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“Para soñar que no estamos huyendo”, de nuevo a escena

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El teatro, la caja vacía que vibra de historias y matices, es una gran mentira. Los actores pretenden ser otros, estar en distinto tiempo y lugar, mientras los espectadores les creemos y reímos como si lo que pasa en escena ocurriera de a devis, nos estrujamos las vísceras, exprimimos el corazón cuando el momento lo amerita. Pero lo que dijera Rulfo sobre la literatura aplica igual al teatro: es una mentira que dice la verdad.

Lo traigo a cuento porque acaba de estrenarse en el teatro El Galeón la obra Para soñar que no estamos huyendo, con texto y dirección de Ana Francis Mor y actuaciones de Amanda Schmelz, Antonio Cerezo y la siempre amable (de amabilidad y de que merece ser amada) Marisol Gasé. Vi la obra en su anterior temporada en el Teatro Juárez y sin duda ahora me daré otra vuelta. En ella, a partir de una cama, un atril y algo de utilería se crea un mundo complejo, traspasado de violencia. Con apenas apoyos escénicos pero bien pertrechados con las armas flagrantes de la ironía y la lucidez (perdón por la redundancia), tres personajes exploran la vocación victimaria que aún permea nuestra querida culturita mexicana: con la voz y el cuerpo sacuden, hacen reír, tragar camote y vuelta a empezar. Además, a un lado del escenario Leika Mochan crea con el cuerpo atmósferas sonoras que subrayan lo que pasa en escena y lo vuelven más poderoso.

Mor y Gasé, las Chulas que son unas Reinas y con las que hace poco aplaudí el aniversario diez de El Vicio, hacen que uno se pregunte con cara de pasmo: ¿los personajes huyen o nomás sueñan que huyen? Sepa la bola. Lo innegable es que en ellos nos vemos retratados, en esas mentiras que cuentan verdades innegables. Ni cómo hacernos a un lado.

Para soñar que no estamos huyendo se presenta lunes y martes a las 8 pm, del 11 de enero al 1 de marzo, en el teatro El Galeón (atrás del Auditorio Nacional), en la Ciudad de México.

 

De cuando una mujer que habla mucho aburre a los hombres

Foto: Paola Izquierdo
Paola Izquierdo

Anoche fui al teatro a ver De príncipes, princesas y otros bichos, escrita y protagonizada por Paola Izquierdo, en el Teatro Virginia Fábregas de la Ciudad de México. Es una sátira en dos tiempos, con dos personajes: una princesa bióloga que persigue un sapo para convertirlo en su propio príncipe azul, y un principito-niño de la calle que cuenta cuentos. Inteligente, bien hecha y mejor actuada, a partir de hacer reír toca cuestiones de género, de injusticia social y derechos humanos, de doble moral y de los estereotipos que tanto nos joden.

En un punto de la obra, la princesa está enfocada en la búsqueda del príncipe que la cuide y le resuelva la vida, como quiere su padre y como le enseñaron a desear los cuentos de hadas, sobre todo porque ya tiene 30. “¿Qué son esas manías de estudiar tanto? Si tú no eres fea, mi hijita”, le dice su tía, preocupada porque ya quiere un principito en la familia. Y añade el consejo de que para encontrar pareja mejor no hable mucho, reforzado por una canción con melodía que-remite-a-Disney: “Los hombres no te buscan si les hablas. No creo que los quieras aburrir […] Verás que no logras nada conversando, a menos que los pienses ahuyentar. Sujeta bien tu lengua y triunfarás”.

Fui con mi adolescenta a ver la obra y al salir me dijo: “Me hizo reír, está buena pero exageradísima. Hoy ninguna mujer piensa eso, que mejor te calles o que si llegas a los 30 y no te has casado eres un fracaso”. Por un lado me llenó de orgullo su certeza, pero por otro me dio ternura. Fantástica inocencia que no conoce esa parte oscura del mundo.

