro donde pueda articular esta nueva ausencia: creo que decir los emblemas del pesar ayuda en el proceso de acomodarlos, aunque me desespera no tener una venda para su mundo de adentro.

            Abro la Poesía completa de Vallejo y busco la cita que me está rondando. Mientras paso páginas leo esto: «la muerte actúa en escuadrón». El peruano nos incluye a todos en esa frase. ¿Quién no ha sentido que un destacamento de sepultureros le apunta a su gente? Más de una vez he estado ahí.

            Al fin llego al poema que buscaba. Se llama «Los nueve monstruos»:

«desgraciadamente,

el dolor crece en el mundo a cada rato,

crece a treinta minutos por segundo, paso a paso,

y la naturaleza del dolor, es el dolor dos veces […]

El dolor nos agarra, hermanos hombres,

por detrás, de perfil […]».

Qué mirada tan larga, tan testaruda, la del poeta que tiene especialidad en volverse mi cercano, como un semejante. Es así, tal cual lo dice. Pregunto: ¿adónde se va el sufrimiento? ¿Dónde cava su escondrijo ampuloso? ¿Qué hacemos con él, para que no se transforme en calentura, pus, rencor o indiferencia? Cada quien tendrá una salida; la mía es drenarlo, escribiendo. Y abrazar a mis indispensables.

            Hoy me con-muevo con Rocío, arrimo mis huesos a los suyos, le regalo estas palabras del peruano y la quiero un poco más que otros días. Ojalá eso la consolara un poco.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora en La Razón; imagen: resumendesalud.net).

POR QUÉ LE MENTÉ LA MADRE A MI LIBRO

Tengo en las manos mi décimo libro. El décimo de La Utora.

            Este camino de publicaciones que empezó en 1997 lleva en las costuras disciplina, rechazos de editoriales, gusto, egoísmos, duda, más disciplina, la solidez que me da hilvanar palabras. En veintiséis años he tenido infinidad de chambas y parejas, así que esta relación con los verbos es la más larga de mi existencia. Aún si supiera que no volveré a publicar seguiría borroneando textos, porque este «asendereado corazón» (diría don Quijote) es de escritora.

            Mis títulos más recientes son dos de crónica del siglo XX: El lado B de la cultura. Antes hubo seis de poemas, entre ellos Eros una vez, que me dio en Uruguay el Premio Internacional de Poesía Mario Benedetti, cuando mis ingresos estaban en rojo subido y mi autoestima, abolladísima. Les antecedió uno de prosa poética y el primero, de crítica literaria sobre un poema medieval.

            Entre todos, ninguno tan cuestarriba como El lado B, volumen 2. Fue una barbaridad. Suelo hacer los de poesía poco a poco; cuando uno está listo, busco editor. Es una cadencia disfrutable. Con éste, en cambio, tenía la investigación hecha, pero me comprometí a entregarle a Penguin los cincuenta capítulos en junio de este año y los compromisos laborales me rebasaban, con lo que me ponía a escribirlo luego de las diez p. m. Resueltas las broncas de mis dos trabajos (uno de ellos, nuevo) arrancaba la talacha textual. Y debía ser creativa. Entretejer historias sabrosas, con dosis de riesgo. Por ahí de las tres de la mañana, el cerebro ya frito, apagaba la computadora. A la mañana siguiente, a rendir como si nada. Así de lunes a viernes, por casi un año; sábados y domingos pulía páginas y tecleaba mi columna. Vi poco a mi familia, pedí paciencia a los amigos, puse en pausa el yoga. Mi hija bromeaba: “Ahorita no tienes una vida, pero cuando la retomes iremos al cine». En la segunda cita con Juan Pablo señalé: «Tengo poco tiempo para estar en pareja, porque robo minutos para escribir».