Cuando el amor es maldito de origen

Foto: Federico Robledo
Jaime López y Mónicca Gómez Foto: Federico Robledo

Anoche fui al teatro. Quise ver en escena a mi querido Jaime López, voz y presencia central en la escena del rock mexicano. Actúa en la obra Sangre en la comisura de tus labios, escrita y dirigida por Arturo Honorio, quien como teatrero ha colaborado con gente como Alejandro Jodorowsky. La actuación de Jaime convence y cimbra, mientras la de Mónicca Gómez es poderosa y la obra, impecable. No daré ningún spoiler pero trata sobre un amor turbio, jodido desde su origen, que revuelve las tripas. Plagado de odio, deseo y culpa, me hizo recordar aquello de Rainer María Rilke:

“¿Quién, si yo gritara, me escucharía entre las órdenes
angélicas? Y aun si de repente algún ángel
me apretara contra su corazón, me suprimiría
su existencia más fuerte. Pues la belleza no es nada
sino el principio de lo terrible, lo que somos apenas capaces
de soportar, lo que sólo admiramos porque serenamente
desdeña destrozarnos. Todo ángel es terrible”.

Se presenta en el Teatro de Azotea, espacio íntimo donde los 15 espectadores están literalmente en medio de la acción, lo que implica un reto adicional para actores y puesta en escena. De verdad vale mucho la pena.

Circulo Teatral, Veracruz 107, Col. Condesa, México, D. F. Reservaciones: 5553 1383

 

“Hay muertos que hacen temblar la tierra”: Tina Modotti

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En 1942 murió en México Assunta Adelaida Modotti, fotógrafa italiana y activista de izquierda. La obra de teatro María Tina Modotti, que se presenta en el Teatro Sergio Magaña de la capital mexicana bajo la dirección de Haydeé Boetto y Gabriel Figueroa Pacheco, aborda su vida estrujante a partir de tres actores y un bello juego escénico creado a partir de grandes maletas, que en coreografía van trazando distintos espacios. El texto de Zaida Rico (quien también encarna a Modotti) se centra en la Tina luchadora social y la enamorada del revolucionario cubano Julio Antonio Mella, asesinado en los propios brazos de ella y de cuya muerte fue absurdamente acusada. El personaje de Modotti asegura de él en una línea poderosa: “Hay muertos que hacen temblar la tierra”.

La obra me gustó pero a ratos el texto me pareció flojo y me hizo falta ver en escena a la Tina también fotógrafa, la artista vital, así como dar más peso al poema que Pablo Neruda le dedicó, que apenas se menciona. Compañeros de ideario político y ambos involucrados en la Guerra Civil Española, el chileno le escribió a su muerte:

“Tina Modotti, hermana, no duermes, no, no duermes:
tal vez tu corazón oye crecer la rosa
de ayer, la última rosa de ayer, la nueva rosa.
Descansa dulcemente, hermana.  

La nueva rosa es tuya, la nueva tierra es tuya:
te has puesto un nuevo traje de semilla profunda
y tu suave silencio se llena de raíces.
No dormirás en vano, hermana.  […]

Son los tuyos, hermana: los que hoy dicen tu nombre,
los que de todas parte del agua, de la tierra,
con tu nombre otros nombres callamos y decimos.
Porque el fuego no muere”.  

Hay muertos que hacen temblar la tierra. Sí, como la propia Tina. Qué gusto que el buen teatro nos lo recuerde.

Así se ven los invisibles

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“Los pobres son como los animales. Parece como si estuvieran hechos de otras sustancias”, dice la terrible Bernarda en La casa de Bernarda Alba, portento teatral de Federico García Lorca. Pues no, no son distintos. Aunque para los demás no existan, lo cierto es que se alegran, anhelan, abrazan y lloran igual que los demás. El fotógrafo británico Lee Jeffries lleva años captando a estos sin rostro, registrando la intimidad de su vida al borde del precipicio. Jeffries era fotógrafo de deportes hasta que un día vio a una chica que dormía en la calle, junto a un contenedor de comida. Al querer tomarle una foto, se despertó. Él dudó entre huir o pedir disculpas, pero optó por lo segundo. Empezaron a conversar y de esa plática nació la vocación de retratar a los habitantes de la calle.

Cada una de estas imágenes tiene una narrativa propia, detrás de cada mirada hay una historia que estremece. Me parece bellísimo que el artista los capte con respeto, sin dramatismo, como los seres humanos dignos que son. Estos son los invisibles.

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Más vale Salomé que mal acompañada

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He confesado aquí mi absoluta devoción por Wilde, así que ver un montaje de su Salomé era obligado. Ayer fui al Teatro Helénico y salí con sentimientos encontrados. Voy con lo positivo: antes de ir repasé la obra, la llevaba fresca. Así pude ver que la puesta en escena es fiel al original, lo que es un deleite. Desde el primer minuto, Leonardo Ortizgris es un soberbio Jokanaan, desorbitado y sexual en su pureza. Aunque se tarde para entrar en personaje, Irene Azuela hace una poderosa interpretación de la Salomé seductora/seducida: el baile y las escenas finales son notables. Está muy guapa y, sin embargo, sus 34 años me parecen arriesgados para el papel de una jovencita. Adaptar la obra a un baño es audaz y sí, acertado. La dirección de García Lozano me parece buena, aunque con algunos problemas de ritmo.

¿Lo negativo? El resto del reparto es lamentable. Si bien José Sefami da el tipo grotesco de Herodes, su actuación falla por completo: lo indica el hecho de que haga reír en parlamentos como “Tu belleza me ha turbado. Tu belleza me ha turbado terriblemente y te he mirado demasiado esta noche”. Aída López (Herodías) no se cree su papel ni en día de fiesta; los demás, menos aún. Y luego está el absoluto desacierto de que uno de los siervos sea un gay exagerado. ¿Para qué? ¿Para representar “mejor” una corte decadente? Por favor…

Total, la experiencia me quedó a deber. Lamento que el Teatro Helénico parezca seguir esa fórmula: elige buenos textos y paga estupendos protagonistas/ chicas guapas, pero en el resto del elenco incorpora actores que no dan la talla (lo mismo ocurrió en el montaje de Hard Candy http://wp.me/p1POGd-pY).

Me quedo con esto, del texto de Wilde: “El misterio del amor es más grande que el misterio de la muerte”.

“Me interesa la obra, no lo que pasa con ella”

foto: Allan Fis
foto: Allan Fis

“Cuando te va muy bien, la gente a tu alrededor es la que cambia, porque asumen que eres otro. Ellos no saben que pienso que nada de esto es real, y el que se lo crea pierde el juego. Yo creo en el trabajo duro, comprometido, profundo, constante. Creo en la obra, no en lo que pasa con ella […]”, dice el actor mexicano Demián Bichir, entrevistado por la revista Esquire (julio 2013).

Hace unos tres años conocí a Demián, cuando le hicimos una sesión de fotos para una revista. Aún no lo nominaban al Oscar pero ya tenía detrás una amplísima trayectoria como actor de cine y teatro, en México y EUA. A la entrevista llegó solo, sin representante, guardaespaldas ni asistente. Inteligente y divertido, sencillo como hijo de vecino, me encantó desde el primer minuto (no tuvo nada que ver que sea realmente guapo, lo juro, je). Trabajar, poner el alma en la obra pero desentenderse de los resultados: me gusta como filosofía de vida. ¿Será la sabiduría que da llegar a los 50?

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Vivir suspendidos de una voz

Imagen 5“Me miró como se mira a través de un cristal, o del aire, o de nada. Yo no estaba ahí”.

La magistral actriz Karina Gidi vuelve a hacer de las suyas en teatro, esta vez con el monólogo La voz humana, que se presenta en el Foro Shakespeare de la capital mexicana. Sobre un texto con momentos sublimes, el personaje se dedica a rascarse la herida del desamor, a mirarla, a fingir que no la ve, a platicar con ella, a echarle jugo de limón. Aferrada a un teléfono (lo que aumenta la dificultad en escena, porque la actriz debe mantener el ritmo del supuesto interlocutor), la mujer finge que quiere lidiar con la ausencia del ser amado, cuando en realidad se regodea en ella porque no sabe hacer otra cosa: “Estoy sufriendo una agonía que sólo se calma con tu voz, tu maravillosa voz”. En el programa de mano, el director Antonio Castro se pregunta: “¿Tenemos la capacidad de re-inventarnos o estamos condenados al precipicio del dolor eterno? ¿Cuál es el sentido del amor si de antemano sabemos que algún día su llama se extinguirá?”. Quizá el personaje respondería que mientras, el amor existe, otorga un sentido a lo que de otro modo parece carecer de él.

Mi dos cuestionamientos con la puesta en escena tienen que ver con la adaptación de una obra de 1931 a la época actual: no encuentro la necesidad y creo que algo se pierde en el camino. Por otro lado, lamento que no haya música, como pide el texto de Cocteau. En todo caso, veo difícil que se me borre el eco de la voz de Gidi repitiendo: “Por favor, Dios, dile que me vuelva a marcar. Por favor, Dios, dile que me vuelva a marcar…”.