            Muchas veces le menté la madre al libro, desde el cansancio y la espina de inseguridad de si valía la pena cada madrugada trabajosa. Y lo peor: mi hermana Lucía murió cuando revisaba los capítulos. El golpe me sacó el aire. Más que el aire. Podía pedir una prórroga, pero entregué a tiempo para que el volumen saliera en 2023. «Lo difícil es escribir, no escribir bien… Para escribir bien hay recetas, consejos útiles, un aprendizaje.  Escribir, en cambio, es una decisión de vida, que se realiza con todos los actos de la vida», apunta César Aira. Tal cual.

            Por eso me escandaliza que exista El lado B de la cultura, volumen 2: si esto no es una noticia nivel majadería quién sabe qué sea. Denme cinco minutos para andar de fanfarriosa. Y ojalá compartan conmigo los entusiasmos.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora en La Razón).

¿TENGO DERECHO A MIRAR LA TRAGEDIA?

Una mojarra al mojo de ajo, la cerveza fría y platicar con mi hija, contenta porque participó con amigos en una carrera sobre Reforma. Qué domingo sin tropiezos. Pero aunque todo parece bien, percibo una estridencia de fondo. Al terminar su actividad fuimos al Museo Franz Mayer, a ver la muestra de la World Press Photo.

Foto: Evgeniy Maloletka / World Press Photo

Desde hace años hemos vuelto una tradición septembrear esta exposición de fotoperiodismo. Nos recibe la imagen atroz de Iryna, embarazada y sangrante, a quien cinco hombres llevan en camilla a un hospital de Mariupol, luego de un ataque ruso en Ucrania. Según el pie de foto, madre e hijo murieron poco después. De la misma zona geográfica es Anton, médico militar de 22 años, quien se enfrenta a la vida sin un brazo y ambas piernas. Muerdo un trozo de cal.

            Más allá, un adolescente afgano, Khalil Ahmad, muestra la cicatriz que le dejó la decisión familiar de vender uno de sus riñones por 3500 dólares. La alternativa era morir todos de inanición. También se incluyen imágenes que sugieren esperanza, aquella palabra incierta. Tras el asesinato de Mahsa Amini por no usar el hiyab, una chica cuenta cómo un grupo de gente se puso a corear en una calle iraní: «Mujer, vida, libertad». Pero vuelve la miseria, el sinsentido. En el Estado de México, Carmelita, de 16, padece reblandecimiento de la masa cerebral, resultado del uso irracional de pesticidas donde vive, mientras dos madres subrogadas de Camboya, Vin Win y Ry Ly, fueron detenidas por rentar sus vientres para ganar dinero extra; no lo obtuvieron y hoy crían a niños concebidos para terceros. Lo invisible cebándose con los más vulnerables.

            ¿Tengo derecho a mirar la intimidad de esas tragedias? Me pregunto por qué vengo a presenciar la guerra, la jodida y rentable guerra, la masacre, el hambre, la contaminación, el odio. Lo descarnado al hueso. Ensayo respuestas: aunque me angustie, quiero estar informada, saber lo que pasa en el mundo. Por otro lado, como escritora y editora creo que la narrativa ayuda a entender. Genera ecos, contagia sentires. Además, al ver la muestra quizá contribuya con otros miles a que lo terrible no pase inadvertido: es apremiante dar testimonio, nombrar a las víctimas, contar sus historias. Pero también aflora la desolación, porque tanto dolor es irreversible. Nada puede evitar que siga pasando. Y aunque me avergüence decirlo, reconozco el egoísmo: tengo la suerte inmensamente cara de no ser una de las víctimas.

            Susan Sontag se pregunta en Ante el dolor de los demás (la traducción es mía): «¿Somos mejores por mirar estas imágenes? ¿Realmente nos enseñan algo? ¿O sólo confirman lo que ya sabemos (o queremos saber)?».

            Me planteo estas contradicciones sin salida y por lo mismo encuentro indecoroso comer a gusto media hora después. Y aunque no logre acomodarme en la silla, aquí sigo.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora del periódico La Razón).