Cuando el teatro incendia la piel

incendios“Somos casas habitadas por un inquilino del que no sabemos nada. Nuestras fachadas son muy bonitas pero, ¿quién es ese loco presa del insomnio, que en el interior pasa las horas dando vueltas, apagando y prendiendo las luces?”. Con estas palabras del autor libanés-canadiense Wajdi Mouawad (n. 1968) abre el programa de mano de Incendios, para dar paso a dos horas y media de teatro descarnadamente bueno, sin respiro.

Una mujer que llevaba cinco años sin hablar acaba de morir. En su testamento, pide a sus hijos gemelos que entreguen una carta a su padre (que ambos creían muerto) y otra a su hermano (cuya existencia desconocían). Eso los lleva a regresar a Medio Oriente y revisar su propia infancia, su historia familiar entretejida con la violencia, la injusticia, el dolor y el silencio. A partir de un texto bellísimo y con un trabajo actoral impresionante de Karina Gidi y muy atinado de Guillermo Villegas y Jorge León, la obra verdaderamente incendia la piel.

En alguna entrevista, Mouawad compara al artista con un escarabajo: ambos se alimentan de los excrementos de otros, del desecho sacan su fuerza, su vitalidad, transforman lo inmundo en un caparazón bellamente colorido… o en una obra de arte. Justo así con Incendios, que se presenta en el Foro Shakespeare: es bella a partir de lo putrefacto. Y si se le suma ir con la amiga más entrañable, para cerrar con plática en torno a una buena pasta, la noche no puede ser más redonda.

Link relacionado

Sitio web del Foro Shakespeare: http://carteleradeteatro.mx/2012/incendios/

El canto de las sirenas telenoveleras

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Anoche fui al teatro a ver Hard Candy, de Brian Nelson. Es un obra interesante sobre un hombre de 35 años que intenta seducir a una chica de 16, pero termina en las redes de esta moderna Caperucita… que quiere comerse al lobo. La obra es fuerte y está bien actuada por una joven y guapa Tessa Ia, que hace poco se dio a conocer con la cinta Después de Lucía (premiada en Cannes). El otro actor pasa sin pena ni gloria.

No revelo nada ni echo a perder el misterio de la obra. Más bien digo el gusto que me da cuando un nuevo actor evita el camino fácil de la TV y apuesta por el teatro, ese ritual mágico donde sin muletas se prueba la capacidad actoral. Hace tiempo leí una entrevista a John Malkovich: decía que una película es como un dibujo pero una obra de teatro es como una pintura, con más detalle y un trabajo de mayor aliento. Ojalá esta chica tenga la paciencia de seguir pintando y no dejarse seducir por las nefastas sirenas de las telenovelas, que seguro pronto le estarán cantando al oído.

Por qué soy fan de mis amigos

Imagen 7Aquí van las premisas de lo que sigue:

a) Me da mucho gusto que a mis amigos les pasen cosas buenas.

b) Mis amigos son unos fregones, así que con frecuencia les pasan cosas buenas.

c) Con frecuencia me da mucho gusto.

Caso 1. Anoche se estrenó en Canal 22 el programa Triángulo de letras, conducido por mi queridísimo Eduardo Limón con su habitual estilo inteligente, amable y cercano. Ahí estaba yo, en primera fila frente a la tele, encantada de palomear un éxito más en su trabajo de periodismo cultural. Haciendo lo que mejor sabe, es decir, entrevistando, dejó que Estela Leñero, Bef y otras dos invitadas hablaran de sus recientes libros, de monstruos y de la aventura de adaptar al cómic Los bandidos de Río Frío, novela del siglo XIX. El programa fue grabado en el espacio más natural para ello: entre libros y anaqueles (me parece que es la librería Rosario Castellanos). Lo disfruté mucho y mi única queja es que se me pasó como agua.

Caso 2. Por estos días apareció en el periódico una entrevista a Inés López de Arriaga sobre Umbo, primera obra teatral para bebés en México. Inés (amiga mía hace más de 30 años) es sicoterapeuta, actriz, ex bailarina e integrante de la compañía Teatro Al Vacío. Explica que la obra se dirige a chicos entre seis meses y tres años, para acercarlos a una experiencia sensorial/escénica a través de luces, música suave, sombras. La he visto dos veces: me consta que durante la media hora que dura, los bebés están embebidos por los estímulos que reciben. Y es que esto no es una ocurrencia. Detrás de Umbo hay mucha investigación sobre el desarrollo cognitivo y emocional del bebé, adaptada por Inés y sus colegas a técnicas corporales.

Sobra decir que se me llena la boca al hablar de mis amigos.

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Conectar con otros

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Increíble: recibo un mensaje directo en Facebook de una mujer que no conozco pero que, dice, sigue “extrañando la revista Psychologies y tus cartas editoriales que me hacían reflexionar sobre algún tema sensible”. A dos años del cierre de la revista su comentario me sorprende y lo agradezco en el alma. Como homenaje a esas cartas editoriales que eran mi diván personal reproduzco una de ellas, de julio de 2009, y que llevaba por título Conectar con otros:

“Estoy sentada en mi butaca, conmovida. La obra de teatro Un tranvía llamado deseo está por acabar. El personaje de Blanche Dubois, interpretado por la magnífica Diana Bracho, se desmorona frente a los espectadores. Ante lo cruel de la realidad que enfrenta, Blanche se refugia en su imaginación y así busca conservar su dignidad. Noto que me tiembla el labio inferior. El final es emotivo y cuando las luces se apagan rompo a llorar como magdalena. Quisiera encontrar a la verdadera Blanche, abrazarla, consolarla.

En los aplausos y hasta cuando me subo al auto sigo llorando. Es más, al llegar a mi casa aún moqueo. ¿Por qué? Más allá del personaje, la obra me hizo ponerme en el lugar de otra persona, real o no, cuyas emociones me cimbraron. Esto ocurrió hace muchos años (en 1996, para ser exacta) pero me acuerdo del volcán interno que me despertó. Creo que entendí lo que dijo hace siglos el autor romano Terencio: ‘Soy humano y nada de lo que es humano puede parecerme ajeno’.

El sufrimiento, la alegría, el enojo, la esperanza, los celos, la ternura… todo eso lo he sentido. Aunque cada uno escribe su historia y define ante qué circunstancias reacciona con una determinada emoción, cuando alguien dice ‘me duele la ausencia de mi madre’ o ‘estoy feliz de hacer ese viaje’ puedo conectarme con su experiencia. Si bien no sé exactamente cómo la vive, he pasado por algo similar.

En el fondo, las emociones nos hacen humanos y pintan de colores cada día. Además, nos permiten ser empáticos, entender a los demás, compartir mundos con ellos. Por eso, procuro asumir que en la vida toca alternar entre la espectadora que abraza con el corazón a quien llora y el personaje que muchas veces necesita un abrazo”.

“Rojo” (en 26 de diciembre)

Ayer, 26 de diciembre, fui al Teatro Helénico a ver la obra de John Logan. Todo apetecía y nada decepcionó: el tema (el pintor expresionista abstracto Mark Rothko), el actor protagónico (Víctor Trujillo despojado de su peluca verde), la compañía (la mía, no la de teatro).

El tema de la creación artística es fascinante. ¿Cómo nace un cuadro en la mente de un pintor? La pregunta es más inquietante si el cuadro es abstracto. ¿Qué se busca provocar con un rectángulo negro sobre un fondo rojo? El propio Rothko/Trujillo y su asistente Ken/Alfonso Dosal lo responden en un diálogo interesante: mientras una pieza representacional (digamos, que muestra un paisaje) permanece igual si le mira durante un minuto o tres horas, un cuadro de Rothko se mueve, palpita conforme el espectador lo observa/absorbe. Y justo en esa cualidad “dinámica” pone el creador su apuesta artística: espera que el público de su obra se comprometa, entre en un diálogo con ella. ¿Pero dónde están los observadores dispuestos a ello? Ahí radica la tragedia: ni el comprador de “cuadros de chimenea” ni el que pide una pieza naranja para decorar un comedor igualmente naranja ni el que mira de reojo la pintura que cuelga en un restaurante merecen el arte… aunque puedan pagarlo.

Esa polaridad entre el “arte por el arte” y el “arte como objeto de consumo/modus vivendi” permea la obra toda y establece un contrapunto con la visión del arte pop, en boga justo en los años en que se ubica Rojo: 1958-1960. Y esa misma tensión lleva a que a más de 24 horas de haber visto la puesta en escena siga cuestionándome si es posible conciliar ambas posturas.

La dirección de Lorena Maza me pareció limpia y la actuación de Trujillo me convenció, mientras a Dosal lo sentí simplemente “cumpliendo”. Eso sí, merece un aplauso especial la selección musical y el trabajo de iluminación (sobre todo en la escena final).